La marca del lobo Capítulo 20 El camino hacia la verdad #2
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Capítulo 20 El camino hacia la verdad #2

El nombre cayó entre nosotras como una moneda falsa.

—Cuéntame más —pedí—. Lo que sea.

Carmen respiró hondo, como si fuera a entrar en una habitación cerrada desde hacía demasiado tiempo.

—La madre de Anxo era una mujer extraordinaria.

Inteligente, generosa, apasionada por la medicina.

Venía a menudo a la biblioteca en busca de manuscritos, códices y crónicas, muchos de ellos judíos u orientales.

Mi padre la ayudaba a traducirlos, y gracias a sus contactos consiguió plantas extranjeras que ella cultivó en un pequeño jardín para usos curativos en la propia Universidad.

Pero el padre de Anxo era otra clase de hombre: celoso, orgulloso, incapaz de soportar que su esposa tuviera una mente que no le perteneciera.

Se detuvo. La rabia le temblaba en los labios.

—Creyó que mi padre y ella mantenían un romance.

Era mentira, pero los celos no necesitan pruebas cuando ya han decidido condenar.

La encerró casi como a una prisionera, destruyó sus manuscritos, sus notas y buena parte de su trabajo, y le prohibió continuar en el hospital que ella misma había fundado.

Odió a mi padre y me odió a mí porque yo amaba a su hijo. Hizo cuanto pudo para separarnos.

—Y Anxo se marchó. Sin despedirse. Sin una carta. Sin una explicación que pudiera odiar con justicia. Durante años pensé que nuestro amor había sido demasiado débil. Ahora ya no sé si fue cobardía, miedo o alguna de esas órdenes familiares que los hombres llaman deber para no admitir que obedecen.

La escuché con el corazón encogido. El mundo cambiaba de siglo, de ciudad y de vestidos, pero encontraba la misma forma de mandar callar a las mujeres.

—¿Cuántas hermanas tenía Anxo? —pregunté.

—Dos. Sor María e Isabella.

—Yo voy a cumplir diecinueve años.

Carmen me miró, y vi cómo empezaba a hacer cuentas.

—Entonces hay algo imposible en lo que te han contado. Anxo se marchó a Francia hace veintiún años. Hace diecinueve, Sor María salió de Santiago para asistir a Isabella en el parto. Si Soledad fuera hermana de Anxo, yo lo sabría. Si fuera tu abuela… los tiempos no encajan.

El suelo pareció moverse bajo mis pies. Quise respirar, pero el aire se volvió espeso, inútil.

Pensé en Soledad enseñándome a moler hierbas, en sus manos sobre mi frente cuando tenía fiebre, en la severidad de sus ojos, en todos los «todo a su tiempo» que ahora sonaban menos a prudencia que a mentira. Luego todo se apagó.

Cuando abrí los ojos, Pedro estaba arrodillado a mi lado con un vaso de agua en la mano, Anxo me daba aire con un abanico y Carmen repetía mi nombre con voz temblorosa.

Don José había aparecido en la puerta, pálido, demasiado consciente de haber llegado al final de una frase que nadie habría querido escuchar.

—Estoy bien —murmuré, aunque era evidente que no lo estaba.

Pedro me ayudó a incorporarme. Sus manos temblaban. Aquello me asustó más que mi propio desmayo, porque Pedro rara vez dejaba que el miedo se le escapara por los dedos.

—Anxo —dije cuando pude beber un poco de agua—, dime la verdad. Ya no puedo más con tantos secretos. No hay otra salida. Necesito saberlo todo, aunque lo que digas destruya lo poco que todavía creo conocer.

Anxo miró a Carmen con una ira desesperada.

—¿Qué le has contado?

—Lo que me preguntó —respondió ella, sin retroceder—. No le he mentido. Y si hay cosas que no encajan, no soy yo quien las ha puesto ahí.

—No sabes nada.

—Tal vez no lo sé todo, pero no soy idiota. Victoria no puede ser nieta de una hermana tuya llamada Soledad, porque esa hermana no existe.

La discusión empezó a crecer entre ellos, cargada de veintiún años de ausencia, culpa y reproches. Algo en mí se quebró, no con estruendo, sino con esa claridad terrible con la que una comprende que ha pasado demasiado tiempo escuchando su propia vida en boca de otros.

—¡Basta! —grité—. Dejad de hablar de mí como si no estuviera aquí.

El silencio fue inmediato.

Miré a Anxo, y esta vez no supliqué.

—¿Quién es mi abuela?

Anxo caminó de un lado a otro, sudando, acorralado y con el rostro desencajado. Finalmente se detuvo frente a mí y habló en voz baja, como quien se rinde ante una fiera que está a punto de devorarle.

—Tu abuela no es tu abuela. Es tu tía. Sor María.

Pedro cerró los ojos un instante.

—Lo sabía —murmuró—. El manuscrito, su reacción, los nombres… todo encajaba.

Yo no sentí satisfacción alguna. Solo un vacío que se abría bajo mis pies, porque la verdad no siempre libera primero: a veces empieza por dejarte sin suelo.

—Sor María dirigió durante años el hospital de Santiago —continuó Anxo—.

Yo me marché a París y dejé atrás demasiadas cosas.

Años después, ella fue a la Ribeira Sacra para ayudar a nuestra hermana Isabella en el parto.

Ese bebé eras tú, Victoria. Durante mucho tiempo creímos que ambas habíais muerto el día que capturaron a Isabella.

Pensé que os habían asesinado. Todos lo pensamos, hasta que hace unos meses recibí una carta de Sor María.

Anxo se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar. Carmen se acercó a él, y él no se apartó. Se abrazaron en silencio, con una ternura rota que parecía borrar durante unos segundos los años que habían perdido.

Pedro sacudió la cabeza, intentando comprender.

—¿Quién querría hacer daño a una monja y a una mujer con su bebé recién nacido? ¿Con qué propósito?

Anxo levantó la mirada. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero en ellos había también una rabia oscura.

—Hombres con ansia de poder y fortuna. Hombres capaces de llamar pecado a cualquier vida que estorbe a sus planes. Hombres que no temen a Dios tanto como temen perder lo que creen suyo.

Nadie habló. Yo sentí que mi cuerpo seguía allí, sentado en aquella casa ajena, rodeado de manos y voces, pero mi vida entera se había desplazado un paso hacia un lugar desconocido.

Soledad era Sor María. Isabella era mi madre. Y todo lo que yo había sido hasta entonces acababa de partirse en dos, no como una rama seca, sino como una raíz arrancada de la tierra y obligada a descubrir de qué suelo venía realmente.