Capítulo 22 La huida
La verdad nos había alcanzado en Santiago con la violencia de una tormenta, pero en Viñás, durante unas horas más, la casa de mi abuela siguió respirando con la misma calma engañosa de siempre.
Las brasas seguían encendidas, las hierbas colgaban de las vigas, los animales removían la paja en el establo y el Miño, allá abajo, continuaba murmurando como si el mundo no hubiera cambiado de nombre, aunque nosotras ya no pudiéramos volver a llamarlo hogar sin sentir que algo se rompía.
Aquella tranquilidad se rompió cuando el conde de Monforte llamó a la puerta.
Soledad abrió con la prudencia de quien lleva media vida esperando que el pasado vuelva vestido de visita. Don Fermín entró sin detenerse en saludos, con el sombrero húmedo entre las manos y el rostro endurecido por una urgencia que bastó para helarle la sangre.
—No puedo quedarme, Sor María. Ni siquiera debería estar aquí. Pero tenía que advertirte.
Mi abuela se quedó inmóvil al oír aquel nombre. Sor María. Hacía años que nadie lo pronunciaba en esa cocina, y sin embargo el nombre llenó la estancia como si hubiera estado aguardando detrás de cada piedra.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó ella, aunque sus ojos ya parecían conocer la respuesta.
Don Fermín se acercó a la mesa y bajó la voz, no por delicadeza, sino por miedo a que las paredes pudieran escuchar.
—Has cometido un error trayendo a tu hermano a Galicia.
Un médico de París visitando a una curandera escondida en una aldea perdida no es una casualidad que pase inadvertida.
Cualquiera que haya oído los rumores adecuados podría atar los cabos: tú eres la monja desaparecida, Victoria es la hija de Isabella y Villar sigue siendo un enemigo demasiado astuto para ignorar una sombra que se mueve.
Los hombres como él no olvidan, Sor María; solo esperan a que la vida les acerque de nuevo la garganta que no pudieron cortar.
Soledad se sentó despacio. Sus manos, aquellas manos que habían sostenido partos, heridas y agonías sin temblar, buscaron el borde de la mesa como si de pronto necesitaran sujetarse al mundo.
—Pensé que Anxo podría llevársela lejos. El miedo me nubló el juicio.
—Tú eres más inteligente que el miedo —respondió el conde, con una severidad que nacía del afecto—.
Villar tiene hombres, dinero, deudas que cobrar y favores que otros siguen pagando.
Si aún no os han identificado, lo harán pronto.
No puedes quedarte aquí ni un minuto más, porque un escondite deja de ser refugio en cuanto alguien pronuncia el nombre correcto.
El conde dejó sobre la mesa una bolsa de maravedíes. No la empujó hacia ella con solemnidad, sino con la tristeza de quien sabe que el dinero apenas sirve para comprar unos días de ventaja.
—Te di un nombre, un refugio y todos los silencios que pude comprar. Pero este escondite se ha terminado. Coge los maravedíes para empezar de nuevo lejos de aquí.
Soledad lo miró con los ojos humedecidos.
—Don Fermín, no sé cómo pagar lo que has hecho por nosotras.
—No me debes nada. Lo hice por Isabella.
Se abrazaron con una ternura breve, de esas que no se permiten crecer porque el peligro no concede tiempo.
Después el conde se marchó, y la casa quedó en un silencio distinto, no el silencio de la rutina, sino el que precede a la fuga, cuando hasta los objetos parecen comprender que van a ser abandonados.
Mi abuela no perdió un segundo. Recogió ropa abrigada, un queso, hierbas secas, el libro pequeño de tapas gastadas que guardaba en la alacena y un cuchillo envuelto en lino.
Todo lo que no cupiera en un saco dejó de pertenecerle en aquel mismo instante, porque huir es aprender a distinguir, con una crueldad perfecta, qué parte de una vida puede seguir viva y cuál debe quedarse ardiendo detrás.
Soledad apagó la respiración al escuchar un ruido fuera de la casa.
Se acercó a la ventana y vio a un hombre desconocido en el umbral.
Durante un momento creyó que allí acababa todo, que uno de los hombres de Villar había llegado por fin a buscarla donde tantos años no habían sabido encontrarla.
Pero el hombre no intentó entrar. Deslizó una carta bajo la puerta y se marchó sin mirar atrás.
Mi abuela esperó unos segundos antes de agacharse. Reconoció el sello al instante: Don José de la Vega, alcalde ordinario de Santiago.
Rompió la cera con dedos torpes y leyó deprisa.
“Querida Sor María: la esperamos en Santiago. Ya sabe dónde. Hay decisiones que debemos tomar juntos. Vigile sus pasos y asegúrese de que nadie la sigue. Anxo y sus acompañantes están con nosotros. Estamos todos bien. No tema por eso. Su leal amigo, José de la Vega.”
Soledad dejó caer la carta en el fuego y observó cómo las llamas devoraban el nombre que durante tantos años la había mantenido viva y condenada a la vez. Si José la llamaba, algo había ocurrido. Si usaba su nombre antiguo, el secreto ya no cabía bajo la alfombra de la prudencia.
Fue a casa del judío que vivía cerca para regalarle los animales, el gestionaba ya el viñedo junto a Pedro y sabía lo que tenía que hacer con todo aquello. Al final, Viñás no eran más que dos casas, unas extensas viñas y un puñado de silencios;
El judío no hizo preguntas. En los pueblos pequeños, preguntar demasiado era una forma torpe de llamar al peligro.
Se limitó a tomar las llaves de la casa y a mirar a mi abuela con una compasión discreta, sin santiguarse, sin nombrar a Dios, como si entendiera que hay despedidas que no necesitan testigos.
Antes de marcharse, Soledad tocó la mesa, la alacena, el marco de la puerta y la pared donde tantas veces había colgado ramos de romero y laurel. No lloró. Mi abuela no lloraba cuando debía huir; guardaba las lágrimas para cuando ya no servían de nada.
El camino principal era más rápido, pero también más expuesto.
Soledad eligió la fraga, aunque cada raíz parecía empeñada en recordarle su edad y cada sombra le devolvía la pregunta que no se atrevía a formular: si Villar había interceptado la carta, si alguien la estaba siguiendo, si al llegar a Santiago encontraría una casa segura o una trampa.
Después de horas de marcha, cuando el peso del saco se le había clavado en los hombros y el frío le mordía las piernas, decidió salir al camino. No tardó en aparecer una carreta.
—Doña Soledad, ¿qué hace usted por aquí? —preguntó el carretero, frenando los animales.
—Voy a Santiago, Ramiro. ¿Podrías acercarme un trecho?
—Suba, mujer. Hoy la suerte viaja con nosotros.
La suerte, pensó ella al ver a las dos monjas sentadas en la carreta. Bastó un instante para que ambas la reconocieran. Primero fue el asombro, después el temblor en los labios y al final aquel nombre pronunciado al unísono, como una campana que vuelve a sonar en un convento abandonado.
—¡Sor María!
Soledad sintió que los diecinueve años de mentira se le rompían en la cara. Ramiro soltó una carcajada, convencido de que aquellas mujeres habían perdido el juicio.
—¿Sor María? No digan disparates. Esta es doña Soledad, curandera y partera de Viñás. La quiere media comarca.
Mi abuela comprendió que callar la condenaría más que hablar. Respiró hondo, levantó la mirada y, por primera vez en casi dos décadas, permitió que su antiguo nombre se sentara junto a ella.
—Sí. Soy yo.
El silencio que siguió fue más largo que el camino. Las monjas la miraron sin reproche, con esa mezcla de espanto y compasión que a veces duele más que una acusación. Ramiro dejó de reír.
—Pero… usted tiene una nieta.
Soledad bajó los ojos. Había verdades que, dichas en mitad de una carreta, se volvían indecentes por falta de abrigo.
—Mi vida cambió de formas que no elegí. Os ruego que no me pidáis explicaciones ahora.
Una de las monjas le tomó la mano con suavidad.
—Solo Dios sabe lo que habrás sufrido, hermana. Tu silencio está a salvo con nosotras.
Soledad quiso creerlo. Necesitaba creerlo.
Durante el trayecto hablaron de Santa María de Pesqueiras, de remedios con lamprea, de campos administrados por mujeres y de monasterios donde los murciélagos criaban como si reconocieran en aquellas piedras un refugio sagrado.
Pero incluso cuando la conversación encontró caminos inocentes, mi abuela no dejó de mirar atrás.
El miedo viajaba con ella, sentado entre la paja, más pesado que cualquier saco, porque hay nombres que protegen mientras nadie los escucha y condenan en cuanto vuelven a la boca de otros.
Tres días tardó en llegar a Santiago. Tres días de posadas humildes, rezos murmurados, panes compartidos y pesadillas en las que Isabella se le aparecía pálida como la luna, suplicándole que no perdiera tiempo.
Cuando por fin vio la muralla de la ciudad, se despidió de las monjas y de Ramiro con más prisa que cortesía y caminó hasta la casa de don José como quien llega tarde al último lugar del mundo.
El criado apenas había abierto cuando ella irrumpió en el vestíbulo.
—¡Estamos en peligro! Victoria recoge tus cosas. Tenemos que salir de Santiago ahora mismo.
Yo estaba en la sala con Pedro, Anxo, Carmen y José. Todos nos levantamos a la vez. Mi abuela estaba más pálida de lo que yo la había visto nunca; el viaje le había hundido los ojos, pero no le había quitado esa autoridad de hierro que hacía que incluso el miedo pareciera obedecerla.
—¿Qué ha pasado? —pregunté—. ¿Por qué tenemos que irnos así?
—No hay tiempo para preguntas.
Aquellas palabras, las mismas de siempre, me encendieron por dentro.
Después de todo lo que acababa de saber, después de descubrir que mi vida entera estaba patas arriba, no podía soportar otra orden envuelta en secreto.
La obediencia, cuando una ya conoce el precio de las mentiras, empieza a parecerse demasiado a una segunda cárcel.
—No pienso moverme hasta que me digáis la verdad.
Pedro, que ya había empezado a recoger nuestras cosas, se volvió hacia mí. No había ternura en su rostro, sino una dureza que me hirió precisamente porque no la esperaba de él.
—Haz lo que te dicen, Victoria.
Me quedé mirándolo, dolida.
—¿También tú?
Su expresión se quebró apenas. Se acercó lo suficiente para que solo yo pudiera oírlo.
—Precisamente yo. Porque si te pierdo por tu orgullo, no habrá verdad que pueda consolarme. Recoge tus cosas. Ahora.
Aquella frase me cerró la boca. No porque me gustara obedecer, sino porque en sus ojos vi algo que no era autoridad: era miedo por mí, miedo de un hombre que había decidido proteger sin pedir permiso al destino y que, por primera vez, no sabía si su amor bastaría para alcanzarme.
José intervino con gravedad.
—Sor María tiene razón. Si Villar sabe que estáis aquí, todos corremos peligro. No se detendrá ante nada, y esta casa ya no es un refugio.
Sus hijas lloraban abrazadas a su madre.
Carmen había palidecido. Anxo no preguntó más.
En cuestión de minutos, todo el orden de aquella casa se convirtió en movimiento: baúles que se abrían, criados que corrían por los pasillos, mantas, comida, armas escondidas bajo capas, monedas, papeles sellados y el sonido de vidas desmontándose a toda prisa.
Cuando estuvimos listos, José nos reunió en el salón.
—Iréis a una finca mía en Portugal. Solo dos hombres de mi absoluta confianza conocen el camino: Mendo y Luís. Ellos os llevarán. Allí podréis esconderos hasta que sepamos qué movimientos hace Villar.
—Tú debes marcharte también —dijo mi abuela—. Tu familia no está segura aquí.
José miró a sus hijas, luego a María, su esposa, y después a nosotros. En su rostro vi la misma decisión que había visto otras veces en Soledad: esa forma tranquila de elegir el peligro cuando la conciencia ya no deja otra salida.
—Si alguien puede frenar a Villar y a los hombres que lo protegen, soy yo. Y si no puedo frenarlo, al menos sabré dónde poner la primera piedra para que otros tropiecen con él.
Mi abuela no insistió. Se abrazaron como se abrazan quienes saben que quizás no vuelvan a verse.
Salimos de Santiago al caer la noche. Los cascos de los caballos golpeaban la piedra con un ritmo que parecía contar las preguntas que nadie respondía.
Mi abuela acercó su montura a la mía. Durante un largo trecho cabalgó en silencio, hasta que habló con una voz tan baja que casi se confundió con el viento.
—Victoria, sé que me odias un poco ahora. Quizás más que un poco. Pero necesito que confíes en mí una vez más. No por obediencia, sino por supervivencia.
La miré. Estaba cansada, envejecida por el miedo y por las verdades que ya no podía seguir sosteniendo sola.
Yo seguía enfadada. Seguía herida. Pero en su rostro vi a la mujer que había huido con una niña recién nacida en brazos y había convertido una mentira en hogar, y comprendí que hay amores que salvan de forma equivocada y aun así salvan.
—No sé si confío en ti —dije—. Pero iré contigo.
Mi abuela asintió, como si por ahora eso bastara.
Pedro cabalgaba al otro lado. Su hombro rozó el mío apenas un instante, y aquel contacto pequeño, casi accidental, hizo más por calmarme que todas las explicaciones que me negaban. No sabía hacia dónde íbamos. No sabía qué dejábamos atrás ni cuántos de nosotros sobreviviríamos al camino.
Solo sabía que estábamos juntos, y en aquella noche sin respuestas eso era lo único que podía parecerse a una promesa.