La marca del lobo Capítulo 13 San Pedro de Rocas y sus misterios
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Capítulo 13 San Pedro de Rocas y sus misterios

Supe que San Pedro de Rocas estaba cerca antes de verlo.

El camino empezó a llenarse de peregrinos que avanzaban con paso cansado, como si el bosque los hubiera llamado para ofrecerles un poco de paz.

Entonces, entre los árboles, apareció el arco de piedra que daba entrada al monasterio, y durante un instante tuve la sensación de que no estábamos llegando a un lugar construido por hombres, sino a una herida antigua abierta en la montaña.

San Pedro de Rocas no se alzaba sobre la tierra como otras iglesias.

Parecía nacer de ella. La roca lo abrazaba, lo sostenía y lo escondía, como si aquel santuario hubiera aprendido a rezar antes de que alguien le pusiera nombre a la fe.

Vi el edificio donde Pedro había vivido sus últimos años y traté de imaginarlo allí, caminando por aquellos pasillos húmedos, copiando manuscritos a la luz de una vela, rezando contra sí mismo sin saber todavía que la vida acabaría llevándolo de vuelta a nosotros.

El lugar transmitía una calma profunda, pero también una inquietud difícil de explicar. No era miedo. Era esa sensación que producen las cosas demasiado viejas, como si hubieran visto pasar a tantos hombres que ya no se sorprendieran por nada.

Juana estaba en un pequeño corral, echando maíz a las gallinas.

La vimos antes de que ella nos viera, y por un momento ninguno se movió.

Mi madre llevaba un vestido negro por el luto de mi padre y un pañuelo oscuro recogiendo su cabello, pero su rostro tenía una paz que yo no le recordaba desde hacía mucho tiempo.

Había engordado un poco, sus mejillas habían recuperado color y, al verla así, sentí que algo dentro de mí descansaba por primera vez desde la muerte de Santiago.

Pedro también la miraba en silencio. En su expresión había alivio y un orgullo sereno, el de quien ha tomado una decisión dolorosa y descubre, al fin, que no se equivocó.

Cuando Juana se volvió y nos reconoció, soltó un grito que espantó a las gallinas y corrió hacia nosotros con los brazos abiertos.

—¡Mis hijos! ¡Mis queridos hijos!

No sé quién abrazó primero a quién. Recuerdo sus manos en mi cara, su olor a humo y la forma en que empezó a besarme como si quisiera comprobar con cada beso que yo era real.

Antonio salió al oír los gritos y vino también corriendo, con una alegría tan franca que me costó reconocerlo.

Estaba más delgado, vestía una túnica marrón y sus ojos, antes siempre cargados de burla o desafío, tenían ahora una luz tranquila, casi limpia, como si por fin hubiera encontrado un sitio donde su fuego no tuviera que destruir nada para sentirse vivo.

Me abrazó con tanta fuerza que me levantó del suelo.

—¡Victoria! ¡Por todos los santos, sigues teniendo cara de querer pegarme!

—No me des motivos y quizás sobrevivas al día —respondí, aunque la risa se me rompió en lágrimas.

Juana se unió a nosotros, y Antonio, después de un instante de duda, extendió la mano hacia Pedro.

No fue un gesto solemne, ni una gran reconciliación de esas que parecen escritas para ser recordadas.

Fue algo más sencillo y verdadero: una mano tendida, una mirada limpia, el reconocimiento de que algunas heridas no desaparecen, pero dejan de sangrar cuando alguien se atreve a tocarlas sin exigir perdón inmediato.

Pedro aceptó la mano de su hermano y luego lo abrazó. No dijo nada. No hizo falta.

—Cuánto he deseado este momento —murmuró mi madre, apretándonos contra ella—. Qué pena que Andrés no esté también aquí. Hace tanto que no os tenía tan cerca que el corazón no sabe dónde poner tanto amor. Y tú, Victoria, mi niña, estás preciosa.

—Mamá, te he echado tanto de menos que a veces me dolía respirar — dije, separándome un poco para mirarla mejor—. Estaba asustada. No sabía cómo ayudarte ni cómo sacarte de la oscuridad que te estaba tragando.

Juana me acarició la mejilla con una ternura que casi me deshizo.

—A veces una no sale porque la empujen, hija. Sale cuando encuentra un sitio donde el dolor puede sentarse sin que nadie le pida que se calle.

El abad Bernardino nos observaba desde cierta distancia, con una sonrisa que le llenaba la cara de arrugas.

Era un hombre mayor, pero sus ojos tenían algo indomable, una chispa viva bajo la piel gastada del tiempo.

Al acercarse a Pedro, inclinó la cabeza con un respeto auténtico, nacido de muchas conversaciones compartidas y silencios entendidos.

—Pedro, qué alegría verte de nuevo. Y qué alegría que hayas traído a Victoria. Al fin tengo el placer de conocer a la muchacha de la que no dejabas de hablar.

Pedro se puso rígido.

—Padre Bernardino…

El abad no le hizo caso. Se inclinó hacia mí como quien revela una travesura.

—No tenía otro tema de conversación la última vez que vino.

Tus remedios, tu forma de curar, tu carácter, tus descubrimientos…

Escuché tantas cosas sobre ti que empecé a pensar que no venías a visitarnos por discreción, sino para no terminar sonrojándolo más de lo debido.

Aunque, si me permites la indiscreción, quizás seas también la razón por la que este hombre decidió pedir la dispensa.

La frase cayó entre nosotros con una ligereza engañosa. Pedro bajó la mirada de inmediato, rojo hasta las orejas. Antonio abrió los ojos con una mezcla de sorpresa y gozo cruel, y Juana nos miró a los dos como si acabara de descubrir una carta escondida encima de la mesa.

Yo hice una reverencia para ganar tiempo.

—El placer es mío, padre.

Quise decir algo más, pero las palabras se me quedaron atrapadas.

Hasta entonces había sospechado que algo me unía a la decisión de Pedro, pero oírlo en boca de otro lo volvía real.

No era una idea escondida entre nosotros.

Era una verdad que empezaba a asomar, peligrosa y hermosa, a la vista de todos.

—Juana —dijo el abad, salvándonos con una naturalidad misericordiosa

—, si me lo permites, robaré un rato a tus hijos para enseñar el monasterio a Victoria.

—Claro que sí. Yo tengo que terminar en la cocina. Luego comeremos juntos y me contaréis todo con calma.

El abad, Antonio y Pedro nos guiaron hasta la iglesia excavada en la roca.

Al cruzar el umbral, el aire cambió. Dentro hacía frío, un frío húmedo que se pegaba a los huesos, y la luz de las velas apenas alcanzaba a defenderse de la oscuridad.

La piedra respiraba alrededor, desnuda y antigua, y cada paso parecía despertar un eco dormido.

En una de las paredes descubrí una pintura extraña.

Me acerqué para verla mejor y tardé en comprender que era un mapa.

No se parecía a los mapas que había visto en los libros de mi abuela.

Estaba incompleto, torcido, orientado de una forma que me descolocaba, como si aquel mundo hubiera sido dibujado por alguien que no buscaba exactitud, sino significado.

Pedro se acercó a mi lado. Sentí su mano en mi hombro antes de oír su voz, y aquel contacto, tan breve y aparentemente inocente, me recordó que ya no podía estar cerca de él sin sentir que mi cuerpo escuchaba antes que mi cabeza.

—Es un mapa muy antiguo —explicó—. No pretende mostrar el mundo como es, sino como lo entendían quienes lo pintaron.

Asia, Europa y África, nada más. Mira. Arriba está Oriente.

Para ellos el Este no era solo una dirección.

Era el principio. Allí colocaban el Paraíso, el Edén perdido, la luz primera.

Por eso el mapa está girado: no mira al norte, como los nuestros, sino hacia donde nace el sol.

Por eso esto no es solo geografía. Es una oración pintada.

Un intento de ordenar la creación entera sobre la piedra: el Paraíso arriba, los hombres abajo, y Dios envolviéndolo todo como si el mundo cupiera en la palma de su mano.

Me quedé mirando aquel mundo pequeño y simbólico, preguntándome cuántas cosas dábamos por ciertas solo porque alguien las había colocado en el centro de una pared. Tal vez todos vivimos dentro de mapas que otros dibujaron antes de que aprendiéramos a caminar.

Bajo nuestros pies había tumbas abiertas, huecos en la roca que parecían bocas silenciosas. Pregunté por ellas, y el abad asintió con una serenidad que me inquietó.

—Son muy antiguas. Las descubrimos con las reformas, al levantar el suelo. Cuando terminemos, volverán a quedar cubiertas.

Antonio habló entonces con una gravedad que no le conocía.

—Aquí vivieron los primeros cristianos. Siete eremitas, buscaron refugio en estas rocas para apartarse del mundo y entregarse a la oración y al trabajo. No tallaron solo una iglesia, Victoria. Tallaron su casa, su refugio y también su sepultura.

Miré las tumbas, el agua que se filtraba entre las piedras y la oscuridad que parecía guardar todos los nombres.

—No puedo imaginar vivir aquí y enterrar a los muertos bajo los pies

—murmuré—. Es frío, húmedo, oscuro. ¿Por qué elegirían este lugar para descansar?

El abad me observó como si ya hubiera respondido esa pregunta muchas veces, y aun así siguiera encontrando algo nuevo en ella.

—Porque para ellos este lugar era tierra santa.

Aquí habían vivido, rezado y trabajado con sus propias manos.

El agua que corre entre las tumbas les recordaba que la vida no se detiene del todo, ni siquiera cuando el cuerpo queda bajo la piedra.

A veces, hija, el descanso no está donde otros dicen que debe estar, sino donde una ha dejado su alma.

Aquellas palabras me tocaron de una forma extraña. Pensé en mi padre, en el carballo convertido en ataúd, en la tierra que lo había recibido. Pensé también en mí, en ese lugar que aún no sabía encontrar, y sentí el azabache contra la piel, tibio bajo la ropa.

Pedro pareció recordar entonces el motivo práctico de nuestra visita.

—Padre Bernardino, ¿podemos ir después a la biblioteca? Victoria ha encontrado una cura muy prometedora para la sarna. Estamos investigando si ciertos minerales pudieran ayudar en algunos remedios y quizás haya algo que pueda orientarnos.

El abad abrió los ojos con interés.