La marca del lobo Capítulo 25 El sacrificio
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Capítulo 25 El sacrificio

Salimos por el ventanuco de la casa. A Anxo le costó lo suyo, y mientras lo veíamos forcejear entre la madera y la noche, tuve la certeza de que por su cabeza pasaban, una a una, todas las cachuchas que se había comido en casa de José.

Llegamos al establo sin ser vistos, cuando alargué la mano hacia las riendas de uno de los animales, un golpe al otro lado del muro del establo me detuvo en seco. Fue un sonido breve, torpe, pero suficiente para que todos nos mirásemos a la vez.

Las puertas de la cuadra reventaron contra las paredes con un estruendo que hizo temblar la paja del suelo. Ocho hombres irrumpieron en el poco espacio que teníamos, con una determinación oscura, justicia por sus muertos.

Luís, Anxo, Pedro y Mendo sacaron las navajas casi al mismo tiempo.

Eran hojas gastadas, de esas que se llevan al cinto para cortar pan, cuerda o carne de conejo, no para detener una muerte.

Mi abuela buscó con una calma terrible una hoz vieja olvidada en un rincón y la sostuvo como si llevara toda la vida esperando aquel gesto.

Yo, en cambio, me quedé inmóvil durante un segundo demasiado largo.

La mano se me fue al azabache, buscando en su calor salvación, aquella culpa por la muerte de aquellas personas había desaparecido, ahora solo esperaba que mi piedra matase aquellos hombres sin piedad alguna, que inquietante es la supervivencia.

Cogí un tablón de madera, era una defensa pobre, casi ridícula, pero en aquel momento hasta la madera astillada parecía una declaración de vida.

Los hombres avanzaron. Los caballos, contagiados por la tensión, golpearon el suelo con los cascos y algunos se soltaron, levantando una nube de polvo que llenó el aire y convirtió la escena en algo indescriptible.

Entre aquella confusión vi al más grande de los atacantes lanzarse contra Pedro.

Oí el golpe del cuerpo de Pedro contra la pared y después un gemido contenido que me atravesó como si la herida fuera mía.

Pedro se incorporó a duras penas, pero el hombre fue más rápido: hundió la navaja bajo sus costillas con una frialdad que no olvidaré nunca.

Durante un latido el mundo se quedó sin sonido.

Solo vi a Pedro llevarse la mano a la herida, los labios apretados para no gritar, y al otro hombre sonreír con un diente podrido asomando entre la barba.

Entonces algo dentro de mí se rompió de una manera limpia y salvaje.

Corrí hacia él y alcé la tabla con las dos manos.

No pensé en matar ni en salvar; pensé en Pedro sangrando, y la valentía salió de mí antes que el miedo.

El hombre cayó de lado, sorprendido más por mi furia que por mi fuerza.

Mi abuela se movió detrás de mí con una rapidez imposible para su edad y clavó la hoja curva de la hoz en la garganta del atacante que intentaba alcanzarme.

El cuerpo del hombre se dobló con un ruido húmedo y sus ojos abiertos encontraron los míos antes de apagarse.

—Pedro, mírame —dije, sujetándole el rostro—. ¿Dónde te ha dado?

—No ha entrado hondo —respondió, aunque su voz tenía más orgullo que aire —. Es solo un corte.

—No vuelvas a mentirme cuando estés sangrando.

Quise examinarlo allí mismo, pero otro golpe nos obligó a movernos.

Mendo y Anxo forcejeaban con dos hombres junto a la pared.

Luís, ciego de miedo y rabia, rodaba por el suelo entre paja y tierra con otro atacante, buscando con su navaja una abertura que no llegaba a encontrar.

Alrededor todo era caos: gritos, metal, cuerpos chocando con la madera, caballos intentando escapar y el brillo irregular de las hojas bajo la luz amarilla de la luna.

Entonces gritos de aldeanos fuera del establo llegaron a nosotros.

Una sombra negra atravesó la puerta y se lanzó sobre uno de los hombres, derribándolo con una fuerza brutal.

Sus dientes se hundieron en la carne como navajas vivas.

Otro lobo apareció detrás, igual de oscuro, con los ojos amarillos encendidos en la penumbra.

El terror paralizó a nuestros atacantes el tiempo suficiente para salvarnos.

—¡Ahora! —gritó Mendo—. ¡A los caballos!

Pedro intentó incorporarse solo, pero se tambaleó.

Lo sujeté antes de que cayera, y durante un instante su peso sobre mí me hizo comprender lo frágil que era incluso aquello que una creía más firme.

Él podía proteger, podía luchar, podía alzarse frente a cualquiera, pero también podía romperse.

Y esa posibilidad me dio más miedo que todos los hombres del establo.

Mientras nosotros corríamos hacia la salida. Al cruzar el umbral, uno de los lobos volvió la cabeza y me miró. Sus ojos amarillos eran los de mi sueño, los del río, los de mi propio reflejo. No había hambre en ellos. Había reconocimiento.

El resto del poblado advirtió nuestra huida cuando ya montábamos los caballos que quedaban. Las voces se alzaron detrás de nosotros, primero confusas, luego furiosas, y el tambor que había marcado la noche comenzó a golpear más rápido, como si reclamara los cuerpos que se le escapaban.

Los lobos quedaron atrás, conteniendo a los atacantes. Galopamos sin mirar atrás. Yo llevaba las riendas con manos torpes mientras veía a Catalina desplomada en el suelo y su sangre sobre la tierra.

Solo nos detuvimos cuando el poblado quedó lo bastante lejos para que el silencio pareciera posible.

Pedro bajó del caballo antes de que yo pudiera impedírselo y apoyó una mano en el tronco de un árbol.

La sangre le había empapado la ropa bajo el costado.

Luís también tenía el brazo abierto por un corte largo, aunque menos profundo de lo que su grito nos había hecho temer.

—Sentaos los dos —ordené.

Nadie discutió. Ni siquiera mi abuela. Me arrodillé junto a Pedro, rompí un trozo de tela limpia de mis enaguas y aparté la camisa con cuidado.

La herida no era profunda pero estaba perdiendo mucha sangre.

Respiré hondo, obligándome a pensar como me habían enseñado: no como mujer asustada, no como muchacha enamorada, sino como curandera, porque sanar a quien se ama exige una crueldad especial, la de mirar la sangre antes que el rostro.

Mezclé un poco de tierra blanca con agua del arroyo hasta hacer una pasta espesa y la extendí sobre el corte. Después machaqué unas hojas de saúco que encontré junto al camino y cubrí la herida el trozo de tela firme. Pedro no apartó la mirada de mí ni una sola vez.

—Tienes las manos heladas —dijo.

—Y tú tienes una herida en el costado. No hagas conversación.

Sonrió apenas, con esa terquedad suya de querer aliviarme incluso cuando era él quien sangraba.

—Me gusta cuando mandas.

—Entonces no me obligues a hacerlo llorando.

Sus ojos se suavizaron. Por un instante, en mitad del bosque, con el peligro todavía respirando cerca, todo lo que no podíamos decir se quedó entre nosotros como una brasa.

Quise tocarle la cara, apoyarme en él y dejar de ser fuerte durante un momento, pero Luís gimió detrás de mí y el mundo volvió a reclamarme.

Cuando terminé de atenderlos, Mendo nos reunió junto a los caballos.

—Antes de llegar al destino, haremos una parada en un lugar secreto. Está a un día de aquí. Nadie debe conocer el camino, así que tendré que vendaros los ojos durante el último tramo.

—¿Vendar los ojos? —preguntó Anxo—. Después de todo lo que ha pasado, empieza a costarme distinguir si nos estás salvando o secuestrando.

Mendo no sonrió.

—La mujer que nos acogerá no permite visitas curiosas. Es de carácter fuerte y tiene costumbres propias. Os dará techo, pero no confianza. Y tú, Pedro, mantente lejos de ella.

Pedro frunció el ceño.

—¿Por qué yo?

Luís, que intentaba aparentar que su brazo no le dolía, soltó una risa cansada.

—Porque eres joven, hermoso y tienes cara de santo. A ciertas mujeres les gustan los milagros difíciles.

Anxo se llevó una mano al pecho, ofendido.

—Entonces yo también estoy en peligro. No os dejéis engañar por estas canas y la barriga; debajo sigue habiendo un hombre arrebatador.

La risa que nos escapó fue breve, rota, pero necesaria. A veces el humor no cura nada, pero evita que una se desangre por dentro.

Yo no pude sostenerla demasiado. La imagen de Catalina regresó con una violencia que me dejó sin fuerzas.

Me aparté unos pasos y la culpa, el cansancio y el miedo me vencieron de golpe.

No lloré con elegancia ni con silencio; lloré como se llora cuando el cuerpo decide rendirse antes que el orgullo.

La última mirada de Catalina, cuando la llevaban a la cuadra, era como si supiera su sentencia, como una despedida anticipada.

Mi abuela se acercó, detuvo su caballo y bajó sin decir palabra. Me rodeó con los brazos, y durante un instante no fue la mujer que me había ocultado mi nombre, ni la guardiana de secretos, ni la voz que siempre decía “todo a su tiempo”. Fue solo mi abuela, y yo necesitaba demasiado que lo fuera.

—Victoria, querida —murmuró contra mi pelo—.

Perdóname. Perdóname por todo lo que escondí.

Creí que la verdad podía esperar porque el peligro no podía hacerlo.

Sé que estás herida y que sientes que te han quitado una parte de ti misma, pero hay algo que ninguna mentira ha podido tocar: eres mi vida.

Lo eres porque te he amado cada día desde que te puse contra mi pecho, y eso no va a cambiar, aunque el mundo entero venga a reclamarte otro nombre.

Me aferré a ella como una niña, aunque ya no lo fuera. Las preguntas llegaron después, empujándose unas a otras.

—¿Cómo eran mis padres?

Soledad cerró los ojos. Su respiración tembló antes de encontrar palabras.

—Tu madre, Isabella, era la mujer más luminosa que he conocido.

No porque fuera hermosa, aunque lo era, sino porque tenía esa forma de entrar en una habitación y hacer que todos recordaran algo bueno de sí mismos.

Tu padre, Alejandro, era un hombre sereno, alto, fuerte, de esos que no necesitan imponerse para que una se sienta a salvo.

Amaba a Isabella con una devoción tranquila, y cuando supieron que venías en camino, parecía que el mundo se les había vuelto pequeño para tanta alegría.

La escuché como quien bebe después de días de sed. Cada palabra me dolía y me alimentaba a la vez.

—Cuando Alejandro murió, Isabella se quedó en un pozo muy hondo.

Pero tú estabas dentro de ella, y eso la obligó a seguir respirando.

Comía, aunque no tuviera hambre descansaba, aunque la tristeza le mordiera los huesos, se cuidaba porque eras lo único que le quedaba de él.

Cuando la acusaron de brujería, supo que no podría salvarse, pero solo pensaba en que tú nacieras a tiempo.

La voz de mi abuela se quebró.

—Llegué cuando ya estaba de parto. Era imposible sacarla de allí.

Ordené a la madre de Alejandro que huyera con su hija y con el niño, José.

Les prometí que los alcanzaría cuando pudiera.

Me quedé con Isabella. Después de horas de dolor naciste tú.

Ella estaba débil, había perdido mucha sangre, pero aún tuvo fuerzas para sostenerte y cantarte.

—¿Puedes cantarme esa canción?

Soledad asintió. Su voz salió baja, gastada por el camino y la pena, pero la melodía abrió un lugar en mí que no sabía que estaba vacío.

—Duerme, mi niña, duerme sin miedo, que esta noche yo me iré primero. No llores por mí, hija del fuego, que tú serás mi fuerza en el cielo. Se llevan mis sombras, pero no a ti; tú eres la estrella que queda aquí. En tu pecho arde la luna, la tierra, el río y la voz de las brujas buenas.

No sé cuánto tiempo permanecí en silencio después de escucharla.

Tal vez un minuto, tal vez una vida. El bosque seguía a nuestro alrededor, los caballos resoplaban, Pedro me miraba con una ternura que no intentó esconder y, por primera vez desde que supe la verdad, no sentí que mi pasado fuera solo una herida. También era una canción.

Mendo nos permitió descansar un poco. Cuando reanudamos la marcha, nos vendó los ojos antes de tomar el sendero que llevaba al refugio.

El mundo se redujo al balanceo del caballo, al crujido de las ramas, a la respiración cercana de Pedro y al tacto del azabache bajo mi ropa.

No sabía hacia dónde nos conducían. No sabía si al final de aquel camino encontraríamos salvación o una trampa nueva.

Pero mientras la canción de mi madre seguía sonando dentro de mí, comprendí algo que ya no podía ignorar: los muertos también caminan con nosotros cuando alguien se atreve a recordarlos.