La marca del lobo Capítulo 13 San Pedro de Rocas y sus misterios #2
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Capítulo 13 San Pedro de Rocas y sus misterios #2

—¡Claro que sí! Ese conocimiento nos vendría de maravilla aquí.

Pero antes debes conocer la fuente de San Bieito, Victoria.

Está justo aquí. Dicen que es milagrosa para las verrugas y buenísima para la piel.

Yo no sé qué trae esa agua ni de dónde viene exactamente, pero milagrosa lo es, te lo aseguro.

También traje de Oseira una planta llamada Adelfa, muy buena cuando hay males en la piel.

—Para las verrugas suelo usar Euphorbia characias —dije—. La aplico con cuidado y siempre recito unas palabras.

—¿Un conjuro? —preguntó el abad, divertido.

—Una petición a la planta —respondí, levantando la barbilla—. No todo lo que no cabe en una oración es cosa del demonio.

El abad soltó una risa franca, de esas que no buscan humillar.

—Yo prefiero un Padrenuestro y un Avemaría. Pero si Dios ha puesto virtud en el agua y en las plantas, ¿quién soy yo para negar que una muchacha testaruda pueda encontrarla antes que un viejo abad?

Me habría gustado contestar, pero el azabache empezó a arder contra mi pecho.

—Pedro —susurré primero, y luego lo llamé con más urgencia—. Pedro, la piedra. Está pasando otra vez.

Él se volvió de inmediato. Su rostro cambió al verme llevarme la mano a la piedra. El calor subía desde el azabache como si guardara una brasa encerrada. No dolía, pero tenía una voluntad propia que me hizo retroceder.

El abad observó la piedra con una inquietud que intentó ocultar bajo una frase piadosa.

—Los caminos del Señor son insondables.

No me gustó cómo lo dijo. No sonó a consuelo, sino a miedo vestido de doctrina.

Pedro cogió la piedra con cuidado y la envolvió de nuevo en un paño antes de guardarla en su alforja. Sus dedos estaban firmes, pero vi la tensión en su mandíbula.

Era el mismo hombre que podía sostenerme sin temblar y, al mismo tiempo, temer una piedra negra como si en ella se escondiera el fin del mundo. Nos miramos y continuamos sin hacer preguntas.

Seguimos hasta la biblioteca. Era pequeña, con estantes de madera vencidos por el peso del tiempo y textos tan antiguos que parecían hechos de polvo y luz.

El olor a pergamino, humedad y tinta seca me envolvió como una promesa.

Quise quedarme allí durante horas, pero las campanas empezaron a sonar y el abad se apresuró a llevarnos al comedor antes de que Juana tuviera que esperarnos.

—No tentemos la paciencia de tu madre —dijo, acelerando el paso—. Dios perdona casi todo, pero Juana con el caldo en la mesa es una prueba que ni los mártires deberían afrontar.

La comida fue humilde y abundante: pan recién horneado, caldo humeando en una olla de barro, castañas asadas, uvas y queso.

Cinco monjes se unieron a la mesa. Había en ellos una alegría tranquila, una sencillez que me sorprendió.

Sus túnicas gastadas y sus manos rugosas no hablaban de santidad distante, sino de hombres que habían aprendido a compartir el pan, el frío y el trabajo.

El abad brindó por nuestra llegada, por Juana y Antonio, y luego comenzó a contar una historia que hizo que mi madre se tapara la cara de vergüenza incluso antes de que empezara.

—Hubo una tarde en que la paz del monasterio se volvió excesiva — dijo con solemnidad fingida—. Demasiada oración, demasiado silencio, demasiada compostura. Antonio y yo concluimos que aquello no era sano.

—Padre… —protestó Antonio, aunque ya se le escapaba la risa.

—La idea fue suya —continuó el abad—. Bajamos a la cuadra y escogimos el cerdo más tranquilo, uno que parecía vivir en meditación perpetua. Lo cubrimos con unto y lo soltamos por los terrenos del monasterio, con un pimiento de padrón picante en el culo.

La mesa empezó a reír antes de que terminara.

—Aquel animal, que hasta entonces se movía con la dignidad de un obispo, se convirtió en una lamprea con patas. Los hermanos caían uno tras otro, llenos de barro, intentando atraparlo. Desde entonces hacemos ejercicio todas las mañanas, no por virtud, sino por miedo a que vuelva a escapar.

Las carcajadas llenaron el comedor, y algo en mí se aflojó.

Llevábamos tanto tiempo viviendo entre duelo, secretos y miedo que la risa me pareció casi indecente.

También necesaria. Miré a Antonio, y en su sonrisa reconocí al muchacho que había sido, pero también al hombre que estaba intentando convertirse en alguien mejor.

Pedro lo observaba con una ternura disimulada, orgulloso de él sin atreverse a decirlo.

Después de comer, regresamos a la biblioteca.

Revisamos pergaminos, documentos de comercio, notas sobre cosechas y tratados incompletos.

Nada parecía útil para nuestros remedios, hasta que un manuscrito llamó mi atención.

La portada estaba decorada con letras elegantes, casi femeninas, y al tocarlo sentí esa emoción que producen los objetos que han esperado demasiado tiempo a que alguien vuelva a abrirlos.

Sus páginas hablaban de dolencias, peregrinos, heridas, fiebres y plantas recogidas en caminos que atravesaban medio mundo.

Lo había escrito una monja que trabajaba en el hospital de Santiago.

Entre las hojas había hierbas prensadas y dibujos de una precisión hermosa.

Uno de ellos cayó al suelo. Lo recogí con cuidado y descubrí el retrato de una mujer de cabello ondulado y ojos grandes, vestida con un traje blanco bordado.

A su lado, un hombre de porte solemne sostenía un bastón con empuñadura en forma de lobo.

Detrás del dibujo había dos nombres y una fecha: Isabella y Alejandro, 20 de febrero de 1683.

No era lo que habíamos ido a buscar, pero algo en aquel rostro me obligó a seguir mirando. Isabella tenía una belleza serena, de esas que no piden atención y, precisamente por eso, la roban. Sus ojos parecían guardar una tristeza que el dibujo no había sabido ocultar.

Llevé el manuscrito al abad y le pregunté si podía prestármelo.

Al verlo, su rostro se apagó de golpe.

—Ese libro perteneció a una mujer condenada por brujería. Lo usaron como prueba contra ella. Todavía me duele el alma al recordar. Si quieres, puedes quedártelo, pero con cuidado. Aunque la caza de brujas haya cesado, la ceniza todavía está caliente.

—¿Por qué le duele tanto? —pregunté.

El abad tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz había perdido toda alegría.

—Porque conocí a Isabella. Y porque la vi morir bajo la peor de las sentencias justamente aquí en San Pedro de Rocas. Era una mujer hermosa

—continuó el abad—, pero no hablo solo de su rostro.

Tenía una bondad que desarmaba. Curaba, escuchaba, aprendía.

Su belleza fue parte de su condena. Su cabello claro, sus ojos verdes, su inteligencia…

Todo se convirtió en prueba contra ella cuando algunos decidieron llamar hechizo a lo que no soportaban entender.

El abad se llevó una mano al pecho, como si el recuerdo siguiera clavado allí.

—La encerraron, la interrogaron, la humillaron. Querían una confesión y, cuando no la obtuvieron, la fueron quebrando gota a gota. La encerraron en una habitación oscura donde el agua caía sin descanso sobre su cabeza. Al principio era solo molestia. Luego fue tortura. Después, locura.

Sentí que la biblioteca se estrechaba a mi alrededor.

Pensé en las manos de aquella mujer, quizás parecidas a las mías, sosteniendo hierbas, escribiendo remedios, creyendo que el conocimiento podía salvarla.

Pensé también en Soledad y en todas las advertencias que me había dado sin explicarlas.

Una mujer que sabe curar aprende pronto que el mundo no teme sus manos, sino la libertad con que las usa.

—Solo parecía volver en sí cuando un hombre venía a verla —dijo el abad, con una sombra de odio en la voz—. Creo que se llamaba Villar. No sé qué había entre ellos, pero su presencia la destrozaba. Aún hoy pienso que él fue la raíz de todo.

Pedro se tensó a mi lado.

—¿Qué ocurrió?

—Intenté ayudarla a huir. No pude soportar más aquella injusticia. Pero ese demonio la persiguió como quien caza un animal y acabó ahorcándola. Nunca me perdoné no haber llegado a tiempo.

El abad se levantó y fue hasta la ventana, incapaz de seguir hablando.