La marca del lobo Capítulo 19 Los anfitriones
50%

Capítulo 19 Los anfitriones

Anxo nos condujo por las calles de Santiago hasta una casa situada cerca a la catedral, una de esas construcciones que no necesitan alzar la voz para imponer respeto.

La fachada estaba labrada con una delicadeza que hablaba de manos expertas y bolsillos hondos; las rejas de hierro dibujaban filigranas oscuras sobre las ventanas, y la piedra, lavada por años de lluvia y devoción, parecía guardar el eco de todas las familias que habían entrado allí con secretos en la boca y apellidos en el escudo.

Me quedé mirándola boquiabierta. Venía de una casa donde el humo de la lareira se mezclaba con el olor a hierbas, pan y animales, y aquel lugar, tan pulido y solemne, me hizo sentir de pronto torpe, demasiado visible, como si el barro de mis caminos pudiera delatarme incluso con la falda limpia.

Hay casas que no abren la puerta: te examinan antes de dejarte cruzar el umbral.

Anxo debió de notarlo, porque me dedicó una sonrisa breve.

—No dejes que las piedras te intimiden, Victoria. Las casas grandes esconden los mismos dolores que las pequeñas, solo que los cubren con mejores cortinas y enseñan a sus habitantes a llorar sin manchar los manteles.

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió y nos recibió un hombre alto, de unos treinta y cinco años, con un rostro franco y una sonrisa capaz de desarmar la solemnidad de cualquier recibimiento. En cuanto vio a Anxo, se le iluminó la mirada.

—¡Por fin te dignas a visitarnos! —exclamó, abriendo los brazos—. No puedo creer que los años apenas hayan pasado por ti. Si no fuera por esas canas, afirmaría que tienes un pacto con el mismísimo demonio, y yo pensando que la vejez ya te había puesto una mano encima.

Anxo soltó una carcajada y lo abrazó con un afecto que rara vez le había visto mostrar sin pudor.

—No cantes victoria, José, que también te llegará. Ya lo dice el refrán: gente joven y leña verde, todo es humo.

Ambos rieron como dos muchachos que hubieran vuelto por un momento a una juventud compartida.

Aquella risa me sorprendió. Anxo, que tantas veces parecía un hombre hecho de distancia y culpa, se volvió de pronto más liviano, casi alegre, y comprendí que Santiago no era solo su ciudad natal, sino una habitación cerrada de su vida donde aún quedaban voces encendidas.

El vestíbulo brillaba bajo un gran candelabro de plata.

Las paredes estaban cubiertas por tapices con escenas religiosas, escudos, motivos dorados y animales heráldicos que parecían vigilar el paso de los invitados.

Todo hablaba de linaje, dinero y permanencia, pero no de una manera fría.

Había flores frescas en una mesa, olor a cera limpia, criados moviéndose con discreción y una calidez extraña en medio de tanta riqueza.

José nos invitó a seguirlo hasta un salón donde esperaba su familia.

—Esta es mi esposa, María, y estas son nuestras hijas, Eulalia e Isabella. Entre todos intentaremos que os sintáis cómodos. Anxo, sabes que esta casa es tuya. Después de tantos años de cartas, tenerte aquí en persona me llena de alegría.

María llevaba un vestido verde oscuro y el cabello recogido con pequeñas perlas que le daban un aire distinguido sin volverla distante. Su sonrisa era serena y acogedora.

—Es un placer tenerte aquí —dijo a Anxo con una familiaridad que me sorprendió—. José ha hablado tanto de ti que casi parece que ya hubieras cenado en esta casa cien veces.

—El placer es mío —respondió él con una cortesía sincera—. José es un hombre afortunado, con una esposa tan hermosa y generosa. Si no abusamos de vuestra hospitalidad, aceptaré quedarme al menos un día. Hay algunos asuntos que nos obligan a permanecer en Santiago.

—No abusas de nada —intervino José—. Aquí no eres invitado, ésta es tu casa y nosotros los huéspedes, eres familia. Quedaos el tiempo que necesitéis.

Yo había imaginado que las casas de los poderosos serían frías, llenas de voces medidas y miradas que valoran las joyas antes que a las personas.

Sin embargo, aquella familia hablaba a Anxo con un cariño antiguo, como si hubieran vivido a su lado, aunque no lo hubieran visto nunca.

Incluso María y sus hijas parecían saber quién era, qué lugar ocupaba en una historia que yo aún no entendía.

Por primera vez desde que habíamos llegado a Santiago, sentí que podía bajar un poco la guardia, aunque algo en la perfección de aquella acogida me advertía que las casas demasiado generosas también saben esconder deudas.

Eulalia, la menor, de apenas doce años, se adelantó con una gracia que no correspondía del todo a su edad.

Tenía los ojos despiertos y una seguridad encantadora, mientras Isabella, más reservada, permanecía en segundo plano, observándolo todo con discreción.

Al oír su nombre sentí un pequeño golpe en el pecho.

Isabella. Otra vez aquel nombre, abriéndose paso entre nosotros como una llave insistente.

—Bienvenidos a nuestra casa —dijo Eulalia—. Si queréis, os mostraré las habitaciones para que podáis descansar y prepararos para la cena.

Isabella, con una timidez que no ocultaba su curiosidad, tomó del brazo a Pedro para acompañarlo, y a mí me guio Eulalia por una escalera ancha que olía a madera encerada.

La alcoba que me ofrecieron era de un lujo que me dejó sin palabras.

Las cortinas caían en pliegues pesados, los muebles brillaban con la paciencia de lo antiguo y sobre la cama, perfectamente dispuesto, reposaba un vestido que parecía haber sido elegido para una mujer que no era yo y que, sin embargo, quizás alguien esperaba que aprendiera a parecerme.

En menos de una hora, el servicio lo había preparado todo.

En el tocador había perfumes colocados sobre una bandeja de cristal, una caja de madera con dulces refinados y varios estuches de terciopelo abiertos, donde descansaban joyas que jamás habría imaginado tener cerca.

Me quedé inmóvil frente a aquella abundancia.

No sentí alegría, sino una incomodidad difícil de explicar, como si alguien me hubiera puesto de pronto dentro de una vida ajena y esperara que la llevara con naturalidad.

—No sé si puedo aceptar todo esto —dije.

Eulalia me miró con una naturalidad que me desconcertó.

—No son atenciones, Victoria. Todo esto es vuestro.

No entendí a qué se refería y quizás ella tampoco debía explicarlo. Me limité a asentir, guardando aquella frase en el mismo lugar donde desde hacía días iba acumulando preguntas.

Hortensia, una criada silenciosa, me ayudó a bañarme, vestirme y peinarme.

No pronunció una palabra, pero sus manos eran tan rápidas y seguras que me sentí más objeto de ceremonia que persona.

El vestido, hermoso y pesado, me ceñía de una forma a la que no estaba acostumbrada; los zapatos me obligaban a caminar con cuidado, y cada joya que Hortensia añadía parecía alejarme un poco más de la muchacha que recogía hierbas junto al Miño.

La riqueza no siempre viste: a veces disfraza.

Cuando bajé al salón, la casa estaba llena de música.

José y Anxo cantaban juntos, y sus voces se entrelazaban con una alegría profunda, de esas que nacen menos del vino que de la memoria compartida.

Las risas acompañaban la melodía, las velas brillaban sobre la mesa y por un instante todo pareció cálido, vivo, casi seguro.

Pedro estaba de pie junto a la chimenea.

Vestía con una elegancia sencilla, sin ostentación, pero había algo en su porte, en la forma de sostenerse y mirar, que lo hacía parecer salido de un retrato antiguo.

Cuando sus ojos se clavaron en mí, se quedó inmóvil.

No dijo nada al principio, y precisamente por eso su silencio me quemó más que cualquier elogio.

—Victoria… —murmuró al fin—. Estás preciosa.

Sentí que el calor me subía al rostro. Las miradas de Eulalia e Isabella se posaron en él, llenas de ese interés que las muchachas apenas saben disimular, y un nudo incómodo me apretó el estómago.

Eran hermosas, educadas, seguras en un mundo que parecía hecho para ellas.

Yo, en cambio, me sentía disfrazada de alguien más noble, más fina, más digna de aquel salón.

Pedro pareció leerme antes de que yo pudiera esconderlo.

Se acercó, me tomó la mano con una ternura firme, entrelazó sus dedos con los míos delante de todos, no como quien reclama una posesión, sino como quien ofrece refugio sin levantar paredes, y aquel gesto sencillo hizo más por mi dignidad que todas las joyas de la habitación.

—No dejes que esta casa te haga dudar de ti —me dijo en voz baja—. Nada de lo que llevas puesto puede embellecerte más que lo que ya eres.

No supe responder. A veces Pedro encontraba palabras que me dejaban sin defensa, y aquella fue una de ellas.

En ese momento José se acercó. Su expresión había cambiado. Ya no sonreía con la ligereza de antes; me observaba con una curiosidad intensa, casi dolorosa, como si al mirarme intentara recordar un rostro perdido y temiera encontrarlo.

—Perdona, Victoria —dijo despacio—, pero hay algo en ti que me resulta familiar. Tu cabello, esos ojos… me recuerdan a alguien que conocí hace muchos años.

Sentí un escalofrío en la espalda. Pedro apretó mi mano, y Anxo, que había escuchado la frase, acudió con una rapidez demasiado natural para ser casual.

—José, ten cuidado, que vas a asustar a nuestra invitada —bromeó—. No es la primera vez que intentas encontrar dobles donde solo hay consecuencias del mal beber. Abramos una buena botella y, si vamos a ver doble, que sea por una razón honesta.

El comentario arrancó una risa general y alivió la tensión, aunque no la borró del todo.

José se disculpó con amabilidad, pero sus ojos volvieron a buscarme varias veces durante la cena, y cada vez que lo hacía yo sentía que una puerta se abría un poco más en alguna parte de mi pasado, dejando pasar una corriente fría que nadie más parecía notar.