La marca del lobo Capítulo 10 El camino al Faro
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Capítulo 10 El camino al Faro

Había esperado la noche de San Juan durante todo el año, no con la alegría simple de quien espera una fiesta, sino con la inquietud de quien sabe que ciertas noches no pertenecen del todo a los vivos.

En casa se decía que, cuando el fuego prendía y la luna subía limpia sobre los campos, el pasado encontraba rendijas por donde volver y las aguas escuchaban mejor que ningún santo.

Yo no sabía si creía en todo aquello, pero la incredulidad nunca me había impedido obedecer a lo antiguo.

Me desperté antes de que amaneciera gracias a un invento humilde que me había salvado más de una vez de mi propio sueño: la noche anterior había atravesado una vela con un clavo grueso con una placa de metal debajo.

Cuando la llama consumió la cera hasta llegar al clavo, éste caía haciendo un ruido seco que me hacía despertar.

Mi abuela habría dicho que aquel artefacto era una tontería de muchacha impaciente; yo prefería pensar que era prueba de que la necesidad agudiza más el ingenio que cualquier otra enseñanza.

La casa seguía dormida. Salí al campo y recogí todo lo necesario: la hierba de San Juan, el fiuncho, la malva, el romero, el toxo y la hierba luísa descansaban entre mis dedos como un pequeño bosque recogido en una cesta.

Faltaba una sola cosa: el agua de la Fonte dos Meniños. Tenía ya el agua de seis fuentes y me faltaba la séptima, la que cerraba el rito como una llave.

No había otra que pudiera sustituirla. Aquel manantial quedaba lejos, en lo alto del Monte do Faro, y el camino era demasiado largo y peligroso para hacerlo sola.

Pensé en Pedro con una mezcla de irritación y necesidad.

Desde lo ocurrido en la bodega, desde aquel abrazo breve y aquella admiración que me había mirado sin disfraz, había algo entre nosotros que ninguno sabía nombrar.

Nos evitábamos con una torpeza casi cómica, como si el roce de una mirada pudiera prender fuego a la casa entera.

Lo encontré junto a la puerta, revisando una cincha de cuero.

—¿Te importaría venir conmigo al Monte do Faro? Necesito agua de una fuente de allí para esta noche.

Pedro levantó la vista despacio. Durante un instante vi en sus ojos el cálculo de la distancia, del tiempo, del peligro y, sobre todo, de lo poco que le apetecía pasar tantas horas a solas conmigo.

—¿Dónde está esa fuente?

—En el Monte do Faro, arriba de todo.

Su expresión cambió de inmediato.

—¿Has perdido el juicio? ¿Pretendes hacer más de tres horas a caballo, monte arriba, para llenar un cántaro? Aquí cerca tienes fuentes de sobra, Victoria. No conviertas cada capricho en una peregrinación.

—No es un capricho. La Fonte dos Meniños es especial.

—No insistas —respondió molesto—. No conozco el camino.

—Yo sé cómo ir —insistí, acercándome un poco—.

Está en lo alto del Faro, casi en el centro de Galicia.

Desde allí se ven montes, valles y tierras que parecen no terminar nunca.

Dicen que hubo romerías desde antes de que nadie recordara quién las empezó, y que alrededor duermen mámoas y castros cubiertos de maleza.

Las familias suben con los niños enfermos y los sumergen en la fuente con una vela encendida. Si la llama sobrevive, el niño también.

Pedro soltó un suspiro, pero no apartó los ojos de mí.

—Eso no es fe. Es desesperación vestida de rito.

—¿Y acaso no hay desesperación en todas las oraciones?

La pregunta lo dejó callado más tiempo del que esperaba. Luego negó con la cabeza, como si quisiera sacudirse algo incómodo.

No discutió más. Se acercó a los caballos y comenzó a prepararlos.

—Míralo como una oportunidad para conocer un lugar sagrado. Un hombre culto, amante de la historia y de las lenguas antiguas, no debería negarse a una peregrinación con mámoas, fuentes milagrosas y quizás una moura dispuesta a conceder tesoros.

—¿Estás intentando comprarme con vanidad?

—Y parece que empieza a funcionar.

No quiso sonreír, pero le vi la sombra de la risa en la boca.

Eso bastó. Preparó los caballos con una resignación digna de mártir y avisamos a mi abuela, que escuchó el plan con una ceja alzada y una paciencia sospechosa.

No le gustó la idea, pero no se opuso. Tal vez sabía, mejor que nosotros, que ciertos caminos empiezan mucho antes de ensillar un caballo.

Subí encima de Catalina, mi mansa yegua con una mezcla de triunfo y nerviosismo, y partimos mientras el sol empezaba a levantar la niebla de los campos.

La mañana olía a esa promesa incierta que tienen los días en los que una sabe que algo va a cambiar, aunque todavía ignore si vendrá con forma de bendición o de herida.

Durante el primer tramo apenas hablamos.

El campo estaba limpio, recién lavado por el rocío, y las flores rompían el verde con manchas de color que parecían encendidas desde dentro.

Pedro cabalgaba un poco por delante, recto, silencioso, con el cabello oscuro cayéndole en ondas y aquella barba corta que, según él, era signo de humildad y austeridad.

Pensé que la humildad debía de ser una virtud muy flexible si cabía en un hombre tan obstinado.

Aun así, no podía dejar de mirarlo.

Eso me enfurecía. Detestaba su tono de juez, su manera de corregirme, la facilidad con que convertía cada conversación en una penitencia.

Y, sin embargo, desde aquel día en la bodega, algo había cambiado.

Ya no veía solo al hombre que me irritaba, sino también al que se quedaba sin palabras cuando una herida cerraba bajo mis manos, al que cargaba a mi madre con una delicadeza que nadie podía fingir, al que rezaba como si estuviera luchando cuerpo a cuerpo contra su propia alma.

El camino empezó a volverse estrecho y rocoso. Una rama de carballo, gruesa y caída por el viento cortaba el paso en medio del camino.

—Será mejor que bajes —dijo Pedro, con ese tono suyo que convertía un consejo en orden.

—Ya lo sé.

Intenté desmontar con dignidad, pero una piedra cedió bajo mi pie y perdí el equilibrio.

Antes de caer, Pedro me sostuvo. Una mano me sujetó la cintura y la otra me afirmó el antebrazo con una seguridad que me atravesó la piel.

Quedamos demasiado cerca. Sentí su respiración contenida, el calor de sus dedos a través de la tela y la tensión de un cuerpo que se obligaba a no moverse más de lo necesario.

Quise apartarme de inmediato, pero mi cuerpo tardó un instante en obedecer.

—Suéltame —dije, y odié que la voz me saliera más baja que firme.

Pedro aflojó la mano, aunque no del todo, como si quisiera asegurarse de que no volvería a caer.

—Ten más cuidado.

—No necesito que me des órdenes incluso cuando tropiezo.

—No era una orden.

—En tu boca todo acaba pareciéndolo.

Se apartó al fin, y el aire frío ocupó el lugar que había dejado su cuerpo.

Seguimos a pie un trecho, guiando los caballos por el paso difícil.

Yo caminaba detrás de él con la rabia revuelta en el estómago y una pregunta mucho más peligrosa latiendo debajo: cómo podía un gesto tan breve dejar una huella tan larga.

Al mediodía nos detuvimos cerca de la iglesia del antiguo monasterio de Santo Estevo de Ribas de Miño.

Las campanas sonaban, lentas, extendiéndose sobre los caminos como una sombra de bronce.

Me dejé caer en la hierba para recuperar el aliento, poco acostumbrada a tantas horas de caballo, mientras Pedro ataba las monturas a un carballo y preparaba pan, queso y un trozo de empanada de millo que mi abuela había envuelto en lino.

Desde allí se veía la fachada de la iglesia, alzada sobre el valle con una solemnidad que parecía más antigua que la fe que la habitaba.

Sobre la portada se abría un rosetón enorme, una rueda de granito suspendida en el muro, con un círculo en el centro del que nacían doce formas de piedra, como pétalos quietos alrededor de un ojo.

—Dicen que es de los más grandes de Galicia —dijo Pedro, siguiendo mi mirada —. Casi cuatro varas de piedra abierta para dejar pasar la luz.

—Parece un ojo —murmuré—. No una ventana.

Pedro sonrió apenas.

—Tú siempre ves criaturas donde otros vemos muros.

—Y tú siempre ves a Dios donde otros solo vemos piedra.

No se ofendió. Partió el pan con las manos y me ofreció un trozo. Al tomarlo, sus dedos rozaron los míos, apenas un instante, pero el gesto dejó en el aire una quietud extraña.

—La piedra también habla —dijo—. Solo hay que saber leerla.

Miré la portada. En uno de los lados, un ángel parecía sostener una advertencia; en el otro, un demonio desnudo permanecía agazapado bajo el peso del dintel. Entre ambos, la entrada del templo se abría como una boca.

—Entonces dime qué dice esa —pedí.

Pedro siguió mi mirada y tardó en responder.

—Que todo hombre lleva una puerta dentro. Y que siempre hay algo esperando a un lado y al otro.

El viento bajó del monte y removió la hierba. Volví a mirar el rosetón, aquella rueda inmóvil sobre nuestras cabezas, y pensé en la luna de mi sueño rota sobre el Miño, en el cuervo sobre la cruz del hórreo y en mi abuela apartando la mirada cada vez que yo hacía demasiadas preguntas.

—O quizás dice que no todas las puertas se abren para salvarnos — respondí—.

Hay leyendas que aseguran que la luz de ese rosetón mata la vida en el vientre de las madres, da igual que sean mujeres o animales; cualquier reflejo que salga y te alcance, la apaga.

¿Qué Dios permite que la ventana de su propia casa mate algo inocente?

Pedro no dijo nada. Pero aquella vez no apartó la mirada.

Al rato continuamos el camino. Pedro parecía más tenso a cada legua, como si no avanzáramos hacia una fuente, sino hacia una confesión.

—¿Qué te pasa? —pregunté al fin.

—Nada.

—Mientes peor de lo que rezas.

Me miró de reojo, incómodo, y se pasó una mano por el cabello. Durante un instante pensé que hablaría, pero volvió a encerrarse en sí mismo. Comprendí entonces que había silencios que no se podían arrancar a golpes, ni siquiera con mi paciencia, que nunca había sido abundante.