Capítulo 31 El precio del oro
—Preparadlo todo. Reanudamos el viaje. Subí al caballo con el cuerpo aún debilitado, pero con una fuerza nueva que no sabía si me pertenecía o si me había sido prestada por aquello que había despertado en mí.
Los hombres me miraban con una prudencia incómoda: no se acercaban demasiado, no me hablaban si podían evitarlo, y algunos desviaban los ojos cuando mi lobo caminaba junto a mi montura como una sombra viva.
El miedo al contagio seguía en ellos, aunque la enfermedad ya no estuviera en mí, porque la gente cree que deja de temer cuando el peligro pasa, y no es cierto; el miedo permanece un tiempo sentado en el alma, esperando cualquier ruido para levantarse de nuevo.
Tardamos tres días en llegar a Santiago. Fueron tres días de caminos embarrados, vigilias inquietas y silencios que se abrían de vez en cuando para dejar pasar una orden, una oración o el ruido de los cascos contra la piedra.
Entramos por la Puerta de Mazarelos cuando la ciudad empezaba a despertar del todo.
El mercado olía a fruta madura, vino derramado, lana húmeda y humo de hornos, y entre los puestos se cruzaban voces, risas, monedas y noticias llegadas de la ría, cada una más amarga que la anterior.
Pero cuando mi lobo pisó la losa compostelana, la alegría se quebró como una copa fina: la gente se apartó, algunos hicieron la señal de la cruz y otros bajaron la mirada con esa mezcla de miedo y desprecio que tantas veces se reserva a lo que no se comprende, como si nombrar bruja a una mujer bastara para no tener que preguntarse qué poder la había mantenido viva.
—Andar entre lobos… eso es cosa de brujas —murmuró una vieja, apretando contra el pecho una cesta de manzanas.
Yo sonreí por fuera, porque a veces la dignidad consiste en no permitir que otros vean dónde han clavado el cuchillo.
Por dentro, sin embargo, sentí un frío que no venía de la mañana.
¿Y si tenían razón? Me había curado de una enfermedad que todos daban por mortal, un lobo me seguía sin cadena y la piedra que llevaba al pecho había matado a los hombres que intentaron dañarme.
Cada vez que intentaba explicarlo desde la fe, algo se me resistía; cada vez que lo atribuía a la oscuridad, algo dentro de mí se ofendía.
Pedro notó mi inquietud. No dijo nada, pero acercó su caballo al mío lo suficiente para que su pierna rozara apenas la tela de mi falda. Fue un gesto mínimo, invisible para todos los demás, y aun así sentí en él una promesa sin ceremonia: estoy aquí, aunque el mundo decida llamarte monstruo.
Al final de la calle se levantaba el Pazo de Xelmírez, pesado y solemne, como si aquellas piedras hubieran nacido para guardar secretos antes que hombres. Don Rodrigo alzó la mano para señalarlo.
—Ahí lo tienes. Desde lugares como este se vigila mejor lo que los hombres llaman lealtad. En tiempos de silencios peligrosos, hacen falta ojos en todas partes.
Atravesamos el pórtico y la ciudad quedó atrás como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible.
Dentro, el aire era frío y olía a cera, pergamino y piedra antigua.
Las bóvedas devolvían el eco de nuestros pasos y convertían cada movimiento en algo más grave de lo que era.
En aquel lugar, incluso respirar parecía una concesión del poder.
Encontramos a Anxo en el gran salón. Al ver a mi abuela, se le quebró el rostro. Corrió hacia ella, cayó de rodillas y hundió la frente en sus manos como un niño que hubiera regresado de un lugar donde los hombres dejan de ser hombres.
—Miles de muertos, hermana mía —dijo con la voz rota—.
Miles. No eran soldados. Eran labriegos, marineros, muchachos del barrio con hoces, palos y cuchillos viejos.
Pusieron el cuerpo donde faltaban cañones, y la ría, que había recibido oro, barcos y ambiciones de medio mundo, acabó llena de sangre humilde.
El marqués de Villadarias, sentado junto a la mesa, lo observó con una frialdad que me heló más que cualquier viento.
—Y vos, Anxo, ¿dónde estabais? Porque heridas no traéis.
—En el pontón de Corbeira. No mirando, señor, sino sujetando cuerpos que se abrían entre mis manos.
Vi morir a hombres con los que había bebido la víspera, y a rapaces que llamaban a sus madres mientras la sangre les salía por la boca.
Si queréis hablar de heroísmo, hablad vos.
Yo solo vi miedo, dolor y ese silencio brutal que llega cuando alguien deja de respirar.
Villadarias golpeó el brazo de su silla y su voz llenó el salón.
—Esos hombres fueron héroes, leales al rey y a Dios.
La ría no estaba indefensa. Levantamos cadenas, gabarras, baterías improvisadas, parapetos y barcos viejos convertidos en fortalezas.
Resistieron con pólvora mojada, con hambre, con cañones que reventaban al disparar.
Y aun así aguantaron. Cayeron, sí, pero cayeron mirando al enemigo de frente.
Nadie se atrevió a responder. En la sala estaban Villadarias, Anxo, don Rodrigo, Mendo, Pedro, mi abuela y yo, junto a otros oficiales cuyos nombres desconocía.
Todos hablaban de patria, del rey, de honor y de plata llegada de América, pero yo solo podía pensar en los hombres sencillos que habían muerto sin saber qué parte de aquella gloria les pertenecía, porque la historia suele escribir con tinta noble lo que otros han pagado con carne.
—¡Basta! —intervino don Rodrigo—. Los muertos ya no necesitan discursos. Nosotros necesitamos soluciones.
Mendo, que había permanecido junto a una ventana desde la que se veía la catedral, se volvió lentamente.
—Nuestra prioridad debe ser don José. Si logramos liberarlo, tendremos de nuestro lado a un hombre capaz de inclinar a parte de la nobleza y contener la rebelión antes de que Galicia se nos abra en dos.
—¿Dónde lo retienen? —preguntó Pedro.
—En la fortaleza de Salvaterra do Miño —respondió Mendo—. Una plaza bien defendida, cerca de la frontera con Portugal. Un ataque directo sería una estupidez.
Don Rodrigo apretó la mandíbula.
—Después de Vigo no podemos permitirnos sutilezas. Necesitamos demostrar el poder del rey Felipe V.
—Los títulos del rey no nos abrirán una puerta cerrada —replicó Mendo, sin alzar la voz—. Y una carga frontal solo servirá para llenar más fosas.
Pedro, que hasta entonces había escuchado en silencio, apoyó las manos sobre la mesa.
—No lo tienen prisionero solo por ser alcalde ordinario. Lo tienen porque representa poder, influencia y memoria. Quieren dinero, tierras y algo más peligroso: legitimidad.
Todos lo miraron. Don Rodrigo, siempre tan dueño de sí, dejó ver por un instante una sombra de duda.
Yo comprendí que Pedro había dicho en voz alta lo que muchos sabían y nadie quería tocar.
Don José no era únicamente una pieza política; era también un hilo de la misma madeja que me unía a Villar, a mi madre verdadera y a los bienes que aquel hombre había robado con la ayuda de sotanas y silencios.
Villadarias se levantó.
—Entonces se negocia. Se escuchan sus demandas, se gana tiempo y se decide después dónde cortar.
Los días siguientes fueron un remolino de órdenes, mapas, cartas y rostros tensos.
Don Rodrigo, Anxo, Pedro y Mendo trabajaron sin descanso, intentando coordinar nobles, soldados y campesinos bajo una causa común.
A Soledad y a mí nos encomendaron preparar un puesto de socorro por si aquello terminaba como terminan casi todas las decisiones tomadas lejos de la sangre: con cuerpos abiertos y mujeres corriendo para cerrarlos.
Al principio llegaron solo soldados con órdenes y criados con mantas, pero pronto empezaron a aparecer mujeres de la ciudad: una lavandera que sabía coser carne mejor que cualquier cirujano, una viuda que había enterrado a dos hijos en Vigo, una muchacha que no decía su nombre y traía vendas escondidas bajo la capa.
Soledad las organizó con dos frases y una mirada.
En su voz, la obediencia no sonaba a sumisión, sino a supervivencia.
Allí entendí que la guerra de los hombres se decidía sobre mapas, pero se sostenía sobre las manos de las mujeres.
Ellos hablaban de oro, fueros y coronas; nosotras contábamos paños limpios, agua hervida y cuántos cuerpos cabrían en la sala antes de que el suelo se volviera resbaladizo de sangre.
La gloria nunca huele a gloria cuando llega a la mesa de las que tienen que coserla.
La reunión con los sublevados se celebró en terreno vigilado por ellos.
Pedro y don Rodrigo acudieron con Mendo y una escolta discreta.
Yo no debía estar allí, pero hacía tiempo que había aprendido que las órdenes eran más fáciles de obedecer cuando una no tenía nada que perder.
Permanecí lo bastante lejos para que no me vieran, pero lo bastante cerca para entender que Villar no era solo un hombre cruel; era peor: un hombre capaz de hacer que la crueldad pareciera una forma natural de autoridad.
Lo vi de pie entre nobles y soldados, junto a un clérigo de porte impecable al que llamaban Frei Teodoro de Armental.
Villar no necesitaba gritar para imponerse.
Su autoridad se extendía con una naturalidad venenosa, como si todos en aquella sala hubieran aceptado que su voluntad era parte del mobiliario.
—Soy don Rodrigo, enviado del marqués de Villadarias y del capitán general de Galicia —dijo con voz firme—. En nombre del rey Felipe V, vengo con autoridad para resolver esta situación. Por el bien de todos, busquemos una salida pacífica.
Frei Teodoro sonrió con desprecio.
—¿Y qué viene a ofrecernos ahora nuestro rey?
Las risas se extendieron por la sala. Pedro dio un paso al frente y el sonido se apagó poco a poco.
No levantó la voz, pero algo en su manera de estar obligaba a escucharlo.
Aquel no era ya el muchacho que rezaba para sujetar sus miedos, sino un hombre que había aprendido a entrar en una estancia llena de lobos sin enseñar la garganta ni olvidar que también podía morder.