Capítulo 3 La visita #2
El gesto de María fue mínimo, pero brutal.
Doña Maruxa bajó los ojos, Don Xacobe se removió incómodo y Andrés se quedó observando la escena perplejo.
En otra circunstancia quizás me habría limitado a tragarme la rabia, pero aquella tarde mi paciencia se había quedado en algún lugar del campo, junto al arado de mi padre.
Antonio, por una vez, habló antes de que yo pudiera hacerlo.
—Si ella no lo quiere, yo acepto el sacrificio. No hay manjar en este mundo que me comprenda mejor que el tocino.
La risa que siguió fue pequeña, agradecida, casi un alivio. Mi madre sonrió a pesar del desprecio y Andrés respiró un poco mejor. Pero Antonio no sabía detenerse cuando todavía era tiempo de salir ileso.
—Aunque quizás el paladar de María esté acostumbrado a cosas más finas. No sé, un plato de aire perfumado, una cucharada de humildad… algo que no manche los dedos.
El silencio cayó de golpe. María enrojeció hasta la raíz y se levantó con tal brusquedad que la silla raspó la piedra. Por un instante creí que iba a llorar, pero sus ojos ardían demasiado para eso.
—No me encuentro bien —dijo, sin mirar a nadie.
Andrés se puso de pie al instante.
—María, espera. Te acompaño.
Los dos salieron y la puerta dejó entrar una bocanada de frío que apagó el calor de la mesa.
Nadie habló durante unos segundos. Mi madre recogió el plato con una tristeza que no merecía, doña Maruxa apretó las manos sobre el regazo y don Xacobe suspiró como si aquella escena no le sorprendiera tanto como le avergonzaba.
Yo quise sentir compasión por ellos, pero entonces miré a mi padre y todo lo demás se volvió pequeño.
Santiago respiraba mal. Tenía la piel grisácea, los labios tensos y una humedad brillante en la frente pese al frío.
Su mano seguía aferrada al borde de la mesa con una fuerza que ya no era costumbre, sino necesidad.
Por un instante nuestras miradas se cruzaron, y en sus ojos vi algo que no le había visto jamás: una súplica muda, no de ayuda, sino de perdón, como si ya supiera que iba a dejarnos y le doliera más nuestra orfandad que su propia muerte.
Me levanté tan deprisa que casi tiré el banco.
—¡Abuela!
Soledad ya estaba en pie. No necesitó que le dijera nada. En su rostro no había sorpresa, y eso me asustó más que cualquier grito.
—Agua caliente —ordenó—. Menta, tomillo, salvia y enebro. Victoria, la caja de latón de la alacena. Juana, abre la puerta. Necesita aire.
La cocina entera se movió de golpe. Corrí hacia la alacena con los dedos torpes, buscando entre frascos y paños hasta encontrar la caja.
Mi madre sostenía a mi padre por un brazo, Antonio apareció junto a él sin que nadie lo llamara y don Lorenzo apartó la mesa para abrir espacio.
En medio del desconcierto, vi a María volver a la puerta con Andrés detrás.
Su enfado había desaparecido, sustituido por una expresión de incomodidad que no supo esconder.
—Qué asco —murmuró cuando mi padre tosió y escupió contra el suelo, incapaz de contenerse.
Mi abuela se volvió hacia ella con una lentitud terrible.
—Cierra la boca, niña insolente, o te daré la bofetada que otros no tuvieron el valor de darte a tiempo.
María retrocedió como si le hubieran levantado una mano. Nadie la defendió. Ni siquiera Andrés, que la miraba con una mezcla de vergüenza y dolor.
—Hoy estás siendo toda una inspiración, María. Nunca pensé que el egoísmo pudiera llevarse con tanto adorno.
—Antonio, basta —dije, aunque esta vez no tuve fuerza para enfadarme con él.
El vapor de las hierbas empezó a llenar la estancia.
Ayudamos a mi padre a inclinarse sobre el caldero y le cubrimos la cabeza con un paño para que respirara la mezcla.
Él obedecía como podía, con los ojos cerrados y las manos temblando.
Cada aliento parecía una cuesta. Cada tos le arrancaba un poco más de vida.
Mi madre le sujetaba una mano y le hablaba muy bajo, palabras que tal vez eran oraciones o tal vez promesas, porque cuando el miedo es demasiado grande una ya no distingue entre Dios y el amor.
—Aguanta, Santiago —susurraba—. Aguanta, mi vida.
Yo miré a mi abuela buscando una certeza, un gesto, una orden que me dijera que aún había algo que hacer.
Pero lo que encontré en sus ojos me heló.
Soledad no se había rendido; seguía trabajando con precisión, frotándole el pecho con el ungüento, cambiando el paño, acercándole el vapor.
Sin embargo, en lo más hondo de su mirada había una tristeza antigua, la misma que debía de habitar las ventanas llenas de velas de las que mi padre me había hablado aquella mañana.
Ya lo sabía.
—¡Soledad, por el amor de Cristo, haz algo! —gritó mi madre, rota por dentro—. ¡Se ahoga! ¡No lo dejes marchar así!
Mi abuela no respondió. Sus manos siguieron moviéndose, firmes.
—Verónica azul —murmuró, echando una hierba al agua—, limpia los pulmones, disipa la flema, trae aliento a Santiago. Por el poder de las aguas y los vientos, calma los males, aparta los tormentos.
Yo no sabía si aquello era rezo, conjuro o desesperación, y por vez primera no me importó. Habría aceptado cualquier cosa que le devolviera el aire a mi padre.
Me arrodillé junto a él y le tomé la otra mano. Estaba fría. Sus ojos se abrieron apenas y buscaron los míos. En ellos no había miedo, o tal vez sí, pero debajo del miedo había amor. Un amor tan grande y cansado que me rompió de una forma que todavía no sabía nombrar.
—Estoy aquí, padre —le dije, intentando que mi voz no se quebrara—. No te suelto.