Capítulo 39 Tierra, fuego y sangre
A mi alrededor, los hombres hablaban en voz baja, ajustaban correas, besaban medallas y procuraban no mirar demasiado hacia las murallas.
Pedro estaba a mi lado, con la mano sobre la empuñadura de la espada y los ojos fijos en mí, no en el castillo, como si supiera que la verdadera batalla no iba a librarse solo contra Villar, sino dentro de mí.
Don Rodrigo se acercó con el plano doblado en la mano. La autoridad le daba una serenidad casi cruel, esa calma de los hombres acostumbrados a decidir cuántas vidas pueden perderse para salvar una causa.
—Victoria, si tu poder responde, ahora es el momento. Necesitamos niebla. Sin ella nos verán antes de llegar a la muralla.
Sus palabras no fueron una orden, pero pesaron como si lo fueran.
Sentí todas las miradas sobre mí. La esperanza ajena puede parecerse mucho a una condena cuando una no sabe si será capaz de sostenerla.
Respiré y busqué bajo los pies la humedad de la tierra, el rumor del Miño, la memoria de la fraga, todo aquello que alguna vez me había llamado sin que yo entendiera su lengua.
Pedro tomó mis dedos. Los suyos estaban fríos.
—Estamos contigo —dijo en voz baja—. Pase lo que pase, mírame a mí.
Cerré los ojos. Durante un instante no hubo soldados ni murallas, solo la respiración de Pedro junto a la mía y el latido oscuro del río.
Entonces la niebla empezó a levantarse: primero fue un velo fino entre los árboles; después, una marea espesa que avanzó por el campo y se enroscó en las piedras, cubriendo los fosos, las torres y los caminos.
Desde la muralla llegaron gritos. Los centinelas no entendían por qué el día se había vuelto gris de repente.
—Está funcionando —susurró Pedro, con una emoción que parecía miedo y fe al mismo tiempo.
Mendo y varios hombres avanzaron llevando los barriles de pólvora.
Se movían dentro de la niebla como sombras en un sueño.
Yo sostenía aquel manto gris con la mente, y cada paso que daban me arrancaba un poco de fuerza.
El poder no era una llama obediente: era una criatura que aceptaba caminar conmigo mientras le interesara.
—Aquí —dijo Mendo al llegar junto al punto marcado en el plano—. Si la piedra cede, tendremos entrada.
Me concentré en el calor que dormía bajo mi pecho. No quería fuego desatado, no todavía; quería una chispa, una sola. La sentí nacer en los dedos, pequeña, viva, casi hermosa. La guié con el viento hasta la mecha, y durante un segundo el mundo entero pareció contener la respiración.
La explosión abrió la muralla con un rugido. La tierra tembló, el humo subió hacia el cielo y los hombres de Villar gritaron al otro lado, ciegos entre la piedra rota y la niebla.
—¡Adelante! —ordenó don Rodrigo.
Las tropas entraron por la brecha. Pedro encabezó el primer grupo.
Lo vi avanzar con la espada en alto, y algo en mí quiso detenerlo y a la vez seguirlo hasta el fin del mundo.
Mendo tomó el flanco izquierdo, don José el derecho, y yo entré detrás, envuelta en niebla y un miedo que ya no me pertenecía del todo.
Dentro de las murallas, la batalla estalló con una violencia sangrienta.
No había épica en el sonido del hierro entrando en la carne ni en el de los hombres llamando a sus madres antes de caer; había barro, sangre, gritos, olor a pólvora y una confusión tan cerrada que apenas se distinguía al enemigo del aliado.
La niebla nos había dado entrada, pero también nos estaba tragando.
—¡Torre tomada! —gritó Pedro desde algún lugar a mi izquierda—. ¡Avanzad!
Su voz fue mi brújula. Lo busqué entre cuerpos y espadas hasta verlo luchando contra dos hombres. Sangraba por el costado, pero no retrocedía; incluso entonces, en mitad del combate, mantenía una parte de sus ojos puesta en mí, como si temiera más por mi alma que por su vida.
Uno de los hombres levantó la espada contra él. No pensé. La tierra bajo sus pies se abrió en una llamarada que los envolvió a ambos y los arrojó hacia atrás. Pedro cayó de rodillas, agotado, cubierto de hollín y sangre, pero vivo.
Corrí hacia él. No llegué.
—¡Victoria! —rugió don Rodrigo—. Necesitamos una barrera. Si cruzan el patio, estamos perdidos.
—¡No! —gritó Pedro, incorporándose con dificultad—. Está al límite.
Don Rodrigo ni siquiera lo miró.
—Si no lo hace, moriremos todos. Ella también.
Odié a don Rodrigo por tener razón. Odié a Pedro por querer salvarme cuando yo ya no sabía si quedaba algo que salvar. Y me odié a mí misma por comprender que, si no levantaba aquel fuego, muchos hombres morirían por una compasión que no podía permitirme.
Extendí las manos. El fuego acudió.
Al principio obedeció con una docilidad engañosa.
Se alzó desde el suelo en una línea luminosa, formando una muralla de llamas que obligó a los hombres de Villar a retroceder.
El calor me lamió el rostro y sentí una satisfacción oscura, casi vergonzosa.
Por primera vez, aquel poder que tanto me había asustado parecía útil.
Galicia, pensé, merecía una mañana sin miedo; las mujeres merecían caminar sin que un hombre pudiera convertir su deseo en sentencia; los niños merecían no aprender los nombres de los tiranos antes que los de los árboles.
Pero el fuego escuchó mi rabia antes que mi voluntad.
Las llamas empezaron a crecer, a retorcerse, a buscar más aire, más madera, más carne.
Ya no eran una barrera, sino una boca abierta.
Intenté contenerlas, pero algo tiraba de mí desde dentro, como si cada chispa bebiera una gota de mi vida.
Me ardían las manos, la garganta, los ojos, y sin embargo aquel calor no pertenecía solo al fuego.
Era más hondo. Más antiguo. Una fiebre con voluntad propia.
La niebla se deshacía alrededor. El patio entero parecía inclinarse hacia el incendio.
—¡Rápido! —la voz me salió rota, casi irreconocible—. No puedo sostenerlo mucho más.
Entonces vi a Pedro. Venía hacia mí entre humo y ceniza, herido, cubierto de sangre, con esa desesperación en el rostro que no nace del miedo a morir, sino del miedo a llegar tarde. Don Rodrigo le ordenó que volviera a su puesto. Otros hombres lo llamaron. Nada de aquello lo alcanzó.
Pedro solo me miraba a mí.
—¡Victoria!
Lo miré. Durante un instante, el fuego dejó de ser mundo, batalla y condena. Solo quedaron sus ojos. Después su mirada cambió.
No tuve tiempo de entenderlo. Vi el terror cruzarle el rostro antes de sentir la sombra a mi espalda, antes de oír el hierro abrir el aire, antes de que mi cuerpo, vacío de fuerza, pudiera obedecerme.
Pedro llegó antes que la muerte. Sus manos me empujaron y caí contra la piedra, sin aliento, con el mundo girando en rojo y negro. En el lugar donde yo había estado, Pedro se quedó de pie un segundo más, apenas un segundo, como si el amor pudiera sostener un cuerpo atravesado.
La hoja se hundió en su espalda.
Su rostro se abrió en una sorpresa muda. No por el dolor. No por la muerte. Por mí. Porque aún me buscaba, porque incluso cayendo necesitaba saber si me había salvado.
No recuerdo el sonido que salió de mi garganta. Tal vez fue un grito. Tal vez fue su nombre. Tal vez fue el fuego aprendiendo a llorar.
El mundo se detuvo. Y luego ardió.
Pedro estaba en el suelo. La espada se le había soltado de la mano. Sus ojos buscaban los míos, y en ellos no había reproche, ni miedo, ni siquiera sorpresa. Solo amor.
Algo se rompió dentro de mí. No fue una decisión.
Fue un derrumbe. El fuego que había intentado contener encontró la grieta y salió por ella con toda la furia que yo no sabía dónde poner.
Las llamas se abrieron en una ola que barrió el patio, las torres, los hombres que avanzaban, las banderas, las armas, todo cuanto se interponía entre mi dolor y el cielo.
Los nuestros retrocedieron detrás de los muros de piedra; los enemigos desaparecieron entre luz y ceniza.
Salvaterra ardió como si la fortaleza hubiera estado esperando siglos para confesar sus pecados.
Yo no vi la victoria.
Solo vi a Pedro.
Me arrodillé junto a él y lo abracé. Tenía la piel fría bajo la sangre y el polvo. Le aparté el cabello de la frente, le besé la cara, la boca, los párpados, y repetí su nombre como si el amor, pronunciado suficientes veces, pudiera desandar la muerte.
—No —susurré—. No, Pedro. No puedes dejarme. No después de todo. No ahora.
El fuego nos rodeó. Sentí cómo se comía todo a mi alrededor. Si el mundo quería arder, que ardiera. Quise irme con él. Quise que la tierra se cerrara sobre nosotros y que nada volviera a doler.
Después llegó la oscuridad.
Cuando desperté, o cuando la conciencia decidió regresar a un cuerpo que ya no la quería, el campo de batalla era un desierto de humo.
La mitad de Salvaterra estaba negra, abierta, reducida a ruinas calientes; la otra mitad resistía entre hombres heridos, órdenes rotas y un silencio de espanto.
Las llamas lo habían consumido todo menos a nosotros dos.
Pedro y yo permanecíamos en el centro del patio, intactos entre la ceniza, como una burla piadosa del incendio.
Mendo fue el primero en acercarse. Arrancó unas cortinas de terciopelo rojo y nos cubrió con ellas.
Nadie se atrevió a tocarme al principio.
Debía de parecer una aparición: desnuda bajo la tela, cubierta de ceniza, aferrada al cuerpo de Pedro como si mi fuerza pudiera impedir que la muerte acabara de llevárselo.
—No está muerto —dije cuando alguien intentó apartarme—. No puede estar muerto.
Nadie respondió.
Eso fue lo peor.
Besé su frente una y otra vez. Entre el humo y la ceniza parecía dormir, y durante unos instantes me permití creer en aquella mentira porque era lo único que me quedaba.
Luego el amanecer empezó a dorar las murallas rotas, y la luz tuvo la crueldad de mostrarme lo que la noche todavía había tenido compasión de ocultar.
Pedro no despertó.
—Victoria… —La voz de don José llegó desde algún lugar lejano—. Hay hombres heridos. Si puedes… si aún puedes, necesitamos tus manos.
Quise odiarlo. Quise decirle que mis manos estaban muertas con Pedro.
Pero entonces oí un gemido, luego otro, y mi cuerpo, traidor y fiel a la vez, recordó lo que era antes de ser dolor.
No tenía alma, pero tenía manos. Y las manos, incluso cuando el corazón se ha partido, pueden seguir obedeciendo a la vida.
Me levantaron con cuidado. Llevaron a Pedro a una carreta como si fuera algo frágil y sagrado, aunque a mí me pareció que el mundo entero cometía una profanación al moverlo.
Me vistieron con las cortinas rojas y un cinturón.
No protesté. Caminé entre los heridos como una mujer hueca, cerrando cortes, atando vendas, limpiando sangre, deteniendo hemorragias.
Curé a hombres que no conocía mientras el único al que quería salvar yacía demasiado quieto a mi espalda.
Cuando mis manos dejaron de encontrar heridas inmediatas, pedí que me contaran lo ocurrido durante el incendio. Don José me miró con una mezcla de miedo y compasión.
—El fuego se apoderó de ti —dijo—. No era una barrera. Era un infierno. Arrasaste las filas de Villar. Si don Rodrigo no hubiera ordenado retroceder a tiempo, también habría caído parte de los nuestros.
—¿El hombre que mató a Pedro?
—Murió —respondió Mendo.
—¿Y Villar?
El nombre me salió sin voz, pero todos lo oyeron.
—Vivo —dijo don José—. Capturado con los clérigos y los nobles que lo apoyaban. Los vimos escondidos en las mazmorras. Rodrigo quiere un castigo público. Dice que la justicia debe verse para que el miedo cambie de dueño.
Miré hacia las ruinas de la fortaleza. Durante horas había creído que el fuego me había vaciado, pero me equivoqué. En el centro de aquel vacío quedaba algo, pequeño y negro, una brasa que no era vida ni esperanza.
Era venganza.
—Cuando acabe con los heridos, quiero ver a Villar.
Mendo dio un paso hacia mí.
—Te acompaño.
—No.
Mi voz sonó tan tranquila que ninguno insistió.
La noche empezó a caer sobre Salvaterra, sobre los muertos, sobre los hombres que aún respiraban y sobre el cuerpo de Pedro cubierto con una manta. Yo caminé hacia los calabozos sin mirar atrás. En medio de aquel campo de ceniza, la guerra había terminado para muchos.
Para mí acababa de empezar otra.