Capítulo 4 La despedida
Los primeros rayos de sol entraron por la ventana con una claridad pálida, casi indecente, y durante un instante me pareció imposible que el mundo siguiera cumpliendo sus costumbres después de que mi padre hubiera dejado de respirar.
La casa tenía el silencio extraño de los lugares donde la muerte ha pasado la noche: todo estaba en su sitio y, sin embargo, nada era ya lo mismo.
Necesitaba salir. No porque fuera valiente ni porque supiera qué hacer con aquel dolor, sino porque dentro de aquellas paredes cada objeto parecía recordarme que Santiago ya no volvería a tocarlo.
Me puse la capa de lana y me acerqué a la lareira, donde mi abuela calentaba agua en el pote colgado del tripé. Tenía los ojos hinchados, pero sus manos se movían con una precisión serena, como si en ellas aún quedara una parte del mundo que no se permitía derrumbarse.
—Abuela, voy a recoger flores —dije, buscando sentirme útil, aunque solo fuera para no perderme dentro de mí misma—. ¿Necesitas algo para la ceremonia?
Antes de que respondiera, Andrés, Antonio, don Lorenzo y don Xacobe entraron en la casa.
Venían con la ropa cubierta de serrín y el rostro sombrío.
Ninguno dijo nada al principio. Habían construido el ataúd de mi padre, y en aquel silencio cansado había una dignidad que me hizo bajar la mirada.
Mi abuela les ofreció pan y leche recién ordeñada, pero apenas lo tocaron. Había hambres que la comida no alcanza.
—Ve tranquila, hija —dijo Soledad al fin—. Pasa por la iglesia y asegúrate de que todo esté dispuesto para el entierro. Don Xusto oficiará en San Salvador de Asma.
La iglesia quedaba a una legua y media, pero enseguida recordé por qué mi abuela la había escogido.
Mi padre había sido devoto de San Benito desde niño y mi abuela tenía una gran relación con el Prior de allí, siempre decía que estaba en deuda con él, pero nunca explicaba de qué se trataba.
Mi padre siempre contaba que, cuando era pequeño, su abuela lo llevaba a buscar aceite bendito para aliviar sus dolores y que, al terminar el día, comían nueces junto a un carballo milenario.
Siempre llevaba al cuello una medalla de oro que había pertenecido a su abuela: por un lado, la Virgen de Portovelo; por el otro, San Benito rodeado de unas letras que él murmuraba a veces como quien recita una protección.
Una vez, siendo niña, le pregunté qué significaban.
Me miró con esa paciencia suya y me dijo que no todas las oraciones piden; algunas mantienen lejos aquello que no debe acercarse.
Abrí la puerta para salir y entonces lo vi. El carballo ya no estaba.
El árbol que había crecido frente a nuestra casa, el mismo bajo cuya sombra mi padre descansaba después de trabajar la huerta, había sido cortado para hacer su ataúd.
Durante años lo había visto sentarse allí, beber del cántaro, quitarse el sombrero y mirar las viñas con esa mezcla de cansancio y orgullo que solo tienen los hombres que han aprendido a amar la tierra incluso cuando la tierra no les devuelve todo lo que le dan.
Ahora el cántaro yacía roto junto al tocón, y el serrín cubría el suelo como una nieve pobre y dorada.
No pude seguir en pie. Caí de rodillas y toqué la tierra.
El recuerdo de su mano fría entre las mías, de su pecho buscando aire, de mis propias manos inútiles, volvió con tanta fuerza que sentí que algo se abría dentro de mí.
Lloré sin pudor, con la frente inclinada sobre el serrín, encontrando en aquella madera deshecha un consuelo absurdo, porque el árbol que lo había cobijado en vida iba a sostenerlo también en su descanso eterno.
La puerta se abrió a mi espalda. Me limpié las lágrimas con rapidez, como si la vergüenza pudiera sobrevivir incluso al duelo, y me incorporé al ver a María de pie en el umbral. Tenía el rostro pálido y una expresión de preocupación que no supe si agradecer o rechazar.
—Victoria —dijo con cautela—, no tienes que esconder las lágrimas. A veces intentar contener el dolor solo lo vuelve más cruel.
Me aparté de ella casi sin pensarlo. Su voz, su presencia me molestaba, y me molestaba aún más que parte de mí supiera que no tenía culpa de todo lo que yo quería arrojarle encima.
—No tengo fuerzas para discutir contigo, María. Ni para escuchar consuelos.
De repente, el cuervo volvió a posarse sobre la cruz del hórreo. No lo dudé: busqué piedras en el suelo para lanzárselas a aquel animal siniestro.
—¡Tú guiaste a la muerte hasta aquí! ¡Maldito bicho, muérete tú también!
Lancé todas las piedras que encontré hasta que el ave decidió alejarse volando de allí.
María bajó la mirada, pero no se marchó.
Siguió mis pasos en silencio cuando crucé el bosque envuelto en la niebla de la mañana.
El invierno mostraba allí su belleza más humilde: raíces mojadas, hierba fría, ramas desnudas.
Fui recogiendo brezo y violetas tardías, flores pequeñas que resistían al frío con una terquedad silenciosa.
El brezo me pareció adecuado para mi padre, firme incluso en la intemperie; acebo con sus bolas rojas, como la sangre en sus manos al podar sus viñas.
También corté ortigas mansas y algunas ramas de laurel y romero, porque en nuestra tierra hasta la despedida necesita protección.
Cuando la cesta estuvo llena, emprendí el camino hacia la iglesia.
María continuaba detrás de mí, y su silencio me irritaba tanto como habrían podido irritarme sus palabras.
Sentía deseos de gritarle, de obligarla a cargar, aunque fuera un instante con la mitad de la rabia que me devoraba, pero la muerte de mi padre era demasiado grande para convertirla en una pelea.
—Lo siento muchísimo —dijo al fin, con una voz tan baja que casi se confundió con la niebla—. No dejo de pensar que, de algún modo, también es culpa mía.
Me detuve, respiré hondo y busqué palabras que no cortaran más de lo necesario, aunque por dentro todo en mí quería morder.
—La enfermedad de mi padre venía de lejos. Era cuestión de tiempo.
Me sorprendió escucharme decir aquello. No porque fuera falso, sino porque en mi boca sonó demasiado parecido a una verdad que todavía no quería concederle.
—Sé que me odias.
Ella apretó las manos bajo la capa. La seguridad fría con la que había entrado el día anterior se había roto, y en su lugar quedaba una muchacha asustada, quizás más sola de lo que yo había querido ver.
—Me porté mal con vosotros. Con tu madre, sobre todo.
Dejé que los celos hablaran por mí. Andrés habla de su infancia aquí como si esta casa hubiera sido un paraíso, y a veces siento que, por mucho que haga, nunca podré darle algo parecido.
Ayer lo pagué con quienes no lo merecían. Lo siento de verdad.
Su confesión habría merecido ternura en otro momento. Pero yo no tenía ternura disponible. La había gastado toda en cerrar los ojos de mi padre.
—Andrés te ama —dije—. Más de lo que quizás mereces ahora mismo.
Te permitió despreciar a mi madre, tratarnos con soberbia y aun así fue detrás de ti cuando saliste de la casa.
No vuelvas a decir que entiendes mi dolor para que te perdone.
Si quieres cambiar, cambia. Pero no me pidas que te abrace mientras estoy enterrando a mi padre.
María recibió mis palabras sin defenderse. Durante unos segundos caminamos en silencio, hasta que habló con una serenidad que me desconcertó.
—Don Xacobe no es mi padre de sangre. Mi padre murió hace años. Sé lo que es perder a alguien y sentir que todo lo demás sigue respirando por pura crueldad.
Mi voz se endureció al final. No era solo María. Era Andrés, Antonio, la casa, la muerte, el futuro, todo empujándome desde dentro. Hay dolores que no quieren consuelo; quieren espacio para arder.
—Lo siento por tu padre —murmuré—. De verdad. Pero eso no borra lo que hiciste. Ahora necesito llorar el mío sin que nadie me explique el dolor.
No volvimos a hablar hasta la iglesia. Al llegar, informé a don Xusto del fallecimiento, y las campanas comenzaron a sonar con ese tañido lento y grave que no necesita interpretación.
En aquellos tiempos, las campanas eran la voz de la aldea.
La gente dejaba de cavar, de tejer, de hablar, y salía a las puertas con la cabeza inclinada, porque el sonido decía lo que nadie quería escuchar: la muerte había pasado entre nosotros.
Cuando regresamos, la casa estaba llena.
Vecinos, amigos y rostros que apenas conocía aguardaban para despedirse de mi padre.
Entre todos ellos destacaba un hombre alto, vestido con una túnica austera, de barba cuidada y ojos oscuros, tan hondos que parecían haber aprendido a mirar desde muy lejos.
Permanecía apartado, con la cabeza inclinada, y en su quietud había una tristeza que no pertenecía solo a aquella mañana.
María se quedó mirándolo más de lo debido, la belleza austera de ese hombre era evidente. Andrés lo notó y celoso le tomó el brazo con una incomodidad que me dio pena por él. Yo no tuve tiempo de pensar en ella, porque mi abuela apareció a mi lado y habló en voz baja.
—Victoria, ¿no vas a saludar a tu hermano Pedro? Acaba de llegar.
El nombre cayó sobre mí como algo antiguo que alguien hubiera sacado de una caja cerrada. Pedro. El hermano que se había marchado cuando yo apenas tenía memoria. El hijo ausente, el monje, el nombre que mi padre guardaba siempre con un silencio distinto.
Me acerqué sin saber qué debía sentir.
—Encantada, Pedro. Ha llegado muy rápido.
Mi frialdad sorprendió a mi abuela.
—Victoria, es tu hermano, no un desconocido.
Miré a aquel hombre alto, serio, con las manos recogidas bajo las mangas y una pena contenida en el rostro. Intenté buscar en él algún recuerdo de infancia, una risa, una pelea, una tarde compartida. No encontré nada.
—Para mí sí lo es.
Me volví antes de que nadie pudiera responder.
No quería conocerlo en ese momento. No quería que nadie más reclamara un lugar en un dolor que apenas podía sostener.
Solo quería sentarme junto al cuerpo de mi padre y rezar, aunque ni siquiera encontraba palabras para hacerlo.
Quería hacer un chasquido con mis dedos y hacer desaparecer a todo el mundo, para tener mi momento de duelo en paz.
Desde allí observé cómo mi abuela hablaba con Pedro. Su dolor parecía sincero. Tal vez no había llegado a tiempo para despedirse y eso lo estaría partiendo por dentro. Aun así, me costaba sentir compasión. Su ausencia había sido una silla vacía durante demasiados años.
Antonio fue quien se acercó a él con el rostro tenso y los puños apretados.
—¿Qué haces aquí? Llegas tarde, Pedro. Papá siempre te guardaba un sitio en la mesa, y tú nunca viniste.
Pedro bajó la cabeza. Cuando habló, su voz fue baja, grave, sin defensa fácil.
—Lo sé. Y lo siento. Cada día pensé en volver, pero la vida que elegí me pidió renuncias que entonces creí necesarias. La más dura fue apartarme de vosotros. Nunca os olvidé, aunque eso no sirva de consuelo.
—No sirve —respondió Antonio.
Mi abuela intervino antes de que aquello se convirtiera en otra herida abierta.
—Antonio, por favor. No añadamos más dolor al dolor. Estamos aquí para despedir a tu padre y sostener a tu madre.
No pude callarme…
—Antonio tiene razón, abuela. Si no hablamos de esto ahora, ¿cuándo lo haremos?
Quizás Pedro vuelva a marcharse y no sepamos nada de él durante otros trece años.
Papá lo quería. Lo echaba de menos. Y ahora resulta que tenemos que tratarlo como si el tiempo no hubiera pasado, como si su ausencia no hubiera ocupado un lugar en esta casa.
Mi madre, que parecía perdida en una tristeza sin orillas, levantó la cabeza al escucharme.
—Victoria —dijo con una autoridad cansada—, Pedro siempre será vuestro hermano. Vuestro padre y yo respetamos su camino, aunque nos doliera. No lo juzguéis, no sois dignos de juzgar y menos delante de Santiago.
Aquello bastó para que todos calláramos. El cura llamó desde la puerta. Había llegado la hora.
Nos reunimos alrededor del cuerpo de mi padre. Entonces comprendí que despedirse no es un gesto, sino una mutilación lenta. No quería que lo sacaran de la casa. No quería que el mundo empezara a tratarlo como a un muerto cuando para mí todavía era mi padre.
Yo no entendía aquellas palabras, pero sentí algo en ellas. No consuelo, todavía no. Quizás orden. Quizás una cuerda tendida sobre el abismo.
Miré a Pedro de reojo. Aquel hombre seguía siendo un extraño para mí, pero en su voz había algo de mi padre, no por parecido, sino por esa manera de sostener sin hacer ruido.
Y mientras el cuerpo de Santiago era preparado para salir de la casa que había amado, tuve la sensación de que la muerte no solo nos arrebataba a un padre, sino que estaba empezando a acercarse tormentas.