La marca del lobo Capítulo 26 El refugio y la anciana
67%

Capítulo 26 El refugio y la anciana

Llegamos al anochecer, cuando el bosque empezaba a confundirse con el cielo y cada ruido parecía traer una intención escondida.

Mendo nos quitó las vendas uno por uno, y al recuperar la vista lo primero que vi fue una cabaña hundida entre árboles retorcidos, tan cubierta de musgo y sombra que parecía haber nacido allí por voluntad propia, no por manos humanas.

De la chimenea subía un hilo de humo pálido, casi invisible, y junto a la puerta esperaba una anciana encorvada, envuelta en ropas oscuras que olían a humo incluso desde lejos.

No parecía una anfitriona; parecía la advertencia de un cuento antiguo, de esos que no se cuentan para entretener a los niños, sino para advertir.

Pedro desmontó a mi lado y noté que también él se tensaba. Era valiente, pero no imprudente, y aquella mujer tenía algo que obligaba incluso a los hombres seguros a medir sus pasos.

—No os quedéis ahí como ánimas perdidas —dijo ella con una voz ronca, marcada por un acento extraño—. Si venís con Mendo, entrad. La noche no perdona a los que dudan.

Mendo inclinó la cabeza con un respeto que me sorprendió.

—Gracias, Nutriz.

La anciana le lanzó una mirada seca.

—No me des las gracias antes de saber si sobrevivirán a mi techo.

Anxo carraspeó.

—Una mujer encantadora. Ya me siento como en casa.

Luís le dio un codazo para hacerlo callar, pero la anciana sonrió apenas, como si hubiera decidido que aquel hombre de barriga generosa y miedo mal disimulado podía resultarle entretenido.

Entramos. La cabaña era más pequeña de lo que parecía desde fuera y estaba llena de sombras, frascos, raíces, pieles secas y objetos cuyo uso preferí no imaginar.

Una olla de hierro colgaba sobre el fuego, desprendiendo un vapor espeso que mezclaba olor a caldo, humo y hierbas amargas.

En los estantes se alineaban recipientes de barro.

Todo estaba sucio y ordenado al mismo tiempo, como si el caos obedeciera una ley que solo aquella mujer conocía.

Nos sentamos junto a la lareira, agotados. Ella sirvió una cena humilde de caldo, pan oscuro y algo de carne seca. Nadie preguntó de qué animal era. Después nos ofreció una infusión en cuencos de barro. Miré a Mendo antes de beber, y él asintió.

El sabor era áspero, pero el calor me bajó por la garganta con una gratitud que casi dolía.

—Aquí estaréis a salvo por un tiempo —dijo Nutriz mientras nos observaba beber—. Pero no confundáis refugio con libertad. En este bosque las sombras oyen, los caminos cambian y hay hombres que venderían a su madre por una moneda, o por miedo a perderla.

—¿Cuánto tiempo tendremos que quedarnos? —preguntó Pedro.

—El que haga falta —Respondió Mendo.

—Esa no es una respuesta.

La anciana se volvió hacia él con una lentitud que hizo callar al fuego.

—Es la única que sirve cuando no se manda sobre el peligro, muchacho.

Pedro aceptó la corrección sin bajar la mirada. Aquel pequeño gesto me gustó más de lo que habría querido admitir, porque no había arrogancia en él, pero tampoco sumisión. Pedro podía respetar sin encogerse, y esa fuerza tranquila me enamoraba cada vez más.

Dormimos sobre mantas tendidas junto al fuego.

Anxo y Luís se colocaron cerca de Pedro, quizás por la advertencia de Mendo sobre la anciana, quizás porque todos intuíamos que el peligro podía venir de cualquier esquina.

Yo apenas dormí. Cada crujido de la madera me parecía un paso, cada sombra una mano, cada murmullo de Nutriz una lengua antigua pronunciando mi nombre.

A medianoche oí voces fuera. Me incorporé con cuidado. Mendo y Nutriz hablaban junto a la puerta, bajo la lluvia fina. Él le pedía que nos protegiera durante su ausencia con una gravedad que no le había oído antes.

—Fica en paz. Así será, como dijeron los vientos viejos.

No entendí las palabras del todo, pero sí la devoción con que Mendo las recibió. Aquella mujer no era solo una aliada. Era alguien ante quien un hombre como él, curtido en rutas secretas y traiciones, bajaba la cabeza.

Pasamos varios días en la cabaña, aunque allí el tiempo no avanzaba: se espesaba.

Afuera, la lluvia caía sin descanso y el bosque ocultaba la casa como si quisiera tragársela para protegerla; dentro, Nutriz se movía entre sus frascos con una lentitud deliberada, murmurando oraciones o conjuros que se pegaban a las paredes.

Yo la observaba con desconfianza y fascinación.

Había en ella algo de bruja, sí, pero también algo de abuela anterior a todas las abuelas, de tierra que ha visto demasiados inviernos.

Una mañana despertamos con sus gritos.

Salimos sobresaltados y la encontramos frente a una hoguera, con un cuchillo ornamentado en la mano.

Cantaba una melodía áspera mientras se hacía pequeños cortes en la palma y dejaba caer la sangre en un cuenco lleno de huesos menudos.

Mendo estaba a su lado, serio, como si asistiera a una misa cuyo idioma no necesitaba comprender.

Mi abuela se santiguó a medias, más por costumbre que por convicción. Pedro dio un paso delante de mí.

—No te acerques.

—No pensaba hacerlo —respondí, aunque la verdad era que mis pies querían avanzar para ver aquello que me fascinaba.

Cuando el rito terminó, Mendo nos llamó. Su rostro tenía el color de quien acaba de recibir una noticia que envejece.

—He recibido una paloma. La finca de don José ha sido descubierta. Enviaron hombres convencidos de que estaríamos allí. Registraron la casa, la quemaron y mataron a los criados intentando arrancar de sus bocas nuestro paradero.

El silencio cayó con más peso que la lluvia. Anxo se llevó una mano a la frente. Soledad cerró los ojos, y en su rostro vi repetirse una historia que ella ya había vivido demasiadas veces: casas ardiendo, nombres perdidos, inocentes pagando por secretos ajenos.

—Si sabían lo de la finca —dije—, también podrían saber lo de esta cabaña.

Luís intentó tranquilizarnos, pero ni siquiera él sonó convencido.

—Solo Mendo conoce este sitio.

Pedro miró a Mendo.

—Si la ruta la sabíamos nosotros y la familia de José, entonces alguien habló.

Mendo apretó la mandíbula.

—Pronto sabremos quién.

La sospecha no necesitó más palabras. Todos pensamos en José y en su familia, no como traidores, sino como rehenes posibles, como cuerpos en manos de hombres que sabían convertir el dolor en llave.

Anxo empezó a caminar en círculos, murmurando el nombre de su amigo, y Soledad se sentó como si las piernas le hubieran recordado de golpe todos los caminos de los que había tenido que huir.

—Otra vez —susurró—. Otra vez la historia se repite.

Mendo no esperó. Escribió varios mensajes en tiras de papel, salió hacia el pequeño molino junto al río y soltó palomas con manos rápidas.

Después regresó solo para dar instrucciones a Nutriz.

Ella lo escuchó sin interrumpirlo, y cuando terminó, Mendo se inclinó ante ella con una reverencia que me dejó sin aliento.

La anciana le tocó la frente y murmuró una bendición en aquella lengua suya de raíces y viento.

—Volveré en cuanto sepa más —dijo él.

—¿Adónde vas? —preguntó Anxo.

—A averiguar si José y su familia siguen vivos.

Nadie intentó detenerlo. Hay decisiones que no se discuten porque ya nacen con precio, y la de Mendo tenía el peso exacto de una deuda antigua.

Cuando Mendo se marchó, Nutriz nos ordenó recoger lo imprescindible y seguirla.

Caminamos hasta un árbol enorme, hueco en la base, cuyas raíces se abrían como dedos sobre la tierra mojada.

Allí apartó unas ramas y dejó al descubierto una entrada estrecha, un agujero oscuro que descendía bajo el suelo.

Anxo palideció.

—¿Pretende que me meta ahí? Mi panza es honrada, señora, pero no hace milagros.

Luís, que fue el primero en entrar, desapareció entre las raíces y su voz llegó amortiguada desde abajo.

—Entrad. Es seguro.

Seguro era una palabra demasiado generosa para aquel agujero, pero no teníamos otra mejor.

Descendimos uno a uno. Al principio todo fue oscuridad y olor a tierra, como si el mundo se hubiera reducido al interior de una garganta.

Luego alguien encendió una tea y la luz reveló un espacio que nadie habría imaginado bajo aquel árbol.

No era una simple madriguera. Era un refugio construido con paciencia y secretos.

Las paredes estaban reforzadas con madera y piedra, el suelo cubierto con paja seca y pieles de oveja.

En un rincón había provisiones, mantas, herramientas y una pequeña mesa de madera noble tallada con símbolos antiguos.

Las sillas no pertenecían a aquel mundo subterráneo; cada una era distinta, delicada, como si hubieran sido talladas allí mismo para conservar la memoria de quienes huyeron antes que nosotros.

El fogón, en el extremo más alejado, estaba levantado con piedras colocadas con una precisión casi hermosa.

El humo escapaba por un conducto disimulado que lo llevaba hasta la chimenea de la cabaña.

Allí abajo el aire era seco, cálido, y cada objeto parecía ocupar su sitio con una intención secreta.

—Este lugar ha protegido a muchos —dijo Nutriz desde la entrada—. Ahora os protegerá a vosotros, si sabéis obedecer.

Nadie contestó. Nos quedamos mirando aquel refugio con una mezcla de alivio y miedo. Bajo tierra, lejos de la luz, entendí que no éramos los primeros en escondernos del poder de los hombres, ni seríamos los últimos.

Pedro se acercó a mí y rozó mi mano. No la tomó, no del todo, pero ese contacto mínimo bastó para sostenerme.

—Tranquila —dijo.

Asentí sin mirarlo. Sobre nuestras cabezas, el mundo seguía buscando a la muchacha que yo había sido; bajo la tierra, entre fuego, raíces y secretos, empezaba a respirar la mujer en la que tendría que convertirme.