La marca del lobo Capítulo 17 La ciudad natal
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Capítulo 17 La ciudad natal

Pasé la noche sin dormir, dando vueltas a una idea que parecía locura y salvación al mismo tiempo.

Si encontraba a Carmen, la mujer que Anxo nunca había conseguido olvidar, quizás podría atarlo de nuevo a Santiago y romper así el plan que pretendía llevarme a Francia.

No era un plan honesto, ni prudente, ni quizás justo para nadie, pero la desesperación rara vez se sienta a pedir consejo; una hace lo que puede con las cartas que le han dejado en la mano, incluso cuando sospecha que está aprendiendo a jugar demasiado tarde.

Al amanecer bajé las escaleras con la ropa de los domingos y el corazón escondido en la garganta.

Desde la cocina subía el olor del caldo, y allí estaba mi abuela, removiendo la olla con una lentitud que durante años me había parecido la forma misma de la calma.

Aquella mañana, en cambio, cada movimiento suyo me resultó medido, casi estratégico, como si incluso el caldo supiera más de mi futuro que yo.

—Buenos días, Abuela. ¿Haciendo caldo?

—Sí, hija. Gallina vieja hace buen caldo.

—Abuela, tú no eres vieja.

—Yo no. La gallina del caldo, sí.

Nos reímos las dos, y durante un instante breve y tibio volvió a existir entre nosotras algo parecido a la complicidad de antes.

La risa me dolió más de lo que esperaba.

Yo había querido ser como ella desde niña: decidida, sabia, temida cuando hacía falta y necesaria siempre.

Pero desde la muerte de mi padre algo se había torcido entre nosotras; no nos habíamos unido en la pérdida, sino que nos habíamos alejado como dos ramas de un mismo árbol abiertas por el viento, y aunque sentía que me había fallado, que había escondido demasiado bajo el nombre de la protección, una parte de mí seguía buscando su aprobación como se busca calor en una casa cerrada.

—Hoy vas vestida como para misa mayor —dijo sin dejar de remover

—. ¿Tienes algún plan?

Me obligué a respirar despacio.

—Quiero ir a Santiago de Compostela. Necesito comprar algunas cosas para el viaje a Francia y me gustaría consultar un códice sobre venenos de serpientes y otros animales usados en medicina. Anxo mencionó que en la Universidad podría encontrar algo útil.

Mi abuela no respondió enseguida. Probó el caldo, añadió sal y solo entonces me miró.

—Es sensato prepararse. En París tendrás acceso a remedios que aquí apenas podemos imaginar. Conviene que aprendas cuanto puedas antes de partir.

Aquel “antes de partir” se me clavó como una aguja, pero mantuve el rostro sereno.

—El camino es largo y peligroso para una muchacha —añadió—. Sobre todo, para una muchacha hermosa que cree que la voluntad basta para apartar a los lobos.

—Lo sé. Pedro me acompañará. Lo hablamos anoche y no tuve ocasión de decírtelo.

Mi abuela asintió con una satisfacción tan discreta que casi consiguió parecer inocente.

Terminé el desayuno con prisa y subí a preparar una pequeña bolsa.

Mientras doblaba un pañuelo y guardaba algunas monedas, pensé en Carmen.

Si estaba casada, si tenía hijos, si odiaba a Anxo o si había logrado olvidarlo, mi plan podía convertirse en una crueldad, pero yo ya estaba demasiado dentro de la corriente para detenerme en la orilla y preguntarle al río si aprobaba mi desesperación.

Pedro esperaba fuera con los caballos. Catalina, mi yegua, movía las orejas con esa paciencia resignada que siempre parecía juzgar mis decisiones mejor que cualquier persona. Antes de montar, Anxo apareció junto al cobertizo, abrochándose la capa.

—¿Adónde vais con tanta prisa?

El corazón me dio un salto, pero respondí con la calma más falsa que he usado en mi vida.

—A comprar algunas cosas para Francia. Asuntos personales, ya sabes, cosas que una mujer prefiere escoger sin demasiados testigos.

Anxo arqueó una ceja. Por un instante creí que iba a preguntar más, pero se limitó a sonreír.

—Entendido. Que tengáis buen viaje.

Mi abuela salió entonces con un fardel en las manos y nos besó como quien despide a unos hijos obedientes. Demasiado fardel, pensé. Demasiado preparado para una decisión supuestamente improvisada.

—Tened cuidado —dijo—. El camino a Santiago es largo y no siempre perdona a los distraídos.

Anxo se volvió al escuchar el nombre de la ciudad.

—¿Santiago? No sabía que ibais a mi ciudad natal. Quizás me una a vosotros. Puede que sea la última vez que la visite y vea a viejos conocidos.

Sentí que el plan se me desplomaba antes de haber empezado. Busqué una excusa con la rapidez de quien se agarra a un tronco en mitad del río.

—Anxo, Pedro y yo pensábamos aprovechar el camino para hablar de asuntos nuestros. No quisiera que te sintieras incómodo.

Su sonrisa se volvió maliciosa, casi juvenil.

—Asuntos vuestros. Comprendo. Iré algo más atrás y procuraré no escuchar lo que no deba.

Quise maldecirlo, y quizás lo hice en voz tan baja que solo Catalina pudo juzgarme.

Miré a mi abuela y lo entendí todo. Desde el principio había sabido que yo iría a Santiago y había preparado lo necesario para que Anxo viniera con nosotros.

No era un descuido. Era control disfrazado de preocupación, una cuerda puesta con tanta delicadeza que casi podía confundirse con un lazo.

Partimos con el frío de la mañana metido en los huesos y las palabras guardadas.

Anxo, sin embargo, parecía otro hombre. La cercanía de Santiago le había encendido una luz en los ojos, una nostalgia que lo volvía más humano y, por eso mismo, más difícil de odiar.

Habló primero de un peregrino que regresaba con una concha de vieira colgada al cuello y luego de la leyenda del caballero tragado por el mar y devuelto a la orilla cubierto de conchas, como si el apóstol mismo hubiera querido sellar aquella salvación con una señal nacida del agua.

—También hay una explicación más sencilla —añadió, al ver mi interés

—. La concha sirve para beber agua de los ríos y como pequeña cuchara.

Pero a mí siempre me ha gustado pensar que algunas cosas nacen prácticas y terminan sagradas, porque los hombres necesitamos que lo útil también tenga alma y que los objetos humildes nos prometan, aunque sea en secreto, que el mundo no está hecho solo de hambre y barro.

Pedro, que hasta entonces se mantenía en silencio, lo miró con menos prevención.

—Hablas del Camino como si fuera una persona.

—A veces lo es —respondió Anxo—. O al menos te obliga a enfrentarte a la única persona de la que no puedes huir: tú mismo.

Nos contó entonces que, al marcharse a París y dejar a Carmen en Santiago, había llegado hasta Huesca y después había regresado andando para buscarla.

Yo escuchaba con una mezcla extraña de curiosidad y reproche, preguntándome qué clase de hombre caminaba medio mundo por una mujer y luego, al llegar al fin, decidía no verla, como si el valor pudiera agotarse justo delante de la única puerta que importaba.

—Llegué hasta Fisterra —dijo—. Allí bebí agua en una concha y comprendí que debía dejarla ir.

Había ido buscándola a ella, pero el camino me obligó a encontrarme conmigo.

Corté un trozo de madera roja de un barco naufragado y fabriqué un pequeño tablero del juego de la oca.

Cada casilla era un miedo, una pérdida, una victoria.

Un mapa de lo que había sido mi propia estupidez.

—Nunca he entendido ese juego —admití—. Tantas vueltas para acabar donde otros deciden que debes caer.

Anxo soltó una carcajada.

—Eso es precisamente la vida, muchacha. Crees que avanzas por voluntad, pero a veces una casilla te empuja, otra te devuelve atrás y otra te obliga a esperar.

Los templarios, según cuentan, usaban la oca como símbolo para señalar rutas seguras a los peregrinos.

Las ocas van juntas, saben volver al nido y leen el cielo mejor que nosotros leemos nuestras propias intenciones.

El tablero no es solo un juego; es una forma de aprender a mirar señales antes de que el camino te obligue a obedecerlas.

—¿Y tú aprendiste? —pregunté.

Anxo tardó en responder.

—Aprendí que mi peor enemigo no era mi padre, ni la distancia, ni París, ni siquiera la cobardía. Era yo, empeñado en creer que huir podía parecerse a decidir, cuando en realidad hay huidas que no nos salvan de nada: solo nos enseñan a perder más lejos.

Hubo un silencio largo. Pedro lo observaba como si por primera vez viera en él algo más que al hombre que quería llevarme lejos.

Yo también. Anxo seguía siendo una amenaza para mi vida tal como la deseaba, pero bajo aquella amenaza había una herida vieja, y las heridas siempre me obligaban a mirar de otra manera.

Al caer la tarde, Catalina empezó a avanzar con la dignidad ofendida de los animales que consideran que la jornada ha terminado.

La yegua no era robusta ni hermosa, pero tenía un carácter noble y una puntualidad para exigir comida cada dos horas que habría avergonzado a un relojero.

Me la había regalado mi padre en mi decimoquinto cumpleaños, y verla cansada me trajo su recuerdo con tanta claridad que tuve que apartar la mirada.

Decidimos detenernos en una posada humilde.

Comimos pan, queso y un guiso demasiado salado que nos supo a gloria por puro cansancio.

Dormimos todos en la misma sala, entre desconocidos, sobre colchones de hojas de maíz que crujían con cada movimiento y desprendían un olor áspero, entre humedad y establo.

Amanecimos doloridos y cubiertos de picaduras.

Anxo aseguró con gravedad que aquello fortalecía el espíritu.

Pedro respondió que, si el espíritu necesitaba pulgas para crecer, quizás prefería seguir siendo pequeño, y por un momento la risa nos permitió fingir que éramos viajeros y no fugitivos de nuestras propias decisiones.

Me reí más de lo que esperaba. Pedro me miró de reojo, y en aquella mirada breve hubo una intimidad tranquila que valía más que muchas promesas. No todo estaba arreglado entre nosotros, pero seguíamos caminando.

Continuamos hasta que las murallas de Santiago aparecieron ante nosotros como una visión de piedra.

Entramos por la Porta do Camiño, entre peregrinos agotados y radiantes, vendedores, estudiantes, clérigos, mendigos y gentes que parecían venir de todos los lugares del mundo.

La ciudad hervía. Olía a cera, lluvia vieja, cuero, pan, estiércol y esperanza.

Para Anxo, en cambio, todo olía a memoria; sus ojos recorrían las fachadas con una nostalgia tan desnuda que por un momento pareció más viejo y joven al mismo tiempo.

—¿Qué os parece si nos separamos? —propuso, esforzándose por sonar ligero—. Hay lugares que quiero visitar a solas. Nos veremos aquí al anochecer, buscaremos alojamiento y cenaremos juntos.

Aceptamos. Anxo se alejó entre la multitud, y Pedro y yo nos quedamos un instante en silencio. No hizo falta decir nada. Aquella era nuestra oportunidad.

En algún lugar de Santiago estaba Carmen, la mujer que podía retener a Anxo en la ciudad o abrir una verdad mucho más peligrosa que Francia. Tomé aire y miré a Pedro, consciente de que algunas búsquedas empiezan como una estrategia y acaban convirtiéndose en una sentencia.

—Vamos a buscarla.

Él asintió, pero antes de echar a andar me rozó la mano con la suya.

—Siempre a tu lado.

Y por primera vez desde que Soledad pronunció la palabra Francia, sentí que quizás el destino no era una corriente que debía arrastrarme, sino algo que también podía aprender a cruzar si alguien me tendía la mano sin cerrar el puño.