Capítulo 34 Galicia, Terra Sacra
Me quedé mirando la talla de madera como se mira una puerta abierta en mitad de una pared que una siempre creyó ciega.
La luz se había apagado, pero en la estancia permanecía un temblor extraño, casi respirado, y las cuatro piedras negras seguían encajadas en sus huecos con una quietud que no tenía nada de inerte.
La anciana me observaba en silencio, con esa compasión serena de quien ha visto demasiadas veces cómo una vida común se rompe para dejar pasar algo más grande, aunque lo grande no siempre tenga la cortesía de parecer bueno al principio.
—Ahora tu piedra guarda también el poder de las que la precedieron — dijo al fin—. No es solo un amuleto, Victoria. Es una herencia. El legado de las mujeres que vinieron antes que tú. Solo queda esperar a que tu propio don florezca.
Sentí que la palabra don caía sobre mí con un peso insoportable. Yo no entendía lo que me estaba diciendo, ni lo de ese don que nombró. Veía sangre, miedo, lobos, muerte y una boda que al día siguiente debía comenzar, una vida sencilla junto a Pedro, nada de dones y de historias raras.
—¿De qué poder hablas? —pregunté, aunque mi voz sonó más frágil de lo que habría querido—. ¿Quiénes fueron esas mujeres? ¿Qué tienen que ver conmigo? Esta piedra, esta talla, todo esto… me asusta y no entiendo nada.
La anciana no se ofendió. Sus manos, cubiertas de venas gruesas como raíces, acariciaron la madera con respeto.
—Abre la mente, muchacha. Hubo un tiempo en que Galicia no tenía más dueño que la tierra misma.
No había fronteras que pudieran contenerla ni señor que pudiera comprarla.
Era una tierra indómita, de agua, piedra y bosque, y la luz y la oscuridad caminaban por ella sin esconderse.
Entonces el Miño no era solo un río. Era guardián, voluntad y memoria viva; una criatura antigua disfrazada de corriente para que los hombres no intentaran encadenarla.
El aire se me volvió frío en la piel. Pensé en todas las mañanas en que había hundido las manos en sus aguas, en todos los reflejos que había buscado sin saber que quizás algo me miraba desde el fondo.
El sueño del lobo regresó a mí con una nitidez feroz: la corriente sosteniéndome, los ojos amarillos en el agua, la certeza de que el río me esperaba.
—En la noche más corta del año —continuó—, cuando la luna estaba más alta y el mundo parecía quedarse sin sombra, el reflejo de la luna descendió hasta el Miño.
La luna se prendó de aquel río, de su pureza y de su fuerza, y el río le habló del peligro que crecía en las entrañas de la tierra: seres que sembraban fuego allí donde pasaban, que reducían a ceniza los campos, los hogares y los bosques más antiguos.
Pero el mal no quería solo destruir casas.
Quería arrancar de las gentes el amor por su tierra, por los animales, por el agua, por todo aquello que nos recuerda que no somos dueños del mundo, sino parte de él.
La escuchaba con el corazón encogido. Aquella historia habría podido parecerme un cuento si no fuera porque la piedra que yo llevaba al pecho había ardido demasiadas veces en mi piel, porque un lobo me había seguido como si obedeciera a una llamada y porque la muerte empezaba a tener demasiada prisa a mi alrededor.
—De aquella alianza nacieron las piedras de la Luna —continuó la anciana—.
No son adornos ni supersticiones. Son arcas de luz.
Fuego guardado en la noche. Fueron creadas para proteger a las elegidas, las Almas da Lúa, aunque proteger no siempre significa apartar del peligro, sino enseñar a una mujer a sobrevivir dentro de él.
Un recuerdo me atravesó como un relámpago: la luciérnaga que me había guiado, el calor de la piedra en mi mano, la forma en que algo invisible parecía empujarme siempre hacia el mismo centro.
Nada de aquello había sido casualidad. O quizás la casualidad era solo el nombre que damos a los designios cuando todavía no tenemos valor para mirarlos de frente.
—Las piedras quedaron ocultas durante siglos —prosiguió—, esperando a las cinco escogidas que debían retomar la lucha cuando la oscuridad regresara. Tres vinieron antes que tú. Tú eres la cuarta. Falta una. Y cuando la última llegue, la fuerza de todas podrá reunirse de nuevo.
Negué con la cabeza. Me levanté tan deprisa que la silla arañó el suelo.
—No. No quiero esto. No pedí ninguna batalla ni un destino escrito en la luna. Yo no soy valiente ni extraordinaria. Solo quiero casarme con Pedro, cuidar de los míos y dejar atrás esta maldición. ¿Tan grave es querer una vida simple y sin hambre?
La anciana me miró con una calma que me irritó más que cualquier reproche.
—El destino no suele pedir permiso.
—Pues debería —respondí, con la rabia encendiéndome la garganta—. Ya he perdido demasiado. Mi padre, mi casa, mi nombre, mi paz. ¿Por qué también tengo que perder el derecho a elegir una vida sencilla?
—Porque la vida sencilla que deseas también necesita ser defendida.
Aquellas palabras me alcanzaron donde no esperaba.
Pensé en Pedro, en sus manos heridas, en su manera de mirarme como si yo no fuera una desgracia que debía soportar, sino una verdad que estaba dispuesto a elegir.
Pensé en mi madre, en Soledad, en las niñas de José, en las mujeres que siempre acababan pagando los pactos de los hombres.
Si la oscuridad quería arrebatar eso, quizás la guerra no estaba tan lejos de lo que yo amaba.
Aun así, me negué a rendirme.
—Mi anillo es de azabache. Aquí hay azabache por todas partes. No hay magia en una piedra negra.
La anciana se incorporó, enfadada, y hasta el aire pareció callar.
—Jamás te atrevas a despreciar la magia solo porque aún no comprendas su forma.
Sin sueños y sin memoria no somos nada. Las leyendas no son cuentos para entretener a los niños junto al fuego; son la manera en que la verdad sobrevive cuando el poder intenta enterrarla, y por eso los poderosos siempre han temido más a una mujer que recuerda que a un ejército que obedece.
No supe qué responder. En sus ojos había esperanza, pero también miedo, y fue ese miedo lo que terminó de asustarme. No hablaba como una mujer que quisiera convencerme de una fantasía. Hablaba como alguien que ya había visto el precio de no creer a tiempo.
—Hace más de dos mil años —continuó, más despacio—, una antepasada mía fue escogida por la tercera piedra de esta talla.
Desde entonces, la reliquia de madera ha pasado de mano en mano, de mujer a mujer, escondida bajo nombres falsos, enterrada en casas humildes, protegida de reyes, curas y ladrones.
Es indestructible, Victoria. Pero tú eres la primera en muchos siglos a quien una piedra ha elegido directamente.
No fuiste tú quien la encontró. Fue ella quien te encontró a ti, porque hay herencias que no se reciben: despiertan cuando una ya no puede seguir siendo la misma.
Miré la talla. Había cuatro piedras incrustadas y un hueco vacío. La ausencia de la quinta parecía más viva que las demás.
—¿Y quiénes fueron mis predecesoras?
La anciana sonrió, y por primera vez su rostro pareció iluminarse desde dentro.
—Navia fue la primera hija de la Luna. Dominaba las aguas, escuchaba los ríos y sabía abrir fuentes donde la tierra se moría de sed.
Trebaruna guardaba los bosques y a las gentes que vivían bajo su amparo; donde ella pasaba, la tierra volvía a respirar.
Bandua, mi antepasada, veía el porvenir en el filo de las decisiones y gobernaba la guerra con hierro y palabra.
Sus dones no desaparecieron. Descansan en la talla.
Al encajar tu piedra, los has recibido en parte, aunque todavía no sepas usarlos.
—¿Y mi propio poder?
—Eso no puedo decírtelo. Ninguna mujer conoce el nombre verdadero de su fuerza hasta que la vida la obliga a pronunciarlo.
La frase me estremeció. Había en ella una amenaza suave, como esas canciones antiguas que parecen mecer a un niño mientras esconden un duelo.
—¿Por qué yo habría de ser más poderosa que ellas?
—Porque cada hija de la Luna deja algo de sí en la talla cuando entrega su piedra.
Cada generación añade una voz al coro. La última no caminará sola: caminará con todas.
Y tú, Victoria, llevas ahora un peso que no pertenece solo a tu sangre, sino a tu descendencia.
Esta talla debe pasar de tus manos a las manos correctas cuando llegue el momento.
Debes guardar el mensaje, protegerlo y entregarlo sin permitir que el miedo lo deforme, porque lo que una mujer calla por terror puede convertirse en la cadena de otra.
La anciana retiró la piedra de la talla y la colocó entre mis manos.
En cuanto mis dedos la tocaron, una corriente me atravesó el cuerpo.
No fue dolor, al menos no al principio, sino una invasión de vidas ajenas: agua golpeando rocas, árboles incendiados, mujeres corriendo bajo la luna, hierro, sangre, cantos, partos, entierros, juramentos murmurados en lenguas que no conocía y que, sin embargo, mi alma parecía recordar.
Vi a Navia de pie junto a un río desbordado, con el cabello empapado y los brazos abiertos ante una aldea que iba a desaparecer bajo el agua.
Vi a Trebaruna arrodillada sobre una tierra negra de ceniza, hundiendo las manos en el barro hasta que brotó de él una raíz verde.
Vi a Bandua en medio de una batalla, no como una reina ni como una santa, sino como una mujer que había aprendido que a veces la paz exige mirar de frente a la espada.
Después las visiones se apagaron.
Me quedé con la piedra entre las manos y el pecho lleno de un latido que no era solo mío.
Quise decir que no. Quise devolverlo todo.
Quise correr hacia Pedro y esconderme en una vida sin profecías.
Pero incluso mientras pensaba en huir, comprendí una verdad que no podía negar por más tiempo: el destino no siempre se acepta por valentía; a veces se acepta porque lo que amas quedaría indefenso si tú fingieras no haber oído su llamada.
El destino no siempre llama a las puertas que lo desean. A veces elige una casa al azar, entra sin permiso y se sienta a la mesa como si siempre hubiera pertenecido a ella.