Capítulo 3 La visita #3
Quise transmitirle fuerza, serenidad, todo aquello que mi abuela decía que una debía sostener cuando el mundo se derrumbaba.
Pero yo no sostenía nada. Era el mundo el que se me caía encima, piedra a piedra, mientras mi padre luchaba por cada bocanada de aire como si peleara contra una puerta que alguien cerraba desde el otro lado.
Andrés abrazaba a mi madre por los hombros.
Antonio permanecía quieto, con los ojos llenos de un terror infantil que lo hacía parecer mucho más joven.
Don Lorenzo se había quitado el sombrero y miraba al suelo.
Doña Isabel lloraba en silencio. Los demás invitados quedaron inmóviles, convertidos de pronto en testigos de algo demasiado íntimo para pertenecerles.
Entonces el pecho de mi padre se elevó una última vez.
Esperé la siguiente respiración.
No llegó.
El silencio que siguió fue tan terrible que durante un instante no lo comprendí.
Mi madre sí. Su grito atravesó la casa como una cuchillada.
Se lanzó sobre él, le sacudió los hombros, le pidió que volviera, que no la dejara, que respirara, que no podía marcharse sin ella.
Pero Santiago ya no estaba allí. Su cuerpo seguía entre nosotros, tibio, pesado, amado todavía; él, en cambio, se había ido a un lugar donde nuestras manos no podían alcanzarlo.
Yo le cerré los ojos despacio. Lo hice porque alguien tenía que hacerlo, porque desde niña me habían enseñado que los ojos de un muerto no debían quedar abiertos, o llamarían a los vivos a acompañarlo en su viaje.
Pero mientras mis dedos bajaban sus párpados comprendí que no estaba obedeciendo una superstición, sino concediéndole la última ternura que podía darle.
Hay gestos que no salvan nada y, aun así, sostienen el mundo.
—Que Dios te tenga en su gloria, padre —susurró Andrés, arrodillándose junto a él—. Te has ganado el cielo.
Antonio no dijo nada. Solo apoyó la frente contra el brazo de mi padre y lloró sin ruido, como lloran los muchachos cuando aún no saben si tienen derecho a quebrarse delante de otros.
Después todo ocurrió con la lentitud extraña de las desgracias.
Las mujeres limpiamos su cuerpo y lo vestimos con sus mejores ropas.
Mi madre se movía como si alguien le hubiera vaciado el alma y hubiera dejado solo la costumbre dentro de ella.
Mi abuela dirigía los gestos con voz baja, y yo obedecía porque si dejaba de mover las manos tendría que aceptar lo que acababa de pasar.
El aroma de aceites, hierbas e incienso llenó la alcoba.
Pusimos sal en el suelo para alejar al mal y una rama de laurel bendecida sobre su pecho, como él habría querido.
Me quedé mirándolo. Apenas unas horas antes había estado en el campo conmigo, hablando de velas, de vidas perdidas y de la humildad necesaria para no abandonar a quien sufre. Ahora era él quien se había convertido en una de esas velas invisibles que me arderían para siempre dentro de la memoria.
Los hombres salieron a preparar el ataúd.
Don Lorenzo tomó el mando con la gravedad de quien sabe que la madera también puede ser una oración.
Andrés y Antonio lo ayudaron sin discutir, y don Xacobe, con una discreción que agradecí en silencio, se unió a ellos como si aquella muerte también lo obligara a servir.
María se quedó apartada al pie de la cama.
Su rostro había perdido toda arrogancia.
Parecía pequeña, asustada, casi culpable.
Yo la miré y sentí una rabia oscura, injusta quizás, pero inevitable.
Una parte de mí quería culparla de todo: de la tensión, de la vergüenza, del golpe que había partido aquella tarde en dos.
Otra parte sabía que la enfermedad de mi padre venía de lejos, caminando hacia nosotros mucho antes de que ella cruzara nuestra puerta.
No fui capaz de perdonarla. No aquella noche.
Mi abuela se sentó junto a la mesa y escribió una carta para Pedro, nuestro otro hermano.
La pluma le temblaba entre los dedos, y la tinta dejó pequeñas manchas sobre el papel, como si también ella sangrara por dentro.
Cuando terminó, selló la carta con cera caliente y estampó en ella su anillo de plata.
Luego se puso el manto y salió hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó don Lorenzo, al verla salir a la noche.
—A casa del judío. Hay que entregar esto cuanto antes.
—No irás sola —respondió él, dejando la sierra en el suelo—. No es noche para que nadie camine sin compañía.
Los vi alejarse entre la niebla, y entonces recordé las palabras que mi abuela me había dicho esa mañana: que yo no estaba preparada.
Había querido odiarla por eso. Había querido demostrarle que se equivocaba, que mis manos sabían curar, que mi voluntad era más fuerte que su miedo.
Pero mientras cerraba los ojos de mi padre, mientras escuchaba a mi madre romperse junto a su cuerpo, entendí que mi abuela había visto algo que yo no quería mirar.
No estaba preparada para tanta impotencia. No estaba preparada para descubrir que el amor podía quedarse sin remedio. No estaba preparada para que una vida se escapara entre mis dedos y dejara, al marcharse, un hueco que ninguna hierba del mundo podría cerrar.