La marca del lobo Capítulo 10 El camino al Faro #2
27%

Capítulo 10 El camino al Faro #2

Al llegar al Monte do Faro, la vista se abrió de pronto y me dejó sin palabras.

Desde allí arriba, Galicia se extendía a nuestros pies en oleadas de montes, valles y brumas, como si el mundo hubiera sido tejido en verde y piedra por una mano antigua.

Por un momento entendí por qué la gente subía hasta aquel lugar buscando milagros: no porque la fuente pudiera salvar a un niño, sino porque allí arriba incluso la desesperación parecía encontrar altura.

Me volví para decir algo, pero Pedro no estaba mirando el paisaje.

Se había arrodillado frente a la ermita de Nuestra Señora, con el rosario entre los dedos y la cabeza inclinada.

Nunca lo había visto así. No era el Pedro severo que me corregía ni el hombre rígido que se escondía detrás de sus votos; era alguien cansado, abierto, casi desarmado.

Su rostro, siempre tenso, se había suavizado hasta parecer más joven.

Me acerqué despacio y me senté a su lado sobre la tierra fría.

—¿Qué le pides a la Virgen?

Al principio creí que no respondería. Sus dedos se detuvieron sobre una cuenta del rosario y su respiración se hizo más honda, como si la pregunta le hubiera rozado una herida.

—Paz —dijo al fin, sin mirarme—. Paz para este tormento que llevo dentro.

No supe qué contestar. Había imaginado muchas cosas de Pedro, casi todas irritantes, pero no aquella desesperación callada.

Me quedé a su lado, en silencio, sintiendo que el viento nos empujaba apenas el uno hacia el otro.

Desde el viaje a la fuente, desde su mano en mi cintura, desde aquella mirada que ninguno había sabido sostener, mi cuerpo parecía conocer una verdad que mi razón se empeñaba en negar.

—Yo también busco paz —confesé, bajando la vista hacia mis manos.

Pedro volvió la cabeza. Había en sus ojos una tristeza que no parecía de aquel día, sino de muchos años acumulados.

—Es más fácil pedirla que encontrarla.

—Quizás porque la buscamos donde no está.

Apretó el rosario con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Quizás porque hay cosas que no deberían desearse.

El silencio que siguió no fue vacío. Estaba lleno de lo que no nos atrevíamos a decir.

Pedro se levantó de golpe.

—Vamos a la fuente. Coge el agua y regresemos antes de que anochezca.

La Fonte dos Meniños brotaba cerca de la ermita, recogida en una piedra musgosa, clara y fría.

Me incliné para llenar el cántaro y, al ver todas aquellas velas derretidas, pensé en los padres que habían subido con sus hijos enfermos, aferrados a una llama como si el fuego pudiera negociar con la muerte.

Dejé unas flores junto al manantial, un gesto pequeño, casi infantil, pero necesario.

Al levantar la vista descubrí una mámoa cubierta de hierba a pocos pasos.

—Pedro, ven. Quizás aparezca una moura y te pida que la desencantes a cambio de riquezas.

—Victoria, por amor de Dios… Eso son enterramientos antiguos. Tienen siglos, quizás más. No todo agujero en la tierra es una historia de mouras.

—Claro. Solo las ven quienes tienen el corazón puro. Los ignorantes que dudan de todo pasan de largo.

Pedro se volvió hacia mí, con la paciencia ya desgastada.

—Eres insolente, malcriada, pagana e insoportable.

—Y tú eres un soberbio disfrazado de santo. Un medio cura que no sabe qué hacer con su propia vida, pero se cree con autoridad divina para ordenar la de los demás.

Se acercó con un gesto desafiante, pero no retrocedí.

Nos miramos con una tensión que ya no sabía si era furia o algo más peligroso, hasta que él apartó la vista bruscamente y fue hacia la fuente.

Se quitó la camisa para no mojarla, o eso quiso fingir.

El sol se filtraba entre las ramas y encendía las gotas que le resbalaban por la barba, el cuello y el pecho.

Me quedé inmóvil, atrapada por la forma en que su cuerpo se tensaba al contacto con el agua fría.

—Hace calor —dijo, como si necesitara justificar lo evidente.

Hacía un frío de mil demonios…

—Sí, muchísimo —respondí, sin intentar ocultar del todo la burla.

Pedro me miró. No caminó hacia mí con decisión, sino como quien se acerca al borde de un precipicio.

Levantó la mano despacio, y durante un instante creí que iba a tocarme la mejilla.

Mi piel se encendió antes de que sus dedos llegaran, pero se detuvo a un suspiro, cerró la mano y se apartó como si se hubiera quemado.

—Por Dios…

La frase le salió rota. Se dio la vuelta y se llevó el puño a la boca, mordiéndose los nudillos con una rabia contenida que me asustó más que cualquier sermón.

—¡No tenía que haber venido! —dijo—. No puedo hacer esto. No contigo.

—Pedro…

Di un paso hacia él, pero levantó la mano para detenerme.

—No. Esto no está bien.

Me mordí los labios. Sabía que no estaba bien, o eso nos habían enseñado a creer, pero nunca algo prohibido me había parecido tan verdadero.

—¿Por qué no me dejas acercarme?

Pedro cerró los ojos.

—Non desiderandum est quod non decet.

No esperaba que lo entendiera. Pero mi abuela también me había enseñado latín.

—No se debe desear aquello que no conviene.

Abrió los ojos y me miró con un dolor tan desnudo que comprendí, al fin, que quizás yo era el tormento por el que había pedido paz.

Aquella certeza me dejó vulnerable. Horas antes habría jurado que lo detestaba; ahora sentía que, entre la fuente, la ermita y aquella mámoa dormida bajo la tierra, se había abierto un camino del que ninguno de los dos sabía regresar.

Pedro recogió su camisa con manos torpes.

—Vámonos.

Llené mi cántaro y ambos fingimos durante el camino de vuelta que la distancia entre los caballos era prudencia, que el silencio era cansancio y que cada mirada esquivada no quemaba como una promesa.

Pero en el fondo ambos sabíamos que el verdadero viaje no había sido hasta el Faro, sino hacia ese lugar peligroso donde el deseo deja de parecer una tentación y empieza a parecer destino.