Capítulo 11 La hoguera y el vagalume
Algo dentro de mí había empezado a moverse después del viaje al Faro, algo que no sabía si llamar deseo, culpa o reconocimiento, porque hasta entonces había mirado a Pedro como se mira una pared que estorba el paso y, de pronto, empecé a verlo como un hombre lleno de grietas, con una guerra silenciosa en los ojos y una tristeza que no pedía compasión, sino un lugar donde descansar.
Me irritaba más que antes, quizás porque ya no podía reducirlo a su severidad ni esconderme detrás de mis propios reproches: hay personas que nos enfadan porque nos contradicen, y otras porque nos revelan.
Siempre había escuchado las historias de la Santa Compaña con una mezcla de burla y miedo.
Decían que aquella procesión de almas errantes atravesaba los caminos con cirios encendidos, arrastrando sus penas entre la niebla, y que quien la veía acababa ocupando un lugar en ella hasta consumirse en vida.
De niña, cuando pasaba por un cruce o por un puente viejo, tocaba la piedra del cruceiro más cercano sin que nadie me viera, por si acaso.
Nunca supe si aquello era fe o cobardía, pero la mano buscaba la piedra antes de que el pensamiento encontrara excusas.
Ahora entendía otro miedo más hondo: no el de ver a los muertos, sino el de reconocerse entre ellos.
Pedro me producía algo parecido. Había en él un eco que me llamaba desde una parte de mí misma que yo no conocía, y cada vez que intentaba apartarlo con rabia, aquella llamada regresaba con más fuerza, como si el alma supiera antes que la voluntad dónde empieza su peligro o su salvación.
Al llegar a casa, comencé a preparar todo para la noche de San Juan, la queimada, las hierbas y en todo lo que aún quedaba por dejar listo. Necesitaba ocupar las manos para no escuchar el desorden del corazón.
Vertí en un recipiente de barro el agua de las siete fuentes y sumergí las plantas una a una, otorgando a cada gesto la solemnidad que merecía.
La hierba de San Juan para proteger, el fiuncho para traer claridad, la malva para serenar el sueño, el toxo para levantar un escudo contra lo oscuro, la hierba luísa para limpiar el aire y el romero para llamar la memoria de quienes nos habían precedido.
Mientras las colocaba bajo el cielo, sentí que repetía movimientos aprendidos por mujeres cuyos nombres nadie escribió, pero que seguían viviendo en las manos de mi abuela y, quizás, también en las mías, porque hay saberes que no necesitan tinta para no desaparecer.
Preparé baldes de agua y mantas cerca de la hoguera, por si el fuego se descontrolaba.
Mi madre siempre insistía en esas precauciones, y recordarla me dolió con una ternura inesperada.
Juana no era mi madre de sangre, pero ninguna verdad revelada podía borrar las noches en que me había cuidado, las manos que me había peinado, la voz que me había llamado hija incluso antes de que yo supiera responder a ese nombre.
Santiago tampoco dejaría de ser mi padre porque otros huesos hubieran traído mi cuerpo al mundo.
La sangre abre una puerta; el amor decide si una casa merece llamarse hogar.
Cuando cayó la noche, nos sentamos alrededor del fuego: mi abuela, Pedro y yo.
A lo lejos, junto al cruce de caminos cerca del río, se oían voces, risas y canciones de la gente que celebraba en comunidad.
Nuestra hoguera era más pequeña, más íntima, quizás más poderosa por eso mismo.
Soledad siempre decía que el fuego de una casa debía purificar primero sus propios rincones, porque en ellos se escondían las sombras más tercas.
Encendí la queimada en la cazuela de barro.
La llama azul se alzó sobre el aguardiente con una belleza casi indecente, bailando entre el alcohol, las hierbas y la piel de limón, y recité el conjuro con voz baja al principio y luego más firme, dejando que las palabras viejas atravesaran la noche como si no fueran solo palabras, sino una llave girando dentro de una cerradura antigua.
—Mouchos, coruxas, sapos e bruxas…
Al terminar, guardamos silencio por los muertos de la familia y especialmente por mi padre.
Vi la luz azul reflejada en los ojos de mi abuela, en la piedra de la pared y en el rostro de Pedro, que miraba las llamas como si quisiera encontrar en ellas una absolución que la iglesia no le había dado.
Cuando el fuego se apagó lo suficiente, serví la queimada en vasos pequeños.
—Por la protección y la purificación —dije—. Por nosotros, por quienes ya no están y por el camino que aún nos queda por recorrer.
El aguardiente me ardió en la garganta y me bajó al pecho con una calidez que pareció abrir algo por dentro.
Pedro bebió sin apartar los ojos de mí. En aquella mirada había desafío, prudencia y una locura callada que me hizo sonreír antes de poder evitarlo, porque a veces el deseo no entra en una casa golpeando la puerta, sino quedándose demasiado tiempo en los ojos de alguien.
Saltamos la hoguera siete veces, como mandaba la costumbre.
Yo me había puesto una falda ligera para no tropezar, y cada salto levantaba tela, humo y risas.
Pedro empezó serio, casi obligado, pero poco a poco la noche fue venciendo su rigidez.
Al tercer salto ya competía conmigo. Al quinto, casi se permitió reír.
Al séptimo, el fuego nos había llenado la cara de calor y los ojos de algo que no era solo alegría.
Noté que me miraba las piernas cada vez que saltaba.
No como se mira por descuido, sino con esa lucha torpe de quien desea mirar y al mismo tiempo se avergüenza de necesitarlo.
Cuando se dio cuenta de que lo había descubierto, apartó la cabeza con una rapidez que me provocó una sonrisa.
A la luz de la hoguera, Pedro parecía otro: menos juez, menos monje, más hombre; y yo, quizás por el calor, por la noche o por la queimada, quise acercarme a ese hombre hasta descubrir si era real o si solo era una tentación dibujada por el fuego.
Empecé a cantar una canción vieja que mi abuela me había enseñado de niña, una de esas melodías lentas donde el amor siempre llega tarde y la pena se queda a vivir. Pedro se levantó como si la canción lo llamara a su pesar. Dio un paso hacia mí, luego otro, sus ojos tenían una luz tímida.
Mi abuela interrumpió el momento abriendo de golpe puertas y ventanas para que el humo se extendiera por la casa y limpiara sus rincones.
No supe si lo hizo por costumbre o porque había visto demasiado.
Soledad nunca explicaba sus interrupciones.
Las dejaba caer como piedras en el agua y esperaba a que los demás aprendiéramos a leer las ondas.
—Esta noche es única —murmuré, todavía mirando las llamas—. Siento la fuerza en todas partes: en el fuego, en las plantas, en la luna. Todo parece hablar.
Pedro se endureció al instante, como si mis palabras hubieran tocado la parte de él que más temía ablandarse.
—Victoria, deja esas ideas. Esta noche es de San Juan, no de tus historias paganas. La verdadera luz no está en las plantas ni en la luna.
—¿Y quién te ha dicho que Dios no pueda estar también ahí? — respondí, sintiendo que el calor me subía a la cara—. Mira alrededor, Pedro. El fuego, el aire, la tierra, el agua de las fuentes. ¿Por qué todo eso tendría que ser menos sagrado que una piedra bendecida por un cura?
—Porque una cosa es la creación de Dios y otra adorarla como si fuera Dios.
—Yo no adoro las plantas. Escucho lo que enseñan. No adoro el fuego. Lo respeto. No adoro la luna. La miro y siento que algo en mí responde. Si eso te parece pecado, quizás el problema no está en mí.
Pedro se pasó una mano por la cara. La máscara volvía a colocársele sobre el rostro, aquella máscara de doctrina y orden que lo volvía extraño incluso para sí mismo.
—Estás perdiéndote, Victoria. Y lo peor es que me arrastras contigo.
Las palabras me dolieron porque supe que no hablaba solo de mí, sino de lo que él sentía cuando estaba cerca, y me dolió todavía más que no tuviera el valor de nombrarlo, porque hay hombres capaces de confesarse ante Dios y, sin embargo, incapaces de arrodillarse ante su propia verdad.
—No soy yo quien te arrastra. Eres tú quien empieza a ver fuera de la jaula y se asusta.
—No voy a seguir con esto. Ni hogueras, ni hierbas, ni lunas, ni fuentes. Ya no.
—Ciego —susurré, y luego la rabia me hizo levantar la voz—. Estás ciego. ¿Quién eres tú para hablarme de caminos rectos si cada vez que me miras pareces perder el tuyo?
Me aparté antes de que pudiera responder.
No quería darle el placer de verme temblar.
Caminé sin rumbo, pero sin alejarme demasiado de la casa, siempre me había dado miedo andar sola de noche, pero aquella noche el miedo era preferible a quedarme junto a Pedro y escuchar cómo convertía en condena lo que ambos sabíamos que era deseo.
No todas las jaulas tienen barrotes; algunas se construyen con palabras santas pronunciadas por bocas asustadas.
Sin darme cuenta acabé en el puente das Ánimas.
Siempre terminaba allí. Aquel lugar tenía algo que tiraba de mí, como si me conociera desde antes de que yo aprendiera mi propio nombre.
Las ramas se inclinaban sobre el río y tocaban el agua con una tristeza antigua, y el puente no parecía solo un paso entre dos orillas, sino una frontera entre lo que una deja atrás y lo que aún no se atreve a cruzar.
Subí hasta el cruceiro del centro y apoyé la mano en la piedra fría.
Pensé en la Santa Compaña, en sus cirios, en el olor a cera y muerte, en los rezos bajos que las viejas suplicaban al lado del fuego.
Decían que quien tocaba un cruceiro podía salvarse si las ánimas pasaban cerca.
Yo no sabía si creía, pero toqué la piedra.
Por si acaso. Hay noches en que la razón sirve de poco y una se agarra a lo antiguo, no porque lo entienda, sino porque sigue en pie cuando todo lo demás tiembla.
Las palabras de Pedro seguían martillando mi cabeza: no se debe desear aquello que no conviene. Miré el reflejo de la luna sobre el Miño y me pregunté quién decidía lo que convenía al alma cuando el cuerpo, la sangre y hasta el río parecían decir lo contrario.
Entonces vi una luz.
Era una luciérnaga o vagalume, pequeña, intermitente, suspendida sobre la oscuridad. Su resplandor se movió entre las ramas con una intención tan extraña que me quedé mirándola como si acabara de pronunciar mi nombre. Después empezó a avanzar río abajo. No pensé. La seguí.
La luz descendió hasta la orilla y flotó un instante sobre el agua. Luego brilló una última vez y se sumergió. Me quedé esperando a que volviera, pero solo vi la superficie oscura del río y un pequeño destello entre las piedras.
Entré en el agua casi sin darme cuenta. El frío me atravesó las piernas como una hilera de cuchillos, pero seguí hasta alcanzar aquel brillo.
Al agacharme, mis dedos encontraron una piedra negra, lisa, con un pequeño agujero en el centro.
Era azabache. Lo sostuve en la palma, sorprendida por el calor leve que parecía guardar pese al agua helada, y sentí que no lo había encontrado por casualidad, porque hay objetos que no se descubren: nos esperan.
Lo guardé en la bolsa y regresé a casa empapada, con el corazón agitado y una alegría inquieta latiéndome bajo las costillas. Cuando abrí la puerta, mi abuela y Pedro estaban sentados a la mesa, tensos y pálidos. Se levantaron de golpe.
—Ya era hora —dijo Soledad—. Pedro estaba a punto de salir a buscarte. ¿Por qué te has ido sola de noche? ¿Y por qué vienes empapada?
—Me metí en el río para quitarme las malas energías.
—Vete a la cama ahora mismo. Eres una irresponsable.
—Abuela, hay algo que necesito contarte.
—No quiero escuchar más disparates esta noche.
Pedro intervino antes de que yo estallara.
—Déjala hablar mientras se seca junto a la lareira. Se va a helar.
Le agradecí aquel gesto con una mirada que no duró más de un segundo.
Luego me acerqué al fuego, saqué el azabache y les conté lo sucedido, la luz sobre el río y la piedra negra que había aparecido donde el vagalume se había apagado.
Mi abuela alzó una ceja con un escepticismo tan familiar que casi me enfureció antes de que hablara.
—Una luciérnaga que se convierte en piedra. Por la Santa Virgen, Victoria. ¿Cuándo vas a madurar?
Pedro observó el azabache en mi mano. Al principio pareció a punto de burlarse, pero no lo hizo. En sus ojos había una atención distinta.
—No subestimes los símbolos, Soledad. A veces necesitamos tocar algo para comprender que el mundo nos está hablando, aunque no sepamos todavía en qué lengua lo hace.
Lo miré, sorprendida. Horas antes se había burlado de mis ritos y ahora defendía mi piedra con una seriedad que me dejó sin respuesta.
Tal vez lo hacía para provocarme, tal vez para reparar la herida de la discusión o tal vez porque aquella noche también había cambiado algo en él.
Mi abuela, cansada de nosotros y de nuestras guerras, nos mandó a descansar.
A la mañana siguiente desperté con el cuerpo pesado y la cabeza llena de humo. En la cocina, mi abuela retiraba las plantas del agua donde habían reposado toda la noche.
—Ven, Victoria. Lávate la cara con el agua de San Juan. Que te limpie de todo mal.
Obedecí. El agua estaba fría y olía a hierbas. Al tocarme la piel, me despejó un poco el cansancio. Pedro entró en ese momento, con el cabello revuelto y una expresión demasiado despierta para alguien que había fingido no preocuparse por mí la noche anterior.
—Buenos días —dijo—. No sé qué le pasaba al gallo, que no ha dejado de cantar desde la madrugada. Quizás la piedra de Victoria lo haya confundido.
Lo ignoré y me senté a la mesa. Mi abuela, sin embargo, señaló el cuenco.
—Pedro, tú también. Lávate la cara.
Él no dudó. Apartó su desayuno, se acercó y dejó que el agua de San Juan le corriera por el rostro.
—Vaya —dije, secando las hierbas para ponerlas al sol—. ¿Hoy no vas a decirle a mi abuela que esto es pagano?
Pedro se secó con calma antes de responder.
—No pongo en duda el conocimiento de Soledad. Si ella cree que esta agua purifica, la respeto.
—Qué valiente hipócrita.
Mi abuela suspiró desde su rincón.
—Me maravilla que dos personas adultas y cultas gasten tanta energía en hacerse daño solo porque miran el mundo desde ventanas distintas. La verdad llega de muchas formas, y ninguna sirve de nada si no trae respeto a la casa. Recordadlo bien: no todo lo que no entendemos viene a destruirnos.
Callamos. Pedro y yo nos miramos con una tregua silenciosa, frágil y extraña. No era paz, todavía no, pero por primera vez desde que todo empezó comprendí que quizás una tregua también podía ser una forma humilde de acercarse al fuego sin quemarse.