La marca del lobo Capítulo 5 El Abellón
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Capítulo 5 El Abellón

Las plañideras ya estaban allí cuando salimos de la casa.

Vestidas de negro hasta los tobillos, con los rostros cubiertos y las manos entrelazadas sobre el pecho, lloraban con una fuerza que no parecía fingida.

No eran lágrimas discretas ni suspiros educados, sino un llanto antiguo, desgarrado, de esos que no salen de los ojos sino de la raíz misma del cuerpo.

—Ya está bien —oí a mi derecha.

Pedro miraba a las plañideras con el rostro rígido y la mandíbula apretada. El monje había regresado a casa cargado de oraciones, pero al parecer no de paciencia para aquello que no cabía en sus libros o en sus valores.

—¿Cómo podéis permitir esto? —preguntó, bajando la voz para no llamar más la atención—. Lloran por encargo. ¿Dónde queda la dignidad en esta farsa?

Lo miré con una rabia cansada. Apenas lo conocía, pero ya empezaba a reconocer en él esa forma de juzgar el mundo desde una altura que tal vez era fe o tal vez ego.

—No fingen —respondí—. No lloran solo por nuestro padre.

Lloran por todos los que se tragaron las lágrimas hasta que se les pudrieron dentro.

Lloran por las madres que no pudieron caerse porque había hijos mirando, por las viudas que tuvieron que seguir amasando pan el mismo día que enterraron al marido, por los hombres que aprendieron a apretar los dientes hasta romperse por dentro.

Ellas prestan voz a quienes ya no pueden usar la suya.

Pedro frunció el ceño.

—El luto es recogimiento, oración, respeto. No esto.

—¿Esto qué? ¿Un espectáculo? ¿Algo pagano? Tú hablas en latín como si cada palabra viniera firmada por Dios, pero cuando estas mujeres invocan la pena con el cuerpo, te escandalizas. También esto es fe, Pedro. Solo que no es la tuya.

Durante un segundo pareció que iba a responderme. En lugar de hacerlo, bajó la mirada y murmuró algo entre dientes. Sonó a oración, quizás por mi alma o quizás por la suya. No me importó. Aquel día tenía demasiado dolor como para temer los juicios ajenos.

Entonces apareció el ataúd. Lo llevaban Andrés, Antonio y dos amigos de mi padre, hombro con hombro, con los rostros hinchados de sueño y de lágrimas.

Lo colocaron delante de la casa, sobre el serrín del carballo que había sido suyo en vida y que ahora lo abrazaría bajo tierra.

El aire se volvió más denso. Las plañideras bajaron el tono de sus lamentos, como si hasta el dolor supiera que se acercaba un momento sagrado.

Era la hora del Abellón.

Pedro tensó los labios al vernos formar el círculo alrededor del ataúd. Yo noté su resistencia antes incluso de que hablara. No era solo enfado. Era la incomodidad de quien se encuentra ante una verdad que no puede gobernar.

—Esto ya es demasiado —dijo al fin—. ¿Vais a imitar el zumbido de las abejas y a girar alrededor de mi padre muerto? ¿Eso llamáis respeto?

—Lo llamamos despedida —respondí, mirándolo de frente—. Y protección y tu padre creía en ello.

—¿Protección?

—El Abellón ayuda a que el alma encuentre el camino y no quede atrapada entre los vivos. Si alguien rompe el círculo, si deja de zumbar o se detiene, dicen que la muerte lo seguirá más temprano que tarde. Llámalo superstición si quieres. Yo no pienso arriesgarme con el alma de mi padre.

Pedro me sostuvo la mirada. Había en sus ojos una batalla que no supe comprender entonces.

Una parte de él quería apartarse, condenar el rito, quedarse limpio de todo aquello.

Otra parte, quizás la que aún recordaba esta casa antes del monasterio, no podía dejar que su padre hiciera aquel viaje sin su mano cerca.

—No sé hacerlo —dijo, casi en un susurro.

Aquella confesión me desarmó más que cualquier reproche. Le tendí la mano.

—Entonces hazlo a tu manera. Pero quédate.

Pedro dudó un instante y al final aceptó.

Su mano estaba helada. Cerró los dedos alrededor de los míos con una rigidez que hablaba de miedo, de resistencia y de una obediencia que no nacía de mí, sino de algo más hondo.

Comenzamos a girar alrededor del ataúd, despacio, mientras nuestras voces se unían en un zumbido grave que vibraba más en el pecho que en la garganta.

El Abellón llenó el aire como una plegaria sin palabras.

La tierra, la lluvia, las piedras de la casa y el árbol convertido en madera parecieron acompañarnos en aquella última ronda.

Pedro no zumbaba. No podía. Repetía oraciones en latín, muy bajo, como si cada palabra fuera una cuerda tendida hacia el cielo.

Al principio me irritó, pero luego entendí que aquella era su forma de quedarse.

Cada vuelta que daba con nosotros era una cesión.

Cada paso, una grieta en el muro que había levantado entre su fe y nuestra memoria.

Y cuando terminamos, cuando el aire quedó quieto como si algo hubiera sido sellado, Pedro apoyó una mano sobre la tapa del ataúd con una ternura tan breve que casi nadie la vio.

Yo sí.

Empezamos a caminar hacia la iglesia. La gaita y el tambor abrieron la procesión con una música lúgubre y hermosa, una música que parecía no salir de los instrumentos sino de la propia alma de quienes lo tocaban.

El cura iba delante con la cruz; detrás, mi padre avanzaba sobre los hombros de quienes lo habían querido, sus hijos.

Después íbamos las mujeres de la familia, con velas en las manos, y luego los vecinos, los amigos, las plañideras.

La lluvia caía fina sobre el velo negro que me cubría el rostro, empapándome el vestido de lana y metiéndose en los huesos, pero aquel frío era casi un alivio frente al incendio que llevaba dentro.

Miraba el mundo a través del velo y todo parecía borroso, los árboles, el camino, las piedras mojadas, los rostros de la gente: todo estaba allí y todo parecía pertenecer a otra vida.

Al cabo de un rato la música cesó y solo quedaron las campanas marcando el ritmo del duelo.

San Salvador de Asma apareció al final del camino, gris y solemne, con los canteros trabajando en el ala nueva del priorato, allí donde la piedra reciente se arrimaba a la vieja como un hijo tardío.

Al acercarnos a la entrada, levanté la vista y vi los canzorros mirando desde lo alto: rostros torcidos, animales imposibles, bocas abiertas en gestos de advertencia.

De niña me daban miedo. Siempre me había preguntado qué clase de fe necesitaba llenar sus muros de monstruos para sentirse protegida.

—Yo también les tenía miedo —dijo Pedro sigilosamente.

No lo había oído acercarse. Su voz sonó distinta, más baja, menos segura de sí misma.

—Soñaba que bajaban por la noche. Se acercaban sin hacer ruido y me hablaban en una lengua que no entendía, pero que aun así me hacía llorar.

Lo miré sorprendida. Aquella sinceridad no encajaba con el hombre rígido que había discutido conmigo frente a las plañideras. Por un instante dejó de parecerme un juez y se volvió alguien que también había sido niño, alguien que también había temido a la piedra, al sueño y a las sombras.

—¿Y dejaste de soñar con ellos?

Pedro esbozó algo parecido a una sonrisa.

—No. Aprendí a rezarles. Si iban a vigilarme, pensé que al menos podían cuidarme.

No supe qué responder. Tal vez porque, por vez primera desde su llegada, sentí que estábamos los dos en el mismo lugar. No en la iglesia, ni siquiera en el entierro, sino en esa frontera extraña donde el miedo y la fe se tocan y ninguno sabe cuál de los dos está salvando al otro.

Cruzamos las puertas de la iglesia. El olor a incienso, la luz temblorosa de las velas y la majestuosidad del retablo me hicieron contener el aliento.

Cristo presidía el centro, con San Pedro y San Pablo a los lados, uno con las llaves del cielo y el otro con la espada, como si entre ambos custodiaran las dos maneras de entrar en el cielo: obedecer o luchar.

Más cerca, la imagen de San Benito parecía esperar a mi padre con la paciencia de los santos viejos.

Supe entonces que, al menos para él, aquel lugar era correcto.

La misa pasó como pasan las cosas cuando el dolor ocupa demasiado espacio: entre palabras escuchadas a medias, movimientos que una repite porque otros los hacen y momentos de claridad brutal en los que el ataúd delante del altar se vuelve insoportable.

Después fuimos al cementerio junto a la iglesia.

El hoyo abierto en la tierra esperaba, oscuro y húmedo.

Cuando bajaron el ataúd y empezaron a cubrirlo, arrojé las hierbas que había recogido aquella mañana.

El brezo, el romero, el laurel. Parecían muy poca cosa frente a todo lo que mi padre había sido, pero eran lo único que mis manos podían ofrecer.

El olor a tierra mojada se me quedó grabado para siempre. Desde entonces nunca volvió a olerme igual la lluvia.

Cuando todo terminó, algunos vecinos nos acompañaron de vuelta a casa.

Mi abuela había preparado caldo con unto y berzas.

La gente bebió aguardiente del que mi padre elaboraba, y poco a poco el silencio empezó a llenarse de recuerdos.

Hablaron de sus viñas, de sus bromas discretas, de la vez que ayudó a levantar el tejado de un vecino en mitad de una tormenta, de cómo nunca negaba una mano, aunque le faltaran fuerzas, el mejor pagador para los que venían a vendimiar o recoger castañas.

Yo escuchaba desde lejos, agradecida y herida, porque cada anécdota lo traía de vuelta un instante para arrebatármelo de nuevo.

La tarde se hizo larga. Nadie había dormido, y cuando los presentes empezaron a notar nuestro agotamiento, fueron despidiéndose con esa delicadeza triste de quien sabe que ya no puede hacer más.

Fue entonces cuando mi madre se puso en pie.

Tenía la mirada perdida, pero no vacía. Había en sus ojos una claridad feroz.

—Santiago, mi amor —dijo en voz alta—, mi todo.

Te digo adiós, pero no acepto olvidarte.

No sé cómo seguir sin ti. Recuerdo tus palabras cuando lloraba por nuestra hija muerta, por Dolores.

Me decías: “No llores más por ella. Tienes más hijos por los que vivir.” Y ahora siento que me pides lo mismo.

Que no llore más, que sigues conmigo, que estáis los dos a mi lado, aunque yo no pueda veros.

El nombre cayó en la sala como una piedra arrojada a un pozo.

Dolores.

Miré a Andrés y a Antonio. Tenían la misma expresión de incredulidad que yo. Mi madre no estaba confundida por el aguardiente, ni vencida por el sueño. Hablaba con la claridad terrible de quien ha guardado una verdad tanto tiempo que, al salir, ya no puede hacerlo despacio.

—La tristeza amenaza con llevarme a la oscuridad —continuó, limpiándose las lágrimas con la manga—.

Me dijiste que no olvidara a nuestra hija, que mientras recordáramos su rostro seguiría viva en nosotros.

Pero a veces temo haberla perdido de nuevo.

Ya no me acuerdo de ella, Santiago, y siento que la abandono otra vez en aquel incendio.

Y ahora pienso que un día también olvidaré tu rostro, tu voz, tus manos.

¿Cómo voy a encontraros cuando llegue mi hora si la memoria me traiciona antes?

Su cuerpo cedió al terminar la última frase.

Pedro se movió con una rapidez que nadie esperaba y la sostuvo antes de que golpeara el suelo.

En aquel gesto no hubo duda ni ceremonia: solo reflejo, fuerza y una ternura urgente.

Andrés y Antonio corrieron hacia ella, y mi abuela tomó el mando con voz firme.

—Llevadla a mi cama. Necesita descanso y silencio.

Yo me quedé inmóvil, con el nombre de Dolores ardiéndome en la cabeza.

—Abuela, ¿es cierto? ¿Tuvimos una hermana llamada Dolores?

Soledad palideció. Por primera vez desde que la conocía, la vi sin respuesta.

Nos pidió que fuéramos a la cocina y esperáramos allí mientras despedía a los últimos presentes.

Al verla alejarse, comprendí que las heridas más profundas no sangran: guardan silencio durante años y, cuando por fin se abren, no dejan salir sangre, solo pus.