La marca del lobo Capítulo 33 El anillo de azabache y perla madre
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Capítulo 33 El anillo de azabache y perla madre

Santiago respiraba una calma rara, hecha de rumores, pasos apresurados y conversaciones que se apagaban en cuanto alguien se acercaba demasiado.

En los soportales, los hombres hablaban del rey, de Madrid, de órdenes nuevas y de una Galicia que quizás dejaría de obedecer a tantos señores.

Algunos lo decían con miedo; otros, con una esperanza que no se atrevían a mostrar del todo.

Para la nobleza, cada cambio era una amenaza.

Para la gente común, tal vez fuera una ventana entreabierta en una habitación demasiado oscura, aunque nadie sabía todavía si al otro lado aguardaba aire limpio o más humo.

Yo escuchaba aquellas voces al cruzar la plaza, pero mi pensamiento regresaba siempre a la misma alcoba, al mismo cuerpo herido, a la misma respiración que durante semanas había marcado el ritmo de mis días.

Había pasado un mes desde el disparo, y Pedro ya podía incorporarse sin ayuda.

Estaba más delgado, con el rostro afilado por la fiebre y el dolor, y el brazo tardaría en recuperar fuerza, pero en sus ojos había vuelto a encenderse una luz que yo temía haber perdido para siempre.

Aquella mañana, al entrar con un cuenco de caldo, lo encontré sentado junto a la ventana.

La claridad le caía sobre el cabello oscuro y sobre las vendas que aún le cruzaban el cuerpo.

Tenía las manos ocupadas en buscar algo entre las sábanas, y al verme se quedó quieto, como un niño sorprendido haciendo una travesura.

—Si estás intentando levantarte sin permiso, voy a llamar a mi abuela

—dije.

—No sería la primera vez que una mujer de tu familia amenaza con acabar conmigo por mi propio bien.

Sonreí y él también lo hizo, pero enseguida el gesto se volvió tímido. Sacó una pequeña caja de madera y la sostuvo entre las manos con una seriedad que me hizo olvidar el caldo, la fiebre y el mundo entero.

—No es como debería ser —dijo—. No hay familia reunida, ni mesa preparada, ni palabras bendecidas por todos los que merecen escucharlas.

Eso llegará, si tú quieres. Pero después de estos días he comprendido algo: la vida no siempre espera a que hagamos las cosas en el orden correcto, y hay promesas que se vuelven urgentes precisamente porque la muerte ha tenido la insolencia de acercarse demasiado.

Abrió la caja. Dentro había un anillo delicado, trabajado con dos piedras: un azabache oscuro como una noche sin luna y una madreperla clara, encendida con reflejos suaves. Me quedé sin voz.

—Pedro…

—Quiero que lo lleves como señal de nuestro compromiso —continuó

—. El azabache protegerá lo que el mundo intente arrebatarte.

La madreperla recordará que incluso en la oscuridad hay una luz que no se rinde.

Y si alguna vez dudas de ti, de mí o de todo lo que nos espera, míralo; no para recordar que me perteneces, porque no te quiero de esa manera, sino para recordar que yo he elegido pertenecerte a ti en todo lo que mi alma pueda dar, sin jaula, sin deuda y sin pedirte que apagues ninguna parte de tu fuego para merecer mi amor.

Sentí que algo se me rompía y se rearmaba al mismo tiempo.

Me incliné hacia él y lo besé con cuidado de no lastimarlo, aunque dentro de mí no había nada cuidadoso: había hambre de vida, gratitud, miedo, deseo y un amor tan grande que casi dolía.

Pedro me sostuvo la nuca con la mano sana, y aquel beso no tuvo la urgencia de los cuerpos que se buscan a ciegas, sino la profundidad de quienes han visto pasar la muerte por la puerta y deciden amarse antes de que vuelva.

Al salir de la alcoba encontramos a Anxo en el pasillo. Se notaba que lo sabía todo, quizás porque había ayudado a conseguir el anillo. Tenía los ojos brillantes y una emoción torpe en el rostro, de esas que los hombres intentan esconder sin demasiado éxito. Me abrazó con fuerza.

—Me encargaré de todo, Victoria. Te llevaré al altar yo mismo, aunque no sea tu padre. Para mí eres la hija que nunca tuve.

No pude responder. Lo abracé y dejé que aquel gesto dijera lo que la garganta no me permitía.

La noticia se extendió con rapidez, y por primera vez en mucho tiempo el pazo pareció llenarse de algo que no era miedo.

Los preparativos empezaron de inmediato.

Había flores, telas, encargos, mensajes que entraban y salían, y en medio de aquel movimiento yo sentía que la felicidad era una lámpara hermosa colocada en una casa amenazada por un huracán.

El día anterior a la ceremonia, Soledad y don Rodrigo fueron a la iglesia para revisar la decoración.

Yo no estaba allí, pero mi abuela me lo contó después con los ojos bajos y una tristeza que no quiso llamar por su nombre.

En el silencio de la nave, entre flores y bancos de madera, don Rodrigo le tomó la mano con una delicadeza impropia de un hombre acostumbrado a mandar tropas.

—Soledad —le dijo—, en este mundo lleno de incertidumbre, tú has sido la única certeza que no he sabido combatir.

He visto tu valor, tu inteligencia y esa manera tuya de sostener lo que otros dejarían caer.

No quiero seguir a tu lado solo como compañero de guerra. Quiero ser algo más. Cásate conmigo.

Mi abuela, bajó la mirada como si aquellas palabras fueran lo único que pudiera herirla de verdad.

—Rodrigo, mi corazón querría decirte que sí. Pero mi alma sigue atada. Soy monja, aunque el mundo lo haya olvidado. Viví oculta durante veinte años, lejos del hábito, pero nadie me liberó de mis votos.

El silencio cayó entre ellos como una campana. Él no retiró la mano de inmediato, y ella tardó un instante en apartarla.

—No puedo —añadió—. Por más que me duela, mi destino no puede escribirse junto al tuyo.

Don Rodrigo no insistió. Tal vez porque la amaba, y hay amores que precisamente por ser verdaderos no se permiten convertir el deseo en cadena.

La iglesia guardó aquel secreto, y mi abuela regresó al pazo con la espalda recta y el corazón, supuse, hecho pedazos en algún lugar donde nadie pudiera verlo.

Hay renuncias que no hacen ruido porque ya han gritado bastante por dentro.

Mientras tanto, la casa seguía su propio curso. Carmen vino a verme aquella tarde y nos abrazamos como si no hubieran pasado meses, sino una vida entera.

—Nada más saberlo, he venido a felicitarte —dijo.

Anxo apareció en ese momento y palideció al verla.

—Carmen… ¿qué te trae por aquí?

—Victoria se casa. ¿Esperabas que me quedara en casa remendando sábanas?

Él tartamudeó algo sobre acompañarla a dar un paseo, y ella aceptó con una sonrisa que decía más de lo que sus palabras callaban. Los vi marcharse entre las calles de Santiago, dos personas adultas caminando con la timidez de quienes han esperado demasiado para mirarse sin excusas.

Poco después llegaron Juana, Andrés y María. Nos fundimos en un abrazo que olía a viaje, a familia y a todo lo que había echado de menos sin atreverme a pensarlo. Andrés me tomó las manos.

—Nada me hace más feliz que verte casada con Pedro.

—Y a mí me alegra tenerte como cuñado, aunque siempre te haya querido como hermano —respondí, emocionada—. ¿Y Antonio?

Juana se irguió con orgullo.

—Está cumpliendo una misión religiosa en América.

La noticia me dejó un instante sin palabras. Antonio, el muchacho que no podía quedarse quieto ni para recibir una reprimenda, cruzando mares bajo el nombre de Dios. La vida tenía un humor extraño, casi cruel, y a veces convertía a los fugitivos en peregrinos sin pedirles opinión.

Soledad apareció entonces y abrazó a Juana con una alegría que se apagó apenas al ver a María. La saludó con corrección, sin frialdad abierta, pero sin aquella entrega que reservaba para los suyos. María lo notó. Vi cómo sus manos se retorcían sobre el vientre antes de hablar.

—Espero un hijo —dijo al fin, intentando afianzarse en la familia o que la mirásemos de otra manera—. Andrés y yo nos casamos hace unos meses. Intentamos avisaros, pero no logramos dar con vosotros.

La alegría entró en la estancia con cuidado, como si temiera pisar alguna vieja herida.

Un hijo siempre era una bendición, y todos la felicitamos con palabras sinceras, aunque bajo las sonrisas aún quedaban sombras de aquella primera visita, de sus desprecios y de la muerte de mi padre ocurriendo mientras ella aprendía demasiado tarde la vergüenza.

Sin embargo, algo en su rostro había cambiado.

María ya no parecía una muchacha altiva, sino una mujer que empezaba a comprender que el amor no se sostiene sobre orgullo, sino sobre paciencia, y que pedir perdón no devuelve a los muertos, pero al menos deja de insultarlos con silencio.

—¿Y Pedro? —preguntó Juana de pronto—. Quiero verlo.

Mi abuela y yo nos miramos. Tuvimos que contarle lo ocurrido, la herida, la fiebre, la recuperación lenta. Juana palideció y después se encendió de rabia.

—¿Y me entero ahora? ¡Llevadme con mi hijo!

Andrés fue con ella. Al entrar en la alcoba, Juana se llevó las manos a la boca al ver a Pedro tan delgado, vendado y pálido.

—Ay, mi hijo…

Pedro intentó sonreír.

—Madre, no me abraces muy fuerte o acabarás por rematarme.

Ella lo reprendió entre lágrimas, y él la calmó como pudo, asegurándole que estaba en las mejores manos y que volvería a ser el mismo.

Yo no estaba tan segura de que nadie vuelva a ser el mismo después de mirar la muerte desde tan cerca, pero callé.

A veces el consuelo no consiste en decir la verdad, sino en dejar que alguien respire un rato dentro de una mentira amable.

Mi abuela me hizo una señal para que los dejáramos solos. Regresábamos hacia la cocina cuando Mendo apareció con la urgencia dibujada en el rostro.

—Victoria, llevo un buen rato buscándote. Hay alguien esperándote. Dice que es importante.

Lo seguí hasta una de las alcobas. Al cruzar la puerta, me encontré con la anciana.

No parecía la bruja del cuento que había conocido, sino una figura salida de una historia antigua.

Vestía un traje morado que caía hasta el suelo como un velo de misterio, y el cabello, recogido con esmero, estaba coronado por una pieza de plata y azabache que le daba un aire casi real.

Al verme, abrió los brazos. Nos abrazamos sin hablar, como si ambas hubiéramos sabido desde siempre que aquel encuentro estaba escrito en una página que ninguna de las dos había aprendido aún a leer.

—Querida amiga —dijo—, te dije que volveríamos a vernos pronto.

—¿Cómo has podido hacer un viaje tan largo?

—La edad solo pesa cuando una no tiene motivos. Yo tenía uno muy importante: bendecir vuestra unión y entregarte algo que debe llegar a tus manos antes de que empiece tu nueva vida.

Junto a ella reposaba una talla de madera antigua, grande, oscura, cubierta de símbolos que no supe descifrar. Tenía piedras negras incrustadas, semejantes a la que yo llevaba al cuello, y aunque el tiempo había desgastado sus bordes, emanaba de ella una fuerza serena, casi viva.

—Muéstrame tu collar —pidió.

Obedecí. La anciana tomó mi piedra con cuidado y señaló uno de los huecos vacíos de la talla.

—Colócala ahí.

Lo hice. La piedra encajó con una precisión que me estremeció, como si siempre hubiera pertenecido a aquel lugar.

En la madera había ya tres piedras; con la mía, cuatro.

Aún quedaba un hueco vacío. En el instante en que el azabache quedó fijo, un sonido profundo recorrió la estancia, no como una música, sino como un latido nacido bajo la tierra.

La talla emitió una luz suave que llenó las paredes de sombras temblorosas y luego se apagó de golpe, dejándonos en un silencio reverente, de esos que no piden palabras porque acaban de pronunciarlas todas.

La anciana me tomó por los hombros. Sus ojos, oscuros y penetrantes, se clavaron en los míos.

—Siéntate, Victoria. Voy a contarte algo que debes escuchar como si cada palabra fuera la última. Hoy no empieza solo tu matrimonio. Empieza tu destino, y los destinos, por desgracia, rara vez esperan a que una mujer termine de arreglarse el velo.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza. La boda, Pedro, la guerra, Villar, la marca, todo pareció inclinarse hacia aquel objeto de madera como si la vida entera hubiera estado caminando en secreto hasta esa habitación.

Y entonces comprendí que algunas puertas no se abren porque una esté preparada, sino porque el mundo ya no permite que sigan cerradas.