La marca del lobo Capítulo 28 Una puerta al otro mundo
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Capítulo 28 Una puerta al otro mundo

Pasaron unos días desde la marcha de Mendo y Anxo.

En aquel refugio escondido bajo la tierra, el tiempo no caminaba como en otros lugares; se deshacía despacio entre el humo de la lareira, el olor de las hierbas secas y los pasos silenciosos de la anciana, que entraba y salía del bosque con la misma naturalidad con que otros cruzan una habitación.

Afuera llovía casi siempre. Dentro esperábamos, y la espera era una enfermedad distinta, una que no daba fiebre, pero consumía igual.

Una noche, los perros empezaron a ladrar.

No fue el alboroto habitual con que anunciaban a un zorro o a una rama vencida por el viento.

Era un ladrido seco, insistente, lleno de una inquietud que nos puso a todos en pie antes de comprender por qué.

Los animales corrían hacia el bosque y regresaban, olfateando el aire, con el lomo erizado y los ojos clavados en la oscuridad.

La anciana apagó el fuego con una rapidez que no admitía preguntas.

El refugio quedó sumido en una penumbra azulada, apenas sostenida por la poca luz de la luna que entraba por las rendijas.

Pedro y Luís salieron a inspeccionar los alrededores mientras Soledad y yo permanecíamos junto a la entrada, escuchando.

En noches así, el silencio no tranquiliza; acusa.

Cada hoja parecía moverse con intención, cada crujido del bosque podía ser un hombre, un cuchillo o una noticia.

Cuando Pedro regresó, traía algo entre los brazos.

Al principio creí que era un perro muerto.

Luego vi el pelaje negro, las patas largas, el hocico manchado de sangre y aquellos ojos amarillos que se abrieron apenas al sentir nuestra presencia.

Los perros de la anciana enloquecieron al verlo, gruñendo y retrocediendo al mismo tiempo, como si no supieran si atacar o inclinar la cabeza.

—¡Quietos! —ordenó la anciana, y su voz los clavó al suelo.

Pedro dejó al animal con cuidado sobre una de las pieles de oveja del suelo.

El lobo respiraba mal, con un temblor que le recorría el costado y le hacía contraer las mandíbulas.

Tenía cortes en el lomo, en las patas y una herida más fea junto al muslo, hinchada, caliente, con un olor que me cerró la garganta: el olor de la muerte cuando empieza a trabajar antes de llevarse el cuerpo.

—Lo encontré cerca del arroyo —dijo Pedro—. Estaba intentando arrastrarse hacia aquí.

Luís retrocedió un paso.

—Entonces que se arrastre de vuelta. Es un lobo, Pedro. Un lobo herido es doblemente peligroso.

Me arrodillé frente al animal sin apartar la mirada de sus ojos.

La fiebre le había vuelto el brillo turbio, pero aun así los reconocí.

Eran los ojos del sueño, los del poblado, los que se habían vuelto hacia mí antes de que huyéramos.

No había en ellos mansedumbre. Tampoco súplica.

Había dolor, rabia y una dignidad salvaje que me atravesó de una forma que no supe explicar.

—Es uno de los lobos que nos salvó —dije.

Pedro me miró con incredulidad, aunque no con burla.

—¿Estás segura?

—Míralo bien. Tiene cortes de cuchillo. Peleó contra aquellos hombres para que pudiéramos escapar.

Luís soltó una risa nerviosa.

—Y ahora, cuando sane, nos morderá el cuello para agradecérnoslo. Estáis perdiendo el juicio.

La anciana observó al lobo durante un largo silencio.

Soledad hizo lo mismo. En sus rostros no había crueldad, sino esa prudencia antigua de quienes han sobrevivido porque aprendieron a desconfiar incluso de la compasión.

Comprendí lo que pensaban antes de que lo dijeran: dejarlo morir era lo sensato. Era lo seguro.

Entonces algo se levantó dentro de mí, no como una idea, sino como una certeza que venía de más abajo que la razón, de ese lugar donde la sangre reconoce antes de que la boca pueda nombrar.

—No —dije—. Lo vamos a curar.

—Victoria —advirtió mi abuela.

—Nos debe la vida tanto como nosotros se la debemos a él.

La anciana entornó los ojos.

—No sabes lo que estás diciendo. Un animal así no entiende de deudas.

—Tal vez los hombres tampoco, y aun así seguimos salvándolos.

Nadie respondió. Pedro, que había permanecido de pie junto al lobo, se agachó a mi lado. Había sangre en su manga y una preocupación serena en el rostro.

—Dime qué necesitas.

Aquello, más que cualquier discurso, fue su respuesta. No me llamó imprudente, no me ordenó apartarme, no intentó decidir por mí. Se quedó a mi lado, dispuesto a sostener la locura si yo estaba dispuesta a cargar con sus consecuencias.

La anciana resopló como si todos fuéramos una carga enviada por el demonio para probar su paciencia.

—Está bien. Pero no se queda arriba. Si vais a empeñaros en salvar una fiera, al menos lo haremos donde no pueda convertir mi casa en una carnicería.

Apartó un tapiz viejo que colgaba en la pared del refugio. Detrás apareció una puerta que yo no había visto hasta entonces, estrecha, de madera oscura, con una cerradura de hierro marcada por signos que no reconocí.

La anciana sacó una llave de entre sus ropas y abrió.

Al otro lado había una sala blanca.

No era grande, pero la luz que la llenaba parecía no venir de ninguna vela.

Brotaban destellos fríos de las paredes encaladas, de los frascos alineados en estantes de madera y, sobre todo, de un cilindro de vidrio situado en el centro de una mesa.

Dentro flotaba una planta de raíces pálidas suspendida en un líquido claro, y de aquellas raíces nacía un resplandor suave, casi lunar, que convertía la estancia en algo imposible: ni capilla, ni botica, ni cueva, sino las tres cosas a la vez.

Me quedé inmóvil. Soledad también. Incluso Pedro, que solía recibir lo inexplicable con el gesto de quien busca una oración para domesticarlo, guardó silencio.

—Dejadlo ahí —dijo la anciana—. Si sobrevive, será porque tiene más terquedad que sentido común. Algo que, por lo que veo, abunda en este grupo.

No tuve tiempo de admirar la sala. El lobo se nos iba. Me incliné sobre la pata hinchada y aparté el pelo empapado.

—Necesito miel, resina de pino, ceniza fría, agua caliente y paños limpios —dije, obligándome a hablar con firmeza—. También gusanos.

Luís hizo una mueca.

—Por favor, decidme que he oído mal.

—Has oído perfectamente —respondí—. Si la carne muerta se queda dentro, lo matará.

Soledad se agachó conmigo y examinó la herida. Su rostro se endureció.

—Victoria, quizás haya que cortar la pata.

El lobo abrió apenas los ojos, como si hubiera entendido. Yo apoyé una mano sobre su lomo, notando bajo la palma el temblor de su respiración.

—Todavía no. Si mañana empeora, lo haré. Pero esta noche podemos intentar salvarla.

La anciana me miró con una atención nueva, menos impaciente.

—En la cocina hay miel y ceniza. Tú —dijo señalando a Pedro—, busca resina y gusanos donde la madera vieja se esté pudriendo. Y date prisa.

Pedro obedeció sin preguntar. Luís lo siguió protestando por lo bajo, aunque fue el primero en regresar con un cuenco lleno de aquello que tanto asco le daba.

Mientras tanto, la anciana puso agua a hervir y me tendió un cuchillo.

Lo acerqué al fuego, pero antes de tocar la herida ella me sujetó la muñeca.

—Si metes la mano ahí ahora, te arrancará los dedos, aunque esté medio muerto.

—No puedo curarlo despierto.

—Por eso vas a dormirlo.

Sacó de un estante un frasco pequeño con un líquido claro y olor penetrante, un preparado que llamó aceite dulce de vitriolo y que guardaba como se guardan las cosas capaces de ayudar o matar según la mano que las mida. Lo destapó apenas y el aire de la sala cambió.

—Para dormir el dolor —dijo—. Se usa cuando el tormento es tan grande que el cuerpo prefiere rendirse antes que soportarlo. Muchos no mueren de la enfermedad, sino de lo que el dolor les arranca.

Empapamos un trapo y se lo acercamos al hocico con cuidado.

El lobo luchó un instante, gruñó desde lo hondo de la garganta y luego sus músculos cedieron poco a poco hasta quedar dormido.

Me quedé mirando aquel prodigio con la misma mezcla de gratitud y temor con que se mira un conjuro que funciona, aunque la anciana no parecía dispuesta a permitir que lo llamara de ese modo.

—Esto no es magia —dijo, leyendo mi expresión—. Es conocimiento. La gente llama magia a todo lo que aún no sabe nombrar.

Cuando me incliné de nuevo, volvió a detenerme.

—Las manos.

Me quedé quieta.

—Antes de tocar una herida, siempre las manos. Después el lugar donde trabajas. Después la piel que vas a abrir. Si llevas suciedad a la carne, tú misma invitas a la muerte a sentarse contigo.

Sacó otro frasco, esta vez con un destilado de hierbas.

Me lavé con cuidado, sintiendo el escozor en los pequeños cortes de mis dedos.

Luego limpiamos la pata del lobo con paños hervidos.

La anciana trabajaba con una precisión que me obligó a mirarla de otro modo.

Bajo su rareza, bajo sus ritos de sangre y sus palabras en lenguas antiguas, había una mujer que conocía el cuerpo como quien conoce un territorio amado y peligroso.

—Ahora —dijo.

Abrí la herida y retiré la carne muerta con la mayor firmeza que pude.

Mi abuela observaba a aquella anciana actuar y dar órdenes perpleja.

Coloqué los gusanos donde debían hacer su trabajo, cubrí con cuidado y preparé el ungüento de miel y resina para aplicarlo cuando hubieran limpiado lo que mi cuchillo no podía alcanzar.

El lobo dormía con una calma casi infantil, ajeno al horror.

Cuando terminé, tenía la espalda dolorida y las manos ardiendo. Soledad me miraba con una emoción que intentaba disimular. Pedro, desde la puerta, no apartaba los ojos de mí.

—Eso —murmuró la anciana— no se aprende solo. Eso lo sabe quién ha visto morir y no ha querido aceptar que la muerte siempre tenga la última palabra.

Recordé a mi padre. Su aliento apagándose bajo mis manos.

La historia de las velas en las ventanas de los curanderos.

Sentí que aquella noche otra vela invisible se encendía dentro de mí, no por una vida perdida, sino por una que aún luchaba, porque a veces sanar no consiste en vencer a la muerte, sino en obligarla a esperar.

—Todavía me queda mucho por ver —dije—. Y muchas vidas que acompañar, aunque no todas pueda salvarlas.

Mi abuela bajó la mirada, pero alcanzó a rozarme el hombro con los dedos. Fue un gesto pequeño, casi nada. Para mí fue una bendición.

El lobo dejó escapar un sonido bajo, dormido, y entonces hice algo que no había pensado. Me quité el azabache del cuello y lo posé sobre su pecho. La piedra negra pareció absorber la luz blanca de la sala.

La anciana se acercó.

—¿Qué es eso?

—Un amuleto —respondí—. Para protegerlo.

Ella tomó el colgante entre dos dedos y observó el grabado.

—Tiene un lobo.

—Lo sé.

No dijo nada más, pero sus ojos cambiaron. Durante un momento me pareció que no miraba la piedra, sino algo que regresaba desde muy lejos.

—¿Y ahora? —preguntó Pedro.

La anciana devolvió el azabache al pecho del lobo y volvió a ser ella, áspera y práctica, como si una emoción demasiado visible pudiera costarle años de autoridad.

—Ahora encended el fuego. Haremos sopa de huesos para la fiera, y después iremos a mirar las trampas. Quiero ver cómo las has mejorado, muchacho. No creas que no me he fijado en esas manos.

Pedro sonrió apenas, sorprendido por el elogio.

El fuego volvió a prender en el refugio y la noche siguió respirando fuera, detrás de la tierra y los árboles.

Pero dentro de aquella sala blanca, la luz que no sabíamos de dónde provenía, junto a un lobo dormido y una piedra negra marcada con su misma figura, algo nuevo había nacido: un pacto silencioso entre humanos y bestias, entre miedo y confianza, entre lo que yo creía ser y aquello que empezaba a reclamarme.