Capítulo 19 Los anfitriones #2
La mesa fue abundante y animada. José y Anxo hablaron de política, comercio, viajes y de los cambios que agitaban Europa como viento antes de tormenta.
Para mi sorpresa, Pedro participó con una soltura que no le conocía.
Hablaba con calma, eligiendo las palabras como quien escoge piedras para construir un puente, y en su voz había conocimiento, pero también humor.
Era capaz de discutir sobre reinos, impuestos y tratados sin perder esa mirada suya que regresaba a mí de vez en cuando, como si entre todos aquellos asuntos importantes quisiera asegurarse de que yo seguía allí.
Mientras ellos hablaban, las mujeres permanecíamos en una especie de orilla invisible.
María intervenía de cuando en cuando con una inteligencia discreta, pero incluso ella sabía cuándo retirarse al silencio que la mesa esperaba de nosotras.
Yo los escuchaba fascinada y, al mismo tiempo, fuera de lugar.
Mi mundo era otro: la tierra húmeda, las raíces, el pulso de una mujer a punto de parir, las señales que el cuerpo ofrece antes de rendirse.
Mi abuela me había enseñado números, letras y algo de política, pero mi verdadera sabiduría estaba en las plantas y en las manos, no en las frases de los hombres que discutían el destino de pueblos enteros entre copas de vino.
Por primera vez comprendí que Pedro no pertenecía solo a mi mundo, sino también a ese otro de libros, ideas y palabras mayores.
Y en lugar de empequeñecerlo, aquella certeza lo volvió más complejo ante mis ojos.
Pedro era fe y carne, tierra y pensamiento, deber y deseo.
Un hombre dividido, sí, pero no incompleto; quizás todos lo somos hasta que alguien nos mira sin exigir que elijamos una sola mitad.
Cuando la cena terminó y todos comenzaron a retirarse, busqué a Anxo con la mirada. Necesitaba hablar con él antes de que la noche cubriera otra vez sus respuestas. Él entendió mi gesto y propuso dar un paseo por el jardín interior.
—Hasta mañana, Pedro. Descansa —le dije con una suavidad que intentaba compensar la distancia que estaba a punto de imponer.
—Hasta mañana —respondió, resignado.
Supe que esperaba acompañarme él, y me dolió negárselo sin explicaciones. Pero aquella conversación con Anxo no podía seguir esperando.
El jardín estaba rodeado por galerías y perfumado por plantas que parecían haber aprendido a florecer incluso bajo la sombra de la piedra.
Caminamos en silencio hasta un banco. Yo había ensayado mil formas de empezar, pero ninguna sobrevivió al momento de mirarlo a los ojos, porque hay verdades que parecen sencillas mientras viven en la cabeza y se vuelven monstruos cuando hay que ponerles voz.
—Anxo, te mentí. Mi viaje a Santiago no era para comprar cosas. Vine a buscar a Carmen.
El efecto fue inmediato. Se levantó de golpe, como si la frase lo hubiera herido físicamente.
—¿Qué hiciste qué? —preguntó, con una rabia que apenas conseguía contener—. ¿En qué demonios estabas pensando, muchacha?
Su voz me atravesó. No estaba acostumbrada a que Anxo me mirara así, como si hubiera cometido una traición imperdonable, y aunque sabía que su reacción era justa en parte, las lágrimas me subieron antes de que pudiera detenerlas.
—Tú me hablaste de ella. Yo solo… quería encontrar una forma de quedarme con Pedro.
Anxo respiró hondo. La rabia no desapareció, pero se quebró por un sitio que dejó ver el dolor que escondía debajo. Volvió a sentarse a mi lado y se pasó una mano por el rostro.
—Perdóname. He sido demasiado duro. Ahora dime qué pasó. ¿Cómo está? ¿Qué te dijo?
Le conté todo, omitiendo la mentira cruel sobre su supuesta enfermedad terminal, porque ya había abierto suficiente herida por una noche.
Mientras hablaba, la expresión de Anxo pasó de la incredulidad a una tristeza tan honda que no pude mantener la distancia.
Me acerqué y lo abracé. Al principio sus hombros estaban rígidos, como si no supieran aceptar consuelo; luego cedieron poco a poco, y el hombre que había vuelto de Francia con seguridad de médico y modales de sabio se rompió en silencio contra mi hombro.
Lloramos los dos en aquel jardín extraño, bajo las ventanas iluminadas de una casa que quizás llevaba años guardándole un sitio a su dolor.
Y por primera vez entendí que Anxo no era solo quien pretendía arrastrarme a Francia, ni el cómplice de las mentiras de mi abuela.
Era también un hombre que había perdido el amor, la familia, la tierra y quizás una parte de sí mismo en el mismo incendio de secretos que ahora empezaba a cercarme.
A veces una reconoce a los suyos no por la sangre, sino por la forma en que se rompen.
—No quiero ir a ningún lado sin Pedro —dije cuando pude hablar—.
Tú sabes lo que es perder a alguien que amas.
No me pidas que lo entregue por obediencia.
Pedro se ofreció a venir conmigo, pero no dejará Galicia tan fácilmente, y menos después de lo que le dijo mi abuela.
¿Entiendes ahora por qué busqué a Carmen?
Anxo me miró. En sus ojos vi que me comprendía, aunque la comprensión no bastara para perdonarme del todo.
—Haré lo posible para que Pedro y tú no os separéis —dijo—. Pero debes dejar de meterte en la vida de los demás sin saber qué puedes romper. Hay heridas que no se abren para salvarse una misma, y tú acabas de tocar una que quizás llevaba años cerrada solo porque nadie se atrevía a mirarla.
—Lo sé. Y, aun así, si tuviera que volver a hacerlo, lo haría. Porque la otra opción es huir con él, y cada día me parece menos locura.
Anxo no respondió enseguida. La noche se movía entre los árboles del patio con una suavidad que contrastaba con todo lo que nos ardía dentro.
—Hay más cosas que no me estás contando —continué—. Te escuché hablar de un peligro, de que debemos marcharnos. Carmen me dijo que no tienes ninguna hermana llamada Soledad. Necesito saber quién es en realidad mi abuela.
Anxo cerró los ojos.
—Ya basta por hoy.
—No, no basta. Todo el mundo decide cuanto puedo saber, cuándo puedo preguntar, cuándo debo callarme. Estoy cansada de vivir entre puertas cerradas y de que quienes dicen protegerme sean siempre los primeros en echar el cerrojo.
—Y yo estoy cansado de ver cómo intentas derribarlas sin mirar quién puede quedar debajo.
Se levantó. Por un momento creí que diría algo más, pero se limitó a darme la espalda y regresar hacia la casa.
Me quedé en el jardín con el corazón desbocado, sabiendo que sus labios, igual que los de mi abuela, habían vuelto a cerrarse justo cuando más necesitaba que se abrieran. Y eso era lo que más dolía: no solo la mentira, sino la confianza con la que esperaban que yo obedeciera dentro de ella.
Más tarde, Hortensia me ayudó a desnudarme y a meterme en la cama. Su presencia constante, silenciosa y eficiente, me hizo sentir de nuevo como una invitada en mi propio cuerpo. Calentó las sábanas, recogió la ropa, retiró el orinal y se marchó sin dejar apenas ruido tras de sí.
Cuando metí la mano bajo la almohada, encontré algo envuelto en un pañuelo.
Reconocí al instante las iniciales de Pedro bordadas en la tela.
Dentro había una pequeña figura de madera: un ave fénix tallada con una delicadeza imperfecta, más hermosa precisamente por eso.
La sostuve entre los dedos y todos los malos pensamientos se apartaron un poco, como sombras al acercarse una lámpara.
Recordé las historias que Juana me contaba de niña, aquellas en las que el fuego destruía solo para que algo más fuerte naciera de las cenizas. Apreté el fénix contra el pecho y pensé en Pedro, en su mano buscando la mía delante de todos, en su forma de mirarme cuando yo misma olvidaba quién era.
Quizás aquello era lo que el amor hacía cuando era verdadero: no apagar el incendio, sino dejar una señal entre las cenizas para que una supiera cómo regresar sin convertirse del todo en humo.