Capítulo 36 El despertar
Cabalgamos durante dos días, o quizás fueron tres, porque el tiempo perdió sus bordes en aquel viaje y quedó reducido al golpe de los cascos, al frío de la noche y a las manos que me sujetaban como se sujeta una cosa robada que aún puede romperse.
Dormíamos escondidos entre árboles, si a aquello podía llamársele dormir, y los hombres hablaban entre ellos como si yo no existiera; cuando me acercaba, bajaban la voz, y cuando miraba el camino, alguien me empujaba la cabeza hacia otro lado, como si incluso el paisaje pudiera convertirse en testigo de mi cautiverio.
No supe adónde me llevaban hasta que, al caer una tarde gris, vi levantarse ante mí una fortaleza amurallada, oscura y húmeda, con torres que parecían haber crecido de la roca no para defender a nadie, sino para vigilar una condena.
Las puertas de hierro y madera se abrieron con un gemido que me heló la sangre, y dentro nos recibió una oscuridad que no venía solo de las piedras, sino de las miradas de los soldados portugueses que llenaban el patio con armas, voces ásperas y risas que no necesitaban traducción para ser crueles.
Villar desmontó sin mirarme siquiera, como si mi miedo ya le perteneciera y no necesitara comprobarlo.
—Llevadla a mi alcoba —ordenó—. Más tarde pasaré a darle las buenas noches.
Su sonrisa quedó flotando en el corredor mucho después de que se marchara. Me llevaron por escaleras frías y pasillos que olían a humedad, humo y hierro, y a cada paso intentaba sostenerme en una esperanza absurda y necesaria.
Me arrojaron a una habitación y cerraron con llave.
Al levantarme, descubrí que estaba en una alcoba lujosa, una jaula de oro levantada para que el horror pudiera vestirse de comodidad: chimenea encendida, cortinas de terciopelo rojo, una cama demasiado grande y muebles pulidos que reflejaban la luz como si nada terrible pudiera ocurrir en un lugar tan cuidado.
Corrí hacia la ventana, aparté las cortinas y tiré del cierre con todas mis fuerzas, pero unas rejas negras me devolvieron la verdad con una precisión despiadada: no había salida.
Entonces dejé de mirar la habitación como una prisionera y empecé a mirarla como una mujer que aún no había muerto.
Busqué algo con lo que defenderme. En la mesa junto a la cama encontré un pequeño candelabro; quité la vela, lo escondí entre mis ropas y repasé cada rincón con la mirada, obligándome a pensar, aunque el miedo me golpeara por dentro con la insistencia de un animal encerrado.
La espera fue peor que cualquier golpe. Los minutos se alargaban, y cada ruido del pasillo me hacía apretar los dedos alrededor del metal. Cuando la llave giró en la cerradura, el cuerpo se me tensó entero.
Villar entró despacio.
—¿Dónde estás, pequeña raposa? No te escondas. Las presas cansadas son menos divertidas.
Me oculté tras las cortinas con el candelabro alzado.
Oí sus pasos acercarse, seguros, casi perezosos, y cuando estuvo lo bastante cerca intenté golpearlo, pero me agarró del tobillo y tiró de mí con una fuerza brutal.
Caí al suelo, el candelabro rodó lejos y la furia de Villar se desató con una violencia seca, sin grandeza, sin palabras capaces de vestirla de otra cosa que no fuera cobardía.
—Eres igual que la perra de tu madre —escupió.
La frase me hizo más daño que los golpes. Entre jadeos, con el sabor de la sangre en la boca, intenté incorporarme, y Villar me miró con un odio frío, no como quien ve a una mujer, sino como quien reconoce una vieja derrota y decide castigarla en el único cuerpo que todavía puede alcanzar.
—Nadie me desafía —dijo—. Mucho menos una insignificante como tú.
Yo estaba en el suelo, rota de miedo, pero algo dentro de mí se negó a entregarse.
No era valentía; la valentía tiene una forma más limpia.
Aquello era una terquedad desesperada, hecha de rabia, de asco y de una última voluntad de seguir siendo mía, aunque el mundo entero quisiera arrebatármelo.
Mis dedos encontraron a ciegas una pieza de madera caída junto a la mesa, y la agarré como quien toma una oración cuando ya no le queda fe.
Cuando Villar volvió a inclinarse sobre mí, alcé el brazo y descargué el golpe contra su rostro con todas las fuerzas que me quedaban.
Ese instante era todo lo que tenía.
Me levanté y corrí hacia la puerta, aunque sabía que estaba cerrada. No llegué a tocarla. Un golpe seco me partió la cabeza y la oscuridad cayó sobre mí como una piedra.
Cuando recobré la conciencia, habría preferido seguir dentro de la nada.
La cabeza me latía con violencia y, al abrir los ojos, comprendí que algo terrible había sucedido en el espacio vacío de mi memoria.
No necesitaba imágenes. El cuerpo lo sabía antes que la mente.
La dignidad puede romperse sin hacer ruido, y aun así el alma oye el estruendo.
No voy a entregarle a Villar el poder de contar ese momento, ni siquiera dentro de mi memoria.
Diré solo que desperté herida, desnuda de todo amparo, envuelta en una vergüenza que no era mía y que, sin embargo, me cubría como una tela sucia.
Lloré hasta quedarme sin voz. Lloré por mí, por Pedro, por la mujer que había entrado en aquella alcoba y ya no volvería a salir igual, porque hay violencias que no necesitan ser descritas para existir: basta con mirar quién se levanta después y qué parte de ella ha tenido que quedarse en el suelo.
—Pedro… mi Pedro…
Lo llamé como se llama a una luz perdida en mitad de la noche. Sabía que no podía oírme, pero pronunciar su nombre me impidió desaparecer del todo, porque era el último hilo que me ataba a una vida en la que mi cuerpo había sido hogar y no campo de batalla.
Tras la puerta oí voces.
—Llevadla a los calabozos. Al amanecer la colgaremos.
La cerradura giró y un hombre entró. No hubo compasión.
Me arrastró por el suelo, por los pasillos, por unas escaleras que me arrancaron gemidos que ni siquiera parecían míos, y acabó arrojándome a una celda húmeda como si yo no fuera más que un despojo que convenía apartar de la vista.
La puerta se cerró, y con ella se cerró también una parte de mí.
Durante un rato no sentí miedo a la muerte, porque la muerte, en aquel momento, prometía silencio y prometía descanso.
La celda era un agujero de piedra, fría y mojada, donde cada inspiración me rasgaba las costillas.
Un ojo apenas me dejaba ver, la cabeza me ardía y el mundo se había reducido a dolor.
Pensé en Pedro y en los demás, y supe que vendrían; precisamente por eso comprendí la trampa.
No me guardaban: me usaban. Villar me había convertido en cebo, y cuando ellos vinieran a salvarme, aquella fortaleza llena de armas y hombres los devoraría.
Aquella certeza me hizo más daño que la celda. No era suficiente haberme arrebatado la boda, a Anxo, el lobo y la paz; también querían usar mi vida rota para destruir a quienes aún me amaban, como si mi cuerpo no hubiera sido ya bastante territorio de guerra.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que un guardia se detuviera frente a los barrotes.
Su mirada me recorrió con una suciedad que me revolvió el estómago.
Intenté cubrirme, encogerme, desaparecer, pero él abrió la celda y entró con la calma de quien cree que el mundo le ha dado permiso para ser monstruo.
Se acercó. Yo retrocedí hasta la pared. Cuando intenté resistirme, me golpeó con la bota y el aire se me quebró en la garganta. La piedra estaba allí, o lo que quedaba de ella en mí, pero no sentía su calor. Durante un instante pensé que todo había terminado de abandonarme.
Entonces ardió la marca.
No fue el collar. Fue la cicatriz que la piedra había dejado en mi pecho aquella noche en que estuve a punto de morir: el lobo y la luna grabados en la carne como una promesa escrita con fuego.
La marca se abrió sin abrirse, quemándome desde dentro con un dolor que borró todos los demás.
No era solo sufrimiento. Era llamada. Era puerta.
Era algo antiguo levantándose en mí con una paciencia que ya no necesitaba esperar.
El guardia se detuvo.
Yo también.
Una corriente nació en el fondo de mi pecho y se extendió por mis brazos hasta las manos.
La celda, la humedad, el frío y la vergüenza empezaron a retroceder ante una luz que no venía de fuera.
Me incorporé despacio, no porque dejara de dolerme, sino porque la fuerza que me sostenía era más grande que el dolor.
El hombre me miró y por primera vez vi miedo en sus ojos.
—Meiga… —balbuceó.
La luz brotó de mis manos antes de que yo pudiera decidir si quería invocarla. Fue un estallido limpio y terrible, una claridad sin misericordia que atravesó al guardia y lo convirtió en ceniza.
La oscuridad regresó a la celda.
Me quedé inmóvil, con las manos temblando, esperando sentir horror por lo que acababa de hacer. No llegó. Llegó otra cosa, mucho más peligrosa: alivio, poder, una calma feroz que me asustó más que la muerte porque no tenía nada de inocente.
La anciana tenía razón. La piedra no me había abandonado.
Tal vez no servía para evitar el dolor, sino para impedir que el dolor me convirtiera en cadáver antes de tiempo; tal vez la marca no protegía a la mujer que yo había sido, sino a la criatura que nacía cuando esa mujer ya no podía seguir suplicando.
No podía quedarme allí. Debía salir, avisar a Pedro y a los demás, impedir que cayeran en la trampa de Villar.
La puerta había quedado abierta, y subí las escaleras tambaleándome, oculta entre sombras, hasta encontrar una alcoba vacía donde había ropas desordenadas sobre una silla, prendas de hombre, botas, un jubón oscuro y una capa.
Me vestí con manos rápidas y torpes, como si cada nudo que cerraba sobre mi cuerpo pudiera alejarme un poco de la mujer que habían intentado destruir.
Al levantar la vista, vi mi reflejo en un espejo.
Durante unos segundos no reconocí a la mujer que me miraba. Tenía el rostro hinchado, los labios partidos, los ojos de alguien que había dejado atrás una orilla y no sabía si encontraría otra. Si salía así, me reconocerían. Si quería sobrevivir, tenía que convertirme en otra cosa.
Junto al espejo había una navaja de afeitar.
La tomé con una calma extraña. Mi cabello, largo y claro, había sido durante años una parte de mi identidad, de mi vanidad, de mis juegos de niña, de las manos de Juana peinándome, de la mirada de Pedro en la iglesia.
Lo corté mechón a mechón, sin permitirme llorar, y cada hebra que caía al suelo parecía una pequeña muerte, pero también una liberación.
Dejé caer a la novia, a la hija obediente, a la muchacha que aún creía que el amor bastaba para mantener lejos al mal.
Pensé en Anxo. En su sonrisa antes de morir, en la manera en que había extendido el brazo para detener a Villar aun sabiendo que no podía vencerlo.
Pensé en el lobo saltando frente a Pedro.
Pensé en todas las criaturas que habían puesto su cuerpo entre la muerte y los que yo amaba.
No podía desperdiciar ese sacrificio quedándome rota en un rincón.
Cuando por fin terminé, me cubrí con un sombrero y volví a mirarme.
Ya no vi a la novia que había salido de Santa María de Figueiras cubierta con el velo de su madre, sino a una desconocida de ojos duros, una mujer nacida de la ceniza, y entendí que aquella transformación no me había salvado del dolor, pero me había dado una forma para atravesarlo.
La marca volvió a calentarse, no como advertencia, sino como impulso.
Recogí los mechones para no dejar rastro, ajusté la capa sobre los hombros y salí al corredor.
Villar me había llevado a aquel castillo creyendo que solo era un cebo. No sabía que, en la oscuridad de sus calabozos, había despertado algo que debía temer.