Capítulo 23 Los peligros del camino
El invierno no tardó en enseñarnos que una huida no es una aventura, sino una forma lenta de despedida.
El frío se metía bajo las capas, atravesaba la lana, endurecía los dedos y volvía torpes los pensamientos, como si la noche quisiera despojarnos primero del calor y después del juicio.
Después de unas horas a caballo dejé de sentir las manos.
Intenté frotarlas contra el cuello de Catalina, esconderlas bajo la capa, mover los dedos hasta que dolieran, pero el hielo parecía haber encontrado un sitio dentro de mí y no tenía intención de marcharse.
Habíamos salido de Viñás dejando atrás la casa, las hierbas colgadas de las vigas, la lareira apagada con prisa y una vida que todavía debía de conservar nuestra forma en los rincones.
Nadie lo decía, pero todos mirábamos hacia atrás de vez en cuando, no porque esperáramos ver humo en el camino, sino porque una parte nuestra seguía allí, aguardando a que alguien regresara a recogerla.
Huíamos de Villar, sí. Huíamos de sus hombres, de sus cuentas, de la sombra que su nombre había extendido sobre nuestra sangre.
Pero cuanto más avanzábamos, más empezaba a sospechar que no era a él a quien de verdad estábamos dejando atrás.
Pedro cabalgaba a mi lado. No hablaba mucho, y por eso cada gesto suyo parecía tener más peso: una mirada hacia mis manos, un movimiento discreto para colocar su caballo entre el viento y yo, una pregunta que no llegaba a pronunciar porque sabía que yo habría mentido antes de admitir que temblaba.
Aquella prudencia suya, tan distinta de la protección que asfixia, me dolía más de lo que debería.
En un mundo que nos perseguía por lo que éramos y por lo que otros habían decidido que significábamos, Pedro me miraba todavía como si yo fuese una persona y no un secreto andando.
Después de unas horas a caballo, dejé de sentir las manos; intenté moverlas, frotarlas contra el lomo de Catalina, esconderlas bajo la capa, pero el dolor persistía como si el hielo hubiera encontrado un sitio donde quedarse dentro de mí.
Pedro se dio cuenta sin que yo dijera nada.
Desmontó en silencio, arrancó una tira del forro viejo de su abrigo y me envolvió los dedos con una paciencia que me desarmó.
No fue un gesto grande, ni heroico, ni de esos que un trovador convertiría en canción.
Fue algo más peligroso: cuidado puro, de ese que una no sabe agradecer sin sentir que se le afloja algo por dentro.
—Te quiero —se me escapó.
Lo dije tan bajo que al principio pensé que el viento se lo habría llevado, pero Pedro levantó la mirada como si acabara de oír una campana en mitad de la nieve.
Durante un segundo se quedó inmóvil. Después sonrió, primero con sorpresa, luego con una alegría tan limpia que me dio vergüenza haberla provocado.
—¿Me quieres? —preguntó—. ¿De verdad me quieres?
—No seas tonto. Ya lo sabes de sobra. Y ahora monta antes de que me arrepienta de haberlo dicho.
Pedro se subió al caballo con una risa que no cabía en su pecho.
—¡Me quiere! —gritó hacia el grupo—. ¡Victoria me quiere!
Luis soltó una carcajada seca, de esas que salen de los hombres que se sienten orgullosos por la conquista de otro. Mendo negó con la cabeza, divertido, y Anxo murmuró que el amor volvía imprudentes incluso a los hombres que se creían hechos de disciplina. Pedro no se ofendió.
Quise que la tierra se abriera bajo la nieve y me tragara con caballo incluido. Por un instante, en medio de la fuga, del miedo y del frío, fuimos casi felices, y comprendí que a veces la esperanza no llega vestida de milagro, sino de ridículo.
Seguimos camino hasta que la nieve comenzó a cerrarse sobre nosotros.
Los hombres de José, Mendo y Luís conocían rutas secundarias, veredas de contrabandistas y pasos que no figuraban en ningún mapa honrado, pero ni siquiera ellos podían discutir con una tormenta.
Al caer la tarde acampamos en un claro. Pedro colocó trampas para liebres con palos y cuerdas, moviéndose entre los árboles con una seguridad que revelaba años de hambre, campo y paciencia.
Anxo cortó ramas de pino para proteger el fuego, Soledad revisó los víveres y yo ayudé a cubrir la carreta mientras la nieve iba borrando las huellas que dejábamos atrás.
La noche fue dura. Nadie tenía fuerzas para hablar.
Nos agrupamos alrededor del fuego como si aquella llama pequeña fuera lo único que impedía al mundo apagarse.
Pedro me rodeó con los brazos y apoyé la cabeza contra su pecho.
Aún me ponía nerviosa sentirlo tan cerca, pero el temporal reducía las vergüenzas a lo esencial: calor, respiración y vida.
Al amanecer, la nieve cubría la tierra con una belleza cruel.
Pedro revisó las trampas y volvió con una sola liebre.
Su rostro al mostrárnosla habría hecho reír en otras circunstancias: parecía pedir perdón por no haber cazado un banquete.
Sin embargo, aquella carne escasa nos supo a salvación.
Comimos en silencio, agradecidos por cada bocado, y cuando terminé me acerqué a él y lo abracé sin pensarlo.
—Saldremos de esta —dijo, con la boca cerca de mi cabello.
No sé por qué le creí. Quizás porque Pedro no prometía con ligereza. Quizás porque su calma no negaba el peligro, sino que se plantaba delante de él.
El camino empeoró al tercer día. La carreta se hundía en la nieve blanda, los caballos resoplaban agotados y cada metro parecía arrancarnos un trozo de vida con violencia.
Probamos a colocar ramas bajo las ruedas, a empujar, a descargar parte del peso, pero era inútil.
Al final Mendo y Luís discutieron a media voz y llegaron a la única conclusión posible: había que abandonar la carreta.
Dejar cosas atrás siempre duele más de lo que una imagina. No porque sean valiosas, sino porque cada objeto abandonado parece admitir que el regreso se aleja. Catalina resopló, nerviosa, mientras ajustaba las correas. Le acaricié el cuello.
—Tú y yo seguimos —le susurré.
La yegua movió las orejas como si entendiera. Siempre supe que Catalina era una extensión de mí, notaba mis miedos, mis angustias y también mis alegrías. Mis sentimientos los transformaba en los suyos propios y esa conexión me fascinaba.
Cargamos los caballos con lo imprescindible y seguimos a pie algunos tramos, hundiéndonos hasta los tobillos, con el viento golpeándonos la cara y la noche acercándose demasiado deprisa.
Fue entonces cuando Mendo señaló una masa oscura de árboles.
—Hay una cueva más allá del bosque. Si llegamos antes de que cierre la noche, tendremos refugio.
La palabra cueva bastó para movernos. Soledad me observaba desde unos pasos más allá.
En su rostro había cansancio, pero también esa clase de vigilancia que nunca descansaba del todo.
Ya no sabía cómo mirarla. Había sido mi abuela, mi mentira, mi refugio y mi carcelera.
Había salvado mi vida y me había robado mi historia a cambio de otra llena de amor.
Las dos cosas podían ser verdad al mismo tiempo, y esa era la peor herida: la que no deja elegir un único odio.
—Come algo —dijo, tendiéndome un trozo de pan duro.
—No tengo hambre.
—Da igual que tengas hambre. Si enfermas aquí morirás.
No respondí. Tomé el pan.
Seguimos sin la carreta. El mundo se estrechó hasta convertirse en una línea blanca entre árboles.
Durante horas no hubo más sonido que los cascos hundiéndose en la nieve, el jadeo de los caballos y el viento arañando las ramas.
A veces Mendo se adelantaba para reconocer el camino.
A veces Anxo se detenía para escuchar. Pedro ya no reía.
La alegría del “me quiere” se había quedado atrás, junto a la carreta, como si también ella pesara demasiado para cruzar aquella frontera.
Nada más adentrarnos en el robledal fué cuando Catalina se detuvo.
No relinchó. No se encabritó. Solo clavó los cascos en la nieve y levantó la cabeza hacia los árboles.
Sentí cómo se me apretaba el estómago.
—¿Qué ocurre? —preguntó Pedro.
Después, el azabache empezó a calentarse contra mi pecho.
Conocía ya ese aviso.
—Pedro —susurré—. La piedra está ardiendo.
Mendo ya tenía la mano en la empuñadura.
Anxo bajó la voz.
—Silencio.
Entonces los vimos. Sombras moviéndose donde no debería haber nadie.
—Bandidos —murmuró Mendo—. La tormenta les da cobertura.
No eran soldados ni señores. Bastaba mirarles la ropa para entender que la vida los había masticado antes de escupirlos sobre aquel robledal.
Tenían botas rotas, manos agrietadas, barbas sucias de hielo y ojos de hambre.
Pero el hambre, lo había aprendido ya, no volvía inocente a nadie. Solo le daba una excusa al cuchillo.
Salieron de entre los árboles sin prisa. El que iba delante no alzó la voz.
—Bajad de los caballos. Dejad todo lo que lleváis.
Pedro colocó su caballo ligeramente delante del mío.
—No tenemos nada que ofrecer. Si bajamos de los caballos será nuestra muerte.
Mendo habló entonces con una calma que no le había oído.
—Elegid otro camino y a otros antes de que sea demasiado tarde…
El líder lo miró. Reconoció algo en él, o quizá solo midió su peligro.
—No hay otro camino. Para nadie.
Un segundo hombre reparó en mi colgante.
El azabache emitía una luz débil, pero suficiente para atraer su mirada.
Se acercó a mí con los ojos fijos en la piedra.
Pedro dio un paso, aunque había demasiados hombres alrededor y todos sabíamos lo que podía ocurrir si provocábamos un ataque antes de entender cuántas salidas nos quedaban.
La mano sucia del bandido fue directa a mi colgante. El grito que soltó fue breve, furioso. Retrocedió como si hubiera tocado hierro al rojo vivo.
—Meiga…
La palabra se extendió entre ellos con más fuerza que el viento. Donde antes había codicia, apareció la duda. El líder los observó, luego me miró a mí y por fin habló con una frialdad que me vació el cuerpo.
—Matadlos. A la bruja, primero.