La marca del lobo Capítulo 37 Pedro y la puerta que no existía #2
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Capítulo 37 Pedro y la puerta que no existía #2

El hombre despertó antes de que Mendo pronunciara su nombre. Sacó un cuchillo de debajo de la almohada y se incorporó con la rapidez de quien nunca ha dormido del todo.

—Un paso más y os abro.

Mendo no levantó las manos. Tampoco avanzó.

—Hermenegildo.

El hombre entrecerró los ojos.

—¿Mendo?

No fue un saludo. Fue una deuda reconociendo a otra.

Pedro salió de la sombra. Hermenegildo lo miró de arriba abajo: el barro, la sangre seca, la ropa rota, las manos. Luego los ojos. Sobre todo, los ojos. Entonces pareció entender que aquella visita no venía a pedir un favor, sino a arrancar una puerta de cuajo.

—Villar se ha llevado a su mujer —explicó Mendo.

Hermenegildo bajó un poco el cuchillo.

—Entonces llegáis tarde.

Pedro cruzó la habitación y lo estampó contra la pared. No hubo aviso ni amenaza, solo el golpe. Una silla volcó. El cuchillo cayó al suelo. Mendo maldijo por lo bajo, pero no lo apartó de inmediato. Quizá porque Hermenegildo necesitaba entender la clase de petición que había entrado en su casa.

Pedro tenía los dedos cerrados en la camisa del hombre. Notaba su respiración contra los nudillos.

—No vuelvas a enterrarla delante de mí.

La voz le salió baja, mucho peor que un grito.

Hermenegildo tragó saliva.

—Si la tiene Villar…

Pedro apretó más.

—No termines.

El hombre levantó las manos, no para defenderse, sino para demostrar que no era idiota.

—Salvaterra.

Pedro no lo soltó.

—Otra vez.

—La habrá llevado a Salvaterra.

Mendo apartó el cuchillo con el pie.

—¿Por qué allí?

Hermenegildo tosió cuando Pedro aflojó un poco.

—Porque allí tiene hombres y apoyos al otro lado del Miño. Porque allí hay nobles que oyen lo que les conviene y clérigos capaces de bendecir una cerradura si la llave es de plata.

Pedro lo soltó despacio, no porque se hubiera calmado, sino porque Salvaterra ya le daba forma a la rabia.

—Marchemos de inmediato —dijo.

Hermenegildo soltó una risa rota.

—Claro. ¿Y qué vais a hacer cuando lleguéis? ¿Llamar a la puerta y pedirle a Villar que os la devuelva?

Pedro se acercó otra vez. Mendo se interpuso, no del todo, solo lo suficiente para recordar que todavía estaba allí.

—Vendrás con nosotros —dijo Mendo—. Nos enseñarás la entrada.

Hermenegildo negó con la cabeza, primero una vez y luego otra, cada vez con menos fuerza.

—No sabéis lo que pedís.

—Sí lo sé —dijo Pedro.

—No. Tú sabes a quién quieres sacar. No sabes lo que guarda esa fortaleza.

Pedro se inclinó hacia él.

—Guarda a mi mujer.

Hermenegildo sostuvo su mirada. Durante un instante no hubo casa, ni cuchillo, ni Mendo, ni rosario sin cruz. Solo dos hombres enfrentados a una misma certeza: uno tenía demasiado que perder; el otro había perdido ya tantas cosas que no sabía si le quedaba algo para comprar valor.

—Si Villar se entera, me matará —advirtió Hermenegildo.

Pedro cerró los ojos. La frase le entró como una aguja. Cuando los abrió, había menos furia en ellos. Eso inquietó más al hombre.

—Entonces procura que no se entere antes de que yo la encuentre.

Hermenegildo tragó saliva. Pedro dio otro paso.

—No tengo paciencia. No tengo bondad. No tengo Dios ahora mismo. Tengo una dirección y a ti en medio. Así que elige con cuidado.

Mendo no dijo nada y Hermenegildo bajó la vista.

—Hay una puerta en el lado este —murmuró—. Pequeña. Oculta entre los sillares. Se usaba para sacar ganado, pasar mensajes, sacar a quien no convenía mostrar por la puerta grande. Si no sabes dónde mirar, solo ves piedra.

Pedro no parpadeó.

—Tú sabes conoces esa entrada y eres un hombre de confianza para Villar.

—Sí.

—Entonces vendrás.

El hombre cerró los ojos un instante, como si acabara de oír su propia sentencia.

Salieron antes de que el día terminara de abrir. Mendo envió aviso a don José y a don Rodrigo. Pedro fue a los caballos y los preparó con urgencia. Ensilló también otro animal, sin que nadie se lo pidiera. Uno para Victoria. Nadie preguntó por él. Nadie era tan cruel.

El camino hacia Salvaterra fue una penitencia sin cura al final.

Cruzaron sendas embarradas, aldeas cerradas, tramos de monte donde la niebla se quedaba atrapada entre las ramas como lana sucia.

Dos veces tuvieron que ocultarse. La primera, por un grupo de hombres armados que bajaban hacia el río hablando entre dientes.

La segunda, por un jinete que cruzó el camino demasiado deprisa para no estar huyendo de algo.

A media tarde apareció el Miño. El río bajaba oscuro, ancho, indiferente.

No corría: parecía pensar. Había en sus aguas una lentitud antigua, una memoria que no pertenecía a los hombres.

Pedro lo miró apenas un instante y recordó Viñás.

Recordó a Victoria junto al agua. Recordó otra vida que parecía haber ocurrido hacía siglos, no días.

Después apareció Salvaterra.

No surgió de golpe. Primero fue una línea gris entre la niebla. Luego una esquina de muralla. Luego una torre. Después el conjunto entero, pesado, cerrado, asentado junto al río como una mandíbula que llevara siglos aprendiendo a no abrirse.

Pedro sintió que algo se le doblaba dentro. No fue miedo exactamente, sino la dimensión de la piedra. Hasta entonces Victoria había estado lejos, pero imaginariamente alcanzable: detrás de un camino, un caballo negro, una pista, un nombre. Ahora estaba detrás de esos muros.

—Está ahí —dijo.

Nadie respondió. No hacía falta.

—Debemos actuar ya —añadió, y la desesperación le quebró la voz—. No puedo quedarme aquí mirando esa piedra mientras ella está dentro.

Mendo observó la fortaleza.

—Y si entras con prisas, la perderemos para siempre. Las murallas no se toman con el corazón en la mano.

Pedro lo miró.

—Entonces dime cómo se toman.

Hermenegildo señaló el extremo este de la fortaleza, donde la sombra de la muralla se confundía con los árboles.

—Por ahí. La puerta pequeña está oculta entre los sillares. Puedo entrar solo, buscarla y sacarla si la encuentro. Pero las tropas tendrán que esperar. Si os descubren antes de tiempo, será un matadero.

Pedro se quedó mirando aquel punto con el alma dividida entre lanzarse y obedecer.

—Entra ya —dijo al fin—. Y si la ves, dile que estoy aquí.

Hermenegildo asintió y la espera empezó.

Don José y don Rodrigo llegaron con los hombres poco después.

No eran suficientes. Pedro lo supo al verlos y ellos también.

Nadie necesitó decirlo. Eran labradores, jornaleros, soldados sueltos, hombres con hoces, lanzas viejas, cuchillos de trabajo y miedo mal escondido en la boca.

Algunos miraban la fortaleza como se mira una tormenta. Otros no la miraban en absoluto.

Pedro entendió entonces que no todos habían venido por Victoria.

Algunos ni siquiera la conocían. Habían venido por otras cosas: por una hija que no volvió igual de una casa noble, por un hermano molido a golpes por no pagar, por una cosecha arrebatada con firma limpia, por años de bajar la cabeza hasta olvidar la altura que tenía el cielo.

Villar no era solo Villar. Aquella noche era todos los hombres que habían confundido el poder con el derecho a tocar, tomar y romper.

Durante un momento solo se oyó el río.

—Tengo miedo de entrar. Tengo miedo de no entrar. Tengo miedo de encontrarla demasiado tarde.

La voz se le rompió en la última palabra. No intentó arreglarla.

—No sé tomar murallas. No sé mandar. No sé prometeros victoria. Mi mujer está ahí dentro y yo estoy aquí fuera. Esa es toda mi vergüenza.

Nadie habló.

—Solo hay una certeza y un camino. Hemos vivido demasiado tiempo bajando la cabeza —continúo—.

Hemos visto cómo los poderosos entraban en nuestras casas, se llevaban nuestro pan, vuestros hijos, nuestra tierra y hasta el derecho a nombrar el dolor.

Nos enseñaron que obedecer era sobrevivir, pero sobrevivir de rodillas no es vida.

Hoy no venimos solo a rescatar a una mujer.

Venimos a recordarles que Galicia no pertenece a quienes la trabajan, la aman y la defienden.

Nadie habló. Luego, uno de los hombres levantó una hoz. Después otro alzó una lanza. La noche se llenó de hierro pobre y decisión verdadera.

Pedro miró hacia las murallas. Allí, detrás de la piedra, estaba su alma y esa creencia, era lo único que mantenía su mundo en pie.