Capítulo 23 Los peligros del camino #2
Pedro desenvainó y se puso delante de mí, fue entonces cuando el azabache ardió sin hacerme ningún daño.
No hubo tiempo para rezar ni para comprender.
Una luz blanca estalló entre ellos y nosotros con el estruendo de un cielo partiéndose.
Sentí el golpe en los huesos antes de caer al suelo.
Catalina se quedó a mi lado, sin miedo a morir si estaba cerca de mí, mirándome con la cabeza agachada, esperando a que me levantase de nuevo.
Los demás caballos relincharon, y tiraron a sus jinetes al suelo huyendo de la escena.
Después llegó el silencio, no un silencio tranquilo, un silencio mutilado, como si el sonido hubiera sido arrancado del mundo.
Abrí los ojos, estaba tendida en la nieve, no sentía las manos ni el rostro.
Solo un zumbido terrible en los oídos y el peso del azabache contra el pecho, caliente como una brasa.
Pedro apareció inclinado sobre mí. Su boca se movía, pero al principio no oí nada. Luego su voz regresó poco a poco.
—Victoria. Victoria, mírame.
Lo hice. Allí estaba Pedro asustado. Tenía ceniza en el pelo, el rostro pálido, los ojos desorbitados y las manos temblando. Por alguna razón, aquello me asustó más que si hubiera estado herido.
Me incorporé con dificultad.
Delante de nosotros, donde habían estado los seis hombres, la nieve formaba un círculo negro.
La tierra humeaba bajo la capa blanca como una boca recién cerrada.
Los cuerpos yacían dispersos, algunos con las ropas calcinadas, otros en posturas que ningún vivo podría sostener.
No había sangre. Eso fue lo peor. La muerte suele tener color, olor, movimiento.
Aquello tenía otra cosa: una limpieza terrible, casi divina, que volvía los cuerpos menos humanos y por eso mismo más insoportables.
El olor llegó después. Ceniza húmeda. Lana quemada. Carne.
Pedro se apartó y vomitó en la nieve.
—Dios santo… —murmuró Anxo.
Todos acabaron mirándome.
El colgante aún brillaba, débilmente, como si acabara de respirar fuego y estuviera agotado.
—¿Qué es esa piedra? —preguntó Mendo.
—No lo sé —respondí, porque era la única verdad que podía sostener
—. Solo sé que nos ha protegido.
—¿Protege o mata? —dijo Luís, dando un paso atrás.
Pedro frenó las acusaciones, simplemente con su postura rígida y su mirada desafiante.
—Nos salvó la vida. Si queréis discutirlo, pensad primero dónde estaríais sin esa piedra.
Su voz no fue violenta, pero contenía una firmeza que obligó a los demás a callar. Anxo, aún pálido, observaba la tierra quemada con ojos de médico que no encontraba explicación a un cuerpo abierto contra las leyes del mundo.
—Un rayo así tendría que habernos fulminado a todos. La nieve, la humedad, los caballos… No es posible.
—Entonces llamadlo milagro —dijo Soledad, rápida como una cuchilla envuelta en terciopelo—. Dios nos ha permitido seguir adelante. No busquéis nombres donde puede haber condena.
La entendí al instante. No hablaba a nuestra fe, sino a nuestro miedo. Demasiados ojos habían visto el azabache y demasiadas bocas podían transformar salvación en acusación.
Mendo habló al fin.
—Milagro o condena, ha dejado cinco muertos.
Nadie respondió.
Cinco, empecé a contar, faltaba un bandido, llegaron seis y ahora solo cinco están tendidos en el suelo sin vida.
Mi mente enseguida cambió de pensamiento a culpa, yo no los había matado o quizás sí.
No con las manos. No con voluntad. Ni siquiera sabía qué había pasado.
Pero estaban allí, negros sobre la nieve, y yo seguía viva.
El mundo rara vez se molestaba en distinguir entre una culpa y una consecuencia.
Pedro intentó cambiar de inmediato la conversación.
—¡Los caballos! Si no los encontramos, moriremos aquí.
La explosión había espantado a varios de ellos. Con tan pocos animales no podíamos avanzar mucho, pero Mendo insistió en que la cueva estaba cerca. Llegamos a ella ya de noche, agotados, con la nieve pegada al cuerpo y el silencio de los muertos siguiéndonos como un perro fiel.
La cueva era amplia y más cálida de lo que esperábamos. Mendo movió unas piedras y sacó de un hueco una cántara con nueces y avellanas.
—Siempre dejo provisiones en algunos refugios. En estos caminos no sobrevive quien confía solo en la suerte.
Nunca unas nueces nos parecieron un tesoro mayor. Comimos alrededor del fuego mientras Luís volvía una y otra vez al mismo pensamiento, incapaz de soltarlo.
—Juro que regresaré a este lugar —dijo al fin—. Construiré una ermita con mis propias manos para que se recuerde que aquí ocurrió un milagro.
Pedro me tomó la mano cuando intenté explicar lo de la piedra, y apretó los dedos lo justo para detenerme.
—Noli revolvere quod intellegere non potes —dijo en latín.
Nadie entendió las palabras, pero todos comprendieron el tono. Después añadió:
—Hay fuerzas que no piden permiso para actuar. Si algo nos salvó esta noche, bendito sea. No todo necesita ser comprendido para merecer respeto.
Aquella noche me acosté junto a Pedro. Él me rodeó con sus brazos, y por un momento intenté quedarme solo en ese calor, en el latido de su pecho, en la promesa silenciosa de no estar sola.
Mi sangre era un mapa lleno de caminos cortados, y en mitad de aquel mapa estaba Villar, el hombre que había decidido que nuestras vidas valían menos que sus ambiciones.
Esa noche no pude dormir. Al amanecer salimos a buscar los caballos restantes.
La nieve había cesado, y después de horas de rastreo logramos recuperarlos.
Continuamos el viaje solo unas horas hasta que llegamos a un río hermoso, encajado entre rocas, con cascadas, un molino antiguo y una pequeña presa junto a una pesqueira.
Al lado del agua se alzaba una figura femenina de piedra, cubierta de musgo y humedad. Tenía un brazo extendido hacia el río y el cabello tallado le caía sobre los hombros como si quisiera fundirse con la corriente.
Soledad fue la primera en acercarse. Sus dedos recorrieron las grietas de la estatua con una delicadeza que me inquietó.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Ella tardó en responder.
—No lo sé. Siento que ya he estado aquí.
Nadie se burló. El lugar no invitaba a hacerlo. Había en aquella ribera una quietud demasiado antigua, como si las piedras llevaran siglos observando a los vivos equivocarse de camino.
—No os acerquéis demasiado —advirtió Mendo—. Es una Xana. Y hay cosas que conviene respetar incluso cuando uno no cree en ellas.
Soledad alzó una ceja, pero antes de que pudiera responder, vimos aparecer unos hombres a caballo.
Sus ropas eran humildes, gastadas por el uso y por la vida.
Sin embargo, la forma en que nos rodearon dejó claro que aquel lugar no nos pertenecía.
Solo recé y me escondí la piedra bajo mi capa.
Recé por no causar más muerte y destrucción.