La marca del lobo Capítulo 31 El precio del oro #2
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Capítulo 31 El precio del oro #2

—Estamos dispuestos a escuchar vuestras demandas —dijo Pedro. Su voz sonó firme, aunque en la sala el aire tenía ya ese espesor que precede a las desgracias—. Pero la violencia solo traerá más muerte. Si queréis negociar, hablad con claridad.

Durante unos instantes nadie respondió. Los nobles se miraron entre sí, midiendo quién sería el primero en poner precio a una rebelión que todos fingían llamar justicia. Al fin, un hombre de barba gris y manos enjoyadas dio un paso al frente.

—Reclamamos la restitución de nuestros fueros, el respeto a las instituciones del Reino de Galicia y el fin de la intromisión de los ministros de la Corte en nuestros asuntos.

Villar lo interrumpió con un gesto seco. No soportaba que otro hombre diese forma a una causa que él pretendía poseer y liderar.

—Reclamamos eso y algo más tangible —dijo Villar—. La Corona ha vaciado estas tierras durante demasiado tiempo. Exigimos compensación por los agravios sufridos y por los gastos de esta defensa. Dos arrobas de oro del tesoro llegado de Indias, entregadas como garantía de buena fe.

Nadie dijo que aquel oro acabaría repartido entre los presentes, pero todos lo pensaron. La codicia, cuando se viste de derecho, sigue oliendo igual para quien sabe reconocerla.

Frei Teodoro avanzó un paso. Vestía con una pulcritud tan impecable que parecía no haber atravesado nunca el barro de Galicia. Sus manos, largas y blancas, se cerraban sobre el rosario con una tensión mal disimulada.

—La Iglesia tampoco puede quedar sometida al capricho de la Corte.

Si se habla de fueros y privilegios, debe hablarse también del derecho a nombrar nuestros cargos eclesiásticos sin intervención de Madrid.

Las rentas, los diezmos y las tierras piadosas han de permanecer bajo autoridad de quienes custodian las almas de este reino.

Villar volvió apenas la cabeza hacia él. Fue un gesto mínimo, pero bastó para que yo viera la grieta. No eran aliados. Eran lobos bebiendo del mismo río, vigilando el reflejo de los colmillos ajenos.

Pedro también lo vio.

Permanecía junto a don Rodrigo con las manos enlazadas a la espalda y la cabeza ligeramente inclinada, como si escuchara con humildad. Pero yo empezaba a conocerlo lo suficiente para saber que aquella quietud no era sumisión. Era cálculo.

—Son peticiones enormes —dijo al fin Pedro—. Y algunas, formuladas así, son imposibles de llevar ante el rey sin que parezcan una confesión de traición.

Villar entrecerró los ojos.

—Habéis venido a negociar, no a darnos sermones.

—He venido a distinguir entre lo que puede salvar vidas y lo que solo servirá para levantar horcas —advirtió Pedro—. No tengo poder para conceder lo que pedís. Sí tengo voz suficiente para saber qué demandas pueden llegar vivas hasta el rey y cuáles morirán antes de salir de esta sala.

El silencio cambió de peso. Pedro miró primero a los nobles.

—La Corona puede confirmar privilegios, reconocer servicios, abrir comercio y reforzar la autoridad de ciertas casas bajo protección real.

Eso no es imposible. Pero ningún privilegio sobrevivirá si el campesino que lo sostiene decide prender fuego al granero.

Si queréis conservar poder, tendréis que ofrecer orden, no saqueo.

Algunos nobles bajaron la mirada. Otros fingieron no haber oído.

Después Pedro se volvió hacia Frei Teodoro.

—La Iglesia puede conservar su dignidad, sus rentas legítimas y su influencia, siempre que no parezca que pretende coronarse a sí misma sobre los altares del reino.

Frei Teodoro tensó la mandíbula.

—¿Insinuáis que la Iglesia ambiciona lo que no le corresponde?

—Insinúo que nadie conserva poder si convierte a sus aliados en enemigos —respondió Pedro—.

Los nobles no aceptarán que los diezmos gobiernen sus tierras.

Y la Iglesia no aceptará que las espadas administren las almas.

Si no decidís qué parte del reino queréis salvar, acabaréis disputándoos sus cenizas.

Vi entonces cómo la sala se partía sin que nadie se moviera.

Villar ya no miraba a don Rodrigo, sino a Frei Teodoro.

Frei Teodoro ya no miraba a Pedro, sino a los nobles.

Y los nobles, que habían entrado juntos bajo una misma bandera, empezaban a calcular cuántas manos podían meterse en el mismo saco de oro antes de que alguien sacara un cuchillo.

Pedro no había respondido a sus demandas. Les había recordado que ninguno confiaba en el otro.

Sentí orgullo, miedo y algo más íntimo que aparté enseguida, porque no era lugar para que el corazón se distrajera.

Villar fue el primero en recuperar la voz.

—Habéis hablado mucho para no ofrecer nada.

Pedro sostuvo su mirada.

—Ofrezco una salida. Terminad con la rebelión, entregad las armas, liberad a don José y a su familia, y don Rodrigo llevará ante el rey una petición ordenada: confirmación de privilegios, revisión de rentas, protección de casas leales y perdón condicionado para quienes no hayan derramado sangre inocente.

Una risa seca escapó de uno de los nobles.

—¿Perdón condicionado?

—El rey perdona con más facilidad a quien aún puede ser útil —dijo Pedro—. A los muertos solo se les conceden epitafios.

Frei Teodoro dio un paso más.

—¿Y qué garantía tenemos de que la Corona no nos colgará en cuanto entreguemos a los rehenes?

—La misma que tenemos nosotros de que no degollaréis a don José en cuanto recibáis el oro —respondió Pedro.

Aquella frase cayó como una piedra en un pozo.

Villar sonrió despacio. No era una sonrisa de alegría, sino de reconocimiento. Por primera vez pareció aceptar que Pedro no era un muchacho llevado allí por la nobleza, sino un enemigo capaz de pensar antes de sangrar.

—Entonces hablemos de garantías —dijo.

—Hablemos —respondió Pedro.

Los rebeldes pidieron una prueba de buena fe: la familia de don José a cambio del oro.

Pedro no aceptó de inmediato. Exigió prueba de vida, lugar neutral y entrega por partes.

Primero saldría uno de los rehenes. Después se mostraría el oro.

Luego otro rehén. Y así hasta que todos estuvieran a salvo.

Villar escuchó sin pestañear. Frei Teodoro fingió rezar. Los nobles hicieron cuentas en silencio.

Don Rodrigo aceptó llevar la propuesta al rey con la solemnidad de quien firma una carta sabiendo que quizá nunca será enviada. Cuando salimos de aquella sala, Pedro llevaba la mandíbula tensa y las manos cerradas.

Cuando nos reunimos de nuevo en el pazo, no necesitó decirme nada. Lo vi en sus ojos. Aquel acuerdo olía a trampa.

Se envió una paloma a Madrid y empezaron cinco días de espera.

Cinco días en los que los rumores sobre Vigo crecieron hasta volverse insoportables: iglesias profanadas, casas quemadas, mujeres suplicando, marineros colgados para dar ejemplo, niños arrastrados por calles que habían conocido sus primeros pasos.

Santiago se llenó de voces bajas, de puertas cerradas y de miradas que buscaban culpables antes que consuelo, porque cuando una tierra sangra siempre aparece alguien dispuesto a llamar justicia a su propio miedo.

La respuesta llegó al quinto día. Don Rodrigo desenrolló el mensaje frente a nosotros y leyó con el rostro cada vez más rígido.

—El rey no consiente el acuerdo. Ninguna concesión tendrá validez sin su mandato. Debemos mantener la posición y esperar nuevas instrucciones.

El silencio cayó sobre la sala con un peso de sentencia.

—No podemos esperar —dijo don Rodrigo—. Si entregamos el oro sin autorización, traicionamos al rey. Si no lo entregamos, matarán a José y a su familia. Solo nos queda atacar durante el intercambio.

—Si fallamos, morirán ellos y puede que nosotros —advirtió Pedro.

Mendo recorría la estancia como un animal encerrado, con el sudor brillándole en la frente.

—No podemos entrar como ejército. Nos descubrirán antes de llegar a la puerta.

—¿Qué propones? —preguntó don Rodrigo.

—Sombras —respondió Mendo—. Un grupo pequeño, disfrazado de comerciantes, entrará con provisiones. En los fardos irán armas y cuerdas. Por la noche neutralizarán la guardia y abrirán las puertas al resto.

Me puse en pie antes de pensarlo.

—Es demasiado arriesgado. Si descubren a los infiltrados, no habrá segunda oportunidad.

Todas las miradas se volvieron hacia mí. En los asuntos de guerra, una mujer era poco menos que una silla que respiraba, pero aquella vez no bajé la cabeza. Mi abuela me sujetó del brazo para obligarme a sentar, aunque no llegó a hacerlo con demasiada fuerza. Pedro fue quien habló.

—Victoria tiene razón.

Las cabezas giraron hacia él. Apoyó las manos sobre la mesa y su voz tomó esa firmeza serena que lograba imponerse sin herir.

—Olvidaos de tomar la fortaleza. Si nosotros llevamos el oro, tenemos derecho a escoger el lugar del intercambio.

Usaremos el pretexto de proteger el tesoro para exigir terreno neutral.

Lo haremos donde nuestras fuerzas puedan rodearlos.

Que crean que vienen a cobrar; nosotros iremos a recuperar a una familia.

Mi abuela hizo la señal de la cruz, y yo sentí que algo se cerraba a nuestro alrededor.

Aceptamos aquella estrategia porque era la mejor, pero dentro de mí una voz murmuraba sin descanso que, cuando el oro llama, la palabra de un hombre vale menos que el polvo del camino, y hasta los juramentos más solemnes empiezan a sonar como monedas chocando dentro de una bolsa.