Capítulo 24 El sueño
Aquellos lugareños mostraban algo en sus ojos que me hizo apretar las riendas de Catalina: nos observaban como quienes ya saben más de lo que dicen, como si una sola mirada les bastara para decidir si éramos una amenaza, una oportunidad o una molestia que el río les había dejado a la puerta.
El que parecía dirigirlos dio un paso al frente.
Era bajo, de cuerpo compacto, pero no necesitaba altura para imponer presencia.
La autoridad le nacía de la calma con que sostenía la mirada y de la forma en que todos aguardaban su gesto antes de moverse.
Habló en portugués, despacio, con una voz grave que no comprendimos del todo, aunque no hizo falta entender cada palabra para captar la advertencia.
Soledad avanzó un paso. Mi abuela, o mi tía, o aquella mezcla de nombres que aún no sabía ordenar en mi corazón, levantó una mano en señal de paz.
—No buscamos problemas. Solo descansamos.
Mendo se acercó entonces y habló con ellos.
Algunas palabras se entendían, otras se perdían en un idioma hermano que sonaba familiar y ajeno al mismo tiempo.
Tras unos instantes, Mendo se quitó un anillo de plata de la mano derecha y lo dejó a los pies de la estatua con una delicadeza que no le había visto hasta entonces.
Fue un gesto sencillo, casi pobre, pero cambió el aire.
Las posturas se relajaron, un hombre sonrió apenas y la tensión que nos cercaba empezó a deshacerse.
Nos invitaron a compartir comida y a pasar la noche en la aldea hasta que el temporal terminara de amainar. Anxo no confiaba en ellos, y se lo noté en la mandíbula, pero tampoco teníamos fuerzas para seguir buscando peligros más cómodos.
—Solo esta noche —dijo.
Seguimos a los aldeanos por un sendero estrecho hasta llegar a un pequeño poblado escondido entre árboles y piedra.
A medida que nos acercábamos, los tambores empezaron a sentirse en el pecho antes que en los oídos.
Había hogueras encendidas, antorchas clavadas en la tierra, máscaras de madera, capas de colores y figuras que danzaban alrededor del fuego con una solemnidad que no pertenecía del todo a la fiesta ni al miedo.
Aquello tenía algo de celebración y algo de rito, como si el invierno hubiese obligado a aquellas gentes a recordar pactos antiguos para convencer al sol de que regresara.
Nos condujeron a una casa pequeña y limpia, preparada para huéspedes o quizás para ofrendas; en aquel lugar aún no sabía distinguir una cosa de la otra.
Había mantas, bancos, una mesa y dos velas que temblaban junto a la pared.
Los caballos fueron llevados a un cuadra cercana, aunque Catalina estaba asustada y no le convenció la idea de alejarse de mí y, por primera vez en días, pensé que quizás podríamos dormir sin sentir la muerte respirándonos en la nuca, la acaricié el lomo.
—Hoy descansaremos calientes y con las tripas sin quejas Catalina…
El muchacho que la llevaba se limitó a tomar las riendas con más cuidado y llevó a Catalina hacia la cuadra. La yegua volvió la cabeza una vez, y sus ojos oscuros parecieron decirme algo que no supe leer. Fue entonces cuando Soledad se volvió hacia mí con una expresión que no esperaba.
—Victoria… están celebrando el solsticio de invierno, es tu cumpleaños. La frase me sorprendió. Entre la huida, la nieve, la muerte y los secretos, yo misma lo había olvidado. Cumplía diecinueve años, en una aldea desconocida, rodeada de máscaras y lenguas extrañas.
Soledad me abrazó con una urgencia torpe.
No fue un abrazo perfecto. Había demasiadas mentiras entre nosotras, demasiadas palabras pendientes, pero la sentí temblar contra mí y por un instante no fui capaz de apartarla.
Pedro esperó unos pasos más allá, con esa paciencia suya que a veces me enternecía y otras me desesperaba.
No llegó a hacerlo. Alguien nos llamó hacia un círculo de piedras donde un anciano vestido con una túnica blanca sostenía una antorcha.
Pensé en la palabra druida y me pareció imposible.
¿Cómo podía sobrevivir algo así en pleno siglo XVIII, en una tierra donde la Iglesia había aprendido a entrar hasta en las cocinas y a bendecir o condenar lo que las mujeres hervían en los potes?
Pero allí estaba aquel hombre, hablando en una lengua que no entendía, y allí estábamos nosotros, escuchando como si sus palabras, aunque incomprensibles, tocaran algo hondo en nuestro alma.
Alrededor, la fiesta empezó a crecer. Los aldeanos danzaban con máscaras, los tambores marcaban un pulso antiguo y las llamas encendían los rostros hasta volverlos irreales. Durante unos minutos me dejé llevar por aquella belleza áspera. Luego vi a una muchacha acercarse a Pedro.
Era hermosa. No de una forma delicada, sino segura, luminosa, consciente de su propio cuerpo.
Le dijo algo que no pude oír y le tendió la mano.
Pedro dudó apenas un instante antes de aceptar el baile.
Tal vez lo hizo por cortesía, tal vez para no ofender a quienes nos daban cobijo, tal vez…
Yo sabía todo eso, y aun así los celos se apoderaron de mi mente con una violencia infantil que me avergonzó al mismo tiempo que me dominaba.
Los vi girar junto al fuego. Ella reía. Él sonreía con esa amabilidad suya que siempre parecía hacer sitio a los demás. Me repetí que no significaba nada, que Pedro me quería. Pero la razón se nublaba.
Me acerqué antes de decidirlo.
—¿Lo estás pasando bien?
Pedro se detuvo. La muchacha nos miró sin entender y se apartó con una sonrisa prudente. En el rostro de Pedro apareció primero la sorpresa, luego la preocupación.
—Victoria, solo estaba bailando.
Su calma me dolió más que una mentira. Quise explicarle que no se trataba de ella ni de él, que no eran sus manos en aquella danza, sino todo lo que yo sentía, estaba desbordada.
—No puedo más, Pedro —dije al fin, y mi voz salió más rota de lo que quería—.
Desde hace días todo se deshace. Mi padre murió, mi madre no era mi madre, mi abuela no era mi abuela, mis padres verdaderos fueron asesinados y ahora un hombre al que no conozco nos persigue como si mi vida le perteneciera.
Estoy cansada de tener miedo y de no saber dónde poner la rabia.
Pedro dio un paso hacia mí.
—Ven aquí.
Negué con la cabeza, aunque todo mi cuerpo quería refugiarse en él.
—No. Si me abrazas ahora, me romperé.
Su rostro se llenó de una tristeza contenida.
—Entonces dime qué necesitas.
—Estar sola.
No fue justo pedírselo así. Lo supe en cuanto vi cómo aceptaba aquella distancia con más dolor que orgullo.
Pedro asintió y se apartó, no porque no quisiera quedarse, sino porque había aprendido que amar también era no invadir el temblor ajeno.
Pero cuando lo vi alejarse, la misma parte de mí que le había pedido espacio lo acusó de abandonar el campo de batalla.
Así de absurda puede ser una herida cuando no encuentra forma de sangrar.
Me retiré a la casa y me acosté sin desvestirme del todo. Oía la música al otro lado de las paredes, los tambores, las voces, el crujido de las hogueras. Esperé a que Pedro entrase por esa puerta, pero no llegaba. Intenté llorar y no pude. El llanto se quedó dentro, convertido en una piedra opaca.
Cuando cerré los ojos, aquel sueño volvió.
No era como el primero, esta vez no corría asustada.
Estaba de pie entre árboles inmóviles, bajo una luna demasiado blanca, con el azabache ardiendo contra mi pecho.
No había viento ni música ni aliento humano.
Solo una presencia detrás de mí y dos ojos amarillos abiertos en la oscuridad.
No me perseguían. Me esperaban.
Quise retroceder, pero la tierra me sujetó.
Quise gritar, pero la garganta no obedeció.
En ese momento vi la muerte, de Pedro, Anxo, mi abuela…
todos muertos, cada uno en una hoguera diferente, calcinados.
Entonces llegó el aullido, largo y profundo, y sentí que no venía de la fraga, sino de un lugar enterrado bajo mis propias costillas.
Desperté con el corazón desbocado. La casa estaba en silencio, pero el miedo seguía conmigo.
Llevé la mano al colgante y casi me quemé.
El azabache latía contra mi piel, caliente como si hubiera guardado una brasa en su interior, pero no me quemaba la piel, era un calor extraño.
Lo levanté con cuidado hacia la luz pobre de la vela y vi que algo había cambiado.
Sobre la piedra, donde antes solo había una superficie lisa y negra, aparecía grabado un lobo.
Pasé los dedos por encima una y otra vez, intentando convencerme de que era una ilusión del sueño, pero la figura seguía allí, clara, imposible, con el hocico alzado como si estuviera a punto de aullar.
Hay marcas que no aparecen cuando una las busca, sino cuando por fin está preparada para temerlas.
Necesitaba aire. Me puse el abrigo y salí.
La fiesta agonizaba junto a las brasas. Todos descansaban en la casa, menos Pedro.
Al salir de la casa, algunas máscaras yacían en el suelo, los tambores habían callado y el frío empezaba a reclamar lo que el fuego había defendido durante la noche.
Pedro estaba sentado cerca de la hoguera, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos mientras veía las brasas apagarse.
Al verme, se levantó de inmediato.
—¿Estás bien? Me dejaste preocupado.
—He tenido un sueño.
Me senté a su lado y le mostré el azabache. Pedro no habló al principio. Rozó el grabado con la punta de los dedos y su expresión cambió de la inquietud al miedo.
—Esto no estaba antes.
—Lo sé.
Le conté todo lo que había visto en mi sueño.
—No podemos quedarnos aquí —dijo al fin—. Si la piedra avisa, debemos escucharla, está más caliente que nunca y el grabado…
Nos dirigimos hacia la casa para despertar a los demás, pero al cruzar el centro del poblado nos detuvimos de golpe. Seis estacas se alzaban en un claro, demasiado altas, con las bases rodeadas de paja y brea fresca. No parecían parte de una fiesta. Parecían esperar cuerpos.
Entonces oí el relincho de Catalina.
Llegamos demasiado tarde. La habían sacado de la cuadra y la sujetaban entre varios hombres.
Uno de ellos le arrancó el corazón con un cuchillo.
La sangre cayó sobre la tierra y el mundo se me llenó de un rojo que no he olvidaría jamás.
Catalina, mi yegua, mi compañera de caminos, se desplomó con un sonido sordo mientras los aldeanos se acercaban con ojos brillantes de hambre y fervor a observar el corazón todavía latiendo en la mano de ese hombre.
Quise gritar, correr hacia ella, empujar a aquellos hombres, hacer algo que devolviera el tiempo un solo latido atrás. Pedro me sujetó por la cintura antes de que cometiera una locura.
—Victoria, no.
Lloré sin ruido. No era solo un animal. Era la última criatura de mi vida anterior que me había acompañado hasta allí sin miedo a morir si moría a mi lado. Al verla allí desamparada, sin mi protección, no podía parar de llorar.
Y entonces entendí las estacas. No eran para animales. Eran para nosotros.
Pedro y yo nos miramos. No hizo falta decir nada.
La casa donde dormían los demás estaba vigilada por dos figuras inmóviles, sombras contra la luz moribunda de las hogueras.
El lugar que nos habían ofrecido como refugio acababa de revelar sus dientes.
Justo entonces me acordé de los cinco hombres muertos, faltaba uno.
¿Y si eran de esta aldea y buscaban justicia?
—Tenemos que avisarlos —susurré.
Rodeamos la casa por la parte trasera, moviéndonos entre sombras, barro y restos de ceniza. Encontramos una ventana pequeña, sin vigilancia. Pedro me ayudó a entrar primero y luego se coló detrás de mí con la agilidad silenciosa de quien entiende que el miedo hace ruido si uno no lo domina.
Despertamos a los demás con voces bajas. Soledad abrió los ojos y, al ver nuestras caras, no preguntó si el peligro era real; solo se incorporó.
—¿Qué ocurre?
—Están preparando estacas —dije—. Han matado a Catalina. Creo que los bandidos muertos eran de esta aldea, entre aquellos muertos faltaba un hombre, quizás regresó y contó lo sucedido.
Luís se persignó. Mendo maldijo entre dientes. Anxo se levantó de golpe y buscó sus botas.
—Tenemos que llegar a los caballos —dijo Pedro—. Sin hacer ruido. Si nos descubren antes de salir del poblado, no tendremos ninguna oportunidad.
Mientras nos preparábamos para huir de la casa, miré una vez más el azabache. Afuera, en algún punto de la noche, alguien golpeó un tambor despacio, una vez, luego otra, como si el pueblo entero empezara a despertar para reclamar justicia.
Y nosotros, atrapados en el vientre de aquella aldea, comprendimos que el verdadero peligro no siempre llega con espada ni con rostro de enemigo. A veces abre la puerta, ofrece pan, enciende una vela y espera a que duermas.