La marca del lobo Capítulo 30 El regreso
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Capítulo 30 El regreso

Al amanecer, durante unos instantes solo se oyó un ladrido. Después llegó otro sonido, apagado al principio, rítmico y creciente, hasta hacerse inconfundible: cascos de caballo acercándose por el bosque.

Entonces, entre la lluvia, oímos una voz.

—¡Mendo!

—¿Está todo bien? —preguntó él, sin dejar de vigilar el bosque.

—Todo está bien, hijo —respondió Nutriz, aunque la emoción le había dejado la voz más fina.

Otro hombre desmontó detrás de él. Alto, recto, con esa autoridad que algunos llevan incluso antes de abrir la boca. No era un soldado cualquiera. Su ropa estaba manchada por el camino y la batalla, pero la forma en que los demás esperaban sus órdenes lo decía todo.

Nutriz lo miró con cautela.

—Si venís en nombre del Rey, ¿dónde están los estandartes?

—Guardados —respondió él sin vacilar—. En estas tierras, después de lo ocurrido en Vigo, un estandarte puede ser una invitación a morir antes que una señal de autoridad y más en estas tierras enemigas.

Lo dijo sin emoción visible, pero sus ojos se quedaron demasiado tiempo en el lobo. El animal, que ya podía mantenerse en pie, aunque cojeaba, observaba desde la entrada del refugio con la misma dignidad ofendida de siempre.

Empezamos a salir uno tras otro. Don Rodrigo nos recorrió con una mirada firme.

—Preparaos. Partiremos en cuanto estéis listos. Hay caballos y víveres para el camino.

No preguntó si queríamos marcharnos. La orden cayó sobre nosotros con el peso de la urgencia, y obedecimos. Recogimos lo poco que teníamos. Cuando fui a despedirme de Nutriz, la anciana me abrazó con una fuerza inesperada.

Yo no supe qué decir. El lobo bajó la cabeza y, por un instante, apoyó el hocico contra mi mano. No fue caricia ni obediencia. Fue reconocimiento. Después se volvió y desapareció entre los árboles, cojeando con una nobleza salvaje que me dejó un hueco extraño en el pecho.

Sin más espera ni despedidas, nos subimos a los caballos y nos marchamos.

Pedro cabalgaba a mi lado, vigilante. Luís no dejaba de mirar hacia atrás.

Soledad permanecía rígida, con esa quietud suya que nunca significaba calma, sino demasiados pensamientos encerrados en una sola mujer.

Yo llevaba el azabache bajo la ropa y sentía, de vez en cuando, un calor mínimo, como una brasa que respirara al compás de mi pulso.

Después de varias horas, Soledad acercó su caballo a don Rodrigo. Había en su rostro una vulnerabilidad que pocas veces mostraba, y quizás por eso don Rodrigo la prestó una atención que no concedía a cualquiera.

Era alto, de cabello gris y barba cuidadosamente recortada. Sus hombres se movían a su alrededor con disciplina. Cuando desmontamos para descansar, saludó a Soledad con una inclinación correcta y a mí con una mirada rápida, demasiado inteligente para resultar cómoda.

—Don Anxo permanece en Santiago atendiendo a fieles servidores del Rey heridos en la batalla. Es un hombre admirable, y el monarca lo tiene en gran estima. Sé que es una situación delicada para vosotros.

—Delicada es una palabra elegante para decir que varios hombres poderosos han decidido convertir una vida en botín —respondió Soledad.

Don Rodrigo miró el camino antes de responder.

—Nuestra misión no se limita a traeros. Hemos venido a comprobar si Portugal ha jugado algún papel en la derrota de Vigo.

Hay informes de contactos entre Lisboa y los ingleses, de puertos abiertos para reparar naves enemigas y recoger información.

Si se confirma, Portugal habrá dejado de ser aliado para convertirse en traidor.

El Rey necesita saberlo antes de tomar una decisión definitiva.

No sois tan importantes ni estamos aquí para serviros.

Quiero dejar las cosas claras antes de continuar camino.

—Quizás —dijo mi abuela—. Pero los hombres armados suelen creer muchas cosas hasta que una mujer les demuestra que también pueden equivocarse tarde.

La conversación siguió durante días, primero con prudencia, luego con una confianza que a Mendo parecía incomodarle cada vez más.

Yo los observaba desde mi caballo. Don Rodrigo era rígido ante sus hombres, pero junto a mi abuela se le aflojaba algo en el gesto, como si aquella mujer menuda que no temía contradecirlo lo desarmara más que un ejército.

Una tarde, mientras atravesábamos un sendero estrecho entre árboles, Soledad le preguntó por sus conocimientos de medicina.

—Me sorprende que reconozca ciertas plantas y no confunda una fiebre con un castigo divino.

Él sonrió, complacido.

—Vengo de un linaje de médicos. Yo tomé otro camino porque de joven confundí la guerra con una vida más intensa. Después uno descubre que la sangre enseña, pero no siempre lo que uno esperaba aprender. ¿Y usted?

—Mi madre tenía don para curar, pero tuvo que renunciar a él por las exigencias de la vida familiar.

O, mejor dicho, por la imposición de mi padre.

Para mí, el convento fue refugio y escuela.

Es triste que las mujeres tengamos que buscar entre muros lo que a los hombres se les permite perseguir por los caminos.

Don Rodrigo inclinó la cabeza.

—Nunca me permitiría faltarle al respeto. Ante usted, confieso que quedo indefenso. Y le ruego que me disculpe: no sabía que era monja.

Soledad sonrió, y verla sonreír así, sin ironía, fue casi más extraño que ver brillar el azabache.

—Hace mucho que dejé esa vida atrás. No tiene que disculparse.

Mendo apretó las riendas de su caballo con un gesto que no se le escapó a nadie salvo, quizás, a él mismo. Luís, que siempre encontraba una grieta para el comentario, se inclinó hacia mí.

—Si esos dos siguen hablando de medicina, acabaremos necesitando un médico de verdad para Mendo.

Quise reír, pero el cuerpo me respondió con mal estar.

Llevaba días sintiéndome extraña: cansancio, malestar, fiebre.

Al principio lo achaqué al viaje, al miedo, a dormir poco y comer peor.

Pero esa tarde algo cambió. Un frío empezó a subirme por la espalda y la cabeza me pesó de pronto como si me la hubieran llenado de piedras.

Pedro lo notó antes que nadie.

—Victoria.

Su voz sonó distinta. Me miró la cara y desmontó casi de un salto.

—Estoy bien —mentí.

—No lo estás.

Me sostuvo antes de que las piernas me fallaran. Soledad llegó enseguida, me tocó la frente, me examinó los ojos, las muñecas, el cuello, y se quedó inmóvil. En la piel habían aparecido pequeñas úlceras, rojas y abiertas, como si algo dentro de mí estuviera intentando salir.

—Pedro, avisa a don Rodrigo —ordenó sin levantar la voz.

—¿Qué ocurre?

—Victoria tiene fiebre alta y lesiones en la piel. No sé aún qué es, pero puede ser contagioso. Necesitamos aislarla y mantener alejadas a las tropas.

Don Rodrigo no perdió tiempo.

—Buscaremos un refugio cercano. Nadie se acercará salvo quienes usted autorice. Daré órdenes de separar a los hombres que hayan estado en contacto con ella.

A partir de ahí, todo se volvió confuso.

Me tendieron sobre mantas en una construcción abandonada junto al camino.

El mundo ardía dentro de mí. La cabeza me estallaba, la boca se me secaba hasta doler, los trapos húmedos se calentaban sobre mi frente en pocos minutos y las voces de los demás llegaban y se alejaban como si el aire estuviera lleno de agua.

Después llegó el delirio.

Vi ojos amarillos en todas partes, hasta detrás de los rostros que se inclinaban sobre mí. Sentí que algo venía por mí y que no había puerta capaz de detenerlo. La voz de Pedro me llamaba desde lejos.

—Victoria, soy yo. Estoy aquí. Mírame.

Pero yo ya no estaba allí. Estaba bajo un árbol enorme, tumbada en una claridad blanca que no dolía.

Oía un aullido en la distancia y no me daba miedo.

Luego vi el río, bravo e iluminado por la luz de la luna, y entré en él sin resistirme.

El agua no estaba fría. Me envolvió con una paz tan profunda que por un instante quise quedarme para siempre.

En la superficie brillaba una luna enorme, llena, demasiado familiar.

—¡Victoria, escúchame! ¡Vuelve!

La voz de Pedro rasgó el agua.

Desperté de golpe con el cuerpo metido en el arroyo.

Soledad me sujetaba los hombros y Pedro me sostenía en brazos, llamándome una y otra vez, pálido, empapado y desesperado.

El frío me atravesó los huesos y el dolor regresó con tanta violencia que deseé volver al río del sueño, hundirme en aquella paz y no regresar nunca.

Entonces oí el aullido del lobo.

No era un sueño. Estaba cerca, inquieto, como si supiera que algo se estaba rompiendo. Pedro llevó la mano al colgante y retiró los dedos al instante.

—La piedra quema.

Soledad miró el azabache y se le descompuso el rostro.

—Dios nos ampare. Dale láudano. Pon agua a hervir y limpia todo. Necesitaré manteca para cubrirle el cuerpo.

—Yo me encargo —dijo Pedro.

Fueron días largos, aunque no sé cuántos.

La enfermedad convirtió el tiempo en una habitación sin ventanas.

A veces despertaba y veía a Pedro sentado a mis pies, con los ojos rojos de no dormir, rezando en silencio.

Otras veces, sentía la cabeza del lobo apoyada junto a mi mano, su aliento caliente contra mi piel, guardián oscuro de una puerta que nadie más podía ver.

—Pedro, aléjate de mí —le pedí una noche, o tal vez una mañana—. Si es contagioso, no podría perdonármelo.

Él se acercó más y me rodeó con los brazos.

—Jamás te dejaré si la muerte te lleva que me lleve a mí también.

No lo dijo como una frase hermosa. Lo dijo con rabia, casi con dolor, como si aquella promesa fuera lo único que sabía o podía ofrecerme. Quise responder, pero el cuerpo me venció.

El cuarto día, don Rodrigo habló con Soledad fuera de aquel campamento improvisado. Yo apenas podía verlos, pero sus voces llegaron claras.

—Mis hombres están agotados —dijo él—. Este lugar no es seguro. Estamos rodeados de partidarios del archiduque Carlos y cada día aumenta el riesgo de una emboscada.

—Victoria no puede viajar. Está al borde de la muerte.

—Con ella o sin ella, tendremos que marchar.

La respuesta de mi abuela hizo que hasta los soldados dejaran de murmurar.

—Ruin cobarde sin alma. ¿El Rey le da una orden y usted la abandona en mitad del camino? ¿Esa es su lealtad?

—Mi lealtad también pertenece a mis hombres y debo protegerlos. Y ya le dije que esta misión de recogeros era algo de paso, no nuestro principal objetivo.

—No me hable de proteger cuando no tiene valor ni para proteger a una muchacha enferma.

—Es usted una insolente indomable y terca.

—Y no le respondo con una bofetada porque es demasiado alto y no llego.

Soledad buscó una piedra donde subirse y con tal decisión que don Rodrigo se adelantó para sujetarla antes de que cayera. Durante un segundo quedaron frente a frente, tan cerca que incluso desde mi fiebre pude sentir la electricidad de aquel choque.

—Patán —dijo ella.

—Demonio de mujer —respondió él.

Don Rodrigo la dejó en el suelo con un cuidado que no casaba con su enfado.

—Dos días más. Ni uno solo después.

Se marchó con aire de vencedor, aunque todos supimos que aquella batalla no la había ganado él.

Al día siguiente caí en una oscuridad más honda. No había voces, ni dolor, ni cuerpo. Solo un latido lejano. El azabache empezó a emitir una luz débil, intermitente, como el último pulso de un corazón cansado. Su resplandor bañó mi piel.

—¿Has visto eso? —murmuró Pedro.

Soledad no respondió.

La luz se intensificó. El brillo del azabache y el de la luna parecieron encontrarse en algún punto secreto del aire, uniéndose en un hilo de luz que empezó a rodearme con círculos lentos.

Entonces el lobo apareció de nuevo. Cojeaba, pero había en su manera de avanzar una dignidad feroz, como si la herida no lo debilitara, sino que lo hubiera vuelto más salvaje.

Pedro, Soledad y Luís quedaron inmóviles.

Nadie se atrevió a hacer nada. El lobo alzó la cabeza y aulló hacia la luna.

Luego caminó alrededor de mí, junto al arroyo, bajo aquel pobre techo de palos y paja que temblaba con el viento.

En aquel sonido había una llamada que no pertenecía a ningún animal común.

Algo ardió dentro de mí. No era fiebre. Era una fuerza más antigua, un fuego que no destruía la carne, sino que parecía recordarle al cuerpo una forma olvidada.

Pedro retrocedió un paso.

—Soledad… mírala.

La luz deformó mi sombra. Durante un instante, mi figura dejó de parecer humana. En su lugar se alzó el reflejo de loba, majestuosa, envuelta en el mismo resplandor que salía de la piedra. No estaba fuera de mí ni dentro. Era yo, o lo que en mí había esperado desde antes de mi nacimiento.

—Esto no puede ser —susurró Soledad, llevándose las manos a la boca.

Mis ojos se abrieron. El lobo calló. La figura plateada se deshizo como humo bajo la luz, y todo quedó en silencio.

Cuando recuperé la conciencia, estaba exhausta, pero el dolor había desaparecido. Soledad y Pedro corrieron hacia mí. Mi abuela me remangó la ropa con manos temblorosas, buscando las úlceras, las manchas, cualquier rastro de la enfermedad. No quedaba nada.

Hasta que apartó la tela de mi pecho y se quedó inmóvil.

Allí, sobre la piel, había aparecido una marca con la forma de un lobo y una luna. Parecía una quemadura profunda, pero no dolía. Al tocarla sentí una calma extraña, como si mi cuerpo no la recibiera por primera vez, sino que la estuviera reconociendo.

Pedro se arrodilló a mi lado. No apartó la mirada de la marca, pero tampoco se apartó de mí.

—Victoria —dijo en voz baja—, sea lo que sea esto, ¿estás bien?

Quise aferrarme a su voz, a su mano, al calor del lobo respirando cerca de mí. Pero en lo más hondo de mi pecho, bajo aquella señal recién nacida, algo respondió a la luna con una certeza que ya no podía negarse.

La bestia no había despertado para matarme.

Había despertado para reclamarme.