Capítulo 16 Entre dudas y promesas
Los días siguientes pasaron sobre la casa con la lentitud pesada de las cosas que nadie se atreve a nombrar.
Anxo hablaba de Francia con la misma naturalidad con que otros hablan de la lluvia, como si mi partida fuera un remedio inevitable y no una mano arrancándome de todo cuanto amaba; mi abuela lo escuchaba con una seriedad que me dolía más que sus órdenes, porque en sus ojos reconocía esa firmeza antigua que tantas veces había admirado y que ahora se volvía contra mí como una puerta cerrada desde dentro.
Todas las conversaciones terminaban en el mismo lugar: mi futuro, mi talento, París, los hospitales, la oportunidad que ninguna mujer de nuestra tierra podía permitirse rechazar.
Yo asentía, callaba y fingía razonar, pero cada vez que imaginaba aquel camino lejos de Galicia mis pensamientos regresaban a Pedro, a su forma de mirarme cuando creía que nadie lo veía, a sus manos de hombre acostumbrado al trabajo y al rezo, y a esa promesa nuestra de permanecer juntos cuando todo alrededor pareciera empeñado en separarnos, porque a veces el destino no nos empuja hacia delante, sino que intenta averiguar cuánto estamos dispuestas a perder para seguir avanzando.
Aquella noche, Soledad y Anxo salieron al monte en busca de sapos.
Decían que querían experimentar con la sustancia que segregaban y su posible utilidad para conservar la leche, aunque yo sospechaba que mi abuela también buscaba dejarnos solos, tal vez para que hablásemos o tal vez para que nos hiciéramos daño con palabras que luego ella pudiera utilizar a su favor.
Fuera como fuese, cuando el sonido de sus pasos desapareció en la oscuridad, la casa quedó demasiado quieta, igual que si las paredes contuvieran la respiración.
Pedro estaba junto a la lareira, de pie, con los brazos cruzados y la mirada fija en las brasas.
Había en él una tensión nueva, una dureza contenida que no era frialdad, sino miedo tratando de conservar la dignidad.
Lo conocía ya lo suficiente para saber que, cuando se pasaba la mano por el pelo de aquella manera, como si quisiera arrancarse un pensamiento de la cabeza, algo le estaba quemando por dentro.
—No puedo más, Victoria —dijo al fin, sin mirarme—. No puedo seguir viéndote hablar de Francia, de Anxo, de lo que todos esperan de ti, como si yo fuera una piedra en el camino y no el hombre que te ha ofrecido caminar contigo.
Me quedé inmóvil. Había imaginado muchas veces aquella conversación, pero en mi imaginación Pedro siempre me entendía antes de que yo tuviera que explicar el desorden que me habitaba. La realidad era menos piadosa.
—No está siendo fácil para mí —respondí—. Crees que dudo porque quiero, como si pudiera partirme en dos sin dolor.
—No me duele que dudes. Me duele que no me incluyas en ninguna de tus dudas.
Hablas de marcharte o de quedarte, de perderme o de conservarme, pero nunca dices lo único que llevo semanas diciéndote: que iría contigo.
Por ti bajaría al infierno si hiciera falta, Victoria, y lo haría sin pedir permiso a nadie, porque no se puede llamar amor a una promesa que solo sirve mientras el camino es cómodo.
El temblor de su voz me atravesó más que cualquier reproche. Pedro no estaba celoso de Anxo ni de París. Estaba herido porque yo, sin darme cuenta, lo había tratado como una de las cosas que debía dejar atrás para convertirme en quien otros decían que podía ser.
—El problema no eres tú —dije, aunque al pronunciarlo comprendí que no era del todo verdad—.
O quizás sí lo eres, pero no de la forma que imaginas.
Ellos temen que, si me quedo aquí contigo, termine siendo solo esposa, solo madre, solo una mujer atada a una casa.
Temen que olvide quién soy antes incluso de haber descubierto hasta dónde puedo llegar, y lo peor es que una parte de mí teme lo mismo porque he visto demasiadas mujeres desaparecer bajo nombres que parecían bendiciones.
Pedro volvió el rostro hacia mí. La confusión se le dibujó primero en los ojos y luego en la boca, como si aquello le doliera por no haberlo previsto.
—¿Y tú también lo temes?
No supe responder enseguida. Lo amaba con una claridad que no dejaba sitio a la duda, pero amar a alguien no borraba todos los miedos; a veces los volvía más hondos, porque una ya sabe qué puede perder y empieza a sospechar que incluso la felicidad exige una forma de valentía que nadie enseña.
—Temo despertarme un día y descubrir que todos decidieron por mí mientras yo estaba ocupada queriéndote —confesé—.
Temo convertirme en una mujer que ayuda a otras a parir y a sanar, pero no puede elegir su propia vida.
Temo que mi don acabe sirviendo para sostener el mundo de otros mientras el mío se queda sin nombre.
Pedro se acercó despacio, como si una palabra de más pudiera rompernos.
Me tomó las manos, que estaban heladas, y las cubrió con las suyas.
Luego las llevó a sus labios y las besó con una ternura que me desarmó.
No había posesión en aquel gesto, ni súplica, ni orgullo herido.
Solo una devoción limpia, tan difícil de sostener que me hizo bajar la mirada.
—No me mires como si yo fuera el enemigo de tu libertad —dijo—.
Jamás te pediría que renunciaras a lo que eres.
Eso que en ti asusta a los demás es precisamente lo que me hizo amarte: tu inteligencia, tu terquedad, tus manos manchadas de hierbas, esa forma tuya de mirar una herida como si allí hubiera una respuesta que nadie más ha sabido ver.
Si algún día tenemos una casa, no quiero que sea una jaula; quiero que sea el lugar al que puedas volver después de ir donde tengas que ir, porque el amor que obliga a empequeñecerse no es amor, es otra forma de miedo.
La belleza de aquellas palabras me dolió, porque una parte de mí quería creerlas sin reservas y otra seguía oyendo la voz de mi abuela, la advertencia de Anxo, el rumor de un mundo en el que las mujeres casi nunca podían crecer sin pagar con algo querido.
No contesté a tiempo, y mi silencio hizo en Pedro lo que ninguna frase cruel habría logrado: le mostré una puerta cerrada donde él había venido a ofrecerme camino.
—¿Quién te ha puesto esas ideas en el corazón? —preguntó con una amargura que no supe curar.
Callé. Y aquel silencio fue una respuesta.
Durante varios días apenas me habló. No de una manera grosera, porque Pedro no sabía ser cruel ni siquiera cuando sufría, pero sí con una distancia medida, cortés, insoportable.
Soledad y Anxo lo notaron, y llegué a pensar que aquello era precisamente lo que buscaban: no convencernos, sino cansarnos; no separarnos de golpe, sino abrir entre nosotros una grieta tan pequeña que pareciera obra nuestra.
Yo no soportaba esa grieta.
Le propuse ir a las pesqueiras a comprar lampreas, con la excusa de que necesitábamos provisiones y con la esperanza secreta de que el camino hiciera por nosotros lo que la casa ya no podía hacer.
La ida fue una penitencia: Pedro respondía con monosílabos, yo me esforzaba por encontrar una frase que no sonara a disculpa pobre y entre los dos caminaba un silencio más pesado que la cesta llena.
A la vuelta tomamos un sendero más corto que bordeaba un pequeño regato.
El agua bajaba crecida por las lluvias y unas piedras resbaladizas ofrecían el único paso posible.
Pedro se detuvo primero, calculando la distancia con esa seriedad suya que a veces me daban ganas de besar y otras de sacudir, porque incluso para cruzar cuatro piedras parecía dispuesto a negociar con el destino.
—¿Quieres que te ayude a cruzar? —pregunté, intentando que mi voz sonara ligera.
—No necesito ayuda, gracias. Quizás tú sí, con esos pies diminutos que tienes.
Fue la primera broma que me dirigía en días, y sentí que algo dentro de mí se abría como una ventana.
—Solo si prometes cogerme si resbalo.
Pedro me miró, y en sus ojos apareció un destello de la ternura que yo había temido perder.
—Si caes, caigo contigo. Ya conoces mi promesa. Siempre juntos, si tú quieres.
Antes de que terminara la frase empecé a saltar de piedra en piedra, riéndome como una niña que decide ganarle la carrera al dolor.
Pedro trató de alcanzarme con la cesta de lampreas en una mano y la otra extendida hacia mí, pero el verdín hizo su parte y acabamos los dos en el agua, empapados, doloridos y riendo con esa libertad breve de quienes olvidan, por un instante, que el mundo los espera al otro lado con las uñas afiladas.
Al principio fue solo risa. Después nuestras miradas se encontraron, y la risa fue apagándose hasta dejar un silencio distinto, vivo, cargado de todo lo que no nos habíamos atrevido a decir.
Pedro tenía el cabello pegado a la frente y una gota de agua le bajaba por la mejilla.
Quise apartársela y, cuando levanté la mano, él la atrapó con una delicadeza que me dejó sin aire.
Nos besamos allí, sentados en el regato, con las piernas heladas y el corazón ardiendo.
No fue un beso robado ni un impulso ciego, sino una rendición lenta.
Pedro me sostuvo como si temiera romperme y, al mismo tiempo, supiera que yo no era cosa que pudiera quebrarse con facilidad; yo lo besé con la rabia, el miedo y la certeza de quien por fin deja de pedir perdón por desear, porque hay besos que no empiezan en la boca, sino en todo lo que una ha deseado antes.
Cuando se separó, no lo hizo de golpe. Permaneció cerca de mí, con la frente casi rozando la mía y los ojos cerrados, como si soltarme fuera una forma pequeña de muerte. Luego su rostro cambió. La sombra volvió a él, no como reproche, sino como cansancio.
—No puedo fingir que esto no pasa, Victoria.
—¿Qué quieres decir?