Capítulo 12 Entre leyendas y cañones #2
El noble lo observó con curiosidad. Durante un instante tuve la certeza de que aquella mirada volvería a cruzarse en nuestro camino.
Algo se movió en mi bolsillo, un calor leve y repentino.
Metí la mano y cerré los dedos sobre el azabache.
La piedra ardía como si reconociera el peligro antes que yo.
La piedra ardía.
Otro de los hombres tiró de las riendas.
—Vámonos Villar. La presa está cerca. No pierdas tiempo con campesinos.
Se alejaron entre gritos y ladridos, dejando tras de sí el olor del miedo. Pedro siguió mirando el camino por donde habían desaparecido, pálido de rabia.
—Si hubieran querido, habrían hecho con nosotros lo que les hubiera dado la gana —confesó dolido—. Yo no habría podido protegerte.
—Pero lo has hecho.
—No como debía.
Le tomé la mano. Estaba fría, aunque el pulso le latía con violencia.
—No puedes controlarlo todo.
—Si te hubiera pasado algo por mi culpa…
No terminó la frase. Le ayudé a montar, y nos alejamos tanto como pudimos antes de detenernos.
Cuando al fin encontramos un claro seguro, los cañones del Miño y del Sil se abrieron a nuestros pies con una belleza que parecía ajena a la crueldad de los hombres.
Las paredes de piedra caían hacia los ríos como guardianes antiguos, y el viento subía desde el fondo con olor a uvas maduras.
Ayudé a Pedro a desmontar. Apenas puso los pies en el suelo, se apoyó en mí y me abrazó con una fuerza que me dejó sin aire. No era un abrazo de cortesía ni de gratitud. Era el gesto desesperado de alguien que necesitaba comprobar que yo seguía allí, entera, viva.
—No sé qué habría hecho si te hubieran herido —murmuró—. Te llevé por ese bosque. Te puse en peligro.
—No me has llevado a ningún sitio al que yo no eligiera ir.
Le puse una mano en el pecho. Bajo la tela sentí el latido rápido, irregular, y aquel golpe de vida me atravesó con una ternura inesperada. Pedro bajó la frente hasta apoyarla en la mía. Tenía los ojos llenos de una mezcla de miedo, deseo y rendición que me dejó sin defensa.
—Victoria, no sé cómo soportar esto.
No pregunté qué era esto. Lo sabía.
Su mano subió a mi nuca con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de sus brazos.
Se acercó despacio, dándome tiempo para apartarme.
No lo hice. Sus labios rozaron los míos en un beso breve, tembloroso, apenas un instante, pero el mundo entero pareció recogerse en ese contacto.
No hubo conquista en él, ni urgencia torpe, sino una pregunta y una respuesta al mismo tiempo.
Hay besos que no empiezan en la boca, sino en todo lo que una ha intentado negar.
Nos separamos con la respiración alterada. Pedro cerró los ojos, como si acabara de cruzar una frontera.
—Debemos parar —susurró.
—Ya hemos parado demasiado.
Me miró, y por primera vez no vi al hombre que huía. Vi al que quería quedarse, aunque todavía no supiera si quedarse era salvación o condena.
Para salvarnos de nosotros mismos señaló un carballo viejo, hueco, imponente, que se alzaba a pocos pasos.
—Dicen que atravesarlo aleja los malos espíritus y purifica el alma. ¿Te atreves?
—Mira tú, el santo proponiendo ritos paganos.
—No empieces…
Atravesamos el tronco uno detrás del otro. Cuando salí al otro lado, me eché a reír. Pedro me miró con una mezcla de cansancio y curiosidad.
—¿Ahora de qué te ríes?
—De ti. Hace unos días casi me metes en la hoguera por bruja y por hablar del fuego y la luna, y ahora me haces cruzar un árbol para purificarme.
—Eso no tiene nada que ver con lo pagano.
—Claro que no. Los árboles huecos son doctrina aprobada por Roma.
Pedro resistió unos segundos antes de reír. Aquella risa, limpia y baja, me sorprendió más que el beso.
—De acuerdo —admitió—. Quizás un poco pagano sí sea.
—Por fin una confesión verdadera.
Nos sentamos, con los caballos pastando a cierta distancia y el dolor de su golpe obligándolo a moverse despacio. El peligro había aflojado algo entre nosotros. Pedro seguía tenso, pero ya no parecía dispuesto a esconderse detrás de cada norma.
—Tengo que admitir que me divierte hacerte rabiar —dijo.
—Eso ya lo sabía.
—Y que pagano o hereje no me parecen insultos tan terribles como deberían. Hereje viene de hairetikós, libre para elegir. Es una palabra hermosa si uno la mira sin miedo.
—Cuidado, Pedro. Vas a acabar gustándome cuando hablas como tú y no como el juez que llevas cosido a la espalda.
Sonrió, pero aquella sonrisa se apagó en seguida.
—Quizás porque no sé quién soy sin ese juez. He vivido tantos años intentando ser correcto que a veces no sé si debajo queda algo verdadero.
—Queda.
—¿Tú qué sabes?
—Lo he visto.
Pedro me miró, y aquel silencio fue más íntimo que muchas palabras.
—Todo esto empezó por ti —confesó—. Tu manera de mirar la tierra, de discutir con Dios sin pedirle permiso, de tocar una planta como si contuviera una historia… Me quitaste un velo que yo ni siquiera sabía que llevaba. Y ahora no sé cómo volver a ponerlo.
—¿Y quieres ponerlo de nuevo?
Tardó en responder.
—No.
La respuesta fue tan sencilla que me dio miedo.
—Entonces, ¿qué buscas?
Pedro bajó la vista a nuestras manos, que casi se tocaban sobre la hierba.
—A ti.
El aire cambió. No hubo trueno, ni señal del cielo, ni canto de moura. Solo aquella frase, pequeña y enorme, cayendo entre nosotros con la gravedad de una promesa, porque a veces una vida entera gira no cuando alguien jura amor eterno, sino cuando se atreve a decir a quién busca.
—Entonces intentemos caminar juntos —dije—. Aunque no sepamos todavía adónde.
Nos quedamos un rato mirando los cañones, como dos desconocidos que al fin empezaban a reconocerse.
El sol empezó a caer, dorando la piedra y el agua.
Aún nos quedaba camino hasta San Pedro de Rocas, pero algo en mí ya no viajaba igual.
Habíamos cruzado un bosque, un peligro y una frontera invisible.
El azabache seguía tibio en mi bolsillo, como si guardara memoria del noble, del beso y del río.
Yo no sabía entonces que aquella piedra había despertado por una razón.
Solo sabía que, desde ese día, cada vez que Pedro caminaba a mi lado, el mundo parecía más hermoso y peligroso al mismo tiempo.