La marca del lobo Capítulo 14 Secretos compartidos y caminos oscuros
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Capítulo 14 Secretos compartidos y caminos oscuros

Después de varios días junto a mi madre y Antonio, dejamos atrás el monasterio, y también aquella biblioteca donde el nombre de Isabella había abierto una puerta que ya no sabíamos cerrar.

Había demasiadas cosas de las que hablar, y tal vez por eso ninguno se atrevía a empezar por la más importante. Caminábamos en silencio, concentrándonos en el sendero, en las piedras sueltas, en el vaho de los caballos y en el peso del manuscrito que llevaba guardado como un tesoro.

Pedro avanzaba con la mirada fija en el suelo. Al cabo de un rato, levantó la cabeza como si una idea hubiera terminado de ordenarse dentro de él.

—Había una mujer llamada Eva —dijo—. Vivía cerca del Miño. Los viejos contaban que podía hablar con el agua, o quizás escucharla, que no es lo mismo.

Lo miré sin entender.

—¿Qué quieres decir?

—Dicen que un día encontró una piedra negra en el río, parecida a la tuya. Desde entonces, cuando se sentaba junto a ella, oía historias del Miño. Historias de cosas que habían pasado y de cosas que aún no habían ocurrido.

Sentí que el frío me entraba por la nuca. No era una leyenda cualquiera. El río, la piedra, el calor del azabache en el monasterio, el nombre de Isabella. Todo parecía responder a una lógica que ninguno de los dos quería aceptar.

—¿Y qué pasó con ella?

—Al principio la respetaron. Acudían a pedirle consejo, porque sus palabras parecían llegar de un lugar más hondo que la memoria.

Pero luego empezaron a temerla. Dijeron que el río la dominaba, que la piedra la tenía presa, que algo del demonio hablaba por su boca.

Primero la llamaron sabia; después, peligrosa.

A veces el mundo solo necesita cambiar una palabra para empezar una condena.

Me apreté la capa contra el pecho.

—No me gusta el demonio, Pedro.

Él me miró con una ternura que no esperaba.

—Lo sé.

—¿Qué fue de ella?

—Nadie lo sabe con certeza. Unos dicen que el río la reclamó. Otros, que intentaron robarle la piedra para ver el futuro y la mataron. Quizás la verdad murió con ella, o quizás siguió bajando por el agua hasta encontrar otras manos.

Seguimos andando. El sol empezó a calentar un poco el camino, aunque no lo suficiente para borrar la inquietud que me había dejado la historia.

Pedro lo notó, porque se acercó a mí y me colocó mejor la capa sobre los hombros.

No fue un gesto grandioso, pero tuvo la intimidad de las cosas que se hacen sin pedir permiso porque nacen del cuidado.

—Estás distinto —dije, observándolo de reojo—. Desde ayer te noto más… libre.

Pedro tardó en responder.

—Tal vez sea porque por primera vez en mucho tiempo siento que no estoy solo. O tal vez porque me he rendido.

—¿A qué?

Él se detuvo. El camino estaba vacío, rodeado de árboles y de una niebla baja que empezaba a retirarse entre los campos. Durante un instante me pareció que todo el mundo aguardaba su respuesta.

—A ti.

Pedro se acercó despacio, montado en su caballo, como si temiera que un paso más pudiera romper algo, y cuando habló de nuevo su voz ya no tenía el tono severo con que solía defenderse del mundo.

—He luchado contra esto desde el primer día que te vi.

Contra lo que siento, contra lo que deseo, contra la culpa de mirar a una mujer que todos llaman mi hermana, aunque no compartamos sangre ni infancia.

Temía fallarle a Soledad, a mi madre, a la memoria de Santiago.

Temía que me miraras con horror, que pensaras que era una aberración, que nunca pudieras verme de otra forma.

Y, sin embargo, desde aquella primera vez que te vi, con la tristeza en los ojos y el cabello revuelto, algo en mí dejó de obedecer.

—Pedro…

—No —me interrumpió con suavidad—. Déjame decirlo ahora que aún tengo valor.

Te admiro, Victoria. Tu fuerza, tus manos, tu manera de plantar cara incluso cuando tiemblas por dentro.

No sé qué soy capaz de ofrecerte, ni siquiera sé si tengo derecho a ofrecerte nada, pero ya no puedo seguir fingiendo que mi vida no cambió cuando entraste en ella.

Me miró como si esperara una sentencia. Yo habría querido decir algo hermoso, algo digno de aquel momento, pero no encontré palabras. Quizás porque lo que sentía era demasiado nuevo y antiguo a la vez.

Pedro levantó una mano y me rozó la mejilla. Fue un contacto leve, casi una pregunta. Yo no me aparté.

—Ya no puedo ir contra corriente —murmuró—. Tal vez haya llegado el momento de dejarme ahogar.

Me besó.

No fue un beso perfecto ni tranquilo. Fue torpe al principio, contenido todavía por la culpa, pero en cuanto mi mano buscó su pecho y la suya se cerró en mi cintura, algo se abrió entre nosotros con una fuerza que me dejó sin aliento.

Pedro no me tomó; esperó a que yo eligiera acercarme, y esa espera hizo que el beso ardiera más que cualquier impulso.

Sentí el calor de su boca, la aspereza de su barba, el temblor de un hombre que podía haberme sujetado con fuerza y, sin embargo, se contenía como quien guarda algo sagrado.

Cuando nos separamos, ninguno habló. El mundo seguía allí, el camino, los árboles, los caballos, el frío de la mañana. Pero todo había cambiado.

Regresamos a casa en silencio, aunque ya no era el mismo silencio. Había miradas rápidas, sonrisas que nacían y morían antes de atreverse a quedarse, y esa conciencia nueva de que el cuerpo del otro estaba cerca. Dos corazones, inseguros todavía, empezaban a entenderse sin palabras.

Al cruzar la puerta de casa, nos envolvió el olor a hierbas secas y leña quemada.

La luz de las velas temblaba sobre la mesa, y mi abuela hacía encaje de palillos a una velocidad que siempre me había parecido imposible.

Pedro la saludó desde la entrada, pero no esperó respuesta.

Fue directo a la cuadra para atender a los animales, quizás porque necesitaba ocultar a la mirada de mi abuela lo que su mirada no podía ocultar.

Yo corrí hacia Soledad y la abracé con más fuerza de la necesaria.

—Abuela, tengo tantas cosas que contarte.

Mi abuela me apartó lo justo para mirarme. Sus ojos, como siempre, parecían saberlo todo antes de que yo abriera la boca.

—Cuéntame, mi querida Victoria. Vienes radiante. Parece que el camino te ha sentado bien.

Sentí que el rubor me subía al rostro y empecé por lo más seguro.

Le hablé de Juana, de cómo estaba mejor, de Antonio y sus planes de ser misionero, de Andrés y de don Lorenzo, de la mesa del monasterio y del abad Bernardino.

Pero mis palabras, como agua buscando una grieta, acabaron deslizándose hacia el manuscrito.

Entonces el rostro de Soledad cambió.

—Victoria, esto no es un juego —dijo, y su voz perdió toda dulzura—.

Si ese manuscrito sirvió como prueba para condenar a una mujer por brujería, no debería estar en tus manos.

Eres una insensata. Las curanderas, las mujeres jóvenes, hermosas e inteligentes, sois el blanco perfecto cuando alguien necesita fabricar un monstruo.

Su reacción me dejó helada. Mi abuela, que siempre había defendido la verdad, que no parecía temer ni a los hombres ni a los curas ni al infierno que tanto nombraba cuando le convenía, temblaba ahora ante un libro, y aquello me inquietó más que cualquier amenaza.

Dejé el manuscrito sobre la mesa. Soledad se acercó despacio y lo tocó con la punta de los dedos, como quien reconoce el rostro de un muerto.

—No puede ser…

—¿Qué pasa? —pregunté.

Antes de que respondiera, Pedro entró en la cocina. Mi abuela escondió el manuscrito bajo su regazo con la rapidez de una muchacha sorprendida robando pan.

—¿Qué hacéis? —preguntó él, deteniéndose en la puerta.

—Me has asustado, Pedro —dijo Soledad, aunque nadie podía creer que ese fuera el motivo de su sobresalto.

—Abuela, ¿por qué lo escondes? Pedro ya sabe que lo traje.

Soledad cerró los ojos un instante, como si necesitara reunir dentro de sí todas sus fuerzas.

—Perdonadme. Estoy nerviosa. Este manuscrito perteneció a alguien que conocí. Parece que el destino lo ha traído de vuelta.

Pedro se acercó un paso.

—¿A quién perteneció?

La pregunta la rompió.

Mi abuela empezó a llorar sin aviso, sin esa dignidad dura con la que solía enfrentarse a todo, sino como una mujer vencida por un recuerdo que llevaba demasiado tiempo encerrado.

Pedro y yo nos miramos, asustados. La ayudamos a sentarse, le dimos agua, le abanicamos el rostro y esperamos a que la respiración volviera a acompasarse.

Ver llorar a Soledad era más inquietante, ella había sido piedra durante toda mi vida, y de pronto la piedra mostraba una grieta.

Al cabo de unos minutos se levantó lentamente.

—Esperad aquí.

Salió de la cocina con el manuscrito apretado contra el pecho. Pedro y yo quedamos solos, desconcertados…

—¿Sabías que lo conocía? —preguntó él.

Negué con la cabeza.

—No. Pero empiezo a pensar que mi abuela conoce demasiadas cosas que nunca quiso contarme.

Pedro me tomó la mano. Fue un gesto breve y silencioso, pero me sostuvo mejor que cualquier palabra.

La puerta volvió a abrirse. Soledad regresó más serena, aunque el manuscrito ya no estaba con ella. Lo había escondido en algún lugar de la casa, quizás lejos de nosotros, quizás lejos de sí misma. Pero nada de lo que una vez despierta vuelve a dormir por obediencia.

Yo lo supe en cuanto la vi cruzar el umbral.