La marca del lobo Capítulo 15 La visita inesperada #2
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Capítulo 15 La visita inesperada #2

Cuando llegó la hora de dormir, Soledad pidió a Pedro que la ayudara a preparar una alcoba para su hermano. En cuanto salieron, aproveché para preguntar lo que llevaba toda la noche clavado en la lengua.

—Anxo, sin rodeos: ¿por qué has venido?

Él no pareció ofenderse. Al contrario, me observó como si aquella franqueza confirmara algo que esperaba encontrar.

—Tu abuela me pidió que viniera a ofrecerte una oportunidad. Quiere que tengas una vida distinta a la que te espera aquí.

—Ya me habló de Francia.

—Y tenía razón al hacerlo. Sé lo que significa ser mujer en estas tierras y en estos tiempos.

Tus opciones son pocas, aunque ahora no quieras verlo.

Puedes venir conmigo, aprender, crecer, tener una voz propia.

O podrías entrar en un convento, obtener educación y cierto respeto, aunque a cambio de otra clase de encierro.

—No he elegido ser monja ni marcharme a Francia. Mi decisión fue clara desde el principio: me quedo aquí. Además, no veo a mi abuela demasiado sometida por haberse quedado.

Anxo apoyó las manos sobre el bastón.

—Soledad es una excepción que ha pagado muy caro el precio de serlo.

Aquello me dejó sin respuesta.

—Seguir sus pasos podría condenarte a una vida sin elección — continuó—.

No lo digo para asustarte. Lo digo porque lo he visto.

He visto a mujeres como tú, inteligentes, llenas de vida, apagarse con los años.

Le ocurrió a nuestra madre. Amaba la medicina.

Escribió manuscritos que hoy se conservan en la Universidad de Santiago bajo un seudónimo masculino.

Al casarse, su destino fue cuidar de la casa y de la familia. Nada más. Su voz dejó de contar.

—Yo amo a Pedro —dije, más rápido de lo que habría querido—. Él jamás me anularía ni me apartaría de lo que soy. Me apoyaría.

Anxo me miró con una compasión que me irritó.

—Puede que Pedro te quiera mejor que otros hombres, y quizás te dé más libertad de la que sería habitual.

Pero no es solo Pedro quien marcará tu vida, Victoria.

Serán también los hijos, la casa, las necesidades, el miedo de la gente, la sospecha que siempre cae sobre las mujeres que saben demasiado.

La vida que eliges a veces le roba sitio a la otra.

—Hablas como si amar fuera una enfermedad.

—No. Hablo como alguien que sabe que amar no siempre es suficiente.

El silencio que siguió fue incómodo. Me dolió porque no podía despacharlo como a un hombre ignorante. Anxo sabía. Había mundo en su voz, heridas en sus ojos y una tristeza que no parecía recién llegada.

—No te apresures —añadió—. Piensa en lo que quieres de verdad, no solo en lo que temes perder.

—No sé si usted sabe lo que es el amor —respondí—, pero no se trata de lo que conviene. Desde que Pedro está en mi vida, siento que soy más yo. No puedo imaginar perderlo. No quiero elegir entre mis sueños y él.

Anxo bajó la mirada.

—Entiendo esa lucha mejor de lo que crees. Yo también tuve que escoger. Y confieso que nunca pude olvidarla. La medicina llenó el hueco, o casi.

Se quedó mirando un punto perdido de la pared. Al principio pensé que estaba cansado, pero había algo en su quietud que me hizo comprender que ya no estaba del todo con nosotros. No supe qué hacer. Siempre me incomodaban esos silencios, y mi primer impulso fue llenarlos con cualquier cosa.

—Anxo… ¿está bien?

Parpadeó, como si regresara de muy lejos.

—Sí. Discúlpame, Victoria. Me distraje.

—¿Quién era esa mujer?

—Una historia pasada.

—Para usted no parece pasada.

Bajó la mirada a sus manos, entrelazadas sobre el bastón. Cuando habló, su voz salió más baja.

—Se llamaba Carmen. La conocí cuando estudiaba medicina en Santiago.

Yo iba a la biblioteca con la excusa de estudiar, aunque la verdad es que pasaba más tiempo mirándola que leyendo.

Era inteligente, inquieta, hermosa, sí, pero eso era lo de menos.

Tenía una manera de mirar el mundo como si todo mereciera ser comprendido antes de ser juzgado.

No lo interrumpí.

—Nos enamoramos deprisa, como se enamoran los jóvenes que creen que el mundo se apartará por cortesía. Pero mi padre me consiguió un puesto en un gran hospital de París. Era todo lo que yo había soñado hasta entonces.

—¿Y qué pasó con ella?

—No volví a buscarla.

—¿Por qué?

Anxo tardó en responder.

—Porque creí que era lo que debía hacer. Por su bien, por el mío, por el futuro. A veces la vida pone delante decisiones que uno no quiere tomar, y aun así las toma porque todos alrededor le dicen que eso es ser sensato.

—¿Lo lamenta?

Por un instante pensé que diría que sí. Se limitó a encoger los hombros con una tristeza cansada.

—Hay decisiones que sobreviven más que quienes las tomaron.

Comprendí que había llegado al límite de lo que estaba dispuesto a compartir. Anxo levantó la mirada y sonrió, pero su sonrisa era frágil.

—Hablemos de otra cosa. Cuéntame de ti. ¿Qué te hace feliz aquí?

Me costó responder. Pensaba aún en Carmen, en Francia, en Pedro, en las vidas que se abrían o se cerraban por una sola decisión. Pero al final hablé.

—Me gusta el río. Hay un lugar donde me siento a escuchar el agua. Podría pasar horas allí sin hacer nada más. Me gusta el pan que hace mi abuela, el olor de la lareira cuando llueve, las tardes en que todo se queda quieto y parece que el mundo deja de exigir cosas por un rato.

Me di cuenta de que estaba diciendo cosas pequeñas, quizás demasiado simples para un hombre que venía de hospitales, perfumes y ciudades, pero Anxo escuchaba con atención. O al menos lo intentaba. Había en sus ojos una distancia que no terminaba de marcharse.

No sé qué me empujó a preguntarlo. Tal vez esa distancia. Tal vez la forma en que evitaba ciertas sombras.

—Anxo, ¿conoció a mis padres?

El cambio fue mínimo, pero lo vi. Una rigidez en los hombros, una pausa demasiado cuidada, el silencio exacto de alguien que decide qué parte de la verdad puede permitirse.

—No —respondió al fin—. Nunca llegué a conocerlos.

No le creí. Su cuerpo decía otra cosa que sus palabras. No era una mentira torpe, sino una mentira educada, meditada, de esas que no buscan engañar por crueldad, sino contener una puerta que amenaza con abrirse.

En ese momento entraron Soledad y Pedro. Dijeron que la alcoba estaba preparada. Anxo se levantó, agradeció la hospitalidad y se despidió con el cansancio de quien ha viajado demasiado o ha recordado más de lo que podía soportar.

Cuando se marchó, me quedé junto al fuego sin moverme. Pedro me miró, pero no preguntó nada. Tal vez vio en mi rostro que todavía no tenía palabras.

Mi mente no dejaba de dar vueltas a todo lo que acababa de ocurrir. Anxo había venido a ofrecerme Francia, pero traía consigo algo más: el eco de una mujer llamada Carmen, una historia amputada y una mentira demasiado pulida sobre mis padres.

Había algo que no se había dicho.

Y, por primera vez, tuve la certeza de que mi abuela no era la única que había escondido parte de mi vida bajo llave.