Capítulo 20 El camino hacia la verdad
El sol entró por la ventana antes de que yo estuviera preparada para despertar.
Abrí los ojos con esa confusión de quien ha dormido profundamente y, aun así, se levanta cansada, como si durante la noche el alma hubiera trabajado más que el cuerpo.
Tardé unos segundos en recordar dónde estaba: la casa de los De la Vega, la ciudad de Santiago, el jardín, Anxo rompiéndose en mis brazos, Carmen regresando desde un pasado que nadie había terminado de enterrar y aquella sensación cada vez más firme de que mi propia vida estaba a punto de dejar de obedecer a la historia que me habían contado.
Me acerqué a la ventana. La ciudad empezaba a desperezarse bajo una luz pálida.
Los tejados húmedos brillaban, las campanas llamaban a los primeros oficios y las calles se llenaban poco a poco de pasos, voces y ruedas de carros.
Santiago tenía algo de laberinto devoto, de piedra rezada durante siglos, pero aquella mañana no me pareció una ciudad santa, sino un lugar lleno de escondrijos.
Me lavé la cara y me senté ante el tocador.
El espejo era tan grande que me incomodaba.
En mi casa, el río era mi único espejo verdadero, y el agua siempre perdonaba un poco las imperfecciones.
Aquel cristal, en cambio, no perdonaba nada.
Me devolvió una muchacha de ojos cansados, trenza deshecha y rostro demasiado parecido a alguien que otros parecían recordar antes que yo.
Pensé en José mirándome durante la cena, en su desconcierto al reconocer en mi cara una sombra antigua, y por primera vez mi reflejo dejó de pertenecerme del todo.
Me puse mi vestido ocre, el más modesto de los que llevaba conmigo, y recogí el cabello en una trenza bien peinada.
Después bajé las escaleras con la determinación de quien sabe que no puede seguir esperando a que la verdad tenga la cortesía de llamar a la puerta, porque la verdad, cuando lleva demasiado tiempo encerrada, casi siempre hay que ir a buscarla con las manos preparadas para sangrar.
Anxo y Pedro estaban en la sala, junto a la chimenea. Hablaban en voz baja, pero se callaron al verme entrar. Pedro se acercó enseguida. Había pasado la noche lejos de mí y, aun así, su mirada traía el mismo cuidado de siempre, esa forma suya de preguntarme sin obligarme a contestar.
—Buenos días, Victoria —dijo Anxo—. ¿Has dormido?
—He dormido, que no es lo mismo que descansar. Me gustaría salir cuanto antes. Hay asuntos que necesito resolver.
Anxo apretó los labios.
—Ya hablamos anoche. No quiero más complicaciones ni que te metas en asuntos que no entiendes.
—No te traeré problemas —mentí con la serenidad de quien ya sabe que va a hacerlo.
Anxo me sostuvo la mirada un instante y luego suspiró, como si hubiera decidido posponer una batalla que no tenía fuerzas para ganar antes del desayuno.
—Esperad al almuerzo. Nos avisarán en breve. Mientras tanto, os dejo unos minutos.
Se marchó con una discreción que agradecí. Pedro esperó a que la puerta se cerrara para tomarme las manos. Sus dedos estaban tibios. Los míos, helados.
—Estás temblando —dijo.
—Estoy cansada de no saber quién soy, ni qué está ocurriendo.
La frase salió más desnuda de lo que había previsto. Pedro no intentó consolarme de inmediato, y eso me gustó. A veces el consuelo demasiado rápido es otra forma de pedir silencio, y yo ya no podía soportar más secretos y silencios molestos.
—Cuéntame lo que no pudiste contarme anoche.
Le hablé de Carmen, de Anxo, de las dudas que habían quedado suspendidas en el jardín y de aquella certeza cada vez más incómoda: Soledad no encajaba en la familia que todos me habían descrito.
Pedro escuchó con atención. Cuando terminé, se quedó pensativo, mirando el fuego como si en las brasas pudiera ordenar los nombres.
—Hay algo que no deja de darme vueltas —dijo al fin—.
José tiene una hija llamada Isabella. En el manuscrito aparecía ese nombre, junto al de Anxo y Sor María.
No es un nombre común por estas tierras, Victoria.
Anxo, Isabella, Sor María… y tu abuela reaccionó como si aquel manuscrito le hubiera puesto un cuchillo en la garganta.
—¿Qué intentas decirme?
—Que Anxo, Isabella y Sor María podrían ser los hermanos del manuscrito. Que Carmen tenía razón cuando dijo que Anxo no tiene una hermana llamada Soledad. Y que quizás Soledad no es el nombre que debemos buscar, sino la máscara que alguien eligió para sobrevivir.
El aire pareció espesarse entre nosotros. Yo había sospechado algo parecido, pero escucharlo en voz de Pedro lo hizo más real, más peligroso.
—Isabella está muerta —dije—. El abad habló de ella. La condenada por brujería. La mujer relacionada con Villar.
—Precisamente por eso tenemos que preguntar.
Un criado llamó suavemente a la puerta para anunciar que el almuerzo estaba dispuesto y que la familia De la Vega no podría acompañarnos por un asunto inesperado.
Entramos al comedor con la tensión pegada a la ropa.
Anxo parecía dispuesto a comer en silencio, pero Pedro no le concedió esa misericordia.
—Tenemos que hablar, Anxo. Sin rodeos. ¿Quién es Soledad? ¿Qué pasó con Sor María? Y quién era Isabella.
Anxo se quedó blanco. Durante unos segundos solo se oyó el tintineo lejano de la vajilla.
—Isabella era mi hermana —respondió con una dureza que intentaba disfrazar el miedo—. Soledad es mi otra hermana. ¿Por qué tantas preguntas?
Pedro inclinó la cabeza, como si aquella confirmación encajara una pieza.
—Entonces vosotros sois los del manuscrito.
—¿Qué manuscrito?
—Un herbario escrito por un médico llamado Anxo, por una monja llamada Sor María y por una mujer llamada Isabella, condenada por brujería y la madre de los tres.
Habla de remedios, plantas y observaciones que no pertenecen a manos vulgares.
Ese libro no parece escrito para enseñar solo a curar; parece escrito para dejar constancia de que alguien quiso borraros y no lo consiguió del todo.
El rostro de Anxo cambió. No fue sorpresa, sino dolor. Un dolor antiguo, reconocido al fin.
—Si queréis saber más, preguntádselo a Soledad.
—Ya lo hemos hecho muchas veces —dije—. Y siempre responde con silencio.
—Entonces quizás deberíais aprender de ese silencio y ponerlo en práctica.
La frase me hirió más de lo que esperaba. Pedro se adelantó antes de que yo pudiera estallar.
—Solo preguntaremos por lo que nos incumbe ahora. ¿Quiénes son los De la Vega y por qué nos reciben como si nos debieran algo?
Anxo bajó la mirada hacia la copa.
—Los De la Vega y mi familia están unidos desde hace años. Esta casa… —se interrumpió—. Esta casa tiene una deuda con nosotros, y nosotros con ella. Hay deudas que se pagan con dinero, Victoria, y otras que se transmiten como una culpa dentro de las paredes.
Aquella respuesta no aclaró nada, pero antes de que pudiéramos insistir apareció un criado en la puerta.
—Disculpe, señor. Hay una mujer llamada Carmen que pregunta por don Anxo.
Anxo palideció de tal modo que por un momento pensé que iba a desmayarse.
Se levantó, se volvió a sentar y volvió a levantarse, atrapado entre el impulso de huir y el deseo de correr hacia ella, porque los años pueden volver viejo a un hombre, pero no siempre vuelven valiente al muchacho que dejó atrás.
—Tranquilo —le dije, sorprendida por la ternura que me provocó verlo así—. Hablaré con ella. Cuando estés preparado, nos encontrarás en el jardín.
Me miró con miedo y agradecimiento a la vez.
Aquel hombre que había cruzado media Europa, que conocía hospitales, enfermedades y lenguas extranjeras, no sabía cómo enfrentarse a una mujer que lo había amado hacía veintiún años.
Hay ciencias capaces de abrir un cuerpo, pero ninguna enseña a presentarse ante el daño que uno causó.
Carmen esperaba en el vestíbulo con un vestido sencillo y el rostro compuesto, aunque sus manos la delataban. Las retorcía una contra otra como si intentara estrangular un recuerdo.
—Señorita Victoria, perdone que venga sin invitación. No sabía si Anxo estaría alojado en su casa o en otra parte.
—¿Esta casa es de Anxo? —pregunté antes de poder contenerme.
Carmen me miró extrañada.
—Lo fue. O lo es. Hace años que viven aquí los De la Vega.
La frase encendió varias luces a la vez. La hospitalidad, las joyas, la frase de Eulalia, la forma en que José había dicho que aquella era la casa de Anxo. Nada era casual. Nada lo había sido desde que cruzamos la puerta.
—Carmen, necesito que me ayudes antes de ver a Anxo. Eres una de las pocas personas que me han dicho algo parecido a la verdad desde que tengo uso de razón.
Ella me observó con cautela.
—No sé cuánto puedo ayudarte. Perdí el rastro de Anxo y de sus hermanas hace muchos años.
—Háblame de su familia. De los Castro, de los De la Vega, de Sor María y de Isabella.
Si no encuentro respuestas pronto, me enviarán a París, lejos de Pedro, lejos de todo lo que conozco.
Tú entiendes lo que significa que otros decidan separar a dos personas que se aman, y también lo que ocurre cuando una mujer acepta que su vida sea administrada por quienes dicen saber mejor que ella dónde debe dolerle.
Aquello la alcanzó. Lo vi en su rostro, en la forma en que se le humedecieron los ojos sin llegar a llorar. La conduje a una pequeña estancia cercana al vestíbulo, no al jardín como le había dicho a Anxo. Necesitaba unos minutos sin interrupciones, aunque cada minuto fuera una pequeña traición más.
—Después de que Anxo se marchara —empezó Carmen—, su hermana Sor María fue a visitar a la otra hermana, Isabella, que estaba a punto de dar a luz en la Ribeira Sacra.
Poco después murió el padre de Anxo. Nadie de la familia acudió al entierro, ni siquiera sus hijos, y eso fue lo que primero me hizo pensar que algo terrible había sucedido.
Desde entonces no volví a saber de ellos.
Poco después apareció esta familia y se instaló en la casa.
—¿Y Soledad?
Carmen negó despacio.
—Anxo no tenía ninguna hermana llamada Soledad.