La marca del lobo Capítulo 35 La boda de sangre
83%

Capítulo 35 La boda de sangre

Desperté antes de que llamaran a mi puerta.

La luz aún era débil y la casa respiraba en esa calma breve que precede a los días importantes, cuando hasta la madera parece saber que algo está a punto de cambiar.

Durante unos minutos permanecí inmóvil, mirando el techo, con la mano apoyada sobre el pecho y el recuerdo de la talla latiendo bajo la piel como una segunda conciencia.

Al otro lado de la ventana, Galicia amanecía húmeda y gris, pero dentro de mí había una claridad extraña.

Aquella era mi boda. Por unas horas, quise creer que el mundo iba a permitirme ser solo una mujer que amaba a un hombre, no una marca, ni una herencia, ni una amenaza con nombre propio.

La puerta se abrió con suavidad y entraron Soledad, Juana, María, Carmen y la anciana. Traían agua caliente, peines, telas, cintas, un pequeño desayuno y esa solemnidad alegre con que las mujeres preparan a una novia mientras intentan no llorar demasiado pronto.

—Come un poco —ordenó mi abuela, dejando la bandeja junto a la cama—. Lo justo para que los nervios no te tiren al suelo antes de llegar al altar.

—Qué manera tan dulce de bendecir una boda —dijo Carmen, llevándose una mano al pecho con fingido espanto.

—Las bendiciones que no alimentan no sirven de nada —respondió Soledad.

La risa que siguió fue pequeña, pero alivió el aire.

Juana se sentó detrás de mí y empezó a peinarme con la misma delicadeza con que lo hacía cuando yo era niña.

Sus dedos separaban los mechones con paciencia, y cada pasada del peine parecía traer de vuelta una versión antigua de mí: la niña que corría descalza por la casa, la muchacha que quería acompañar partos antes de tiempo…

—Cuando eras pequeña —dijo Juana—, te enfadabas si el pelo no quedaba perfecto. Decías que algún día tendrías que salir al mundo y que una mujer debía presentarse ante él sin nudos.

—No recuerdo haber sido tan sensata.

—No lo eras. Después salías corriendo y volvías con media fraga en la cabeza.

Todas rieron, y yo también, aunque la risa me salió temblorosa. Juana me miró en el espejo pequeño que sostenía Carmen y vi en sus ojos un amor tan grande que me dolió.

—El amor, mi niña, no es un lugar al que se llega y donde una puede sentarse para siempre —dijo mientras terminaba la trenza—. Es camino. A veces llano, a veces lleno de piedras. Lo importante no es no caer, sino saber si la mano que te levanta es la misma que prometió caminar contigo.

—Nadie debería dar consejos sobre el amor —intervino Soledad, aunque en su voz no había dureza—. Cada pareja inventa su propio idioma. Lo que para unos es pecado, para otros es refugio. Lo que para unos parece locura, para otros es la única manera de seguir respirando.

Pensé en Pedro. En su manera de contenerse cuando el deseo y el miedo le cruzaban la mirada.

En cómo sus manos, capaces de empuñar un arma o sostener a un herido, se volvían casi torpes cuando rozaban las mías.

Pensé en la noche anterior, en el instante en que me había mirado como si no quisiera cambiar nada de mí, ni siquiera aquello que yo todavía temía.

No sabía si seríamos felices. Nadie puede saberlo antes de empezar.

Pero sabía que, si el mundo se derrumbaba, quería oír su voz en medio del estruendo.

—Ya estás lista, mi niña —susurró Juana, y las lágrimas le vencieron antes de que pudiera esconderlas.

Me levanté y la abracé con una fuerza que nos dejó sin palabras.

Había muchas cosas que nunca sabría decirle: que la amaba, que me dolía haberla juzgado que, aunque otra mujer me hubiera dado la sangre, ella me había dado los días.

A veces una madre no es solo quien trae al mundo.

A veces es quien se queda cuando el mundo amenaza con devorarte.

Carmen, que lloraba sin ningún pudor, se secó la cara con el dorso de la mano.

—Ya basta de lamentos. Si seguimos así, Pedro tendrá que casarse con un charco de lágrimas. A vestir a la novia.

Me ayudaron a ponerme la falda larga de lino blanco, sencilla y suave, que caía en pliegues limpios hasta rozar el suelo.

Después ajustaron el corpiño, el escote cuadrado, la camisa de mangas largas y las cintas de algodón que Carmen había querido prestarme de su propio vestido.

No había lujo en aquel traje, ni cola de señora noble, ni bordados capaces de comprar admiración, pero cuando me vi reflejada comprendí que no lo necesitaba.

Aquella sencillez hablaba de mí mejor que cualquier joya: de la tierra que había pisado, de las manos que había aprendido a usar, de la mujer que intentaba mantenerse en pie sin pedir permiso.

María se acercó entonces con un rosario entre las manos. No era el gesto altivo de la joven que había entrado por primera vez en nuestra casa como quien pisa suelo ajeno, sino el de una mujer que había aprendido algo del dolor.

—Quiero que lleves esto —dijo—. Recé con él por el alma de tu padre la noche en que nos dejó, y he vuelto a hacerlo muchas veces desde entonces. Hoy, si lo llevas contigo, quizás sientas que también él camina a tu lado.

No esperaba aquello de ella. El recuerdo de Santiago me atravesó con una ternura tan violenta que no pude contener el llanto. Tomé el rosario y lo apreté contra el pecho.

—Gracias, María.

—No me des las gracias. Ojalá hubiera sabido ser mejor desde el principio.

—A veces también se aprende tarde —dije—. Pero se aprende.

Llamaron de nuevo a la puerta antes de que la emoción pudiera quebrarnos más. Era la esposa de don José con sus hijas. Entraron cargadas con una caja envuelta en paños, y nada más verme me abrazaron como si en aquel cuarto se reunieran todas las vidas que aún tenían derecho a celebrar algo.

—Victoria, estás preciosa —dijo ella—. Pedro tiene mucha suerte. No venimos a quitarte tiempo, solo a traerte algo que encontramos entre las pertenencias que quedaron en la casa de tu familia.

Sus hijas abrieron la caja. Dentro había una llave antigua y un velo de una belleza delicada, largo, de encaje fino, amarillento por los años, pero conservado con un cuidado casi devoto. Soledad se quedó inmóvil al verlo.

—Dios mío —murmuró—. Ese era el velo de mi madre. Y después lo llevó Isabella.

La habitación se llenó de un silencio distinto. El nombre de la mujer que me dio la vida, cayó entre nosotras como una campana bajo el agua.

—La casa es vuestra —dijo la esposa de José—. Nosotros nos hemos mudado. No podíamos conservar lo que nunca nos perteneció del todo. Todo cuanto quedó allí sigue en su sitio. Solo queríamos devolvéroslo.

Soledad tomó la llave con manos temblorosas.

—Gracias. No sabéis lo que significa.

Yo no podía apartar los ojos del velo. Pensé en Isabella caminando hacia el altar, respirando tras aquel encaje, creyendo quizás que el amor bastaría para protegerla.

Pensé en las lágrimas que tal vez habían quedado atrapadas en sus hilos, en la última vez que alguien la había mirado como a una novia y no como a una acusada.

Hay objetos que no guardan el pasado: lo obligan a estar presente.

—No lo lleves —pidió Soledad en voz baja.

Me volví hacia ella.

—¿Por qué?

—Porque lo llevaron mujeres que conocieron la desgracia demasiado pronto. Mi madre. Isabella. No quiero que entres en tu matrimonio con un mal augurio cubriéndote el rostro.

La anciana apoyó una mano en su hombro.

—Los objetos guardan memoria, hija. Tú lo sabes.

—Precisamente por eso quiero llevarlo —respondí. Mi voz salió serena, aunque tenía los ojos llenos de lágrimas—. Si guarda algo de mi madre, que venga conmigo. No quiero entrar en la iglesia escondiendo a las mujeres que me trajeron hasta aquí. Ya han intentado borrarlas demasiadas veces.

Soledad me miró durante un largo instante. En sus ojos había miedo, pero también orgullo. Al final, asintió.

—Juana, ayúdala.

Cuando el velo cayó sobre mi rostro, el cuarto pareció cambiar de luz.

No sentí maldición. Sentí compañía. Como si por un instante todas las mujeres que habían amado, parido, curado, perdido y resistido antes que yo se hubieran reunido a mi espalda para sostenerme.

Entraría al altar cubierta por sus sombras, sí, pero algunas sombras no oscurecen: amparan.

Anxo vino a buscarme poco después. Al verme, se quedó quieto en la puerta, con esa emoción torpe de los hombres que quieren llorar y no saben dónde poner las manos.

—Si Pedro no se queda sin habla al verte, habrá que buscarle remedio

—dijo.

—Tú solo preocúpate de no pisarme el vestido.

—He sobrevivido a guerras, persecuciones y a tu abuela. Creo que podré llevarte hasta el altar.

La iglesia de Santa María de Figueiras nos esperaba vestida de blanco.

Anxo había insistido en que aquel debía ser el lugar, el mismo altar donde Isabella y Alejandro habían prometido amarse.

La idea me conmovía y me hería al mismo tiempo, como todo lo que pertenecía a una vida que me habían robado antes de que pudiera recordarla.

Llegamos en un carro tirado por un caballo marrón.

Mientras avanzábamos por el camino, pensé en Catalina, en su última mirada, en todo lo que había perdido y en todo lo que todavía me empeñaba en salvar.

Al lado del carro, el lobo. Siempre que salía la gente se asustaba al verme, quizás por eso no se quería acercar y me observaba en la lejanía, para protegerme de algún modo.

Llegamos y Anxo me ofreció el brazo al bajar.

—¿Preparada?

Miré hacia la puerta de la iglesia. Dentro sonaban murmullos, velas, flores, madera antigua, y el corazón me empezó a latir con tanta fuerza que temí que todos pudieran oírlo.

—No —confesé.

Anxo sonrió.

—Bien. Las cosas importantes nunca se hacen estando del todo preparada.