Capítulo 13 San Pedro de Rocas y sus misterios #3
—Disculpadme. Necesito agua fresca.
Cuando salió, el silencio quedó lleno de Isabella.
Pedro me rodeó con un brazo y me condujo fuera de la biblioteca, lejos del manuscrito y de aquella historia que parecía haber dejado frío el aire.
Lo seguí, pero mi pensamiento no se movió de aquella mujer: no todas las muertas descansan; algunas esperan que alguien recuerde por ellas.
—¿Dónde fue esa tortura?
—Donde tu piedra se calentó…
Volví sobre mis pasos hasta la habitación donde Isabella había estado encerrada en ese mismo monasterio.
—Victoria —dijo Pedro detrás de mí—. La piedra.
El azabache, todavía envuelto en su paño, desprendía calor desde la alforja de Pedro. Nos miramos sin saber qué decir. La piedra, Isabella, aquel lugar… Todo empezaba a unirse como hilos negros en una madeja que nadie quería tocar.
—Villar, me suena de algo…—intentaba recordar sin fundamento—.
Buscamos a Juana y Antonio para refugiarnos en algo más sencillo, en el calor de una cocina.
Al llegar encontramos allí a Andrés, que había llegado poco antes.
Pedro le había avisado de nuestra visita por carta, y al verlo sentí una alegría, de esas que duelen un poco porque recuerdan otros tiempos.
—¡Andrés! —corrí hacia él—. Mi dulce hermano. Hacía tanto que no te veía… Qué guapo estás. He echado de menos tus risas.
Él me abrazó con fuerza, pero en su gesto había una culpa callada.
—Perdóname. Aún no he tenido valor para volver a casa.
—No podría enfadarme por eso.
Nos sentamos juntos. Andrés nos contó que se encargaba casi solo de la carpintería porque don Lorenzo estaba muy enfermo, que vivía con él y doña Isabel, y que María ayudaba en los cuidados.
Al hablar de su boda, bajó la voz de una forma que no me pasó desapercibida.
Mi madre y yo cruzamos una mirada. No sabíamos que se había casado.
A ninguna nos convencía aquella felicidad con tantos bordes.
—¿Y tú, Antonio? —preguntó Andrés, quizás para escapar de su propio tema—. ¿Qué tal aquí?
Antonio se enderezó, y sus ojos brillaron con una claridad nueva.
—He encontrado paz. Soy postulante y espero que pronto me acepten como novicio. El Padre Bernardino me ha abierto un mundo que no sabía que existía. Sueño con ser misionero, tal vez ir a América. Ya he empezado a aprender guaraní con un manuscrito de un fraile.
Pedro sonrió. Lo intentó disimular, pero el orgullo lo traicionó. Al final se inclinó hacia Antonio y lo abrazó.
—Te quiero mucho, hermano.
Antonio se quedó quieto un instante, sorprendido, y luego le devolvió el abrazo con una fuerza que hablaba por los dos. Juana los miraba desde la mesa, secándose las lágrimas con un pañuelo sin hacer ningún esfuerzo por ocultarlas.
—Pedro —dijo Antonio cuando se separaron, con una chispa conocida en los ojos—, y vosotros dos, ¿para cuándo la boda? Ya que Andrés no nos invitó a la suya…
La pregunta cayó como una piedra en un pozo. Todas las miradas se volvieron hacia nosotros. Sentí que el calor me subía del cuello a las mejillas, y por primera vez en mucho tiempo deseé que Antonio recuperara la prudencia que nunca había tenido.
—¿Nosotros? —logré decir.
Pedro permanecía inmóvil a mi lado, con las manos sobre el borde de la mesa y la mirada fija en la madera, como si allí pudiera encontrar una respuesta escrita por algún santo compasivo.
Juana intervino con una firmeza dulce.
—Ya vendrá lo que tenga que venir, Antonio. Acabad la leche con castañas y dejad de poner colorada a vuestra hermana.
—¿Qué me he perdido? —preguntó Andrés, divertido—. Victoria, ¿eres tú la razón de la dispensa de Pedro? ¿Estáis juntos?
—He dicho que descanséis —ordenó mi madre, y aquella vez nadie se atrevió a discutirle.
Me levanté en cuanto pude y fui a mi alcoba.
La luna entraba por la ventana con una luz mansa, pero dentro de mí no había paz.
Todos lo notaban ya: en las miradas demasiado largas, en los silencios, en la forma en que Pedro y yo evitábamos rozarnos y, aun así, parecíamos encontrarnos incluso al apartarnos.
No se debe desear lo que no conviene.
La frase volvió a mí con la voz de Pedro.
Pero ¿qué era exactamente lo que no convenía?
No éramos hermanos de sangre. No habíamos crecido compartiendo infancia, ni juegos, ni ese amor fraternal del que otros hablaban como si pudiera imponerse con una palabra.
De Pedro conservaba una ausencia, no una hermandad.
Y, sin embargo, él luchaba contra lo que sentía como si en ello se le fuera la salvación.
Me senté en la cama y cerré los ojos. Todo se mezclaba: la piedra caliente, Isabella, Villar, el monasterio, el beso de Pedro, la pregunta de Antonio. Era como intentar ordenar un rompecabezas al que le faltaban piezas y, aun así, algo en mí intuía que todas pertenecían al mismo dibujo.
Me tumbé sin desvestirme, rendida a un cansancio que no era solo del cuerpo. Que sea lo que Dios quiera, pensé, aunque en el fondo sabía que esa frase no era fe, sino cansancio.
Y quizás también deseo.