La marca del lobo Capítulo 37 Pedro y la puerta que no existía
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Capítulo 37 Pedro y la puerta que no existía

A Pedro le costó comprender que seguía vivo.

El caballo negro que se había llevado a Victoria ya no estaba, pero él seguía oyéndolo.

El galope rompiendo el camino, las herraduras hundiéndose en el barro, el resuello feroz del animal y aquella sombra oscura devorando distancia con ella atrapada sobre la grupa.

Cada golpe contra la tierra parecía arrancarla un poco más del mundo y un poco más de él, hasta que la niebla terminó de tragársela como si Victoria nunca hubiese estado allí, como si su cuerpo, su voz y su calor hubieran sido apenas una burla del camino.

La mente de Pedro empezó a traicionarlo antes de que el cuerpo pudiera moverse. Le mostró cosas que ningún esposo debería imaginar si quería seguir en pie. No llegó a ver más porque algo dentro de él cerró la puerta de golpe. Pedro dio un paso.

No decidió darlo. El cuerpo lo hizo por él, como si una cuerda invisible lo hubiese atado al caballo negro y tirase todavía desde la curva del bosque.

Mendo lo agarró del brazo antes de que echara a correr, no como se detiene a un amigo, sino como se sujeta a un hombre que está a punto de arrojarse a un pozo.

—No vayas así.

Pedro siguió mirando el camino.

—Quítate.

La palabra salió baja, sin rabia aparente. Peor. Mendo habría preferido un grito, una amenaza, un golpe. Aquella voz no pedía paso: avisaba de que ya no reconocía obstáculos.

—Si sales ahora, Villar ganará otra vez.

Pedro giró apenas la cabeza. Tenía barro en la mejilla y sangre seca en la boca. Los ojos no parecían suyos.

—Villar tiene a mi mujer.

Mendo no respondió, porque era verdad y porque algunas verdades, cuando se dicen en voz alta, dejan a todos los hombres alrededor convertidos en cobardes.

Pedro miró entonces sus propias manos. Estaban vacías.

Solo el anillo en el dedo anular recordaba que aquellas manos habían prometido algo que no habían podido cumplir.

Ese detalle lo hirió con una violencia absurda: las mismas manos que habían tocado a Victoria aquella mañana, las que habían jurado cuidarla, ahora no sostenían nada.

Ni una cinta de su vestido. Ni un mechón de su pelo.

Ni siquiera sangre de ella. Solo barro y aquel anillo, que representaba un juramento incumplido.

—La tenía cerca —dijo.

Mendo oyó algo romperse en esa frase.

—Pedro…

—Cerca.

No añadió más. No hacía falta. Forcejeó una vez, con una violencia seca que casi hizo caer a Mendo, pero luego se quedó quieto, no porque se hubiera calmado, sino porque otra imagen acababa de entrarle por los ojos y le había robado hasta la furia.

Anxo estaba tendido junto al carballo, con una mano abierta sobre la tierra, como si en el último momento hubiese intentado agarrarse a algo que ya no estaba allí. Carmen permanecía de rodillas a su lado, tan quieta que parecía parte del paisaje. No lloraba.

Soledad estaba detrás de ella. No la consolaba. Hay dolores que no aceptan consuelo porque cualquier palabra los ensucia.

Pedro se acercó despacio. Cada paso le pareció una traición a Victoria, y cada segundo que no corría tras ella le quemaba la planta de los pies.

Pero Anxo estaba allí, muerto porque había hecho lo que Pedro no pudo: interponerse.

Se arrodilló junto al cuerpo y tomó su mano.

La palma aún conservaba un resto de calor, mientras los dedos empezaban ya a enfriarse.

Esa frontera mínima entre lo vivo y lo muerto le pareció una crueldad intolerable.

La muerte tendría que ser clara, pensó. O hielo o aliento.

No aquella tibieza miserable que parecía burlarse de los vivos.

Intentó rezar y no pudo.

Las palabras estaban en alguna parte, las mismas de siempre, las aprendidas, las dichas junto a lechos, tumbas y fuegos pobres.

Pero aquella vez no venían. O venían mal.

O venían con el rostro de Villar metido entre ellas.

Pedro cerró los ojos y no encontró a Dios ni encontró oración. Solo barro y sangre.

Carmen levantó la mirada. Sus ojos estaban secos, pero no por fortaleza. Estaban secos porque el dolor todavía no había encontrado por dónde salir.

—No me hables como se habla junto a los muertos cuando no se sabe qué decir —dijo.

Pedro cerró la boca. Carmen miró a Anxo, luego miró el camino por donde se habían llevado a Victoria, y cuando volvió a hablar no suplicó ni lloró.

—Tráela.

—La traeré —contestó Pedro firme de convicción.

Tal vez eso le sirvió a Carmen. Tal vez nada servía ya.

Pedro bajó la cabeza y cerró los ojos de Anxo con dos dedos.

Lo hizo despacio, casi con cuidado, como si aquel gesto fuera lo único decente que aún quedaba en el mundo.

Al tocarle los párpados sintió que cerraba también algo dentro de sí mismo, una puerta pequeña de esas que no se abren sin dejar una marca en la pared.

Cuando se levantó, don José, Mendo y don Rodrigo hablaban en voz baja cerca del camino.

Pedro oyó palabras sueltas: hombres, caballos, Villar, frontera.

Las palabras flotaban separadas unas de otras, sin orden, como si el mundo hubiese dejado de construir frases completas.

Se acercó a ellos y no pidió explicaciones.

—Decidme dónde está.

Don Rodrigo se volvió. Tenía la cara dura de los hombres acostumbrados a mandar incluso cuando no tienen respuesta.

—Primero hay que averiguarlo.

Pedro se quedó mirándolo, sin comprender que alguien pudiera empezar una frase con “primero” mientras Victoria desaparecía detrás de la niebla.

—Decidme dónde han podido llevarla.

Don José le sostuvo la mirada con una tristeza que no intentó esconder.

—Villar no improvisa. Si la ha llevado consigo, tendrá preparado un lugar donde sentirse protegido.

Pedro sintió que el aire se le volvía agrio.

—No digáis llevado consigo.

Nadie respondió. Don José bajó apenas la cabeza y Mendo miró hacia el camino por donde habían desaparecido los hombres de Villar, luego hacia la espesura.

—Conozco a alguien que puede saberlo.

Pedro se volvió hacia él.

—¡Vamos entonces! ¿A qué carajo estamos esperando?

Mendo asintió y dio orden de preparar los caballos.

No había tiempo que perder, pero tampoco podían salir a ciegas.

Pedro apretó la mandíbula. Todo en él pedía galopar sin pensar, romper el camino, seguir las huellas hasta que el cuerpo no pudiera más.

Pero incluso la desesperación, cuando ama de verdad, aprende a obedecer a la esperanza más útil.

Don José se acercó a Pedro y le puso una mano en el hombro. Pedro sintió el impulso de apartarse. Cualquier mano que no fuera la de Victoria llegaba tarde, demasiado tarde, y le parecía casi una ofensa. Pero no se movió.

—Reuniremos hombres —dijo don José—. Y armas. Los que aún no hayan vendido la vergüenza vendrán.

Pedro no lo miró.

—No tardéis…

—No lo haremos.

Mendo ajustó la cincha de su caballo y habló sin levantar demasiado la voz.

—Dejaremos un hombre en el cruce del camino hacia Santiago. Cuando sepamos dónde está Victoria, llevará el aviso. Reunid a los hombres y esperad la señal.

Don Rodrigo asintió.

—La tendrás.

Pedro montó sin mirar atrás. Si miraba de nuevo a Carmen, a Anxo, al claro, quizá no podría moverse.

Partieron antes de que la noche terminara de cerrarse.

Mendo avanzaba delante, eligiendo sendas que no parecían sendas hasta que sus botas o los cascos de su caballo las tocaban.

Pedro lo seguía con la impaciencia metida bajo la piel.

Cada desvío era una tortura. Cada silencio, una burla.

Cada rama que le rozaba la cara le parecía una mano intentando detenerlo.

Dos veces estuvo a punto de adelantar a Mendo, y dos veces este levantó una mano sin volverse. La tercera, Pedro no obedeció.

Mendo giró de golpe, desmontó y lo empujó contra un muro bajo cubierto de musgo. No fue un golpe fuerte, pero sí exacto. Pedro le agarró la muñeca. Durante un instante estuvieron los dos muy quietos, respirando cerca, con la violencia a medio palmo de distancia.

—No puedes salvarla si nos entregas antes de llegar —dijo Mendo.

Pedro apretó más la muñeca de Mendo, pero él no apartó la mirada.

—Hazlo si quieres. Rómpeme la mano. Luego camina solo, equivócate de senda y deja que Villar te oiga venir desde media legua.

Pedro lo soltó. No pidió perdón. Mendo tampoco lo esperaba.

Siguieron hasta que la noche perdió densidad y el cielo empezó a ensuciarse de gris.

Entonces apareció la casa. Estaba medio hundida entre árboles, baja, húmeda, con el tejado vencido y una higuera desnuda rozando la pared como una mano vieja.

No parecía abandonada, pero tampoco habitada del todo.

Era una de esas casas donde no se vive: se aguanta.

Mendo le hizo una seña para que esperase. Pedro negó con la cabeza.

—Voy contigo.

Mendo lo observó un instante. Quizás pensó en discutir. Quizás no.

—Entonces pisa donde yo pise y no hagas ruido. En este oficio, la valentía mal colocada mata más que una espada.

Un perro salió a su encuentro antes de que alcanzaran la ventana.

Pedro se tensó, temiendo que un ladrido los entregara, pero Mendo se agachó despacio, sacó un trozo de pan duro y lo dejó en el suelo.

No lo ofreció con la mano. No intentó acariciar al animal.

Solo dejó el pan y esperó. El perro gruñó, olfateó, dudó, y al final aceptó el trato con la dignidad ofendida de los hambrientos.

Pedro comprendió entonces que Mendo no sobrevivía por suerte ni por fuerza, sino porque conocía la forma exacta de cada miedo.

—Hasta las bestias te entienden —dijo Pedro.

Mendo no sonrió.

Entraron por una ventana lateral. Dentro olía a humo, cuero mojado, aguardiente barato y ropa que no había terminado de secarse en semanas. Había una mesa, dos sillas desiguales, una manta sobre un jergón y, colgado en la pared, un rosario sin cruz.

Pedro se quedó mirándolo. Sin cruz. Hasta la fe parecía mutilada en aquella casa.