La marca del lobo Capítulo 6 Las revelaciones
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Capítulo 6 Las revelaciones

Esperamos a mi abuela alrededor de la vieja mesa de madera, la misma que había sostenido comidas, riñas, rezos, panes recién cortados y silencios de invierno desde antes de que ninguno de nosotros naciera.

El fuego de la lareira crepitaba bajo, como si también él aguardara una verdad que no se atrevía a arder demasiado, y nadie hablaba porque hay silencios que no nacen de la calma, sino del presentimiento de que algo está a punto de romperse.

Andrés tenía los codos apoyados en las rodillas y la vista perdida en el suelo.

Antonio movía una pierna con impaciencia, pero ni siquiera él encontraba una broma donde esconderse.

Pedro permanecía de pie junto a la pared, con los brazos cruzados y una sombra en el rostro que no pertenecía solo al cansancio.

Soledad entró sin decir palabra, cerró la puerta y se acercó al fuego para preparar infusiones.

Tila, valeriana, algo de melisa. El aroma cálido de las hierbas fue extendiéndose por la cocina con una lentitud casi maternal, porque mi abuela sabía que ciertas historias no podían escucharse con el corazón desbocado; sin embargo, aquella noche sus manos no tenían la firmeza de siempre.

Buscaba tazas, removía el agua, ordenaba lo que ya estaba ordenado, y en cada gesto se notaba que estaba retrasando el momento de hablar, como si supiera que una verdad dicha demasiado tarde ya no llega como respuesta, sino como herida.

Al fin se sentó frente a nosotros, y la mesa pareció hacerse más pequeña bajo el peso de lo que aún no había sido pronunciado.

—Sois adultos —dijo—, y merecéis conocer la verdad. Siempre supe que este momento llegaría, pero nunca imaginé que sería yo, ni así, ni con Santiago recién enterrado.

El nombre de mi padre pasó por la mesa como una mano fría. Nadie la interrumpió.

—Todo empezó en un día de nieve. Yo era más joven, aunque no tanto como para creer que la vida avisa antes de romperse.

Un escribano al que había curado unos días antes llegó a mi puerta al amanecer, alterado y casi sin aliento.

La mujer de un vecino llevaba horas de parto y algo iba mal.

Cogí mi bolsa, un poco de leche de cabra, pan y a Victoria, que apenas tenía dos años; subí al carro, y el camino fue tan frío que pensé que la niña se me helaría contra el pecho antes de llegar.

Todos miramos a mi abuela y nos acomodamos para seguir escuchando mejor.

—Cuando abrí la puerta de aquella casa —continuó—, me golpeó un aire caliente y espeso.

Juana estaba tendida en la cama, blanca como la cera, empapada en sudor y retorciéndose de dolor.

Llevaba demasiadas horas luchando. Santiago estaba junto a ella, mordiéndose el labio, sujetándole la mano con tanta fuerza que parecía querer mantenerla en este mundo solo con los dedos.

Antonio levantó la cabeza.

—¿Juana? ¿Nuestra madre?

Soledad asintió despacio.

—Dejadme contarlo hasta el final. Después haréis las preguntas que queráis.

—¡No estamos entendiendo nada! —dije, con una rabia que me salió rota—. No nos pidas paciencia como si esto fuera una historia cualquiera.

Mi abuela me miró con una dureza cansada.

—No es una historia cualquiera. Por eso necesito que calléis.

La autoridad de su voz nos dejó inmóviles. Bebió un sorbo de infusión sin probarla realmente y volvió al pasado.

—Santiago me preguntó si yo era la partera.

Tenía los ojos llenos de miedo. Le pedí su nombre y el de su mujer, y después le ordené que sacara a los niños de la habitación.

Obedeció al momento. Eso me bastó para saber que era un buen hombre: hay hombres que confunden amor con estorbo, y otros que, incluso temblando, saben apartarse para dejarte trabajar.

El bebé venía de nalgas —siguió Soledad—.

Juana estaba agotada y cada contracción le arrancaba más vida que fuerza.

Intenté cambiar la postura desde fuera, le pedí que se colocara a cuatro patas, le hablé al oído para que no se dejara vencer y, cuando entendí que esperar era otra forma de perderlas, metí las manos y giré a la criatura desde dentro.

Era peligroso, pero la otra opción era quedarme mirando cómo morían las dos.

Mi abuela calló un instante. No había orgullo en su voz. Solo memoria, y esa clase de cansancio que dejan las vidas salvadas a medias.

—Nació una niña. Lloró poco, pero lloró.

Durante un momento todos creímos que la vida había ganado.

La envolví y se la acerqué a Santiago, que lloraba sin esconderse.

Pero Juana empezó a temblar. Su pulso se volvió débil y la sangre empapó las sábanas demasiado deprisa. La hemorragia se la estaba llevando.

Andrés cerró los ojos. Antonio dejó de mover la pierna. Pedro seguía quieto, con la mirada fija en un punto de la mesa, como si aquello no lo estuviera escuchando por primera vez sino reviviendo.

—Le ordené a Santiago que le levantara las piernas.

Yo presioné el vientre con todas mis fuerzas.

En ese momento entró Pedro. Tenía siete años y los ojos llenos de miedo, pero no se quedó paralizado.

Le pedí mantas y corrió a buscar las de su cama.

Andrés tenía cinco años y Antonio apenas año y medio.

La casa entera olía a sangre, humo y leche.

No sé cuánto tardamos en estabilizar a Juana, pero lo conseguimos.

No estaba a salvo, no del todo, pero respiraba.

Pedro bajó la vista. No quería que le vieran las lágrimas caer por su rostro.

—La tormenta de nieve empeoró al caer la tarde —continuó mi abuela

—. Santiago me pidió que me quedara. Salir con una criatura de dos años habría sido una locura, así que acepté.

Preparé sopa para Juana, alimenté a los pequeños como pude y, cuando llegó la noche, os quedasteis dormidos junto al fuego, cada uno envuelto en lo que había.

Yo pensé que lo peor había pasado, y una aprende con los años que la vida castiga mucho ese pensamiento.

Santiago trajo a la madre y al bebé junto a la lareira para que se calentaran en la noche con su jergón de paja, todavía marcado por la sangre.

Justo cuando Santiago y yo nos disponíamos a dormir, una chispa saltó y cayó sobre aquel jergón.

Prendió enseguida. Santiago y yo nos lanzamos a apagar el fuego, pero la llama corrió como si hubiera estado esperando, y en cuestión de segundos la casa empezó a llenarse de humo.

Santiago me gritó que sacara a los niños. Cogí a Victoria con un brazo y a Antonio con el otro. Pedro tomó a Andrés de la mano. Salimos como pudimos. Santiago consiguió sacar a Juana y dejarla sobre la nieve, pero cuando volvió a por el bebé…

Dolores.

El nombre volvió a entrar en la habitación, más real, más cruel porque ahora tenía alma: una recién nacida, un llanto débil, unas mantas, una madre que acababa de salvarse para perderlo todo.

—Juana quiso entrar —dijo Soledad—. Gritaba que le devolvieran a su hija.

Santiago intentó detenerla, pero también él quiso volver.

Golpeaba con la chaqueta las llamas, buscando un hueco por donde pasar.

No lo había. La puerta ardía, el techo crujía, y el humo salía por las rendijas como un animal negro. Si entraban, morirían con ella.

Nadie se movió. Hasta el fuego pareció bajar la voz.

—Yo intenté apartaros de allí. No debíais ver aquello.

Juana gritaba sin miedo, sin pudor, como gritan las madres cuando el mundo les arranca un hijo y todavía les exige seguir respirando.

Santiago la abrazó por detrás y la sujetó con toda su fuerza, no para impedirle amar, sino para impedirle morir.

Al final ella se rindió, no porque aceptara la pérdida, sino porque el cuerpo ya no podía luchar más.

Se desplomó en la nieve y Santiago cayó con ella.

Soledad paró el relato para dar paso a las lágrimas, ya sin intentar ocultarlo. Las lágrimas le corrían por la cara, y ver su dolor, tan desnudo, nos obligó a entender que aquel secreto no había sido una mentira cómoda, sino una brasa guardada con las manos durante años.

—El fuego empezó a acercarse a la cuadra —continuó—.

Estábamos rodeados de árboles, la nieve se derretía bajo las brasas y el humo nos cegaba.

Entonces Pedro salió corriendo. Intenté detenerlo, pero ya se había metido en la cuadra.

Cuando llegué, estaba soltando una mula.

Tenía siete años. Siete. Y me ordenó que lo ayudara a sacar una carreta.

La mirada de todos fue hacia Pedro. Él no levantó la cabeza.

—Enganchamos la mula como pudimos. Metí a Victoria y a Antonio contra mi pecho, debajo de la ropa, para que no se me congelaran, y Pedro subió a Andrés al carro.

Santiago cogió a su mujer y la dejó en la carreta con cuidado, semiinconsciente, pero llorando.

Pedro les dijo a sus hermanos que abrazaran a Juana para darle calor.

No recuerdo haber oído jamás una orden tan clara y valiente.

A Antonio se le llenaron los ojos de lágrimas. Andrés se pasó una mano por la boca, incapaz de hablar.

—Santiago arreó a la mula, pero el carro se hundía en la nieve y el barro.

Yo bajé a empujar. Pedro bajó también. El fuego venía detrás, comiéndose los árboles, y las campanas de una iglesia empezaron a sonar a lo lejos, alertando a la aldea.

Empujamos hasta que creí que se nos partiría el cuerpo.

Santiago gritaba que el claro estaba cerca, los árboles que nos cercaban comenzaron a arder y los vecinos, atraídos por las campanas, corrieron hacia nosotros.

Entre todos conseguimos sacar la carreta del bosque.

Llegamos vivos a mi casa. Desde aquel día, esta fue vuestra casa.