Capítulo 35 La boda de sangre #2
Entré de su brazo. La iglesia estaba llena de velas y guirnaldas de flores, y el aire olía a cera, laurel e incienso.
Al fondo, junto al altar, estaba Pedro. No recuerdo haber visto nunca a nadie tan guapo.
No era solo su rostro, ni la fuerza contenida de sus hombros, ni la manera en que el traje oscuro hacía resaltar la palidez de su emoción.
Era la forma en que me miró, como si hubiera dejado de respirar y aun así hubiera encontrado en mí todo el aire que necesitaba.
Quise creer que mis padres, Santiago, Isabella y Alejandro, y todos los muertos que me habían amado de algún modo estaban allí, en algún rincón de luz, mirándonos caminar hacia una vida que por fin parecía nuestra.
El abade Bernardino ofició la ceremonia. Al verlo, sentí una paz inesperada. Era el mentor de Pedro, la voz que lo había acompañado durante años, y quizás por eso su presencia no pareció una imposición de la Iglesia, sino una bendición íntima.
Cuando llegué ante Pedro, mis piernas temblaban. Él tomó mi mano y la apretó con una fuerza que habría sido excesiva si yo no la hubiera necesitado. Bajo el velo, lo vi tragar saliva.
—Estás temblando —susurré.
—Llevo toda la vida rezando para tener valor —respondió apenas moviendo los labios—. Y resulta que el momento en que más lo necesito es para no caerme delante de ti.
Aquello me hizo sonreír. La ceremonia empezó, y todo lo demás pareció alejarse.
Nuestros votos no fueron perfectos; hubo silencios, una respiración rota, un instante en que Pedro tuvo que cerrar los ojos antes de continuar.
Pero fueron verdad. Hablamos de caminar juntos, de sostenernos cuando el mundo nos negara descanso, de no pedir al otro que dejara de ser quien era para merecer amor.
No prometimos una vida sin sombras; prometimos no usar nunca la sombra del otro como jaula.
Al intercambiar los anillos, Pedro rozó mis dedos con los suyos y aquel contacto, mínimo y público, tuvo una intimidad casi insoportable.
Después levantó el velo. Sus ojos recorrieron mi rostro como si quisiera aprenderlo de nuevo, y cuando me besó, no hubo prisa ni exhibición.
Fue un beso sereno por fuera y ardiente por dentro, un juramento que no necesitó palabras para decirme que me elegía entera, con mi luz y mi sombra.
A la salida nos esperaba un banquete en la plaza, preparado por don José.
Las mesas cubiertas con manteles blancos rebosaban pan, carne, empanadas, vino, fruta y dulces, y la música de los gaiteiros, acompañada por la zanfona de un ciego que todos tomaron por buen augurio, llenó la tarde de una alegría que casi parecía desafiar al destino.
Nuestro primer baile como esposos fue torpe al principio y perfecto después. Pedro no era hombre de grandes alardes, pero sabía guiar sin imponer, acercarse sin reclamar, sostener sin encerrar.
—Si sigues mirándome así —murmuró—, olvidaré que hay medio pueblo observándonos.
—Quizás deberías olvidarlo.
Su sonrisa fue apenas un destello, pero me calentó más que el vino.
Durante unas horas, el mundo fue pequeño y bueno.
Carmen no apartaba los ojos de Anxo, y él intentaba fingir que no se daba cuenta.
Don Rodrigo permanecía serio, pero su mirada buscaba a Soledad con una insistencia que a mi abuela parecía molestarle menos de lo que quería admitir.
María bailó con Andrés y, por primera vez, la vi reír sin esfuerzo.
La tarde se apagó despacio. Las estrellas fueron encendiéndose sobre la plaza, los músicos recogieron sus instrumentos y la gente se marchó poco a poco, cansada y feliz.
Quedamos solo unos pocos entre mesas medio vacías, restos de velas y platos abandonados.
Miré a Pedro y pensé que todo lo vivido hasta aquel día no había sido más que el inicio.
La felicidad, cuando llega después del espanto, no parece descanso; parece una tregua demasiado hermosa para fiarse de ella.
Entonces una figura oscura avanzó entre las sombras.
Al principio creí que era un vecino rezagado.
Después vi la manera en que caminaba, firme, sin prisa, con la seguridad de quien no teme interrumpir la felicidad de nadie porque se cree dueño incluso de aquello que otros aman.
Villar apareció entre las mesas como una mancha sobre el mantel limpio de la noche.
El lobo se incorporó de golpe en el rincón donde descansaba y vino hacia mí, tenso, con el pelo erizado.
Anxo dio un paso para interponerse.
—No des un paso más.
Villar sonrió.
No hubo advertencia. No hubo lucha digna. Sacó una daga y se la hundió en el pecho con una rapidez seca, cruel, casi indiferente. Anxo cayó al suelo antes de que mi grito terminara de nacer.
Carmen corrió hacia él como si el mundo entero se hubiera reducido a aquel cuerpo que se vaciaba sobre la piedra.
Soledad gritó su nombre desesperada. Yo quise ir hacia Anxo, pero dos hombres me sujetaron con fuerza.
A nuestro alrededor surgieron más sombras armadas.
Villar no había venido solo. Lo había calculado todo.
Don Rodrigo intentó avanzar, pero lo rodearon. Pedro forcejeó con los hombres que lo retenían, desesperado, con los ojos clavados en mí.
—¡Victoria!
Su voz me atravesó por encima del caos. Villar se acercó, disfrutando de cada segundo.
—Qué ironía —dijo—. Una boda sin permiso del dueño de estas tierras. Ya que habláis tanto de tradiciones, quizás convenga recordar una muy antigua. La primera noche con la novia corresponde al señor.
El abade Bernardino, pálido de rabia, se interpuso con la cruz en la mano.
—Eso no tiene autoridad aquí. El matrimonio de estos jóvenes es sagrado. Ningún noble puede poner sus manos sobre lo que Dios acaba de unir.
—Dios está lejos esta noche —respondió Villar—. Yo, en cambio, estoy aquí.
Pedro se revolvió con tal violencia que uno de los hombres tuvo que golpearlo para contenerlo.
—¡Ella nunca estuvo bajo tus tierras! —gritó—. No tienes derecho sobre nosotros. No tienes derecho sobre ella.
—Los derechos pertenecen a quienes pueden imponerlos.
Villar hizo una seña y sus hombres me arrastraron hacia un caballo negro.
Todo ocurrió demasiado rápido y demasiado despacio a la vez: el rostro de Carmen inclinado sobre Anxo, las manos de Soledad intentando arrancarlo de la muerte, don Rodrigo rodeado, Pedro luchando como un animal herido, el lobo avanzando a mi lado con un gruñido bajo.
Entonces Villar levantó una pistola y apuntó a Pedro.
El disparo quebró la noche. El lobo saltó antes de que nadie pudiera reaccionar, como si hubiera conocido desde siempre el instante exacto de su muerte. Su cuerpo recibió la bala destinada a Pedro y cayó sobre la piedra con un golpe sordo.
Pedro quedó paralizado. Yo también. Durante un segundo, el mundo se quedó sin sonido.
Villar sonrió, satisfecho, y no volvió a disparar. Sabía que ya había hecho bastante daño.
Me subieron al caballo. Grité el nombre de Pedro hasta quedarme sin voz, la plaza se deshizo detrás de mí en un torbellino de sombras, velas caídas y sangre.
La imagen de Anxo en el suelo y del lobo muerto junto a Pedro se clavó en mi mente con una precisión insoportable, como si el dolor, para no perderse, hubiera decidido grabarse con fuego.
Y en medio de aquel terror, una pregunta empezó a devorarme.
¿Por qué la piedra no me había avisado?
No ardió, no brilló, no me dio ninguna señal. Nada. Solo silencio. Mientras Villar me llevaba hacia la oscuridad, sentí que la duda se me calaba dentro como una herida nueva.
¿Y si al entregar mi piedra a la talla había perdido su protección? ¿Y si la anciana, con sus palabras de luz y destino, me había despojado de lo único que podía salvarme?
No quería creerlo. Pero aquella noche, entre el galope y la sangre, la fe empezó a parecerme otra forma de abandono.