Capítulo 9 El alambique
Después de la marcha de mi madre y Antonio, Pedro y yo nos convertimos en dos desconocidos bajo el mismo techo.
Él iba al mercado a vender lo que producíamos, hablaba con los vecinos, revisaba cuentas y se dejaba la espalda en las viñas: recomponía las paredes caídas de los socalcos, limpiaba los regueiros para que la lluvia no se llevara la tierra, acababa la poda de las cepas más rezagadas y ataba los sarmientos con vimbios tiernos.
Cuando la primavera empezó a sacar yemas, cavó al pie de las cepas, arrancó hierbas, repartió estiércol viejo y fue quitando los brotes inútiles con una paciencia que me irritaba.
Cumplía con esa eficacia silenciosa que tan difícil hacía odiarlo del todo.
Yo me quedaba en la casa, atrapada en una soledad que no sabía si era castigo o refugio.
La huerta era el único lugar donde podía respirar, aunque también era una herida abierta, porque en cada surco encontraba las manos de mi padre.
Una tarde, mientras ordenaba el lagar, vi el alambique de Santiago arrimado a la pared. Llevaba meses dormido, con la barriga de cobre apagada por el polvo. No sé por qué lo limpié. Quizás porque yo también necesitaba que alguien me quitara de encima la tristeza a trapo limpio.
Había recogido menta junto al regato y la puse en la caldera con agua. Cuando el cobre empezó a calentarse, la bodega se llenó de un vapor fresco, verde, casi alegre. Las primeras gotas cayeron despacio, claras y olorosas.
No era aguardiente. No era medicina. Era solo agua de menta. Pero la probé en la yema de un dedo y, por primera vez en muchos días, algo dentro de mí no dolió.
Después vinieron el romero, la salvia, el espliego, la piel de limón.
Algunas hierbas las destilé; otras las dejé en aguardiente, como hacía mi abuela, viendo cómo el alcohol les robaba color y amargor con los días.
Sin darme cuenta, empecé a entender una cosa sencilla: cada remedio tenía su camino.
Lo ligero subía con el vapor. Lo fuerte se entregaba al aguardiente.
Y lo que debía curar la piel tenía que quedarse sobre la piel.
Aquella idea me llevó de la bodega a la cocina.
La gente seguía llegando con llagas, sabañones, heridas mal cerradas y animales cubiertos de sarna. Para eso no bastaba un agua olorosa, por hermosa que fuera. Hacía falta algo espeso, algo que se pegara a las costras y no huyera al primer roce.
Mezclé cera de abejas, manteca limpia, miel y unas gotas de romero macerado. Probé con sal y la aparté enseguida: mordía la piel como un mal pensamiento. El ungüento olía bien, pero no hacía lo bastante.
Entonces recordé a Isaac, el judío, hablando del azufre. Decía que algunos males de la piel no venían de la sangre, sino de bichos diminutos que se escondían bajo las costras. Si era cierto, no servía sacarles el aliento a las plantas. Había que llevar el remedio hasta donde vivía el mal.
Molí el azufre hasta hacerlo polvo y lo mezclé con manteca y cera. El unto perdió toda gracia: olía a huevo podrido, a piedra quemada, a cosa que no debía tocarse sin rezar antes.
Aquello me dio esperanza.
Lo probé en un conejo que íbamos a sacrificar por la sarna. Durante dos días no pasó nada. Al tercero dejó de rascarse con tanta desesperación. Al quinto, las heridas empezaron a secarse. Al cabo de una semana, una sombra de pelo nuevo apareció entre las costras.
Me quedé mirándola sin respirar, luego me eché a reír, no había hecho un milagro. Solo un unto apestoso en una bodega fría, pero era mío.
Cuando comprendí que funcionaba, me eché a reír.
No fue una risa bonita. Fue una risa desordenada, incrédula, casi salvaje.
Bailé en mitad de la bodega con el frasco en la mano, manchada de azufre, lavanda y triunfo, sintiendo que por primera vez desde la muerte de mi padre algo dentro de mí no se rompía, sino que se abría.
Recordé a la niña que murió en mis brazos, a aquellos padres desesperados, y me di cuenta de lo afortunada que había sido siempre pese al dolor.
Di gracias a Dios por todo lo que tenía y por la oportunidad de seguir viva, porque querer vivir, después de tanto duelo, también era una forma de rebeldía.
Pedro apareció en la puerta, alarmado por el ruido.
—¿Estás bien?
Me detuve, aún con la respiración agitada, y le acerqué la jaula.
—Ven a ver esto.
Él se aproximó con cautela. Al principio miró al conejo sin entender, pero luego sus ojos se fijaron en la piel limpia, en las heridas cerradas, en la ausencia de ese rascado desesperado que había vuelto inútiles tantos remedios.
—¿Has curado la sarna?
—La estoy curando —corregí, incapaz de contener la sonrisa.
Pedro me miró entonces de una manera que me desarmó. No había juicio en sus ojos, ni autoridad, ni esa distancia de hombre que se cree obligado a salvar a todos. Había admiración, una admiración limpia, sorprendida, tan honesta que me hizo bajar la mirada antes de querer hacerlo.
—Victoria… eso no lo consigue cualquiera.
—Todavía no sé si servirá con todos.
—Pero lo has intentado cuando otros habrían aceptado que no había remedio.
No sé quién se movió primero. Tal vez él, tal vez yo, tal vez la alegría.
De pronto Pedro me abrazó con fuerza, y durante un instante sentí el calor de su cuerpo, el latido rápido de su corazón contra el mío y el olor a madera y camino que traía pegado a la ropa.
No fue un abrazo largo, pero bastó para que el aire cambiara.
La felicidad que me había hecho bailar se volvió otra cosa, más silenciosa, más peligrosa, y nos separamos casi al mismo tiempo, confundidos por la misma frontera invisible.
Pedro se apartó y carraspeó.
—Tengo trabajo fuera.
Asentí, demasiado deprisa. Él dio dos pasos hacia la salida y luego volvió, como si hubiera recordado algo que en realidad había querido usar para salvarse del momento.
—Ha llegado una carta de Juana.
El mundo volvió a su sitio con una violencia suave.
—¿Y a qué esperas para traerla?
La carta venía escrita por mano de Antonio, porque mi madre nunca se había llevado bien con las letras. Pedro la leyó en voz alta en la cocina, junto a la lareira, mientras yo apretaba entre los dedos el borde de mi delantal.
Mis queridos Pedro y Victoria:
Antonio escribe lo que yo dicto, ya sabéis que las letras siempre me dieron guerra.
Hoy me encuentro con fuerzas para hablaros con claridad.
Estoy mejor. Necesitaba tiempo y un poco de paz.
Trabajar ayudando a los caminantes, servir comida caliente, lavar sábanas y sentir que todavía soy necesaria me está devolviendo poco a poco al mundo.
El Abade Bernardino y los hermanos han sido buenos conmigo. A veces, cuando conversamos al caer la tarde, siento que miro la vida desde otra ventana. No todo el dolor se cura, hijos míos, pero algunos dolores aprenden a respirar si se les da espacio.
Victoria, sé lo que estás viviendo. Antonio me ha contado lo que Soledad os reveló.
Quiero que sepas algo y quiero que lo guardes donde no pueda alcanzarlo ninguna duda: siempre serás hija mía y de Santiago, aunque no corra nuestra sangre por tus venas.
El amor de unos padres no lo hace la sangre, sino la crianza.
Te vi crecer, caerte, enfermar, aprender, reír y llorar.
Me preocupé por ti como solo una madre se preocupa.
Tu sufrimiento fue mío y tus alegrías también.
Eso nadie nos lo puede quitar, porque es nuestro y de nadie más.
Tu identidad no está solo en el lugar de dónde vienes, sino también en los brazos que te sostuvieron cuando no podías recordar nada.
No olvides tu origen si necesitas buscarlo, pero no permitas que esa búsqueda te robe el amor que ya fue verdadero.
Jamás fuiste una sustituta, jamás podrías serlo, porque eres única para mí.
Doy gracias a la vida por ponerte en mi camino, por darme un regalo que ni siquiera supe pedir.
Cuidad de Soledad. Es más frágil de lo que ella permite ver. Ayudadla y escuchadla, aunque os cueste.
Pedro, no cargues con más culpa de la que te corresponde. Antonio está bien. Protesta mucho, como era de esperar, pero trabaja y aprende. A veces incluso sonríe cuando cree que nadie lo mira.
Os amo y os extraño cada día.
Vuestra madre, Juana.
Cuando Pedro terminó de leer, no supe qué hacer con las manos, ni con la cara, ni con el nudo que se me había cerrado en la garganta. Me levanté despacio.
—Victoria —dijo él, preocupado—. ¿Estás bien?
—Sí.
Mentí con una serenidad que no engañó a nadie, pero Pedro no me detuvo. Salí de la casa y caminé sin rumbo por los campos. El sol me calentaba la cara, y cerré los ojos porque la luz me molestaba, o quizás porque no quería que las lágrimas encontraran salida tan pronto.
Habría dado cualquier cosa por abrazar a mi madre, por apoyar la cabeza en su regazo y sentir sus dedos en mi pelo como cuando era niña.
También habría dado cualquier cosa por sentarme junto a mi padre y oír una de sus respuestas sencillas, esas que no arreglaban el mundo, pero conseguían hacerlo menos oscuro.
Intenté imaginar su voz, intenté convocarlo dentro de mí, pero la memoria a veces es cruel: nos devuelve el amor sin el calor.
Por primera vez, la idea de entrar en un convento no me pareció una locura.
Tal vez allí podría convertirme en algo útil.
Tal vez podría aprender, servir, rezar, aunque no supiera muy bien a quién, y dejar de sentir que mi vida era una habitación llena de puertas cerradas.
La casa ya no parecía mi lugar. Mi madre estaba lejos, Antonio también, mi padre bajo tierra y mi abuela encerrada en sus secretos. Solo quedaba Pedro…
Seguí caminando hasta que el rumor del Miño llegó desde abajo, oculto entre los árboles.
No lo veía, pero sabía que estaba allí, como siempre, hablando en su lengua de agua antigua.
Pensé en el sueño, en los ojos amarillos, en el reflejo que no me había pertenecido del todo.
Pensé en la carta de mi madre y en aquella frase que se me había clavado por dentro: no permitas que la búsqueda te robe el amor que ya fue verdadero.
No sabía qué era yo, ni quiénes habían sido mis padres de sangre, ni qué había despertado en mí aquella noche en ese sueño. Pero mientras el viento movía la hierba y el olor a menta seguía pegado a mis dedos, comprendí que, si quería respuestas, no podía esperarlas sentada a la mesa de nadie.
Tendría que aprender a buscarlas por mí misma.