Capítulo 38 La huida
Vestida con ropas de hombre y con el cabello cortado, avancé por los corredores de la fortaleza intentando no respirar demasiado fuerte.
Cada sombra me parecía un refugio y cada luz, una amenaza.
La piedra húmeda devolvía el eco de mis pasos como si el castillo quisiera delatarme, y aun así seguí adelante, aferrada a una idea sencilla y feroz: tenía que salir de allí antes de que Pedro y los demás vinieran a buscarme y cayeran en la trampa de Villar.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que escapé de la celda.
El dolor me había quitado la medida de las horas, y el miedo, la de mi propio cuerpo.
Caminaba con el cuello bajo, imitando el paso de los mozos y soldados que había visto en los patios, pero por dentro cada parte de mí seguía gritando.
Había algo extraño en aquella calma forzada, como si mi alma hubiera quedado encerrada detrás de una puerta y solo mis piernas hubieran recibido la orden de huir.
Al doblar un corredor escuché risas. Me detuve junto a un arco y vi a varios hombres reunidos alrededor de una mesa, bebiendo y hablando en voz alta.
Al principio no entendí sus palabras; luego oí mi nombre, o más bien la forma sucia en que lo pronunciaron, y comprendí que hablaban de mí, de Villar, de lo que creían haber visto o imaginado.
Se burlaban de mi silencio y sumisión, mientras Villar me poseía, de la manera en que una mujer rota podía convertirse en entretenimiento para los hombres que jamás habían tenido que temer un cuerpo más fuerte que el suyo.
No entré. No dije nada. Solo sentí que la rabia subía desde un lugar tan hondo que no parecía mío.
Confirmaron mis sospechas. El aire se tensó alrededor, las llamas de las velas se inclinaron en la misma dirección y, de pronto, un viento imposible recorrió la sala, arrancando papeles, volcando jarras y empujando sillas contra la pared.
Los hombres se levantaron entre gritos y juramentos mientras los postigos golpeaban como alas negras.
Yo me quedé inmóvil al otro lado del arco, con las manos temblando y el corazón lleno de un espanto nuevo.
El viento había respondido a mi ira.
Y si mi ira podía hacer aquello sin que yo lo decidiera, entonces mi poder no era todavía una salvación: era un animal sin rienda.
Seguí avanzando hasta llegar a una estancia grande, presidida por una mesa de madera oscura cubierta de mapas, cartas y documentos marcados con sellos que no reconocí.
Me acerqué porque el instinto me lo pidió antes que la razón, y entre rutas, nombres y líneas trazadas con tinta roja encontré un plano de la fortaleza.
Lo recorrí con los ojos hasta que vi una marca pequeña en el extremo oriental de la muralla: un paso estrecho, casi oculto, que parecía comunicar con el exterior.
Entonces las campanas comenzaron a sonar.
—¡La muchacha ha huido! ¡Registrad cada rincón! —gritó una voz en algún lugar del castillo.
El miedo me golpeó con tanta fuerza que tuve que apoyarme en la mesa. Después arranqué el plano, lo escondí bajo la ropa y salí al corredor, obligándome a caminar sin correr.
Al llegar al recodo donde debía estar la salida, una figura se desprendió de las sombras. Era un hombre armado con una navaja. Tenía el rostro medio cubierto y los ojos de alguien que no estaba allí por casualidad.
—¿Quién eres? —preguntó, avanzando un paso.
No respondí. Si hablaba, mi voz podía traicionarme.
—Responde. Busco a una muchacha. Una fugitiva. ¿La has visto?
La sangre me latía en los oídos.
—Estoy aquí por mi cuenta —dije al fin, forzando la voz para que sonara más grave—. No sé nada de ninguna muchacha.
Lo que ocurrió no fue agua.
Las gotas se detuvieron en el aire y comenzaron a helarse, una tras otra, hasta formar pequeñas espinas de cristal que crecieron por las grietas como raíces de invierno.
La piedra crujió. El hombre miró hacia arriba, apenas tuvo tiempo de abrir la boca, y el techo cedió con un estruendo que me ensordeció.
Bloques de roca cayeron sobre él y sobre el hueco de la salida, sepultándolo todo en una nube de polvo y frío.
Me quedé paralizada, incapaz de apartar los ojos de aquella montaña de piedra.
Había querido apartarlo de mi camino, no matarlo.
Había querido abrir una puerta y acababa de cerrarla para siempre.
El poder no preguntaba qué parte de mí era miedo y cuál era voluntad; simplemente obedecía al grito más fuerte.
Corrí.
No sé qué dirección tomé. Solo recuerdo corredores, gritos, el plano arrugado contra mi pecho y el rostro del hombre desapareciendo bajo la piedra.
Al doblar una esquina encontré una puerta maciza cerrándome el paso; tiré del hierro, golpeé la madera, empujé con el hombro hasta que el dolor me subió por el brazo, pero no cedió. Detrás de mí los pasos se acercaban.
—¡Es ella! —gritó alguien—. ¡Está vestida de hombre!
Miré hacia arriba y vi el cielo abierto sobre el patio interior, como una promesa situada demasiado lejos.
Quise volar, no como en los cuentos ni en las oraciones, sino con la simple desesperación de quien no encuentra otra salida.
Quise que el aire me tomara, que me arrancara de aquella ratonera, que me llevara lejos de las manos de Villar.
Y entonces mis pies dejaron de tocar el suelo.
Me elevé apenas un palmo al principio. Luego un poco más. El hombre que venía hacia mí se detuvo, blanco como la cal, y señaló con un dedo tembloroso.
—¡Bruja! ¡Bruja!
Su grito hizo que otros acudieran, pero ninguno se atrevió a acercarse.
Yo tampoco entendía lo que estaba sucediendo.
Subí de golpe y choqué con una pared con tanta fuerza que vi luces blancas; caí sobre las tejas, rodé, me levanté con las rodillas abiertas y volví a intentarlo.
No volaba. Me arrancaba del suelo a golpes de miedo, como un pájaro herido dentro de una jaula.
Desde abajo, Villar apareció en el patio rodeado de hombres. Su rostro, al verme sobre el tejado, perdió por primera vez esa seguridad suya de dueño del mundo.
—¡Cogedla! —bramó—. ¿A qué esperáis?
Nadie se movió.
Aquella cobardía me salvó. Me arrastré por los tejados, saltando de una pendiente a otra hasta que llegué a una torre desde la que no veía forma de bajar.
El bosque estaba al otro lado, demasiado lejos y demasiado abajo.
Las piernas me temblaban y el cuerpo me pedía rendirme, pero pensé en Pedro, en Soledad, en los hombres que quizás ya marchaban hacia una muerte preparada para ellos, y salté.
Durante un instante el aire me sostuvo, no lo bastante para salvarme, pero sí para no hacerme pedazos.
Golpeé contra una cornisa, rodé por una pendiente de piedra y caí al suelo con el mundo girando a mi alrededor.
No sé cuánto tardé en levantarme; cuando lo hice, corrí hacia la fraga con las costillas doloridas y escupiendo sangre.
La espesura estaba a pocos pasos cuando dos sombras salieron de entre los árboles. Sentí un golpe en la cabeza y caí de rodillas sobre la tierra húmeda.
—Ha despertado —dijo una voz áspera—. Avisad al comandante. Lo queremos vivo.
Abrí los ojos a medias. Tres figuras se acercaban entre la penumbra, y al principio pensé que el castillo me había alcanzado otra vez. Luego reconocí al hombre del centro.
Pedro.
Intenté llamarlo, pero la voz me salió como un soplo.
—Pedro…
Él se detuvo. Durante un segundo pareció que no se atrevía a creer lo que había oído. Reuní las pocas fuerzas que me quedaban.
—¡Pedro!
Entonces corrió hacia mí. Se arrodilló, me tomó el rostro con manos temblorosas y me apartó el sombrero dejando ver mi cabello corto.
Cuando me reconoció, algo se rompió en su expresión, no como se rompe un hombre vencido, sino como se rompe quien ha encontrado viva a la persona por la que ya estaba dispuesto a morir.
—Dios mío… Victoria. ¡Es Victoria!
Me abrazó con una desesperación que me dejó sin aire. Lloraba. Pedro, que había resistido amenazas, sangre y miedo, lloraba como un hombre al que le han devuelto el alma cuando ya la daba por enterrada.
—Perdóname —murmuraba contra mi pelo—. Perdóname, amor mío. No llegué a tiempo. No pude protegerte. Pensé que te había perdido.
Yo cerré los ojos y me aferré a él. Podría haberle contado todo entonces; podría haber dejado que el horror saliera de mí, palabra por palabra, hasta manchar la hierba, pero no pude. No allí. No cuando aún necesitábamos vivir.
—El castillo es una trampa —dije, apartándome lo justo para mirarlo—. Hay demasiados soldados. Están preparados. Si entráis de frente, os matarán.
Don Rodrigo y don José se acercaron. Mendo venía detrás, con los ojos clavados en mi ropa, en mi cabello cortado, en la sangre de mi rostro y en mis ojos golpeados. Yo saqué el plano arrugado y señalé la salida oriental.
—Intenté escapar por aquí, pero quedó sepultada. Había un hombre… No sé quién era. Se acercó con una navaja. Yo intenté apartarlo y el techo cayó.
Mendo palideció.
—Hermenegildo —dijo apenas.
El nombre me atravesó.
—¿Era de los nuestros?
Nadie respondió al principio, y ese silencio fue peor que cualquier acusación.
—Yo lo maté. Quería ayudarme y yo lo maté.
Pedro me sujetó antes de que las piernas me fallaran.
—No sabías quién era. No buscabas matarlo.
—Eso no lo devuelve.
—No —dijo con una tristeza limpia—. Pero tampoco te convierte en culpable de todo lo que Villar ha puesto en marcha.
Don Rodrigo tomó el plano y lo estudió con gesto severo.
—Si esa salida está bloqueada, necesitamos otro modo de entrar.
Me preguntó cómo había logrado salir. Durante un momento pensé en mentir. Luego miré a Pedro. Él no me exigía nada, pero sus ojos me pedían verdad, y yo ya estaba demasiado cansada de que otros decidieran qué partes de mí podían sobrevivir a la luz.
—Volé hasta los tejados —dije en voz baja—. O algo parecido. También puedo mover el viento. Y el agua. A veces el fuego. No lo controlo bien.
Don José hizo la señal de la cruz. Don Rodrigo me observó cómo se observa un arma nueva en medio de una guerra perdida.
—Los golpes en la cabeza pueden hacer decir cosas extrañas — murmuró.
Pedro no apartó la mirada de mí.
—Ven al río —dijo—. Necesitas limpiarte las heridas.
Nos alejamos unos pasos de la tropa. En la orilla, Pedro mojó un paño y empezó a limpiarme la sangre del rostro con una delicadeza que casi me hizo más daño que el golpe. Cada roce de sus dedos parecía preguntarme permiso. Cada silencio suyo era un intento de no romperme más.
—No tienes que decirme nada ahora —susurró—. Pero quiero que sepas una cosa: nada de lo que te hayan hecho puede apartarme de ti.
—Quizás no sepas lo que soy.
—Lo sé mejor que tú en este momento —respondió—. Eres Victoria, mi todo.
Extendí las manos hacia la corriente. El Miño respondió antes de que pudiera arrepentirme.
La superficie se estremeció, se abrió en espirales y una columna de agua se alzó frente a nosotros, girando bajo la luz gris de la tarde.
Sentí el frío subir por mis brazos y la columna empezó a helarse, cristalina, imposible, hermosa y terrible a la vez.
Pedro dio un paso atrás. No por rechazo. Por asombro.
—Dios mío —murmuró.
Don Rodrigo, que nos había seguido a distancia, no apartó los ojos de la columna de hielo.
—Si esto es real, podemos usarlo.
Don José endureció el rostro.
—¿Usarlo? ¡esto son cosas del demonio! ¿Cómo sabemos que no nos traerá la desgracia?
Pedro se volvió hacia él con una calma más peligrosa que la furia.
—No vuelvas a hablar de ella como si fuera una cosa que hay que temer.
—He visto suficiente mal en este mundo para reconocerlo cuando se disfraza de milagro.
Mendo intervino antes de que la tensión prendiera.
—El mal no está aquí, José. Está detrás de esas murallas. Y tiene nombre, rostro y hombres armados.
El silencio que siguió pesó sobre todos.
Yo miré la columna de hielo hasta que se deshizo y volvió al río como si nunca hubiera existido.
En los ojos de aquellos hombres vi miedo, esperanza, ambición y fe, cada uno mezclado a su manera.
También vi a Pedro, quieto a mi lado, dispuesto a defenderme incluso de aquello que quizás yo misma no sabría dominar.
—Si vais a atacar —dije—, no podéis hacerlo como ellos esperan. La niebla puede cubrirnos. El fuego puede abrir paso. El viento puede confundirlos. Pero si pierdo el control, no sé qué ocurrirá.
Don Rodrigo asintió despacio.
—Entonces aprenderás mientras avanzamos.
Quise reír, pero solo me salió un aliento cansado.
Pedro tomó mi mano.
—No tienes que cargar con esto sola.
Lo miré y deseé creerlo. Pero el poder seguía latiendo dentro de mí, ajeno a sus promesas, y por primera vez comprendí que a veces el destino no entrega una espada para salvarnos, sino para averiguar cuánto de nosotras queda en pie después de usarla.