La marca del lobo Capítulo 15 La visita inesperada
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Capítulo 15 La visita inesperada

El frío húmedo de la mañana me despertó antes que la luz.

Tenía los pies helados, los dedos entumecidos y una pereza espesa pegada al cuerpo, pero aun así reuní valor para salir de la cama de un salto y envolverme en mi vieja capa de lana, remendada tantas veces que ya parecía hecha de inviernos superpuestos.

Al asomarme a la ventana, vi que una capa fina de hielo cubría el patio y los bordes de los campos.

Pedro estaba junto a la cuadra, cortando leña.

No parecía importarle el frío. Levantaba el hacha con un ritmo constante, firme, casi sereno, y cada golpe abría la mañana con un sonido seco.

Había algo en la manera en que trabajaba que me desarmaba.

Al principio no soportaba su presencia, su forma directa de hablar, esa costumbre suya de corregir el mundo como si la salvación dependiera de su paciencia.

Ahora, sin embargo, cada gesto suyo parecía tener un sentido.

La fuerza de sus brazos, la concentración de su rostro, el modo en que se detenía apenas un segundo para tomar aire antes de volver a empezar.

No era la fuerza ruidosa de los hombres que necesitan ser vistos. Era otra cosa.

Cuando me abrazaba, el mundo parecía detenerse un instante. Incluso cuando no estaba cerca, su recuerdo se quedaba conmigo como el calor de una piedra guardada al sol.

Mi abuela nos observaba en silencio. No hacía falta que dijera nada.

Soledad tenía una forma de desaprobar con las manos quietas y la mirada fija que resultaba más eficaz que cualquier sermón.

A mí no me preocupaba tanto como a Pedro.

Él intentaba mantener las distancias cuando ella estaba cerca, apartarse un poco antes de rozarme, bajar la mirada si nuestras manos se encontraban.

Era inútil. Mi abuela veía más de lo que nosotros queríamos admitir, y a veces me parecía que no nos miraba a nosotros, sino al peligro que venía detrás.

Un par de días después, mientras trenzábamos cebollas en la cocina, levantó la vista y me miró de una manera que me obligó a detener también mis manos.

—Hay caminos que no escoge la cabeza, sino el corazón —dijo.

No era una bendición ni una advertencia. Era una verdad dejada sobre la mesa, como quien deja un cuchillo y espera que la otra persona decida si va a cortar pan o carne.

Asentí despacio, sin saber qué responder. Soledad volvió a su labor, pero yo supe que aquello no había terminado.

—Victoria —añadió al cabo de un rato, con ese tono serio que usaba cuando ya había tomado una decisión por mí—, llevo tiempo pensando en tu futuro.

Mi hermano Anxo vive en Francia. Es médico y está envejeciendo.

Pronto necesitará ayuda en su hospital. Allí podrías aprender medicina de verdad, poner en práctica todo lo que sabes, ver mundo. Salir de aquí te haría bien.

La propuesta me dejó sin aire. Francia era una palabra grande, lejana, llena de promesas que en otro tiempo me habrían hecho temblar de deseo.

Aprender medicina. Ver hospitales. Escuchar a hombres formados hablar de cuerpos y enfermedades como si una mujer pudiera tener derecho a entenderlos.

Una parte de mí quiso abrir esa puerta de inmediato.

Pero al otro lado de la puerta no estaba Pedro. No estaba el Miño, ni las hierbas de mi abuela, ni la casa donde había amado y perdido. Irme significaba salvar una parte de mí y arrancar otra de raíz.

—Entiendo lo que dices, Abuela —respondí—, pero no quiero marcharme. Quiero quedarme aquí. Quiero seguir tus pasos.

Su rostro se endureció.

—No puedes quedar atrapada en esta vida miserable. Hay una oportunidad para ti ahí fuera.

Aquellas palabras prendieron algo dentro de mí.

—No llames miserable a la vida que tú misma me enseñaste a amar.

—Yo no quiero que heredes mis cadenas.

—¿Y si no son cadenas para mí?

—Lo serán. No al principio, quizás. Al principio todo parece elección cuando se ama lo bastante. Luego llegan los hijos, las deudas, los hombres, la necesidad, la enfermedad. Y un día miras tus manos y descubres que no han elegido tanto como creías.

Me levanté, incapaz de seguir sentada.

—No voy a irme. Esta es mi decisión.

Vi en sus ojos que mi negativa no cerraba la conversación, solo la aplazaba. Salí de la cocina antes de que mi rabia dijera algo de lo que luego pudiera arrepentirme. Necesitaba aire, y lo encontré en la huerta, donde Pedro trabajaba con la azada. Al verme, dejó la herramienta y vino hacia mí.

—¿Qué pasa?

Empecé a tocarme la trenza, como hacía siempre que los nervios me buscaban las manos.

—Mi abuela quiere mandarme a Francia con un hermano suyo del que ni siquiera sabía que existía. Dice que allí podría estudiar medicina, que tendría oportunidades, que aquí acabaré encerrada.

Pedro me escuchó sin interrumpir. Eso ya era algo.

—No sabía que Soledad tuviera un hermano en Francia.

—Yo tampoco.

—¿Y tú qué quieres?

La pregunta me desarmó porque no traía consejo escondido, ni orden, ni juicio. Solo quería saber dónde estaba yo en todo aquello.

—Quedarme.

Pedro asintió, como si mi respuesta bastara.

—Entonces no te angusties antes de tiempo. Pase lo que pase, estaré a tu lado.

Nuestras manos se encontraron. No fue un gesto impetuoso ni secreto, solo sus dedos cerrándose alrededor de los míos con una firmeza tranquila. Y, por un instante, todo se ordenó dentro de mí.

Pasaron los meses sin que Soledad ni yo volviéramos a hablar de Francia.

Tampoco pregunté por Anxo. Hay nombres que una prefiere no tocar, porque teme que al pronunciarlos se abran puertas que luego nadie sepa cerrar.

La rutina regresó a la casa, aunque ya no era la misma.

Pedro y yo compartíamos paseos, viajes al mercado, trabajos en la huerta, conversaciones que empezaban hablando de hierbas y acababan rozando heridas que ninguno sabía nombrar.

Aprendimos a querernos en los gestos pequeños: una capa colocada sobre mis hombros, una sonrisa robada junto al pozo, una mano que no se retiraba a tiempo.

El invierno llegó sin pedir permiso. Una tarde, mientras preparábamos chorizos y curábamos jamones con sal, llamaron a la puerta. Soledad fue a abrir y su expresión cambió de una manera que me hizo dejar lo que estaba haciendo.

—Anxo, hermano mío. No puedo creer que hayas llegado tan pronto. Ven, siéntate al calor. Acabo de terminar filloas de sangre.

El hombre entró como si trajera consigo un aire de otro mundo.

Era robusto, de porte distinguido, con una peluca blanca impecable, una capa negra de paño grueso y unos ojos oscuros donde la severidad convivía con una simpatía cuidadosamente administrada.

Llevaba una camisa con jabot, algo que rara vez se veía por nuestras tierras, y un medallón sobre el pecho.

Pero lo que más llamó mi atención fue su bastón.

Era de ébano, oscuro y pulido, con un suave grabado en espiral a lo largo de la madera. La empuñadura de plata mostraba la serpiente de Asclepio, brillante y fina, y en la base había unas iniciales y una inscripción latina: Medicus Fidelis.

Me acerqué sin poder evitarlo. Del bastón emanaba un perfume extraño, profundo, tan distinto a los olores de nuestra casa que por un instante la cocina pareció más pequeña.

—Victoria —dijo mi abuela con una serenidad demasiado estudiada—, te presento a mi hermano Anxo. Ha venido de Francia para visitarnos.

Extendí la mano.

—Es un placer conocerlo, don Anxo. Tiene usted un bastón magnífico. Y huele… no sé cómo decirlo. Huele a algo que no conozco.

Anxo me tomó la mano con firmeza, pero sin imponer fuerza, e hizo una leve reverencia.

—El placer es mío, Victoria. El bastón tiene un pequeño compartimento donde guardo aceite de jazmín, ámbar gris y almizcle.

—No sé qué es el almizcle. ¿Una planta francesa?

Anxo sonrió, y su rostro se iluminó con una paciencia de maestro.

—El jazmín es una flor. El ámbar gris procede del cachalote. Y el almizcle es la llave de muchos perfumes; se obtiene de un animal muy apreciado, el ciervo almizclero macho, originario de Asia Central y del Himalaya.

Me quedé fascinada. Todo lo que decía abría un mundo que yo no había pisado jamás: mares con animales enormes, montañas imposibles, hospitales franceses, frascos de cristal llenos de olores desconocidos.

Empecé a hacer preguntas con tanta ansiedad que mi abuela tuvo que intervenir para que no acabara agotando a su hermano antes de la cena.

El ambiente cambió cuando Pedro entró en la casa.

Soledad se levantó enseguida y lo tomó del brazo para acercarlo a Anxo.

—Este es Pedro. Para mí es como un nieto y para Victoria como un hermano. Lo quiero más que a mi vida.

La frase me atravesó con una incomodidad fría.

Como un hermano. ¿Cómo podía decir eso si sabía lo que estaba creciendo entre nosotros?

Pedro y yo no habíamos compartido infancia, ni juegos, ni esa confianza antigua que convierte a dos niños en hermanos.

Él había sido un nombre, una ausencia, un rumor en la mesa.

No entendía por qué mi abuela insistía en colocar sobre nosotros una palabra que no nos pertenecía.

Pedro no dijo nada. Saludó a Anxo con educación y se mantuvo prudente, observando la escena con una expresión que no logré descifrar.

Después de la cena nos acomodamos junto a la lareira. Poco a poco, las palabras empezaron a fluir con más naturalidad. Pedro, que parecía medir a Anxo con la misma atención con que uno mide la profundidad de un río antes de cruzarlo, fue el primero en preguntarle:

—¿Y cómo ve la vida aquí, comparada con Francia?

Anxo lo miró con interés.

—Aquí todo es más lento, más pegado a la tierra. En Francia todo corre: las ideas, la ciencia, los hombres, incluso los errores. A veces me pregunto si en medio de tanta modernidad no hemos perdido algo esencial.

La respuesta me gustó. También me inquietó. Había hombres que hablaban para lucirse, y otros que hablaban como si cada frase escondiera una puerta. Anxo pertenecía a los segundos.