Capítulo 42 Mi destino
Corrí por las calles desesperada, intentando huir; mis patas golpeaban el suelo con una fuerza frenética mientras el caos de las calles se desvanecía en la distancia.
Los gritos de la gente se apagaban mientras me internaba en la oscuridad del bosque cercano, donde la luna llena iluminaba un camino que no comprendía.
Mi mente estaba confundida, con hambre y sed.
Estaba perdida y sola. ¿Por qué? ¿Por qué ahora esto? Pedro muerto, embarazada de Villar y ahora convertida en loba. Era demasiado para soportarlo, sin tiempo para asimilar ni entender el motivo de todo aquello.
Una vez en el bosque, me sentía segura. No sabía en qué me estaba convirtiendo, pero una parte de mí, esa parte rota y herida, ansiaba entregarse a la bestia que ahora habitaba en mi interior.
El pensamiento de mi embarazo, de la vida que crecía dentro de mí, me atormentaba. ¿Cómo podré amar a este hijo? ¿Cómo podré mirarlo a los ojos si llega a parecerse a Villar? ¿Por qué la vida me castiga así, si siempre intenté ser buena, ayudar a quienes me rodean? ¿Qué castigo es este?
Un poder desconocido me llamaba, y sin pensarlo corrí.
Corrí durante horas, no sabía hacia dónde iba, pero algo me guiaba.
La piedra negra que colgaba de mi cuello comenzó a brillar con una luz suave, guiándome hasta el río.
En ese momento vi cómo la luna llena alcanzaba su punto más alto.
Una paz profunda me envolvió; las aguas murmuraban suavemente y la luna se reflejaba en su superficie, creando un vínculo mágico entre nosotras.
En ese instante supe que estaba en un punto de no retorno.
Me metí en el río, sintiendo cómo la corriente acariciaba mi cuerpo con una suavidad reconfortante.
Con cada paso, el peso del dolor y del odio que había acumulado se volvía menos insoportable; la propia corriente arrastraba todo el dolor de mi alma.
Sentí que algo dentro de mí estaba a punto de romperse, pero no sabía si era la última resistencia de mi humanidad o el umbral de un poder mucho más oscuro.
La luna iluminaba el agua, pero dentro de mí todo era oscuridad, una oscuridad que amenazaba con consumirlo todo.
Un leve temblor en la superficie del agua, un movimiento sutil que perturbó el reflejo de la luna. Luego emergieron siluetas etéreas, alzándose como si el propio río estuviera dando a luz criaturas de sueño. Eran mujeres de belleza sobrenatural, con cuerpos que parecían hechos de agua y luz.
Sus miradas se clavaron en mí. Ojos de tonalidades imposibles, plateados como la luz de la luna, rojos como la sangre, y púrpuras como algunas flores en primavera.
Algo en su presencia despertó en mí un sentimiento de amor profundo, un amor que no nacía del presente, sino de un tiempo remoto, más allá de la memoria. Una conexión inexplicable.
La primera en salir del agua tenía el cabello oscuro como la noche y los ojos resplandecientes como estrellas. Sus labios no se movieron, pero su voz llenó mi mente.
—Soy Navia… Hemos venido por ti, para ayudarte, Victoria. Somos aquellas que caminaron antes que tú, guardianas de esta tierra sagrada.
—Yo soy Trebaruna, mi magia devolvió la vida a los suelos estériles, mi canto curó a los heridos y mi tacto trajo de vuelta la esperanza a los corazones rotos.
Su piel parecía hecha de corteza y hojas, y su cabellera dorada se entrelazaba con lianas y flores que florecían con cada uno de sus movimientos.
—Y yo soy Bandua, la que ve el futuro y domina la guerra. Mi voz murmuraba a los guerreros antes de la batalla, mis alas negras se extendían sobre los campos cuando la muerte acechaba. La sangre y el destino están escritos en mi nombre.
Su presencia era imponente, su cabello rojo como el fuego danzaba con el viento, y en sus ojos brillaba el reflejo de mil batallas.
Navia alzó una mano y el río respondió a su gesto, elevando ondas que se entrelazaban como serpientes líquidas.
—Cada una de nosotras fue poderosa en su tiempo. Pero tú, Victoria… Tú eres la más poderosa hasta ahora.
—Nosotras también fuimos consumidas por el dolor que te atormenta, por la pérdida y por el odio —continuó Bandua, como si pudiera leer mis pensamientos más íntimos—.
Éramos las guardianas de esta tierra, pero la oscuridad que acecha en cada sombra nos devoró, transformándonos en espectros de nosotras mismas.
Esa misma oscuridad, Victoria, fue nuestra ruina.
—Nosotras caímos en ese abismo, y ahora nuestras almas quedaron presas entre este mundo y el otro, condenadas a vagar sin descanso.
Por eso vinimos por ti: para advertirte.
No sigas el mismo sendero. Tu transformación en loba no es un castigo.
Es una oportunidad. Un don para curarte y para aprender lo que es, de verdad, ser Alma de la Luna.
Porque el verdadero poder no nace de la herida, sino del instante en que eres madre. Ahí es cuando se abre la puerta.
Madre. La palabra resonó en mi mente, encendiendo algo profundo y nuevo en mi interior.
Ser madre no era solo dar vida, era invocar el poder arcano que fluye a través de todas las cosas.
Era entrelazar el destino del universo con el latido de un corazón nuevo.
En el instante en que una mujer concibe a su hijo, los poderes de las Almas de la Luna despiertan, como estrellas encendiéndose en la vasta oscuridad.
No quería que mi deseo de venganza debilitara la conexión que comenzaba a sentir con el mundo que me rodeaba. Necesitaba encontrar un equilibrio entre mi dolor y mi fuerza, entre el pasado que me atormentaba y el futuro que quería construir.
Las Almas de la Luna, con sus relatos, me ofrecían un espejo en el que podía ver mis propias debilidades.
Mis lágrimas comenzaron a mezclarse con las aguas del río mientras sus palabras resonaban en lo más hondo de mi ser.
Sentí el impulso de rendirme, de dejar que la oscuridad me consumiera, pero una parte de mí se aferraba desesperadamente a la luz que aún brillaba en mi interior.
Navia se inclinó hacia mí, con los ojos anegados de dolor:
—Nosotras fracasamos, Victoria. Pero tú todavía tienes la oportunidad de escoger un camino diferente.
El dolor y la oscuridad siempre serán parte de ti, pero no tienen por qué definirte.
La loba que ahora eres puede ser un símbolo de tu fuerza, de tu capacidad para curar y proteger, no para destruir.
Tendida en la orilla del río, ya sin fuerzas para luchar con la batalla interna que se libraba dentro de mí, sabía que, si permitía que el odio me dominase, seguiría el mismo destino trágico que ellas.
Pero, al mismo tiempo, no podía ignorar el dolor que sentía, el deseo de justicia para aquellos que habían sufrido.
Las palabras de mis antecesoras me mostraban que había otro camino, pero yo estaba perdida.
Las figuras comenzaron a desvanecerse lentamente, sus cuerpos disolviéndose en la luz plateada del río. Pero antes de desaparecer por completo, Navia me dirigió una última mirada, llena de amor y comprensión.
Sola, tendida en la orilla del río, cogí la piedra de mi cuello entre los dientes. La luna alumbraba mi cuerpo desnudo. Sentí que mi destino ya no era huir… era escuchar, recordar, resistir. Y renacer. No fui elegida por el destino. Yo soy el destino.