La marca del lobo Capítulo 32 El rescate
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Capítulo 32 El rescate

El plan para liberar a don José empezó a moverse antes de que amaneciera.

Anxo, Mendo, Pedro, don Rodrigo y una escolta de soldados salieron hacia el punto acordado, llevando consigo el falso peso de una promesa que nadie pensaba cumplir del todo.

Soledad y yo quedamos en el pazo, rodeadas de vendas, ungüentos, agua hervida y esa espera amarga que precede a la sangre, cuando una todavía no sabe cuántos nombres tendrá que rezar al caer la noche.

—Soledad, quedaos preparadas por si necesitamos atención cuando regresemos —ordenó Anxo, sin detenerse siquiera a mirarla—. No sabemos en qué estado encontraremos a don José y a su familia.

Mi abuela alzó una ceja.

—No te preocupes, hermano. Iremos con vosotros y llevaremos lo necesario.

Anxo se volvió, exasperado.

—No me has oído. Te ordeno que te quedes aquí con Victoria.

—Y yo creo que quien no escucha eres tú. Te he dicho que iremos con vosotros.

—Siempre terca como una mula.

—Soy tu hermana mayor y más inteligente que tú, el terco aquí eres tú.

Durante un instante pensé que iban a discutir hasta que el sol estuviera alto. Al final, Soledad bajó la mirada con una docilidad tan repentina que hasta yo desconfié.

—Está bien. Esperaremos.

Anxo la observó con recelo. Conocía demasiado bien a su hermana para fiarse de aquella rendición, pero no tenía tiempo para atarla a la pata de una cama. En cuanto se marcharon, mi abuela se volvió hacia mí.

—Alístate, Victoria. Los seguiremos en la distancia. Si algo sale mal, nos necesitarán allí, no rezando junto a una chimenea.

No pregunté nada. Había aprendido que, cuando Soledad desobedecía, solía hacerlo por una razón de fuerza mayor.

Cargamos comida, vendas, aguardiente, millefolium, telarañas limpias y todo cuanto podía separar una vida de la muerte durante unos minutos; después salimos tras ellos, ocultándonos entre la niebla y los árboles.

El claro apareció de pronto, abierto en mitad del bosque como una herida.

Villar esperaba allí con sus hombres. Había soldados armados, caballos nerviosos y, en el centro, don José y su familia, atados con una cuerda larga que los obligaba a avanzar juntos como reses camino del matadero.

La esposa caminaba erguida por pura voluntad, y las niñas se sujetaban a ella con esa fragilidad de los pájaros que aún no saben si tienen alas o solo miedo.

—Mira bien —murmuró mi abuela—. Aquel a caballo es Villar.

El cuerpo se me heló.

—Lo conozco.

Soledad se volvió hacia mí.

—¿De qué lo conoces?

—Pedro y yo nos cruzamos con él de camino a San Pedro de Rocas. Iba de cacería con varios hombres. Perseguían un jabalí, justo cuando se acercó a mí, la piedra se calentó en mi pecho. Entonces no lo entendí. Pero cuando estuve escondida en las negociaciones, allí lo reconocí.

Mi abuela apretó los labios. En sus ojos vi un odio salvaje. Al ver la tensión de mi abuela, el lobo se acercó a mí, sabía que algo ocurría. Estaba inquieto, llevaba unos días sin acercarse a mí solo me observaba desde lejos, como si esperara, el qué todavía no lo sé.

Junto a Villar apareció Frei Teodoro de Armental, montado en un caballo blanco. Su hábito era impecable, adornado con bordados que brillaban incluso bajo la mañana gris. No parecía un hombre de Dios, sino un príncipe disfrazado de santo.

—Fue él quien apoyó a Villar cuando acusaron a tu madre de brujería

—susurró Soledad—. Él firmó su condena para quedarse con parte de sus bienes.

Sentí que el aire me faltaba. Allí estaban los hombres que habían destruido mi vida antes de que yo supiera que era mía y la de mi familia: Villar, Teodoro, hombres respetados, hombres con caballos, sellos y manos limpias.

Los monstruos rara vez llegan cubiertos de barro; a menudo se presentan bendecidos, perfumados, seguros de que una firma puede hacer pasar la violencia por mandato divino.

El intercambio empezó con una lentitud insoportable.

Don Rodrigo avanzó con la escolta, Pedro a su lado, y vi cómo Villar observaba cada movimiento con una sonrisa pequeña, casi aburrida.

Los hombres de Mendo permanecían ocultos entre los árboles, esperando la señal.

Todo parecía tensarse hacia un punto invisible.

Entonces don José hizo algo que nadie había previsto.

Se abalanzó sobre uno de los guardias, le arrancó el mosquete pegándole tan fuerte que le dejó tirado en el suelo y, antes de que nadie pudiera detenerlo, apuntó a Frei Teodoro.

El disparo retumbó como un trueno dentro de la niebla.

El clérigo cayó del caballo, malherido, retorciéndose en el suelo con los ojos desorbitados.

Aún tuvo fuerzas para escupir una maldición.

—Traidores… La Iglesia vengará esta ofensa.

Luego quedó inmóvil.

Mendo se lanzó hacia los hombres que custodiaban a la familia de don José, cuchillo en mano, y Anxo lo siguió con un grito que no parecía humano.

Los soldados de don Rodrigo surgieron entre la niebla con las armas levantadas.

Los disparos, los relinchos y los gritos se mezclaron hasta formar una sola masa de ruido y humo.

Villar, al ver la trampa, hizo girar el caballo y huyó.

Pedro corrió hacia la familia de José para cubrir a las niñas.

Lo vi abrirse paso entre sombras, firme incluso en medio del caos, y por un instante sentí ese orgullo absurdo que nace cuando una quiere a alguien y lo ve ser exactamente quien prometía ser.

Después don José, cegado por la rabia, recargó el arma y volvió a disparar contra Villar, que ya se alejaba.

Los hombres de Villar respondieron a la vez.

Una descarga atravesó la niebla.

Pedro cayó.

No recuerdo haber gritado, aunque todos dicen que lo hice.

Recuerdo que empecé a correr hacia Pedro, la tierra bajo mis pies, las raíces que casi me hicieron caer, la mano de mi abuela intentando detenerme y mi propio cuerpo arrancándose de ella porque, en aquel instante, vivir o morir solo significaba una cosa: llegar hasta Pedro antes de que el mundo volviera a quitarme algo que amaba.

Caí de rodillas a su lado. Estaba inconsciente, con la sangre saliéndole por el costado y empapando la tela de la camisa a una velocidad que me robó el aliento. Puse las manos sobre la herida y apreté con toda mi fuerza.

—Aguanta, Pedro. No te atrevas a dejarme. No ahora.

No respondió. Su piel estaba demasiado pálida, y bajo mis dedos la sangre seguía buscando salida como si el cuerpo ya hubiera decidido rendirse.

Luís y Anxo se colocaron cerca para cubrirnos, golpeando y disparando a cualquiera que intentara acercarse. Soledad llegó detrás de mí, arrancó un trozo de su falda y lo ató alrededor de la herida con una rapidez brutal.

—No aflojes —me gritó por encima del estruendo—. Si dejas de apretar, se nos va.

No había tiempo para rezos ni para preparar una cura decente. Arrastramos a Pedro hasta una carreta mientras el combate empezaba a desplazarse hacia los árboles. Subimos a José y a su familia junto a Pedro y escapamos como quien roba un alma de las manos del infierno.

—La sangre no para —dijo Soledad, pálida por el estado de Pedro—. Habrá que quemar la herida.

Miré a Pedro, a su respiración cada vez más leve, y algo dentro de mí se apoderó del momento.

No fue calma; fue decisión. Saqué el millefolium y lo machaqué con los dedos hasta que su jugo se mezcló con la sangre.

Luego tomé las telarañas limpias que llevaba guardadas y las combiné con un poco de pólvora, tal como había visto hacer a nuestro vecino judío con las vacas que se desangraban en los partos difíciles.

Introduje la mezcla con cuidado, apreté y no aparté la mirada, aunque el estómago se me revolviera, porque una mujer que aprende mirando acaba sabiendo más de lo que el mundo le permite decir.

Mi abuela me observó con asombro.

—¿De dónde has aprendido eso?

—De mirar —respondí sin soltar la herida—. De escuchar cuando nadie creía que estaba aprendiendo.

Por primera vez, Soledad no discutió.

La hemorragia cedió poco a poco, no del todo, pero lo suficiente para que el cuerpo de Pedro no se vaciara en el camino.

Cuando llegamos al pazo, lo llevamos a una alcoba cercana a la cocina, donde el fuego podía mantenerse vivo y el agua hervir sin descanso.

Allí lo desnudamos hasta donde el pudor y la urgencia lo permitían, limpiamos la herida y comprobamos que la metralla no había quedado dentro.

Estaba muy grave. Una vez estabilizado solo quedaba rezar.

No fue el único. En la entrada del pazo se amontonaban hombres con cortes, quemaduras, metralla incrustada y huesos rotos.

Mi abuela y yo trabajamos hasta que las manos dejaron de pertenecernos.

Lavamos heridas, repartimos aguardiente, cosimos carne, vendamos miembros y hablamos con aquellos que no soportaban el dolor si no había una voz cerca asegurándoles que seguían en el mundo.

Cuando por fin pude volver junto a Pedro, lo encontré ardiendo de fiebre, pero vivo.

Me senté a su lado y le tomé la mano. Era grande, cálida, fuerte incluso en la debilidad.

Aquella mano había sostenido espadas, rosarios, riendas y mi miedo sin pedir nada a cambio. La besé antes de poder avergonzarme.

—No me dejes…

Mientras le controlaba la fiebre. La puerta se abrió y entró don José.

Parecía otro hombre. La barba descuidada, los ojos hundidos y las manos temblorosas no lograban ocultar la rabia que lo mantenía en pie.

Sin que nadie se lo pidiera, empezó a pedir perdón por lo ocurrido, se culpaba por el estado de Pedro.

Comenzó a hablar de las torturas sufridas por su familia, de los dedos amputados a sus hijas, de los gritos que había oído desde las celdas, de la culpa que lo había devorado mientras no podía protegerlas.

Mi abuela salió corriendo en busca de las niñas antes de que terminara de hablar, tenía que examinarlas y confirmar que no corrían peligro.

Yo permanecí inmóvil, con la mano de Pedro entre las mías y una furia fría instalándose en mi pecho.

Villar no era ya una amenaza lejana ni un ladrón de herencias ni de amores; era un hombre capaz de hacer daño a niñas para arrancar secretos a sus padres.

Un hombre así no quería poder. Quería que el mundo aprendiera a temblar antes de pronunciar su nombre.

—Puedo reunir hombres —dijo don José a don Rodrigo, con una voz que empezó débil y acabó firme—.

Soy el alcalde ordinario de Santiago, pero también he mandado defensas en estas tierras.

Conozco a los nobles que aún son fieles al rey, a los clérigos que no se han vendido y a los campesinos que lucharán si saben que no están solos.

Dejadme hacerlo. Dejadme convertir esta vergüenza en justicia.

Don Rodrigo lo miró durante un largo silencio.

—Así sea.

Desde aquel día, la alianza empezó a crecer.

Don José puso en movimiento a hombres, recursos y lealtades que hasta entonces esperaban en la sombra.

Mendo, por su parte, se dedicó a sembrar rumores entre los rebeldes: traiciones, acuerdos falsos, nombres vendidos al rey.

La desconfianza se extendió entre ellos como una enfermedad sin fiebre.

La lucha estaba lejos de terminar. Villar había escapado, Frei Teodoro había muerto, y una familia destrozada se había convertido en bandera.

Pero mientras Pedro respiraba junto al fuego, pálido y obstinado, comprendí que nuestra verdadera guerra no había empezado en el campo de batalla, sino mucho antes, en todas las veces que alguien poderoso creyó que podía romper a los débiles sin que el mundo le pidiera cuentas.

Y aquella noche, velando a Pedro, juré que el mundo se equivocaba.