Capítulo 8 La traición
La desgracia volvió por el camino una mañana de marzo, envuelta en gritos, carreras y barro.
Un hombre apareció con una niña inerte en brazos, seguido de su esposa, que venía tropezando detrás como si cada paso le arrancara un pedazo de alma.
El miedo llegó antes que ellos. Lo vi en sus caras, en las manos que se alargaban sin saber qué tocar, en la manera en que todos miraban a mi abuela como si Soledad pudiera discutirle a la muerte de tú a tú y obligarla a retroceder.
—¿Desde cuándo está así? ¿Qué ha ocurrido? —preguntó mi abuela, ya de pie antes de que el hombre cruzara la puerta.
—No lo sabemos —respondió la madre, casi sin voz—. Esta mañana dijo que le dolía la barriga después de sacar las vacas a pastar. Luego empezó con fiebre y se nos cayó al suelo.
Colocamos a la niña sobre la mesa. Tendría ocho o nueve años, la piel demasiado caliente, los labios secos y los párpados temblando como alas atrapadas.
Mi abuela le abrió la boca, le miró los ojos, le palpó el vientre y preguntó a los padres cada detalle con una calma urgente que no admitía olvido ni consuelo fácil.
Antonio apareció desde la cuadra, limpiándose las manos en el pantalón, y se quedó a mi lado dispuesto a sostener lo que hiciera falta.
—¿Qué comió? —preguntó Soledad.
—Pan y leche. Lo mismo que todos.
—¿Y qué bebió?
El padre tragó saliva.
—Agua de un manantial cerca de donde dejamos las vacas.
—¿Vosotros también bebisteis?
—No. Díganos qué le pasa, por Dios.
Mientras mi abuela seguía interrogando, yo empapé paños en agua fría con vinagre y se los coloqué en la frente, el cuello, las muñecas y los tobillos.
Con ayuda de Antonio la incorporé un poco para facilitarle la respiración y le masajeé las manos y las piernas, intentando despertar en aquel cuerpo pequeño una fuerza que parecía escaparse hacia dentro.
Mis manos actuaban sin vacilar, y por primera vez desde la muerte de mi padre sentí que no estaba mirando la vida desde una puerta cerrada, sino dentro de la estancia donde todo podía decidirse.
—No se preocupen —dije a los padres, queriendo darles algo a lo que agarrarse—. Habrá sido algo que le sentó mal. Se le pasará.
La mirada de mi abuela cayó sobre mí como una cuchilla.
—No vuelvas a prometer vida cuando no sabes si puedes sostenerla.
No gritó mucho, pero no hizo falta. La vergüenza me subió a la cara con más ardor que una bofetada.
Había querido calmar a aquellos padres y, sin darme cuenta, les había ofrecido una esperanza que no me pertenecía.
Entonces comprendí un poco mejor lo que mi padre había intentado enseñarme con la historia de las velas: curar no era solo conocer remedios, sino saber que una palabra mal dada podía convertirse en otra herida.
Mi abuela volvió a inclinarse sobre la niña.
—Puede ser fiebre pútrida. Hubo un brote hace años.
Si viene de la fuente, otros caerán enfermos.
Ve al pueblo ahora mismo y advierte a todos: que no beban de esa agua, que suban a las fuentes altas y que hiervan cuanto vayan a beber.
Si ves a alguien con fiebre, vómitos o dolor de vientre, tráelo enseguida.
El hombre asintió con los ojos llenos de lágrimas.
—Cuide de mi hija, se lo suplico.
—Haremos todo lo que sepamos hacer —respondió Soledad, y aquella frase, tan distinta de mi promesa, pesó en la cocina con la gravedad de una verdad limpia.
Cuando el padre salió corriendo, mi abuela se acercó al viejo estante de carballo, ennegrecido por los años y por el humo de la lareira. Apartó saquitos de lino, manojos secos y frascos de barro, y extendió un paño limpio sobre la mesa. Me llamó con un gesto.
—Ven, Victoria. Presta atención. Si esto se extiende, necesitaré tus manos y tu memoria.
Dispuso ante mí flores secas de saúco, hojas de salvia, corteza de sauce, raíz de ruibarbo que un vecino había traído del monasterio de Oseira.
—Esta es la más importante. Hierba dos regueiros. Crece junto a los ríos, donde hay sombra y humedad. Ayuda a limpiar el cuerpo de la corrupción.
La colocó sobre el paño y recitó en voz baja una oración antigua, mitad latín roto, mitad lengua de las abuelas. No entendí todas las palabras, pero sí la intención. Mi abuela no hablaba a las plantas como se habla a cosas muertas. Les hablaba como a criaturas con nombre, oficio y temperamento.
—El cuerpo es como la tierra —me dijo mientras medía las cantidades
—. Si le das lo que precisa, resiste. Si lo olvidas, se pudre por dentro.
Memoricé cada gesto, cada pizca, cada orden.
Herví agua, fermenté leche con repollo, amasé pan de maíz y preparé infusiones mientras Antonio iba y venía en busca de lo que faltaba.
También se ocupó de nuestra madre, que aquel día no se levantó de la cama.
Nadie tenía tiempo para derrumbarse, y quizás por eso todos resistimos un poco más.
Pasaron horas. La niña seguía ardiendo, pero su respiración se volvió menos irregular.
Al caer la tarde abrió los ojos, confusa, y su madre se echó a llorar dando gracias a Dios.
Yo sentí una alegría prudente, pequeña, escondida, porque ya no me atreví a decir nada en voz alta.
Solo seguí cambiando paños, sosteniendo el cuenco, observando.
El respiro duró poco. El padre regresó con más enfermos: dos hombres, una mujer embarazada y un niño que caminaba doblado por el dolor.
Venían conscientes, pero con el miedo escrito en la piel.
Afortunadamente teníamos provisiones, remedios y manos.
Les dimos pan recién hecho, fermento de leche y repollo, infusiones amargas y agua hervida.
Mi abuela repartía órdenes como quien dirige una batalla, y yo obedecía antes de que terminara de hablar.
No era la gloria que yo había imaginado cuando suplicaba acompañarla a un parto.
Era cansancio, olor a vómito, fiebre, llanto, barro en el suelo y la certeza de que cualquier descuido podía costar una vida.
Al final de una jornada interminable, la gente empezó a ofrecernos lo poco que tenía: queso de cabra, huevos, un lechón, incluso una cabra viva.
Algunos prometieron llevar a la niña en un pequeño ataúd por el pueblo si sanaba, en agradecimiento a Santa Marta.
No comprendí del todo aquella costumbre, pero ya no juzgué.
Después de ver el miedo de unos padres, una aprende que cada cual suplica como puede.
Todo fue en vano.
Cuando parecía que la fiebre empezaba a ceder, la niña comenzó a vomitar.
Luego vinieron las diarreas con sangre, tan rápidas, tan violentas, que ni las manos de mi abuela ni las mías pudieron sujetarla a este mundo.
Murió antes del amanecer, sin un gesto solemne, sin despedida, como si una mano invisible hubiera apagado la llama de golpe.
Nunca olvidaré los gritos de esos padres.
La madre se golpeaba el pecho y repetía el nombre de la niña como si al pronunciarlo muchas veces pudiera reconstruirla.
El padre miraba sus propias manos con horror, quizás recordando que él la había llevado a la fuente, que él la había puesto en nuestros brazos, que él había confiado en volver a recogerla viva.
Yo permanecí junto a la mesa, inmóvil, con las uñas clavadas en las palmas.
Había ayudado, había preparado, había observado cada señal, y aun así la vida se había ido. Aquella fue mi segunda vela.
Tres días después, los enfermos empezaron a regresar a sus casas, débiles pero vivos, siguiendo las indicaciones de mi abuela. La calma volvió poco a poco, aunque no era la misma. La muerte de la niña se había quedado en la cocina como una mancha que nadie veía y todos evitábamos pisar.
Pedro irrumpió una tarde, rompiendo aquella quietud tensa. Al vernos preguntó lo que había ocurrido y mi abuela le estuvo explicando, pero poco le importó, como si nada se giró hacia mí dándome una orden clara:
—Victoria, reúne a todos, por favor. Tengo una noticia que daros.
Yo estaba retirando el suero de la leche para preparar queso fresco. Ni siquiera lo miré.
—Buenas tardes, don Pedro. Supongo que, si la noticia es tan urgente, también sabrá reunir usted a la familia.
El silencio que siguió fue breve, pero delicioso. Pedro se quedó detrás de mí, asimilando la respuesta, y luego salió con un portazo lo bastante fuerte para dejar claro que mi insolencia había encontrado blanco.
Poco después, mi abuela y Antonio se sentaron a la mesa.
Pedro trajo a mi madre en brazos desde la habitación.
La acomodó junto al fuego, le colocó la manta sobre las piernas y esperó a que todos estuviéramos presentes.
Aquella ternura suya, mezclada con su manía de decidir por los demás, me confundía más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Pedro se sentó al fin. Tenía el rostro serio y los ojos cansados, pero su voz salió firme.
—Traigo noticias importantes. Cambiarán nuestras vidas, y sé que no todos las recibiréis bien, pero os pido que escuchéis antes de juzgar.
—Qué generoso por tu parte concedernos ese privilegio —murmuré.
Mi abuela me lanzó una mirada de advertencia. Pedro no respondió a mi provocación.
—He hablado con el Abade Bernardino de Antonio y nuestra madre. Aceptará que Juana viva cerca del monasterio y ayude en la hospedería, donde podrá servir a pobres y caminantes. Allí tendrá trabajo, paz y distancia de esta casa, que ahora mismo la está destruyendo.
Antonio se tensó.
—¿Y qué tengo que ver yo en eso?
Pedro respiró hondo.
—El Abade también aceptaría recibirte a ti como postulante. No para obligarte a votos definitivos mañana, sino para darte disciplina, oficio y un camino. Pero será condición para que madre pueda quedarse bajo su amparo.
La silla de Antonio cayó al suelo cuando se levantó de golpe.
—¿Postulante? ¿Votos? ¿Encerrarme entre frailes para que tú puedas quitarte la sotana con la conciencia limpia?
—No hables de lo que no entiendes.
—Entiendo bastante. Me cambias por ti. Me mandas al lugar del que tú quieres salir.
Pedro palideció, pero mantuvo la voz serena, y esa serenidad nos enfureció más que cualquier grito.
—Madre necesita salir de aquí. Tú necesitas un rumbo. Y yo necesito responder por mi alma sin dejar a esta familia abandonada.
—Qué bonito lo dices —intervine, sintiendo que la rabia me ardía detrás de los ojos—. Lo envuelves todo en deber, sacrificio y amor a nuestra madre, pero no deja de ser una venta. Cambias a Antonio por tu libertad y todavía quieres que demos las gracias.
—Victoria —advirtió mi abuela.
No pude detenerme.
—No quiero que se vayan. No puedo perderlos también. Esta casa ya está rota, y tú vienes a llevarte lo poco que queda fingiendo que lo haces por nuestro bien. ¿Qué sabes tú de familia, Pedro?
La bofetada de mi abuela fue seca y tan inesperada que durante un segundo no sentí dolor, solo sorpresa.
Después la mejilla empezó a arderme y algo dentro de mí, algo pequeño pero importante, se quebró con un sonido que nadie más oyó.
La miré sin apartar los ojos, tragándome las lágrimas por puro orgullo.
Pedro se levantó, pálido.
—No hacía falta.
—Sí hacía falta —respondió Soledad, aunque su voz tembló apenas—. Porque el dolor no le da derecho a escupir sobre todos.
—Juana necesita huir de esta casa, Victoria —dijo Pedro, bajando la voz—. No queremos separaros. Queremos darle una oportunidad de respirar lejos de los recuerdos. Antonio no será obligado a profesar si no quiere. Será un tiempo de prueba.
—Ya lo decidiste —dije, acercándome a él—. Lo decidiste antes de sentarnos aquí. No nos has dado una opción, solo nos has permitido asistir al anuncio.
Lo miré buscando una grieta en aquel rostro de santo salvador. Por un instante creí ver humedad en sus ojos. Eso me enfureció más, porque significaba que sentía, y aun sintiendo seguía adelante.
Juana estaba despierta, con la mirada perdida en un lugar al que ninguno de nosotros podía entrar.
—Madre —dije, arrodillándome junto a ella—, quieren llevarte a un sitio donde quizás encuentres paz. Antonio irá contigo. Estaremos pendientes de todo. Solo necesitamos que vuelvas a respirar un poco. Por favor.
Mi madre me miró, pero no me vio. Sus ojos atravesaron mi rostro y encontraron otro.
—Dolores, hija mía… ¿eres tú? ¿Estás con tu padre? Cuídalo en el cielo. Qué dolor tan grande no poder criarte ni verte crecer. Perdóname, hija. Fue culpa mía. No pude salvarte. Habría muerto en aquel incendio por ti, lo sabes.
—No, mamá… Soy Victoria.
Quise decirlo con fuerza, pero la voz me salió rota. Mi madre seguía mirándome como si yo fuera una muerta que hubiera vuelto a reclamar lo que se le debía.
—Victoria, sal de aquí —ordenó mi abuela.
Su voz cortó el aire. Luego se acercó a Juana con una dulzura inmediata, casi desesperada.
—Juana, querida, soy yo, Soledad. Vamos a preparar tus cosas, ¿sí? Quizás puedas cocinar algo para el camino. Eso siempre te calma.
Me empujó fuera, no con odio, sino con una urgencia que dolió igual. Me quedé en el umbral viendo cómo recogían la ropa de mi madre, cómo doblaban sus mantas, cómo preparaban una vida nueva.
Antonio rompió a llorar en silencio. No era el llanto teatral de sus rabietas, sino uno mucho más terrible, adulto, rendido.
Me miró y supe que había aceptado. No porque quisiera, sino porque no encontraba otra salida para salvar lo que quedaba de nuestra madre.
Aquel sacrificio nos mataría a los dos de formas distintas: a mí con su ausencia, a él con su encierro.
La despedida llegó al día siguiente. El carro esperaba frente a la casa, y la mañana tenía una claridad fría, demasiado limpia para lo que íbamos a perder. Mi madre iba envuelta en una manta, dócil y ausente. Antonio se acercó a mí y me abrazó con tanta fuerza que casi me dolieron las costillas.
—Te echaré de menos —susurró—. Prometo cuidar de ella. No quiero irme, Victoria. Te juro que no quiero. Pero no veo otra salida.
Aquel no era el Antonio que había vuelto cubierto de barro y fanfarronería meses atrás. Algo se había apagado en él y, al mismo tiempo, algo más serio había nacido. Me aferré a su camisa, buscando las palabras adecuadas, pero no encontré ninguna que no sonara pequeña.
—No dejes que te rompan —le dije al fin.
Él soltó una risa triste.
—Eso te lo tendría que decir yo a ti.
Cuando el carro comenzó a alejarse, no pude mirar a mi madre.
Si lo hacía, sabía que correría detrás de ella como una niña.
Miré a Antonio hasta que su figura se volvió borrosa, hasta que el camino lo tragó y la casa quedó tan silenciosa que por un instante pensé que incluso el Miño había dejado de sonar.
Pedro permanecía a mi lado. No dijo nada. Quizás porque no había palabra capaz de defenderlo, o quizás porque, por una vez, entendió que el deber también puede parecerse demasiado a la crueldad.