La marca del lobo Capítulo 7 Los caminos de Dios
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Capítulo 7 Los caminos de Dios

Durante las semanas que siguieron a la revelación, la casa dejó de ser casa y se convirtió en una especie de refugio vacío donde cada objeto parecía conservar la forma de lo que habíamos perdido.

La silla de mi padre seguía junto a la lareira, su copa descansaba en el estante y sus herramientas esperaban en la entrada con la paciencia absurda de las cosas que no saben que su dueño ya no volverá.

No era la falta de ruido lo que más pesaba, sino la verdad que el silencio dejaba al descubierto: todo había cambiado, y la ausencia había aprendido a hablar con su propia voz.

Al día siguiente, Andrés se marchó con su prometida y su familia.

Pedro podía marcharse también, pero no lo hacía.

Permanecía entre nosotros como una sombra obstinada, queriendo demostrar que su presencia era necesaria, que sin él aquella familia se desharía por completo.

Tal vez lo creía de verdad. Tal vez necesitaba creerlo para no regresar al monasterio con la culpa colgada al cuello.

Pero la vida, incluso cuando se rompe, conserva una crueldad muy suya: sigue adelante.

Mi madre seguía hundida en la cama, Antonio iba y venía con la rabia de un animal enjaulado, mi abuela se encerraba en un silencio de piedra y yo me movía por la casa con la sensación de estar pisando una historia que ya no me pertenecía del todo.

Juana apenas se levantaba. Había días en que ni siquiera respondía cuando le hablábamos desde la puerta.

Miraba el techo con los ojos abiertos, como si esperase que una grieta en las vigas le devolviera a Santiago o a Dolores, aquella hija muerta cuyo nombre había vuelto para ocuparlo todo.

Yo intentaba acercarme a ella, llevarle caldo, peinarle el cabello, sentarme a su lado, pero mi madre me miraba a veces con un amor tan lejano que dolía más que el rechazo.

En sus ojos yo seguía siendo su hija, y al mismo tiempo era otra cosa: una pregunta demasiado grande para una mujer que ya no tenía fuerzas para responder.

Después de casi dos meses llegó el Entroido, como llegan siempre las fiestas, sin pedir permiso a los muertos.

Otros años Santiago de Arriba se llenaba de cuernos, chocas, caretas hechas a escondidas y risas que bajaban por los caminos como agua de regato.

Las muchachas cosían cintas en las sayas, remendaban camisas viejas para volverlas extrañas y se tiznaban la cara con hollín, con los dedos pinchados por la aguja y la ilusión encendida en los ojos.

Aquel año, en cambio, todo me pareció apagado, como si la alegría hubiese entrado en el adro de puntillas, avergonzada de estar viva.

No pensé en ponerme máscara. Me quedé al fondo, envuelta en mi mantelo, observando a las mismas muchachas con las que un día había corrido descalza por el regato.

Ellas reían, se empujaban, fingían secretos y miraban a los mozos de reojo, y aquella vida que continuaba sin mí me hizo daño de una manera mezquina y silenciosa.

No las envidiaba exactamente. O tal vez sí.

Envidiaba que todavía pudieran sentirse ligeras, que sus preocupaciones cupieran en una cinta mal prendida, en una copla dicha al oído, en una mirada devuelta antes de que sonara otra vez una choca.

Fue entonces cuando apareció aquel joven.

No lo había visto antes. Era alto, de porte firme, con esa seguridad serena de quienes han aprendido a gustar sin necesidad de esforzarse demasiado.

Tenía la piel limpia, los ojos claros y una voz suave que, al recitar unos versos antiguos, parecía dejar en el aire una huella tibia.

Hablaba de amores imposibles, de caminos que se pierden entre la niebla, de mujeres que guardan en los ojos una luz capaz de desorientar a los hombres.

Yo no sonreí, pero tampoco me aparté. Me limité a escucharlo, quizás porque hacía semanas que nadie me dirigía una palabra que no oliera a pena, reproche o secreto.

Pedro que también se acercó al festejo, nos vio.

Estaba a unos pasos, inmóvil, con las manos cerradas y el rostro severo.

No dijo nada al principio, pero su silencio cambió el aire.

Había en él una tensión que me sorprendió, una dureza contenida que no parecía nacer solo de la prudencia.

Cuando se acercó, el muchacho dejó de recitar y bajó la mirada, como si hubiera comprendido antes que yo que aquel hombre vestido de sombra no venía a bendecir la escena.

—Victoria, ya es tarde. Deberíamos volver a casa.

Alcé la vista, desconcertada por el tono.

—No estoy haciendo nada malo.

—No he dicho que lo hagas. Solo digo que no me gusta que estés aquí, tan apartada y con desconocidos.

El joven se despidió con un gesto breve y se perdió entre la gente. Pedro me tendió la mano para ayudarme a levantar, y yo la miré un instante y me levanté sin aceptar su mano. No sabía por qué aquel gesto, tan simple, me incomodó más que su autoridad.

Regresamos por el camino bajo un cielo que empezaba a oscurecer como un telón. Yo estaba cansada y no tenía ganas de pelear, pero Pedro caminaba a mi lado con una rigidez que acabó por encenderme.

—No fue nada —dije al fin con algo de sorna—. Solo un muchacho presumiendo de palabras bonitas. No entiendo porque tuviste que venir a rescatarme.

—Hay hombres que empiezan con palabras bonitas y terminan creyendo que todo lo que las escucha les pertenece.

Me detuve y lo miré. La frase habría podido sonar protectora si no estuviera envuelta en aquella sombra de juicio.

—¿Y tú qué crees? ¿Que no sé distinguir una caricia de una trampa? ¿Que no valgo lo suficiente para que alguien me mire sin que tengas que venir a rescatarme?

Pedro apretó la mandíbula. Durante un instante pensé que iba a responder como un hermano, con esa autoridad prestada que tanto me irritaba, pero sus ojos se apartaron de los míos antes de que encontraran una palabra segura.

—Creo que esta casa ya ha perdido demasiado.

—Eso no te da derecho a decidir por mí.

—No pretendo decidir por ti.

—Entonces deja de hablar como si mi vida necesitara permiso.

Seguimos caminando. El viento movía las ramas desnudas y arrastraba entre nosotros un silencio incómodo, de esos que dicen más de lo que una conversación puede soportar. Pedro miraba al frente, pero yo sentía su atención sobre mí, y esa conciencia me resultó tan molesta como extrañamente cálida.

—Con tantos pretendientes, quizás deberías empezar a pensar en casarte —dijo al cabo de un rato, como si buscara refugio en una broma que no le salió del todo.

Solté una risa seca.

—Mi corazón tiene otros sueños y otras batallas. No voy a atar mi vida a un hombre que no entienda quién soy, ni a uno que necesite empequeñecerme para sentirse seguro.

Pedro no respondió. Su silencio esta vez no fue reproche. Fue algo más hondo, una puerta que se cerraba antes de que ninguno de los dos se atreviera a mirar lo que había detrás.

Así pasaron los meses, entre trabajos, ausencias y palabras no dichas.

Mi abuela casi no me dirigía la palabra después de la revelación, y la convivencia con Pedro se volvió una cuerda tirante que amenazaba con romperse al menor movimiento.

Él discutía con Antonio a diario, decidido a enderezar su alma como si la pereza y la rabia pudieran corregirse con sermones.

Antonio le respondía con burlas cada vez más afiladas.

Yo mediaba cuando podía y me encerraba en la huerta cuando ya no soportaba más el ruido de dos hombres intentando no admitir que ambos tenían miedo.

Lo que más me desgarraba era ver cómo mi madre se iba apagando.

La casa se había convertido para ella en un mausoleo de recuerdos.

Cada rincón respiraba la presencia de mi padre: la puerta que él reparó, el banco donde se sentaba, la copa que nadie se atrevía a apartar.

Juana no vivía entre aquellas paredes; se alimentaba de ellas, como si la memoria pudiera mantenerla en pie mientras la vida se le retiraba por dentro.

Una mañana, mientras echaba centeno a las gallinas, oí voces junto al tronco del carballo cortado.

Reconocí la de Pedro y la de mi abuela. No quise escuchar.

Eso me dije, al menos. Pero la curiosidad siempre había sido una de mis peores virtudes, y mis pasos se quedaron inmóviles antes de que mi conciencia pudiera obligarlos a seguir.

—Soledad, debería volver al monasterio —decía Pedro—, pero hay algo dentro de mí que me retiene. No sé si es deber, tentación o miedo. Solo sé que cada día que paso aquí la oración me pesa más que antes.

Mi abuela estaba sentada sobre el tronco del carballo de mi padre, con las manos juntas sobre el regazo. Su mirada fija en Pedro parecía capaz de leer lo que él aún no se atrevía a decir.

—No todos los caminos de Dios son rectos, hijo.

Pedro bajó la cabeza.

—He hecho votos. He vivido trece años bajo una regla. Si ahora dudo, si pido apartarme, muchos dirán que traiciono lo sagrado.

—Y quizás algunos tengan razón. Pero también puede traicionarse a Dios usando su nombre para esconder cobardía. La pregunta no es qué dirán ellos, Pedro. La pregunta es qué verdad eres capaz de sostener cuando nadie te aplauda por ella.

Él respiró hondo. Tenía el rostro tenso, pero no frío. Por primera vez desde su llegada, lo vi como a un hombre atrapado entre dos fuegos, no como a un juez. Esa comprensión me molestó, porque era más fácil odiarlo cuando parecía hecho solo de piedra.

—Quiero pedir una dispensa al Abade Bernardino —confesó—. No para abandonar la orden por capricho, sino para retirarme un tiempo y discernir. Necesito saber si mi sitio sigue allí o si Dios me está hablando desde otra parte.

Soledad guardó silencio antes de responder.

—Una dispensa no es un favor que se concede por cansancio.

Tendrás que demostrar que tu conflicto es verdadero, que no nace de la comodidad ni de un deseo pasajero.

El Abade elevará la petición si lo considera digno, y después vendrán meses, quizás años, de sospecha.

Para muchos serás un traidor. Para otros, un cobarde.

Porque quien pone en duda sus votos pone su alma sobre una mesa para que todos la juzguen.

—Lo sé.

—No. Aún no lo sabes. Pero lo sabrás.

Pedro asintió. Luego habló con más dificultad.

—Hay otra cosa —dijo Pedro, y esta vez la voz le salió más baja—.

La salud de mi madre. Esta casa la está matando.

He pensado que, si el Prior de Rocas lo consiente, y si desde Celanova no ponen reparo, podría llevarla cerca de San Pedro.

No dentro, claro está. Nadie permitiría a una mujer vivir entre los monjes ni cruzar la clausura como si fuera cosa menor.

Pero junto a la casa prioral, en la cocina de fuera, en el lavadero o en la portería, podría ayudar con los pobres, con los romeros, con los que suben a la fuente de San Bieito buscando alivio para sus males. Se sentiría útil.

Calló un instante, como si temiera que la esperanza, dicha en voz alta, se rompiera.

—Y Antonio… quisiera que lo admitieran allí. Que lo probasen. No como mozo de cuadra ni como criado, sino bajo regla. Quizá, si toma el hábito, encuentre en la obediencia lo que no ha sabido encontrar en esta casa.

Mi abuela arqueó una ceja.

—Antonio no es barro fácil de moldear.

—No pretendo moldearlo. Pretendo darle una oportunidad antes de que acabe destruyéndose a sí mismo.

—Ten cuidado, Pedro. A veces llamamos salvación a lo que solo es ordenar la vida de otros para no mirar el desorden de la nuestra.

Él no respondió. Se quedaron los dos en silencio, y en aquel silencio creí ver algo parecido al afecto. Luego se abrazaron con una tristeza serena, como quienes aceptan que el cambio ya ha empezado antes de encontrar las palabras para nombrarlo.

Me alejé antes de que pudieran descubrirme.

Entré en la cocina con las manos temblorosas y empecé a sacar los ingredientes para el caldo de fabas con repollo.

Era vigilia, así que ni pensar en carne, aunque tampoco tenía ganas de comer.

Removí la olla sin sentido, dejando que el vapor me quemara la cara mientras la rabia me subía por dentro.

Pedro pensaba marcharse. Pensaba llevarse a mi madre.

Tal vez también a Antonio. Lo había hablado con mi abuela, con el Abade, con Dios si hacía falta, pero no conmigo.

Otra vez los demás trazaban el camino y esperaban que yo lo recorriera sin protestar, como si obedecer fuera una forma de gratitud.

Miré por la ventana y lo vi alejarse por el sendero, con la capa oscura moviéndose al viento. Se marchaba sin decirnos nada, como si todos fuéramos piezas de un tablero que podía mover por nuestro bien.

—Maldito santurrón —murmuré, apretando la cuchara hasta que me dolieron los dedos.

No podía imaginar qué haría Antonio cuando lo supiera. La guerra, pensé, acababa de encontrar su camino hacia casa.