La marca del lobo Capítulo 12 Entre leyendas y cañones
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Capítulo 12 Entre leyendas y cañones

La búsqueda de respuestas sobre mi origen se había convertido en una enfermedad que no me dejaba dormir.

Todo lo que sabía cabía en dos tragedias mal contadas por mi abuela: una madre muerta al traerme al mundo y un padre atacado por un jabalí en el monte.

Eso decía ella. Pero la historia tenía grietas, y yo había aprendido de sus propias manos que, hasta una herida pequeña, si se deja cerrada en falso, acaba pudriendo todo lo que toca.

Soledad respondía con evasivas. A veces me daba una frase, otras un silencio, y casi siempre esa mirada suya que parecía decirme que algunas verdades no se buscaban sin pagar por ellas.

Pero yo llevaba demasiado tiempo viviendo en una casa hecha de secretos.

Necesitaba saber quién era, aunque la respuesta me arrancara la última piedra firme bajo los pies.

La tensión con Pedro tampoco ayudaba. Había días en que volvíamos a discutir por cualquier cosa, como si necesitáramos convertir el deseo en rabia para poder soportarlo.

Él me miraba a veces con ese aire de juicio que me encendía la sangre, pero luego aparecía el otro Pedro: el que había defendido mi azabache, el que se había lavado con el agua de San Juan sin burlarse de mi abuela, el que en el Faro había confesado que pedía paz para un tormento que quizás llevaba mi nombre.

Ese Pedro era mucho más peligroso que el primero, porque a los hombres severos se los puede combatir; a los hombres vulnerables no.

Volví a pensar en el convento más de una vez. No por vocación, sino por cansancio. El matrimonio me parecía una trampa y la casa, una habitación llena de puertas cerradas. Mi abuela se reía cada vez que me oía mencionar la posibilidad de tomar hábito y Pedro se enfurecía aún más.

—Con esa cara tan bonita, si te metes monja acabarás siendo la distracción de algún rey o de algún noble, te resistas o no.

Lo decía con una crudeza que me erizaba la piel. En sus palabras había más mundo que burla, y quizás por eso me asustaba, ¿sería cierto eso?

La huerta era mi único consuelo. Allí, con las manos hundidas en la tierra y el sol calentándome la nuca, todo parecía depender de algo más justo que los hombres: plantar, esperar, cuidar, recoger.

Empecé a pensar en nuevas semillas, en plantas que no conocía, en minerales y remedios que quizás otros pueblos usaban desde hacía siglos.

Había un hambre en mí que no se calmaba con pan.

Quería aprender, abrir ventanas, demostrar que mi vida podía ser algo más que una espera vigilada, porque una mujer que sabe demasiado no busca permiso: busca camino.

Pedro apareció una tarde junto al muro de la huerta. No llegó con su solemnidad habitual, sino con una cautela que me hizo levantar la vista antes de que hablara.

—Victoria, ¿qué te parecería ir a San Pedro de Rocas? Podríamos visitar a Juana y a Antonio.

El nombre de mi madre me apretó la garganta. Dejé la sacha en el suelo.

—Sí. Quiero verla. Más que nada.

Pedro asintió. Había alivio en su rostro, pero también otra cosa: una intención de reparación.

—Sé que has estado triste. No ha sido fácil perder a nuestro padre, ni tener a madre y Antonio tan lejos. Y sé que yo no he ayudado demasiado.

Me sorprendió aquella honestidad. Pedro no solía ofrecer disculpas sin esconderlas detrás del deber.

—No —respondí—. No demasiado.

Aceptó el golpe con una media sonrisa.

—En el monasterio hay una pequeña biblioteca. Hay pergaminos que copié yo mismo, relatos de peregrinos, costumbres de otros lugares y remedios que aprendí de hombres y mujeres que pasaron por allí. Pensé que quizás te gustaría verlos.

Sentí que algo se abría dentro de mí. No era solo la posibilidad de abrazar a mi madre, sino la de entrar en un lugar donde las respuestas se guardaban con tinta y no con silencios, un lugar donde quizás el conocimiento no tuviera que susurrarse como si fuera culpa.

Mi abuela aceptó que nos marcháramos unos días.

No esperaba partos, y si alguien necesitaba ayuda podía acudir a la casa, además, la vendimia en nuestra viña empezaría en unas semanas, si no marchábamos ya, sería difícil después.

Preparé las alforjas con más cuidado del necesario, nerviosa como una niña y seria como una viuda.

Antes del amanecer, Pedro y yo emprendimos el camino hacia San Pedro de Rocas.

Durante las primeras leguas, la luz fue llenando los campos poco a poco. Encontré moras junto a un muro y me bajé del caballo para coger un puñado.

—¿Otra vez con las moras? —protestó Pedro—. A este paso llegaremos cuando Antonio sea abad.

—Come una y deja de quejarte.

Le ofrecí una entre los dedos. Pedro la miró como si fuera una tentación teológica, pero acabó aceptándola. El jugo oscuro le manchó apenas el labio, y tuve que apartar la mirada antes de que mi imaginación hiciera de una tontería.

El camino nos llevó junto a los viñedos que caían por las laderas en terrazas de piedra.

La vendimia allí ya había empezado, y los jornaleros subían y bajaban con cestos pesados, las espaldas dobladas y los pies descalzos heridos por la tierra.

Aquello no era trabajo, pensé, sino una forma lenta de sacrificio.

Cada racimo parecía arrancado con dolor, y el vino que otros beberían riendo empezaba allí, en cuerpos que nadie miraba demasiado.

Fue ese instante cuando supe porque elogiaron a mi padre el día de su entierro, por ser el mejor pagador para sus jornaleros, allí solo había caras de hambre.

—¿De quién serán estas tierras? —pregunté.

—De alguna abadía o monasterio cercano, cedidas quizás a un conde avaricioso. Solo hay que ver a los jornaleros…

Un hombre se acercó a la sombra del camino para recuperar el aliento. Tenía la camisa pegada al cuerpo, los pies llenos de heridas y la mirada de quien ha aprendido a no esperar demasiado de nadie.

—Buenos días, buen hombre —dijo Pedro—. ¿Descansando del sol?

—Del sol y de lo que no es el sol. A ver si no me ven parado y junto algo de fuerza.

Pedro sacó pan y chorizo de la alforja y se lo ofreció sin ceremonia.

—Tome. Le hará más bien que el vino con azúcar.

El hombre dudó solo un segundo antes de aceptar.

—No sé quién es usted, pero que Dios se lo pague.

—Déjeme un segundo protegerle los pies para que no se le infecten las heridas —dije mientras le curaba—.

—No sé si estoy en el cielo ahora mismo… pero ojalá todo el mundo fuera tan bueno allí.

Seguimos adelante en silencio. Yo miraba a los trabajadores y sentía cómo la tristeza se me volvía rabia.

—No puedes salvar el mundo, Victoria —dijo Pedro, como si hubiera leído mi pensamiento—. Ya haces mucho ayudando a los enfermos y repartiendo sopas que, según algunos, resucitan a los muertos.

—No quiero salvar el mundo. Pero hay cosas que deberían cambiar.

—No es solo la codicia de los nobles. También las herencias, las tierras divididas hasta volverse inútiles, los diezmos, el miedo, la necesidad… La injusticia rara vez tiene una sola cara, Victoria, y quizás por eso se esconde tan bien.

—Qué cómodo resulta explicarla cuando no se carga un cesto montaña arriba y no se ven a los niños trabajar como mulos, con la cara llena de miseria y los pies descalzos.

Pedro no respondió. Tal vez porque sabía que tenía razón, o tal vez porque también él estaba aprendiendo que algunas verdades no se arreglan con argumentos.

Nos entretuvimos más de lo debido. Cuando el sol empezó a esconderse, Pedro propuso tomar un atajo por el bosque para llegar al monasterio antes de la noche.

El sendero era estrecho, cubierto de maleza, y tuvimos que bajar de los caballos.

Las ramas se cerraban sobre nosotros y el aire olía a tierra húmeda, hojas podridas y peligro.

Entonces oímos los perros.

Primero fue un ladrido lejano, luego muchos, cada vez más próximos, mezclados con voces de hombres y golpes de ramas.

Una cacería avanzaba hacia nosotros como una tormenta con dientes.

Pedro me miró y comprendí que no debíamos estar allí.

Nos bajamos de los caballos y nos escondimos entre los árboles, pero el bosque pareció cerrarse a nuestro alrededor como si también él obedeciera a los hombres que venían detrás.

Un jabalí herido apareció de pronto entre los troncos, con el costado manchado de sangre y los ojos desorbitados por el miedo. Venía acosado por los perros y, al vernos, cambió de dirección con una violencia desesperada.

Me quedé paralizada.

Pedro no.

Se interpuso entre el animal y yo antes de que pudiera gritar.

El jabalí lo golpeó con tal fuerza que lo lanzó contra el suelo como si su cuerpo no pesara nada.

Corrí hacia él con el corazón encogido. Tenía el rostro retorcido por el dolor y respiraba con dificultad.

Le palpé el pecho, las costillas, el abdomen, buscando una fractura, una hemorragia interna, cualquier señal que mis manos pudieran entender antes de que fuera tarde; y, por primera vez, el miedo a perderlo…

—Pedro, mírame. Dime algo.

—Estoy… estoy bien. Dame un momento.

—No estás bien. No te muevas.

Los cazadores aparecieron tras los perros. Eran nobles, o al menos vestían y se movían como quienes nunca han tenido que pedir permiso para nada. Uno de ellos se detuvo al vernos. Tenía una sonrisa fina, desagradable, y unos ojos que no miraban a las personas, sino lo que podía hacer con ellas.

—¿Y si les damos caza a estos dos? —dijo, divertido.

El miedo me subió por la espalda como agua helada. Pedro, aún doblado por el golpe, se puso en pie con una dificultad que me heló la sangre y me rodeó con un brazo, no para esconderme, sino para situarse entre aquel hombre y yo.

—Si quiere matarme, hágalo ahora —dijo con una calma feroz—. No pienso huir como un animal acorralado ni dejar que use su rango para convertirnos en presa.