La marca del lobo Capítulo 29 La promesa
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Capítulo 29 La promesa

Al despertar fui directa a ver al lobo. Tenía miedo de encontrarlo muerto, frío bajo la manta de lana, convertido en otra prueba de que mi voluntad no bastaba para retener a nadie de este lado; pero al abrir la puerta de la sala blanca lo vi despierto, débil y furioso, lamiéndose las heridas y comiéndose los gusanos, mientras los pobres intentaban salvarle la vida devorando la carne podrida.

Era peculiar ese círculo de supervivencia.

Por primera vez desde que Pedro lo trajo en brazos, sentí esperanza.

El animal levantó la cabeza al verme y enseñó los dientes. No era gratitud lo que había en sus ojos, ni docilidad. Era vida, una vida herida, desconfiada, rabiosa, y quizás por eso me conmovió más que cualquier mansedumbre.

—Tranquilo —murmuré—. No pienso dejar que te mueras después de haberme salvado la vida, aunque muera en el intento.

Volví a usar el aceite dulce de vitriolo para dormirlo.

Lo hice con más seguridad que la noche anterior, aunque el olor de aquel líquido seguía pareciéndome una puerta abierta a un mundo imposible.

Cuando el lobo quedó vencido por el sueño, retiré los gusanos, limpié la herida y comprobé que ya no supuraba como antes.

La carne seguía dañada, pero había perdido aquel color de muerte que tanto me había asustado.

Apliqué el ungüento de miel y resina, cosí la piel con hilo de lino y dejé un cuenco de caldo de huesos a su alcance para cuando despertara.

Luego me quedé mirándolo. Dormido, parecía menos fiera y más criatura. Aun así, bajo el pelaje negro había una fuerza que ningún vendaje podía domesticar. Tal vez eso era lo que me atraía y me inquietaba: no quería convertirlo en algo nuestro; quería que sobreviviera siendo suyo.

Los días empezaron a pasar con una lentitud extraña, como si incluso el tiempo caminara de puntillas para no sobresaltarlo.

Todos acabamos pendientes de su respiración, de si comía un poco más, de si apoyaba la pata, de si gruñía con menos rabia cuando entrábamos.

Luís, que al principio habría preferido verlo muerto y enterrado lejos de sus botas, apareció una mañana con un faisán colgando de la mano y una sonrisa mal disimulada.

—Traigo cena para su majestad. Con suerte, cuando se recupere recordará quién le llevó el manjar y no me comerá primero.

—No te preocupes —dijo Pedro—. Si lo hace, prometo decirle que eras indigesto.

Luís se santiguó sin dejar de mirar al lobo.

—No bromees con eso. Tiene cara de entender.

La desconfianza fue cediendo poco a poco, no porque el peligro desapareciera, sino porque una se acostumbra incluso a dormir cerca de aquello que teme.

Algo parecido nos había ocurrido con la anciana.

Nutriz, que al principio me pareció salida de un cuento oscuro, empezó a formar parte de nuestra rutina con la misma naturalidad que el humo, el pan duro o las gotas de lluvia golpeando la tierra sobre nuestras cabezas.

Una tarde, mientras nos servía la comida, reuní el valor para hacerle una pregunta que llevaba días rondándome.

—¿Por qué Mendo insistió tanto en que no le hicieras nada a Pedro?

La anciana dejó el cuenco sobre la mesa y me miró con esos ojos que parecían viejos antes de haber nacido.

—Porque Mendo tiene demasiada imaginación.

—No parecía imaginación. Parecía advertencia.

Nutriz torció la boca en algo parecido a una sonrisa.

—Estoy investigando algunos aspectos de los hombres jóvenes. Nada grave. Una herida pequeña aquí, una observación allá. El conocimiento exige sacrificios.

Luís casi se atragantó con el caldo. Pedro dejó la cuchara en la mesa y la miró con una mezcla de educación y alarma.

—Os agradecería que mi cuerpo no formara parte de ningún descubrimiento —dijo.

—Tu cuerpo ya forma parte de demasiados problemas, muchacho — respondió ella, y se marchó riéndose con una risa baja que me puso la piel de gallina.

Aquella noche Pedro y yo fuimos a un arroyo cercano, era de noche y la luna guiaba nuestros pasos.

El agua caía entre las rocas con un rumor constante, y la hierba, húmeda por el orballo, nos mojaba las manos cuando nos sentábamos demasiado cerca.

Allí el refugio, la guerra, Villar, la piedra y todos los muertos parecían quedarse al otro lado del sonido.

Pedro tomó mi mano con cuidado y la llevó a sus labios.

No fue un gesto grandilocuente ni aprendido de los libros; fue lento, contenido, como todo en él cuando el deseo y la conciencia luchaban por ocupar el mismo lugar.

Sentí el calor de su boca sobre mis nudillos y un estremecimiento me subió por el brazo, no de miedo, sino de esa clase de certeza que una reconoce, aunque no se atreva a nombrarla.

Nos tumbamos sobre la hierba. Hacía frío, pero su cuerpo junto al mío lo cambiaba todo.

El cielo estaba tan lleno de estrellas que por un instante pensé que alguien había rasgado la noche para dejarnos ver lo que escondía detrás.

Permanecimos así, con las manos enlazadas, sin hablar.

A veces el amor empieza a decirse antes de tener palabras, en el modo en que alguien respira cerca, en la forma en que no se aparta cuando el silencio se vuelve demasiado íntimo.

Pedro se incorporó de pronto. Lo vi nervioso, y ese nerviosismo suyo, tan impropio del hombre que había enfrentado cuchillos sin pestañear, me hizo sonreír antes de saber qué iba a decir.

—Victoria, quiero que estemos juntos siempre. No sé qué vendrá. No sé si tendremos paz, ni casa, ni un camino que no se cierre a nuestros pies. Pero quiero enfrentarlo contigo. Quiero celebrar lo bueno y soportar lo malo de tu mano, aunque todo lo demás se rompa.

Su voz tembló un poco, y aquello me desarmó más que cualquier valentía.

—Quiero que seas mi mujer —continuó—. Aquí, bajo este cielo que parece escucharnos, te lo digo sin adornos: no quiero otro destino que no sea compartir la vida contigo.

Quiero despertarme a tu lado, aprender tus silencios, discutir contigo cuando seas insoportable y darte la razón cuando me venza tu terquedad.

Quiero amar a la mujer que eres y también a la que todavía no sabes que vas a ser.

—Qué hermoso, Pedro. Para bailar con aquella muchacha del poblado y dejarme sola camino de la cabaña no estabas tan inspirado.

Él parpadeó, primero desconcertado y después indignado de una manera tan humana que casi me hizo reír.

—¿De verdad? ¿Me estoy declarando y me hablas de eso?

—Las mujeres tenemos memoria. Es una virtud incómoda.

—Victoria, bailé con ella porque me lo pidió y porque nos habían acogido. Fue cortesía, nada más.

—Y al verme marchar decidiste seguir siendo cortés.

—Me pediste que me fuera.

—No siempre hay que hacer caso a una mujer enfadada.

—Entonces explícame cuándo debo obedecerte y cuándo no, porque voy a necesitar un manual.

No pude evitar sonreír. Él también, aunque enseguida la sonrisa se le apagó y en sus ojos apareció algo más hondo.

—No sé hacerlo mejor —dijo en voz baja—.

A veces siento que todo lo que hago para no perderte te acerca más al peligro.

Pero si me pides hechos, te los daré. No con palabras bonitas, ni con promesas que se lleve el viento.

Con mi vida, si hace falta. Con mis manos. Con mi nombre. Con todo lo que soy.

—No quiero que mueras por mí.

—Entonces déjame vivir contigo.

Aquella frase me dejó sin defensa. Pedro se acercó despacio, como si todavía esperara que yo pudiera detenerlo.

Su mano buscó mi cintura con una mezcla de deseo y reverencia que me hizo olvidar el frío.

Cuando sus labios rozaron los míos, no hubo suavidad perfecta ni delicadeza de cuento, sino algo más verdadero: el temblor de dos cuerpos que llevaban demasiado tiempo intentando no encontrarse.

Se apartó apenas.

—Dime que me detenga y lo haré.

Le sostuve la mirada. En otros hombres, aquellas palabras habrían sido una estrategia.

En Pedro eran una promesa. Podía sentir su fuerza, su deseo, la contención que le tensaba la mandíbula, y por primera vez comprendí que la verdadera protección no era apartarme del mundo, sino dejarme elegir dentro de él.

—No te detengas —susurré.

El beso que siguió ya no pidió permiso porque lo tenía.

Me abrazó con una pasión que había estado guardada bajo demasiadas oraciones, demasiados duelos y demasiados miedos.

Yo le respondí con la misma hambre, no de pecado ni de pérdida, sino de vida.

Durante unos minutos no fuimos fugitivos, ni herederos de secretos, ni cuerpos perseguidos por la guerra.

Fuimos solo Pedro y yo, bajo la noche, prometiéndonos con la boca lo que el mundo aún no nos dejaba decir en voz alta.

Cuando regresamos al refugio, nada había cambiado y, sin embargo, todo era distinto.

Los días siguientes fueron tranquilos hasta volverse casi irreales.

Rezábamos por Mendo y Anxo cada mañana, cuidábamos del lobo, reparábamos vendajes, vigilábamos la entrada y esperábamos noticias con el corazón encogido.

La noticia llegó atada a la pata de una paloma.

Nutriz desplegó el pequeño pergamino con manos que no temblaron hasta después de leerlo.

—El Rey se compromete —leyó—, pero antes debe asegurar la mercancía de la Flota de Indias. En Rande, ingleses y holandeses han hecho grandes estragos. El Rey enviará tropas pronto. Hasta entonces, resistid. Que Dios nos guarde. Mendo.

Nadie habló durante un momento. Aquellas palabras traían esperanza, sí, pero también la confirmación de que el mundo de fuera ardía con una violencia demasiado grande para nuestras manos.

Entonces Nutriz se sentó y se cubrió la cara.

—Mendo es mi hijo —confesó, y su voz, siempre áspera, salió rota—. Lo encontré en el bosque cuando era un bebé. Lo habían abandonado como se abandona lo que estorba. Yo lo crie. Lo hice hombre. Y ahora está ahí fuera, en medio de una guerra que devora a los buenos y perdona a los peores.

La miré sin saber qué decir. Aquella mujer que parecía hecha de raíz, humo y amenaza se quebraba ante nosotros por el miedo más simple y terrible: el de una madre. De pronto dejó de ser enigma y se volvió humana, y quizás por eso me dolió.

Los días que siguieron estuvieron llenos de esa preocupación. Mendo, Anxo, don José, la familia secuestrada, el Rey, Villar, Vigo, Portugal. Todo se mezclaba en nuestra espera. Luís fue el primero en romper la rutina con una de sus obsesiones.

—Lo de la luz durante el ataque no fue normal —dijo una tarde—.

Podéis llamarlo milagro, señal o lo que queráis, pero aquella piedra hizo algo.

Además, esos lobos que nos salvaron, desde cuando un lobo entra en un poblado lleno de gente, y en una cuadra.

Sabían lo que tenían que hacer, como si siguieran órdenes.

Pedro, Soledad y yo intercambiamos una mirada. El azabache descansaba contra mi pecho, aparentemente frío, inocente, tan negro como una noche sin luna.

—La fe no siempre se explica —dijo Pedro—. A veces solo queda confiar cuando todo lo demás se desmorona.

Luís lo miró con escepticismo.

—Muy bonito, pero a mí me gustaría saber si la próxima vez también nos salvará o si tendremos que rezar con más entusiasmo.

—Lleva comida al lobo —dije, levantándome—. Yo voy contigo.

El animal estaba mucho mejor. Seguía sin confiar en nosotros del todo, pero ya no gruñía en cuanto abríamos la puerta. Con la pata inmovilizada y el cuerpo aún débil, nos observó acercarnos con una dignidad casi ofensiva. Luís dejó el cuenco de sopa de huesos y faisán a una distancia prudente.

—Majestad —murmuró con una reverencia exagerada—, su humilde servidor trae la cena.

El lobo olfateó el plato, luego a Luís, y empezó a comer. Pedro, desde la entrada, sonrió.

Yo apoyé una mano sobre el azabache. El lobo levantó los ojos al sentir el gesto, y durante un instante tuve la certeza absurda de que la piedra, el animal y mi propia sangre compartían una conversación a la que yo aún no había sido invitada.