La marca del lobo Capítulo 27 Si quieres la paz, prepárate para la guerra
68%

Capítulo 27 Si quieres la paz, prepárate para la guerra

Mendo regresó dos días después. Lo oímos antes de verlo: el golpe discreto en la trampilla, la voz de Nutriz arriba, el ladrido ahogado de uno de sus perros.

Durante aquellos dos días el refugio nos había protegido del frío, de la lluvia y de los ojos de Villar, pero no de la incertidumbre, porque la espera tiene una crueldad propia: no hiere de golpe, roe despacio, vuelve culpable el descanso y convierte cada bocado caliente en una pregunta.

Cuando Mendo bajó, parecía otro hombre. Traía la ropa embarrada, los ojos hundidos y esa expresión de quien ha corrido más que sus fuerzas para llegar antes que la desgracia.

Se reunió primero con Luís, apartándolo unos pasos, pero Soledad se levantó con una indignación que no admitía secretos nuevos.

—Ya hemos esperado bastante. Habla.

Mendo cerró los ojos un instante. Después apoyó las manos sobre la mesa y soltó la noticia como quien deja caer un cadáver.

—José y su familia han sido capturados. Pero siguen vivos.

Nadie se movió. Ni siquiera el fuego pareció atreverse a respirar.

—Los hombres de Villar los alcanzaron antes de que pudieran ponerse a salvo —continuó—. Los llevaron a una casa cerca de Santiago. Obligaron a María, su esposa, a revelar lo que sabía. A ella y a sus hijas.

Anxo se levantó de golpe.

—Miserables.

Su voz no fue un grito, sino algo peor: una rotura.

Yo pensé en Eulalia, en Isabella, en la forma en que nos habían recibido en aquella casa llena de música y lámparas, y la rabia me subió al pecho con una fuerza que casi me dejó sin aire.

Siempre eran los mismos quienes pagaban primero: las mujeres, los niños, los criados, los que abrían puertas creyendo en la hospitalidad mientras algunos nobles afilaban cuchillos para seguir alimentando su codicia.

Soledad se apoyó en la mesa devastada.

—Malditos sean.

—Tengo un hombre dentro —añadió Mendo—. Un guardia que aún me debe más de lo que puede pagar. Me ha hecho llegar el mensaje. Después de la confesión pararon las torturas. Siguen vivos.

—Villar —dijo Pedro.

Solo pronunció el nombre, pero en su boca sonó como una promesa oscura. Había en él una calma que me inquietó. No era la serenidad del hombre que confía en Dios, sino la de quien acaba de descubrir hasta dónde está dispuesto a llegar.

—Basta —dije, antes de saber que iba a hablar—. Basta de muertes, de huidas, de inocentes pagando por nosotros. ¿En qué mundo vivimos para que los buenos tengan que esconderse bajo tierra mientras los ruines duermen en camas limpias?

Pedro me miró. No intentó calmarme. Se levantó a mi lado, firme.

—Victoria tiene razón. Si seguimos huyendo, Villar seguirá el rastro hasta encontrar otro cuerpo que usar contra nosotros. Ha llegado la hora de plantarle cara.

No lo dijo para protegerme lo dijo porque lo creía, y aquel detalle, pequeño y enorme a la vez, me atravesó con más fuerza que cualquier declaración. Pedro no me daba la razón por amor; me amaba lo bastante como para tomar en serio mi razón.

Soledad lo fulminó con la mirada.

—¿Y qué propones? ¿Entrar en una prisión con cuatro navajas y tu sentido del honor? Ellos tienen hombres, armas, poder y dinero. Nosotros tenemos miedo y demasiados muertos sobre la conciencia.

—También tenemos algo que ellos no esperan —respondió Pedro—. La verdad.

—La verdad no detiene espadas.

—No, pero puede mover ejércitos si se entrega al oído adecuado.

Anxo, que hasta entonces había permanecido de pie con las manos cerradas, levantó la cabeza de pronto. En sus ojos apareció una chispa que no supe si era esperanza o locura.

—El Rey.

Luís soltó una risa seca.

—¿Felipe? ¿Crees que el Rey sabe que existimos? Somos un puñado de fugitivos escondidos bajo un árbol.

—Yo lo conozco —dijo Anxo—. Le salvé la vida una vez. No sé si recordará mi cara, pero recordará la deuda.

Mendo entrecerró los ojos. Aquel nombre había cambiado el aire del refugio. Felipe V. El Rey. La guerra que parecía cosa de mapas, cortes y barcos entró de pronto en nuestra madriguera con botas de soldado.

—Hay movimientos en Vigo —continuó Mendo, acercándose al fuego

—. Se habla de flotas llegadas de América, de oro y plata desviados al puerto, de oficiales del Rey vigilando cada carga.

Si Villar forma parte de los nobles rebeldes, si podemos hacerlo pasar por aliado de Carlos de Austria, por hombre dispuesto a usar el tesoro para financiar una causa contraria al Rey, entonces dejará de ser solo nuestro enemigo.

—Será enemigo de la Corona —dijo Pedro.

Soledad lo entendió al mismo tiempo que los demás. Su rostro se endureció, ya no de miedo, sino de cálculo.

—José alcalde ordinario de Santiago y partidario de Felipe. Tiene contacto con la aduana real y con el gobernador militar de Vigo. Si Villar lo ha secuestrado, podemos decir que no fue por una venganza personal, sino para arrancarle información sobre el tesoro y las rutas de la flota.

—Y si el Rey lo cree —añadió Mendo—, Villar no podrá esconderse detrás de su apellido y su poder. Los nobles sobreviven a muchas cosas, pero no a una acusación de traición cuando hay oro real de por medio.

Miré a Pedro. Hasta hacía poco había sido para mí un hombre de rezos, de culpa y de ternura contenida.

En aquel momento lo vi de otra manera: de pie bajo la luz baja del refugio, con la herida aún vendada bajo la ropa, los ojos firmes y la mandíbula apretada.

No era solo un hombre dispuesto a morir por mí; era un hombre dispuesto a pensar, a arriesgarse y a convertir la rabia en estrategia.

—Es una jugada peligrosa —dijo Luís—. Si fallamos, no solo nos matarán. También mataremos la última esperanza de José.

—Si no hacemos nada, Villar seguirá decidiendo quién vive y quién arde —respondí.

Todos me miraron. Sentí miedo, pero no me aparté de él.

—Yo no quiero pasarme la vida esperando a que otros paguen el precio de mi existencia. Si mi nombre, mi sangre o mi madre han traído esta guerra hasta nosotros, entonces también tengo derecho a estar en la decisión.

Soledad abrió la boca para discutir, pero Pedro habló antes.

—Victoria no es una carga que esconder. Es la razón por la que luchamos, sí, pero también es parte de esta lucha.

Mendo golpeó la mesa con el puño, sellando lo que ya todos habíamos empezado a aceptar.

—Iré a Vigo con Anxo. Si de verdad tiene un camino para llegar a los hombres del Rey, debemos intentarlo cuanto antes. Pedro y Luís se quedarán aquí para protegeros. Nutriz mantendrá el refugio cerrado y nadie saldrá salvo de noche.

—No me gusta —dijo Soledad.

—A mí tampoco —respondió Mendo—. Por eso quizás funcione. Villar espera que corramos, no que toquemos a la puerta del Rey.

Nutriz, que había escuchado en silencio desde la entrada, bajó despacio. Su presencia llenó el refugio con esa autoridad extraña que no necesitaba explicaciones.

—Si vais a moveros, hacedlo antes de que el miedo os ate los pies. Yo guardaré a los que queden.

Mendo asintió. Antes de marcharse, nos llevó al pequeño palomar oculto junto al molino. Allí quedaban varias jaulas, cada una marcada con un color. Eligió dos palomas para el viaje y dejó tres bajo el cuidado de Nutriz.

—La de la jaula roja va a mi informante en Santiago. La verde, a Portugal. La negra solo debe abrirse si estáis en peligro real. Si esa vuela, vendrán a ayudaros, pero no la uséis por miedo. Usadla solo cuando el miedo ya tenga rostro y venga llamando por vuestro nombre.

—Entendido —dijo la anciana.

Anxo preparó sus cosas con manos demasiado rápidas. Antes de partir se acercó a Soledad. No oí lo que se dijeron, pero vi que ella le sujetaba el rostro con una ternura cansada, como si al despedirlo estuviera despidiéndose también de su última oportunidad de reparar el pasado.

Después vino hacia mí.

—Cuida de Pedro —me dijo.

—Él cree que debe cuidarme a mí.

Anxo sonrió apenas.

—Por eso mismo.

Mendo y Anxo partieron al amanecer, tragados por el bosque y por una misión que sonaba demasiado grande para nuestras manos. Cuando el ruido de los caballos se apagó, Nutriz cerró la entrada del refugio y nos miró uno a uno.

—Escuchad bien. Permaneceréis bajo tierra la mayor parte del tiempo.

Solo saldréis de noche y solo si yo lo ordeno.

Yo traeré comida. Mis perros duermen de día, pero por la noche ven mejor que muchos hombres.

La noche es nuestra aliada, nuestra guardiana.

Quien la respeta vive; quien la desafía, alimenta a la tierra.

Luís tragó saliva.

—No sé si me tranquiliza o me da más ganas de rezar.

—Haz ambas cosas —respondió ella—. Nunca sobran.

Nos quedamos en silencio. Sobre nosotros, el bosque ocultaba el refugio; lejos, en Santiago, José y su familia seguían presos; más lejos aún, en Vigo, el oro del Rey podía convertirse en salvación o en condena.

Y en el centro de todo, aunque yo aún no entendiera por qué, estaba mi nombre, esa pequeña palabra que otros habían pronunciado siempre por mí y que empezaba a pesar como una espada.

Pedro se acercó mientras los demás se acomodaban alrededor del fuego.

—No debí hablar por ti —dijo en voz baja.

—No lo hiciste. Hablaste conmigo.

Se quedó mirándome como si esa diferencia le importara más que cualquier absolución. Luego tomó mi mano, apenas un instante, lo justo para que el calor de sus dedos me recordara que incluso bajo tierra, incluso cercados por enemigos, todavía había algo que no pertenecía al miedo.

Esa noche comprendí que la paz no es lo contrario de la guerra, sino a veces el breve instante en que dos personas se miran antes de entrar juntas en ella.