La marca del lobo Capítulo 18 La mujer que no olvidó
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Capítulo 18 La mujer que no olvidó

Buscar a Carmen en Santiago fue como intentar encontrar una aguja en un pajar.

Pasamos horas recorriendo calles empedradas, preguntando por un médico llamado Anxo Castro que había marchado a París más de veinte años atrás, y cada respuesta se parecía demasiado a la anterior: una negación, un gesto de duda, una mirada curiosa que se cerraba antes de ofrecernos nada útil, porque las ciudades guardan los nombres de los hombres importantes, sí, pero esconden con más cuidado a las mujeres que sobrevivieron a ellos.

La ciudad parecía multiplicarse a cada paso.

Había soportales oscuros donde el viento olía a humedad, plazas en las que los estudiantes discutían en latín con una solemnidad que me habría hecho reír en otro momento, tiendas diminutas llenas de especias, pergaminos y telas, y campanas que sonaban desde alguna iglesia cercana como si marcaran no las horas, sino las oportunidades que íbamos perdiendo.

Pedro caminaba a mi lado sin quejarse. De vez en cuando preguntaba él, con esa educación firme que hacía que los hombres respondieran antes de decidir si querían hacerlo.

Yo observaba. Había aprendido de Soledad que la gente dice mucho antes de hablar: una ceja que se levanta, una mano que se cierra, un cuerpo que se aparta al oír un nombre.

Pero el nombre de Anxo apenas despertaba nada.

Al cabo de un rato nos sentamos en la plaza de Fonseca, rendidos y frustrados.

La fuente dejaba caer el agua con una paciencia que me irritó.

Alrededor, los edificios de cantería oscura parecían guardar los secretos de varias generaciones de hombres convencidos de que el saber les pertenecía por derecho.

Estudiantes con manteos negros cruzaban la plaza cargando libros y ambición.

—Tiene que haber alguien que lo recuerde —dije, más para no rendirme que por certeza.

Pedro apoyó los codos en las rodillas y miró hacia la portada de la Universidad.

—Si estudió aquí, su nombre estará en alguna memoria, en alguna boca vieja, en algún registro. Santiago olvida muchas cosas, pero los hombres que pasan por sus aulas suelen dejar rastro. O eso quieren creer.

Lo miré de reojo. Había algo en Pedro que me conmovía cuando hablaba así, sin adornos, con esa mezcla de fe y sentido práctico. No trataba de calmarme con promesas vacías: me daba un camino, y por eso mismo cada día me costaba más creer que su amor pudiera ser una cárcel.

—Entonces vamos a la Universidad.

Empezamos preguntando a estudiantes. Algunos nos miraron con suficiencia, otros con abierta curiosidad al ver a una mujer interesada por médicos olvidados.

Pedro bastó para que ninguno se atreviera a burlarse demasiado.

Su presencia tenía ese tipo de autoridad silenciosa que no necesitaba levantar la voz; era una pared de piedra vestida de hombre, pero una pared colocada a mi lado, no delante de mí.

Finalmente, un anciano sentado en un banco, con las manos nudosas sobre un bastón, reaccionó al nombre de Anxo como quien oye una campana de otra época.

—Anxo Castro —repitió—. Claro que lo recuerdo. Alto, de buena presencia, demasiado listo para su propia paz. Estudió aquí antes de marcharse a Francia. Cirujano, creo. Muy respetado, aunque también muy comentado.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Comentado por qué?

El anciano sonrió con esa prudencia de quien ha aprendido que los muertos y los ausentes aún pueden tener parientes.

—Por lo mismo que se comenta siempre a los hombres brillantes: por talento, por orgullo y por una mujer. Aunque, entre nosotros, casi siempre se culpa a la mujer de lo que el orgullo de un hombre no supo sostener.

Pedro y yo intercambiamos una mirada.

—Carmen —dije.

El viejo asintió despacio.

—Trabajaba en la biblioteca de la Universidad. Su familia sigue trabajando allí.

Fuimos a la biblioteca con una urgencia difícil de disimular. Un bibliotecario nos recibió con recelo. Era un hombre de cejas pobladas, mirada inteligente y dedos manchados de tinta. Preguntamos por Carmen y su expresión cambió al instante.

—¿La buscáis?

—Necesito hablar con ella de un asunto personal —respondí, midiendo cada palabra—. Algo que pertenece al pasado de mi tío Anxo Castro.

El hombre me estudió con una mezcla de cautela y sorpresa.

—Carmen es mi hija. Si venís a remover dolor, más os vale saber por qué lo hacéis, porque hay dolores que ya no sangran solo porque nadie se atreve a tocarlos.

Me habría gustado decir que lo sabía. La verdad era menos noble. Venía empujada por el miedo a perder mi vida, por el deseo de retener a Pedro y por la esperanza de que una historia ajena pudiera arreglar la mía. Aun así, sostuve la mirada del bibliotecario.

—No quiero hacerle daño. Solo necesito que escuche algo que quizás lleva mucho tiempo esperando.

El hombre se marchó sin prometer nada. Pedro permaneció a mi lado, tan cerca que podía notar el calor de su brazo sin tocarlo. Aquel pequeño consuelo me sostuvo más de lo que habría querido admitir.

Carmen apareció poco después.

No era la joven que Anxo debía de recordar, pero había en ella una belleza serena, de esas que no se marchitan porque no dependen de la juventud.

Tenía el cabello canoso recogido con sencillez y unos ojos de una claridad sorprendente, ojos que parecían haber llorado mucho y aun así conservar una luz propia.

Al verme, se detuvo como si hubiera reconocido en mi rostro algo que yo ignoraba llevar.

—Me han dicho que preguntas por mí —dijo.

—Sí. Soy Victoria. Vengo por Anxo Castro.

El nombre la atravesó. No hizo ningún gesto grande, no se llevó la mano al pecho ni palideció de forma teatral, pero la respiración le cambió.

—Anxo —murmuró—. Creí que ese nombre ya solo vivía en mí.

—¿Podemos caminar? Necesito hablar con usted sin oídos alrededor.

Carmen asintió. Salimos a la calle, y Pedro se quedó unos pasos detrás, lo bastante cerca para protegerme y lo bastante lejos para respetar aquella conversación. Agradecí ese gesto. No todos los hombres entienden que acompañar no siempre significa ocupar el centro.

Durante un rato caminamos sin hablar. Carmen parecía ordenar dentro de sí una casa abandonada durante años. Yo no sabía cómo empezar sin parecer cruel, así que elegí una mentira piadosa que en cuanto salió de mi boca me supo amarga.

—Anxo está enfermo —dije—. Muy enfermo. No quiere marcharse de este mundo sin verla una vez más.

Que Dios me perdonara. Que Carmen me perdonara algún día, si la verdad llegaba a alcanzarme.

Ella cerró los ojos. Cuando los abrió, había en ellos dolor, pero también una decisión antigua.

—Hace muchos años que no sé nada de él. Si desea verme antes de morir, no seré yo quien cierre la puerta. Al menos escucharé lo que tenga que decir.

Seguimos caminando bajo los soportales. Me contó que se había casado, que había tenido un hijo, que su marido había muerto y le había dejado un hueco en el pecho que el tiempo había cubierto, pero no llenado.

Hablaba sin dramatismo, como hablan las personas que han sufrido lo suficiente para no necesitar adornar el sufrimiento ni pedir permiso para seguir viviendo después de él.

Yo tenía una pregunta clavada desde que la había visto reaccionar al nombre de Anxo.

—Entonces… ¿lo olvidó?

Carmen se detuvo. Su sonrisa fue triste, casi compasiva.

—A Anxo nunca lo olvidé, niña. Ni a él ni lo que me hizo. Hay nombres que no se borran: aprenden a vivir debajo de otros.

—Si se querían, no entiendo por qué se separaron.

—Porque él no luchó —respondió con una sencillez que hizo la frase más dura —.

Porque obedeció a su familia como un cordero llevado al matadero.

El padre de Anxo tenía poder, dinero, influencia, y decidió que yo no era mujer para su hijo.

Cuando nuestro amor empezó a hacerse visible, lo arrancaron de raíz.

Él pudo haber vuelto. Pudo haber dado la cara.

Pudo haberme elegido. No lo hizo. A veces el abandono no llega con gritos ni portazos; llega con una ausencia educada y una excusa honorable.

La explicación me dejó helada.

—Eso no puede ser. Mi familia es humilde. Mi abuela y yo siempre hemos vivido como hemos podido. Anxo nunca habló de riquezas ni de poder.

Carmen me miró con atención, como si empezara a ver en mí un enredo que tampoco sabía deshacer.

—No sé cómo será ahora su vida ni qué habrá perdido por el camino, pero cuando yo lo conocí, la familia Castro no era humilde. Sus padres tenían posición, relaciones y una casa donde se hablaba como hablan quienes están acostumbrados a que se les obedezca.

Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies.

—Mi abuela siempre me habló de la Ribeira Sacra. Nunca de Santiago como ciudad natal. Aunque Anxo dijo ayer que por fin volvía a su ciudad…

—La frase se me apagó sola—. Carmen, ¿conoció usted a la hermana de Anxo? Soledad.

El desconcierto apareció en su rostro con una claridad imposible de fingir.

—Anxo no tenía ninguna hermana llamada Soledad.

El mundo se quedó en silencio. Ni la fuente cercana, ni los pasos de los estudiantes, ni el rumor de la ciudad llegaron hasta mí durante unos segundos.

—Tiene que estar confundida.

—No lo estoy. Anxo tenía dos hermanas: Sor María e Isabella.

El nombre de Isabella cayó dentro de mí como una piedra en un pozo.

Isabella. La mujer del manuscrito. La condenada por brujería.

La mujer que el abad había visto morir. La mujer unida al nombre de Villar y al azabache que ardía contra mi piel.

Hay nombres que no aparecen para ser recordados, sino para exigir justicia.

Pensé en Soledad recibiendo a Anxo como a un hermano.

Pensé en las mentiras que ya conocía, en las que había sospechado y en todas las que aún podían estar esperando su turno.

Volvió a mí la misma sensación que había sentido cuando supe que mi familia no era exactamente mi familia y que el padre recién enterrado no era mi padre de sangre: un dolor antiguo y nuevo al mismo tiempo, la certeza de que la vida que una cree propia puede haber sido construida sobre falsedades.

—¿Quién es entonces Soledad? —pregunté, aunque la voz apenas me salió.

Carmen negó despacio.

—No lo sé. Solo puedo decirte lo que sé.

Anxo desapareció sin despedirse, sin una carta, sin una explicación.

Me dejó con el corazón hecho trizas y tardé años en aceptar que algunas cobardías no tienen respuesta suficiente.

Cuando creí que no quedaba nada de mí, apareció el hombre que fue padre de mi hijo.

No me salvó de Anxo, porque nadie salva a otra persona de una pérdida así, pero me dio una vida donde el dolor no ocupaba todas las habitaciones.

Caminamos un rato más, cada una perdida en sus propios fantasmas.

Yo intentaba ordenar lo imposible. Si Anxo no tenía una hermana llamada Soledad, si Isabella era su hermana, si mi abuela había mentido sobre su sangre y sobre su lugar en aquella historia, entonces mi pasado no era un árbol con raíces, sino un bosque lleno de caminos falsos.

Regresamos a la biblioteca. Pedro hablaba con el padre de Carmen, pero al verme interrumpió la conversación y se acercó de inmediato. Debí de tener la cara tan blanca que solo se limitó a tomarme la mano.

Di las gracias al bibliotecario y prometí volver al día siguiente. Carmen me miró con una mezcla de ternura y advertencia.

—Dile a Anxo que iré —dijo—. Pero si ha esperado todos estos años para decirme otra mentira, que sepa que ya no soy la muchacha que dejó atrás.

Fuera, el aire de la tarde me golpeó como agua fría. Pedro me llevó hacia una calle menos concurrida antes de hablar.

—¿Qué ha pasado?

Se lo conté todo. Carmen, el padre poderoso de Anxo, las dos hermanas, Sor María e Isabella, la ausencia de cualquier Soledad en aquella familia.

Pedro escuchó sin interrumpirme. Solo cuando terminé, apoyó una mano contra la pared y bajó la cabeza, como si necesitara sujetar el mundo un momento para que no terminara de caérsenos encima.

—Entonces hay algo que no nos han contado desde el principio —dijo.

—Algo no. Demasiadas cosas. Y todas parecen haberse sentado a esperar el mismo día para levantarse juntas.

Sentí ganas de ir en ese mismo instante a buscar a Anxo, de exigirle la verdad en mitad de la plaza, de gritar el nombre de Isabella hasta que alguien respondiera por todos los muertos.

Pero al mismo tiempo una voz más cauta, más parecida a la de mi abuela de lo que me gustaría admitir, me pidió paciencia.

Nos reunimos con Anxo al anochecer. Venía con el rostro cansado y los ojos llenos de esa melancolía que Santiago de Compostela parecía arrancarle a cada esquina. Cuando me vio, frunció el ceño.

—Estás muy pálida, Victoria. ¿Te encuentras bien?

Yo llevaba preparadas mil preguntas. Todas se me volvieron inútiles en la boca.

—Estoy cansada. ¿Podríamos quedarnos un día más? Hay cosas que necesito consultar en la Universidad.

Anxo no pareció sorprendido.

—Ya contaba con ello. Conozco un lugar tranquilo donde pasar la noche. Mañana tendrás tiempo.

—Gracias.

Qué cobarde fui. Lo pensé con una claridad amarga mientras caminábamos tras él por las calles húmedas de Santiago.

No era miedo a Anxo lo que me detuvo. Era la intuición de que, si tiraba de aquella hebra demasiado deprisa, todo el tejido podía romperse en mis manos antes de que supiera qué estaba sosteniendo.