La marca del lobo Capítulo 16 Entre dudas y promesas #2
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Capítulo 16 Entre dudas y promesas #2

—Que te amo, y precisamente por eso no puedo seguir en esta espera.

Cada vez que hablas de Francia como si yo no pudiera ir contigo, siento que me estás dejando antes de marcharte.

Necesito saber qué quieres de verdad. No lo que quieren Soledad o Anxo, no lo que temes, no lo que crees que deberías querer para parecer valiente. Tú, Victoria. Solo tú.

La pregunta me obligó a mirarme sin esconderme. Comprendí entonces que había sido injusta. Había convertido el amor de Pedro en una amenaza porque otros me habían enseñado a temer las cadenas antes de comprobar si existían.

—Te quiero a ti —dije—. No como refugio para esconderme del mundo, sino como el único lugar donde no tengo que hacerme pequeña.

He tenido miedo, Pedro. Miedo de ser madre y esposa antes de ser yo misma, miedo de que mis sueños se quedaran encerrados en una cocina, entre niños y obligaciones, pero también he tenido miedo de perderte, y ese miedo me ha vuelto torpe, porque una mujer puede saber curar una herida y aun así no saber qué hacer con su propio corazón cuando sangra.

Pedro no dijo nada. Me miraba con una atención tan honda que me sentí desnuda de una forma que nada tenía que ver con el cuerpo.

—Además —añadí, secándome la cara con el dorso de la mano—, llevo días tramando un plan.

Su expresión cambió apenas.

—Eso rara vez anuncia paz.

—Si encontramos a la mujer que Anxo nunca pudo olvidar y conseguimos que se vean, tal vez no quiera volver a París. Tal vez todo este empeño por llevarme con él se deshaga, porque algunos hombres solo llaman futuro al lugar donde enterraron aquello que no se atrevieron a salvar.

—¿Y si esa mujer tiene marido, hijos, otra vida? ¿Y si al remover ese pasado solo abrimos una herida?

No tenía respuesta. Tenía una decisión, que a veces se parece mucho a la imprudencia hasta que el destino decide si llamarla valentía, y en aquel momento me aferré a ella como quien se agarra a una rama sobre el río sin preguntar si la rama está podrida.

Cuando volvimos a casa, aún con la ropa húmeda y las lampreas protestando en la cesta, oímos voces elevadas antes de llegar a la puerta. Pedro me sujetó de la mano para detenerme. Dentro, Anxo y mi abuela discutían con una dureza que jamás los había oído.

—Os estáis poniendo en peligro —decía Anxo—. Debemos marcharnos todos a Francia y no esperar más.

—No puedo marcharme —respondió Soledad, y en su voz no había miedo, sino una furia agotada—.

Aquí no hay médicos ni parteras suficientes.

La gente viene a esta casa porque no tiene otro sitio al que ir.

Pedro y yo damos de comer a mucha gente y curamos a los enfermos que aún llegan con vida.

Si nos vamos, los dejamos solos. Los nobles los están matando de hambre, Anxo.

¿Cómo voy a cerrar la puerta a quienes ya no tienen otra puerta que llamar?

Pedro apretó mi mano. Aquello ya no hablaba solo de mi futuro, ni de Francia, ni de un viaje de aprendizaje. Había otra amenaza, más grande y sucia, moviéndose en las sombras.

La puerta se abrió de golpe. Soledad salió con el rostro desencajado y Anxo detrás de ella, pálido, con la mandíbula tensa y los ojos cargados de una inquietud que intentó ocultar al vernos.

—Victoria, Pedro —dijo mi abuela, recomponiéndose demasiado deprisa—. No sabíamos que estabais aquí. Necesitamos hablar.

Entramos y nos sentamos alrededor de la mesa. Durante un rato nadie dijo nada. Solo se oía el pequeño reloj de Anxo girando entre sus dedos, un sonido breve y nervioso que parecía marcar no las horas, sino el tiempo que nos quedaba antes de que cada mentira reclamara su sitio en la mesa.

Fue Soledad quien abrió la puerta de la tormenta.

—Anxo tiene razón. Debes ir a Francia y no podemos aplazarlo más.

Soy tu abuela y nadie conoce mejor que yo lo que te conviene.

No creo que vuelvas a tener una oportunidad así.

Aquí tus manos acabarán agotadas antes de que el mundo llegue a saber de lo que son capaces.

Ahora no oyes las cadenas que te atan, Victoria, porque muchas cadenas empiezan sonando a deber, a cariño o a prudencia; pero cuando intentes moverte será demasiado tarde. Dentro de una semana partirás con Anxo.

El aire se me quedó atascado en el pecho.

—¿Y Pedro?

Mi abuela lo miró con una dureza que no esperaba de ella, no hacia él.

—Pedro se quedará para ayudarme con los animales, las tierras y los enfermos. La gente de la Ribeira Sacra depende de nosotros.

Pedro se incorporó despacio. Había en su rostro una calma peligrosa, de esas que no anuncian sumisión, sino una decisión ya tomada, una calma que en los hombres buenos aparece cuando han dejado de pedir permiso para defender lo que aman.

—Dejaré que Victoria elija, Soledad, porque nadie debe retenerla. En eso estamos de acuerdo. Pero no dudes que, si ella se marcha, yo me iré con ella.

Mi abuela cerró los ojos un instante, como si aquella frase le hubiera dolido y enfurecido a la vez.

—Sabes que eso no es tan sencillo.

—Nada lo es desde que volví a esta casa.

—Hay obligaciones que pesan más que un deseo.

—No llames deseo a lo que me ha devuelto la vida.

La voz de Pedro no se quebró, pero yo sentí cómo temblaba bajo cada palabra. Anxo lo observaba con una mezcla de sorpresa y respeto, quizás porque por primera vez veía en él algo más que un muchacho enamorado.

—Estaba perdido —continuó Pedro—. Asustado, dividido, lleno de culpa.

Intenté negar lo que sentía por respeto a esta familia, a ti y a mi propia conciencia.

Pero mi vida perdería todo sentido si Victoria no estuviera en ella.

Entiendo el deber, claro que lo entiendo; lo he vivido hasta desgastarme.

Pero también sé que ayudar a los demás no exige arrancarse el alma, y que una vida ofrecida por completo puede convertirse en otra manera de morir.

Mi abuela no levantó la voz. No le hizo falta.

—Cuando el incendio arrasó vuestra casa, os abrí la puerta.

Os cuidé, os alimenté, os di un lugar desde el que volver a levantaros.

Ahora esta tierra nos pide lo mismo. Hay niños que llegan con el vientre vacío, mujeres con fiebre, hombres que se desploman en los caminos.

Si te vas, Pedro, ¿quién pondrá el hombro por ellos?

¿Quién les dirá que aún queda alguien dispuesto a quedarse cuando todos los demás miran hacia otro lado?

La frase le cayó encima como una piedra.

Vi cómo palidecía. Mi abuela había elegido el golpe exacto, el recuerdo que Pedro no podía ignorar: la deuda, el deber, la honra, la casa incendiada.

Había usado lo más noble de él para convertirlo en cadena, y comprendí entonces que el amor no era lo único capaz de atar a una persona; también lo hacía la bondad cuando alguien sabía dónde presionarla.

No esperé a escuchar más. Salí de la casa antes de que el llanto me traicionara.

La noche estaba quieta y el río murmuraba a lo lejos, como si supiera que yo corría hacia él cada vez que el mundo me dejaba sin aire.

No sabía si quería escapar de mi abuela, de Francia, de Pedro o de mí misma; solo sabía que Soledad, la mujer que me había enseñado a curar heridas, acababa de abrir una con una precisión cruel.

Y aquella vez no estaba segura de querer perdonarla.